LAS PERFECCIONES DIVINAS Y LA CONFIANZA
I. LAS PERFECCIONES DIVINAS EN GENERAL — Las perfecciones divinas son para muchos como inexistentes — Las almas interiores viven de ellas y de
allí sacan una inmensa confianza. — Pesares y resoluciones.
Las perfecciones divinas son para muchos como inexistentes
Hasta ahora hemos considerado detenidamente a nuestro amable Salvador en todas las maravillosas manifestaciones de su inaudito amor a los hombres, a fin de libar en dondequiera que pudiéramos la dulce miel de la confianza. Hemos encontrado sin cesar nuevas razones para fiamos entera y absolutamente de aquel a quien Dios nos ha dado para ser nuestro Salvador, nuestro Redentor, nuestro Reparador y nuestro todo. La confianza en Él es tan natural que parece imponerse. Pero Jesús es también el camino que conduce a Dios, su Padre. Él mismo lo ha declarado: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por Mi. Por eso, después de haber conquistado nuestra confianza, Jesús nos muestra allá arriba a su amadísimo Padre, y nos conduce a Él, invitándonos a abrir también enteramente nuestros corazones a la confianza más absoluta en su Padre celestial.
¡Ah, cuántas almas conocen poco a Dios y esas amables perfecciones divinas que son tan propias para dilatar nuestra confianza y afianzamos en una paz inmutable! No tienen de esas perfecciones más que una idea muy imperfecta, muy teórica, sobre todo, y muy estéril. Esos atributos divinos que deberían desempeñar un papel tan importante en su vida espiritual y ser el objeto preferido de sus contemplaciones, son para ellas algo inerte y muerto. No les dicen casi nada, por la sencillísima razón de que no se han
«dado cuenta», en manera alguna, de ellos. Aun aquellas perfecciones divinas que parecen enteramente propias para tranquilizamos y consolamos, la bondad infinita de Dios, su amor misericordioso, no son a menudo para ellas más que palabras solemnes, casi vacías de sentido, que en las horas de prueba les inspiran muy poca confianza sentida y vivida. Y por lo que hace a otras perfecciones, tales como la santidad, la pureza, la omnipotencia divinas, no tienen para estas almas más que un aspecto espantoso que contribuye más a disminuir su mezquina confianza.
Por eso, así como les parece fácil la confianza en Jesús Dios-Hombre, así hallan difícil la confianza práctica en Dios, infinitamente perfecto. Esto es conocer muy poco a nuestro Padre celestial, ese Padre amantísimo y amabilísimo de quien el mismo Jesús es el espejo fidelísimo, la manifestación sensible adaptada a nuestra pequeñez de creaturas.
Las almas interiores viven de ellas y de allí sacan una inmensa confianza
Las almas verdaderamente interiores encuentran, al contrario, sus delicias en esas perfecciones divinas. Viven sin cesar en contacto y en comunión con ellas. Mientras que las almas imperfectas tienen dificultad en fijar por algunos instantes su mirada en esas amables perfecciones, ellas permanecerían horas enteras contemplándolas con dicha y con amor, admirándolas, amándolas y hallando en ellas su felicidad. Según las circunstancias, viven ya en una, ya en otra de estas amadas perfecciones.
En las horas de infidelidad y de caída, el amor misericordioso las consuela y anima. En las tentaciones, se arrojan con confianza en los brazos de la santidad y de la pureza divinas, como en un refugio segurísimo. Cuando se ven presa de dificultades invencibles, piensan detenidamente y con amor en la omnipotencia divina y encuentran en ella una paz inalterable. En medio de las contradicciones y de los desprecios, sacan del amor infinito todo el amor de que su corazón sediento tiene necesidad. En sus sufrimientos y en sus penas, el pensamiento de la felicidad divina pone sobre sus llagas un delicioso bálsamo. En una palabra, Dios es aquí abajo para ellas todo en todas las cosas, Deus meus et omnia, porque han comprendido y entrevisto un poco las divinas perfecciones. Se han habituado a vivir en su amable compañía, a saborear sus atractivos y a depender de ellas en todas las cosas. Por eso ninguna
dificultad, ningún sufrimiento, ningún suceso podría quebrantar su paz y su serena confianza.
Pesares y resoluciones
¡Ay, hasta ahora quizás yo mismo he vivido muy poco en esas amables perfecciones de mi Dios! Y a pesar de que es un hecho que estoy sumergido en ellas, que me rodean a todas horas como un océano de amabilidad infinitamente cautivadora, ninguna o muy poca cuenta me he dado de sus atractivos y de su acción incesante sobre mí. La belleza, la santidad, la sabiduría, la felicidad divinas, y aun el amor eterno de Dios hacia sí mismo y hacia nosotros, han sido para mí casi como inexistentes y como tesoros ocultos. ¡Oh, cuán rara vez quizás ha sentido mi corazón sus divinos encantos y se ha estremecido a su recuerdo o a su contacto!
¡Qué pérdida tan inmensa la que he sufrido por esto, y sin darme cuenta siquiera! Todas esas maravillosas perfecciones divinas que quieren abajarse hasta mí y que quisieran hacerme gustar en mi destierro algo de los goces del paraíso, prácticamente las ignoro. La dicha más pura, más exquisita que sea dado experimentar aquí abajo, la de admirar esas benditas perfecciones, contemplarlas amorosamente, hallar en ellas mi felicidad y mis complacencias, perderme en ellas y olvidar mis miserias, embriagarme verdaderamente en ellas, esta dicha me es desconocida por desgracia, y si continúo viviendo así, me será desconocida hasta la muerte...
¿No procuraré por fin ser yo también una de esas almas dichosas que viven verdaderamente de Dios? Mi ideal es vaciarme de mí mismo para amar a Dios con todas mis fuerzas y unirme a Él. Mi anhelo es llegar a ser santo. ¿No procuraré, pues, meditar más a menudo en las perfecciones divinas para encontrar también yo en ellas toda la paz, todo el amor, toda la confianza de que tiene tanta necesidad mi corazón para santificarse?
¡Ánimo, alma mía! Sube tú también un poco por encima de todo lo sensible, por encima de las cosas efímeras que te rodean y te tienen cautiva, sube alegremente, como la alondra, a un aire más puro, hacia las perfecciones y las amabilidades divinas, y embriágate a tu placer de amor y de luz. Trata de contemplar la belleza divina y procura «comprender» algo de estas maravillas divinas. No es justo que las miserables perfecciones de las creaturas, esas sombras tan sólo de las perfecciones de
Dios, te encanten tan poderosamente, y que esas mismas infinitas perfecciones, fuente de todo encanto creado, te dejen indiferente y fría.
II. LA SANTIDAD DE DIOS. — La santidad divina es el amor que Dios se tiene