Después de todo, el conocimiento es una posesión misteriosa. Nuestros contemporáneos de las filosofías analíticas nos dicen que sólo dos tipos de proposiciones tienen significado, analíticas e inductivas. En una proposición analítica la verdad de las declaracio- nes se contiene ya en las definiciones de los términos usados. Así se dice que las proposiciones analíticas son tautologías. El conocimien- to al que nos guía ya se ha dado implícitamente.
Pero yo sostengo que cuando decimos que «sabemos» que cin- co más siete son doce estamos expresando un misterio insondable. Contémplense por un momento las suposiciones en esta sencilla de- claración matemática. En primer lugar, tomemos por concedido la ley de identidad: A es A. Se pueden identificar unidades en el dis- curso. En segundo lugar, se presume la ley de las contradictorias. Cinco unidades no son lo mismo que cuatro unidades o seis unida- des. Además cuando decimos que la ecuación es verídica presumi- mos la ley del medio excluido. Tomemos por concedido que una ecuación es verdadera o falsa, y que no hay una afirmación de la ecuación que se pueda encontrar en algún lugar medio entre la ver-
dad y lo falso que nos permita mezclar las letras de los términos «verdadero» y «falso».
Pero más allá de estas leyes elementales de la lógica se hacen una multitud de otras suposiciones; por ejemplo: que se pueden sumar lógicamente cinco unidades y siete unidades, que las unidades así concebidas no son incompatibles, es decir, no estamos diciendo algo así como «gozo más lluvia son cincuenta». Además estamos presu- miendo que hay una continuidad razonable en el horizonte de referen- cia, que el lenguaje no ha cambiado en los minutos desde que empe- zamos a hablar de este tema, etc., etc. Después de todo, ¿cómo sabe- mos que cinco más siete son doce? Y sin embargo, nuestras mentes humanas tienen tal conocimiento y sería ridículo negarlo.
Si las proposiciones analíticas son misteriosas, cuánto más miste- riosos son los procesos de razonamiento inductivo. Los científicos son los primeros en decirnos de las incertidumbres de sus métodos experi- mentales. Tenemos en la lógica la falacia de «afirmar el consecuente». Si establecemos la proposición «Si A es verdad, entonces B es verdad», no podemos de una proposición más, «B es verdad», sacar la conclu- sión, «A es verdad». B puede ser verdad aun si A es falso, y sin embar- go, el proceso experimental en la ciencia frecuentemente consiste en una colección de cosas en que lo consecuente se afirma.
El científico aprende por experimentación que cuando ciertas cir- cunstancias ocurren, se observarán otros casos. Él observa las circuns- tancias y los otros hechos un gran número de veces y entonces concluye que ello involucra una ley de la naturaleza. Pero el mismo científico en nuestro mundo contemporáneo es el que nos dice que sus procesos expe- rimentales están en un estado incompleto lógicamente hablando. El cono- cimiento por razonamiento inductivo es un misterio. No obstante, ocurre. Si el conocimiento por análisis es misterioso y el conocimiento por inducción es misterioso, cuanto más misterioso es el conocimien- to por intuición. Veo una fruta amarilla y digo: «El limón es amari- llo». Miro a mi reloj eléctrico y digo que la hora es la una y cuarto. Voy al laboratorio con el cuaderno en la mano y anoto que la balanza marca tanto y tanto. Todos estos informes se basan en la intuición (la palabra intuición se deriva del latín intuere, que significa «mirar»). Experiencias intuitivas e informes elementales de ellas constituyen una gran proporción de los materiales de construcción que componen el conocimiento científico. Sin embargo, ¡cuán misterioso es todo esto! ¿Cómo pueden los rayos de luz reflejados del reloj, cayendo sobre la retina de mis ojos ser transformados en conocimiento de la hora?
Se puede argüir que en todas las ilustraciones dadas aquí el cono- cimiento se deriva por medio de experiencias intuitivas directas más procesos racionales que involucran o implicaciones lógicas o eficacia causal presumida. Admito francamente este hecho. Lo que yo insisto es que la intuición y los procesos racionales son a la postre misteriosos.
Hay aquellos (por ejemplo, Calvino, Descartes, y Charles Hodge) que creen en ideas innatas, o conocimiento impartido a la mente hu- mana aparte de la intuición o inferencia sea lógica o causal. Mi argu- mento en contra de tal creencia no está basado en alguna habilidad de probar que no es o no podría ser, sino sencillamente en el hecho nega- tivo de que no he observado ni tengo noticia de suficiente evidencia para hacerme creer que existe. Si hubiera ideas innatas, ciertamente el conocimiento proveniente de tales ideas sería misterioso.
Hemos dicho que hay teólogos que sobre la base de la omnisciencia de Dios han negado la posibilidad de acciones libres. También hemos dicho que hay algunos escritores filosóficos que basados en la supo- sición de que algunas acciones son libres han negado la posibilidad de la omnisciencia. En nuestra simplicidad, positivamente negamos ambas conclusiones.
A la pregunta de cómo Dios puede saber un acto libre en el futuro tengo que contestar que no lo sé. El conocimiento en todo caso es un misterio, y el conocimiento de Dios de hechos libres en el futuro es solamente un misterio más revelado en las Escrituras. Tenemos bue- nas razones para aceptar y ninguna base válida para rechazar lo que las Escrituras dicen sobre el tema.