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Indicaciones de la Trinidad en el Antiguo Testamento

In document Teologia Sistematica Buswell I (página 108-111)

En la sección en la cual llamamos la atención a la unidad de Dios como se enseña en el Nuevo Testamento, citamos varios pasajes en los cuales la divina unidad se afirma enérgicamente, en estrecha unión con referencias igualmente enérgicas a la deidad de Jesucristo. Estos pasajes son notables porque no contienen indicación alguna de que

los escritores del Nuevo Testamento advirtieran problema alguno en la conjunción de estas dos ideas. El que un Dios fuese complejo en su ser, y existiera en tal manera que hubiera distinciones personales dentro de la deidad, no fue problema para los cristianos del siglo primero.

Si lo hubiera sido, el Nuevo Testamento habría reflejado algún conflicto al respecto; porque otros problemas se indican enfática- mente. Por ejemplo, Dios como hombre, Dios en la carne, era para los adversarios de Cristo un problema sin solución. Entendieron de sus palabras «Yo y el Padre una cosa somos» (Jn 10.30; cf. Jn 5.18) que él pretendía ser Dios. «Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle». Cuando Jesús los interrogó en cuanto a sus móviles, contestaron: «Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios» (Jn 10.31-33). Jesús se mantuvo delante de ellos como un hombre con todas las obvias características de un cuerpo humano. «Por supuesto», Dios no podría ser un hombre; por eso su pretensión era blasfemia.

Jesús contestó citando del Salmo 82, mostrando que la naturale- za humana y la naturaleza divina no son contradictorias. Después de todo el hombre es creado a la imagen de Dios y así, en vez de ser contradictorio, se relaciona con Dios en cuanto a su naturaleza. Por eso, razonaba Jesús con ellos, Dios en la carne no era necesariamente imposible. Sus pretensiones posiblemente pudieran ser la verdad. Entonces procede a la evidencia de sus obras.

Aun con este argumento razonado, sus opositores rehusaron acep- tarlo. «Procuraron otra vez prenderle, pero él se escapó de sus ma- nos» (Jn 10.39). El problema no era sobre distinciones personales dentro de la deidad, porque los judíos para esto estaban preparados. El problema era, Dios en forma humana y humilde.

Que el Mesías descrito en el Antiguo Testamento sería Dios, se presenta magníficamente en el gran artículo por Warfield «The Divine Messiah in the Old Testament» [El Mesías divino en el Antiguo Tes- tamento]. 4 Jehová promete mandar al Mesías, y el nombre del Mesías

será «Jehová nuestra justicia» (Jer 23.6). Esto significa que el Mesías que Jehová Dios mandará será el mismo Jehová Dios. El Mesías será llamado «Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.... El celo de Jehová de los ejércitos hará esto» (Is 9.6,7). Que la frase «Dios fuerte» se refiere definitivamente a Dios se ve clara- mente por las palabras de Isaías 10.20,21.

4 Originalmente en Princeton Theological Review, 1916. Republicado en Biblical and

David escribió del Mesías: «Jehová dijo a mi Señor; siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies» (Sal 110. 1). Comentando sobre este versículo, Jesús probó que el Mesías ha de ser el Señor de David (Mt 22.41-46; Mr 12.35-37; Lc 20.41-44).

Tomando en cuenta estas escrituras no es difícil entender cómo el autor de la Epístola a los Hebreos, sin la menor indicación de estar consciente de anacronismo, habló de Moisés en el tiempo del Éxodo como que tuvo «por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los Egipcios» (Heb 11.26). En el Nuevo Testamento griego de Nestlé, por lo menos hasta la 23a. edición, tenemos en el versículo 5 de Judas, «El Señor salvó a un pueblo de Egipto». Para Judas, las palabras, «El Señor», se referían a Jesús. A juzgar por la evidencia dada en el margen de Nestlé, el texto «Jesús salvó a un pueblo de Egipto» parecería ser mejor atestiguado. Esto no nos sorprende cuando la evidencia para la total aceptación de la preexistencia deidad del Mesías está ante nosotros. Hemos dado sólo unos pocos ejemplos de los muchos en el Anti- guo Testamento en los cuales la deidad del Mesías prometido se indi- ca claramente; pero además de los pasajes mesiánicos, hay muchas indicaciones en el Antiguo Testamento de que hay distinciones perso- nales dentro de la deidad. Ya hemos hecho referencia a la teofanía de Génesis 18.17, en la cual Jehová, en forma visible, habló a Abraham, y «Jehová hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová» (Gn 19.24). Este uso del nombre divino parecería indicar distinciones personales.

Hay numerosas referencias al «Ángel de Jehová», distinto de Jehová, y a la vez idéntico con Jehová. Algunas de estas son: Géne- sis 16.10,13; 22.11-16; 31.11-13; Éxodo 3.2-4; Josué 5.13-15; 6.2; Zacarías 1.10-13; 3.1,2. En varios de estos pasajes el término «el Ángel de Jehová», parece completamente intercambiable con «Jehová», «el nombre de Jehová», lo que equivale a decir el ser de Jehová está en su ángel especial (Éx 23.20,21). La presencia del Ángel de Jehová es lo mismo que la presencia del Señor (Éx 32.30- 34; 33.14; cf. Is 63.9).

También hay en el Antiguo Testamento numerosas referencias al Espíritu de Dios, del Espíritu de Jehová, mostrando la deidad perso- nal del Espíritu Santo como una entidad aparte dentro de la deidad. Algunos de estos pasajes son: Génesis 1.2; Éxodo 31.2-4; Job 26.13; Zacarías 4.6; Isaías 63.10,11; Salmo 51.11.

Puesto que la palabra Kyrios se traduce Jehová en la Septuaginta, es mi convicción que cuando Pablo dice: «el Señor [kyrios] es el Espíri-

tu» (2 Co 3.17) quiere decirnos que Jehová es el nombre del Espíritu Santo, tan verdaderamente como Jehová es el nombre del Padre, y del Hijo. El «nombre», no «nombres», del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo en el cual somos bautizados debe entenderse como Jehová, el nombre del Dios trino. Las distinciones personales dentro de la deidad se indicaron claramente en el Antiguo Testamento y no presentaron no- vedad ni dificultades para los cristianos judíos del primer siglo.

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