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Enseñanza bíblica en general

In document Teologia Sistematica Buswell I (página 161-164)

Dios no sólo es el creador de todas las cosas sino que continua- mente sostiene y gobierna toda su creación. Se habla de Cristo como el que «sustenta todas las cosas con la palabra de su poder» (Heb 1.3). «Todas las cosas en él subsisten», o en quien todas las cosas tienen su integración ordenada (Col 1.17). Nehemías declara en fra- ses magníficas la preservación y gobierno de todas las cosas por Dios: «Tú solo eres Jehová; tú hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, con todo su ejército, la tierra y todo lo que está en ella, los mares y todo lo que hay en ellos; y tú vivificas todas estas cosas, y los ejérci- tos de los cielos te adoran. Tú eres, oh Jehová, el Dios que escogiste a Abraham, y lo sacaste de Ur de los Caldeos, y le pusiste el nombre de Abraham» (Neh 9.6,7).

Job dedica el mismo loor a Dios. «Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán; o habla a la tierra, y ella te enseñará; los peces del mar te lo declararán también. ¿Qué cosa de todas estas no entiende que la mano de Jehová la hizo? En su mano está el alma de todo viviente, y el hálito de todo el género humano» (Job 12.7-10).

La misma doctrina es el tema de todo el Salmo 104. «Todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo. Les das, reco- gen; abres tu mano, se sacian de bien. Escondes tu rostro, se turban; les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo. Envías tu Espíri- tu, son creados, y renuevas la faz de la tierra. Sea la gloria de Jehová para siempre; alégrese Jehová en sus obras. Él mira a la tierra, y ella tiembla; toca los montes, y humean» (Sal 104.27-32).

Al estudiar las obras de la providencia de Dios debemos evitar los extremos del deísmo, por una parte, que hace a Dios el creador del universo pero lo deja como un mero espectador de los procesos natura- les en los cuales él nunca se mete, y el panteísmo, por otra parte, en el cual Dios se identifica con la totalidad de las fuerzas cósmicas. Este error es muy común en medio del siglo XX y es probable que se encon- trará en los escritos de los emergentistas y personalistas.

En su gran capítulo sobre la providencia Charles Hodge hábil- mente presenta el hecho de lo que él llama «concursus» (concordan- cia) 7 de la causalidad divina con la causalidad de las cosas creadas.

Hodge arguye que «debemos descansar satisfechos con la declara- ción sencilla de que preservación es aquella energía omnipotente de Dios por la cual sostiene en existencia todas las cosas creadas, ani- madas o inanimadas, con todas las propiedades y poderes con las cuales las ha dotado». 8

Ciertamente Charles Hodge tiene razón al decir: «El mundo ex- terno, las criaturas racionales e irracionales, cosas grandes y peque- ñas, ordinarias y extraordinarias, están igualmente y siempre bajo el control de Dios». 9 Pero cuando añade en la siguiente frase, «la doc-

trina de la providencia excluye del universo tanto la necesidad como la suerte, sustituyendo por ellas el control inteligente y universal de un Dios infinito y omnipresente», creo que, sin querer, se equivoca. Dentro de la providencia de Dios hay operaciones de necesidad lógi- ca por medio de implicaciones lógicas, y hay operaciones de necesi- dad mecánica por causalidad física. Estos hechos no son contradicto- rios a la providencia de Dios extendiéndose a cada detalle. Lo que es necesario lógica o mecánicamente lo es dentro de los decretos de Dios y la providencia de Dios.

Al decir que la suerte se excluye por la doctrina de la providen- cia, Hodge no hace distinción entre la suerte mecánica o matemática por una parte y la suerte ateísta por otra parte. Dios ha decretado y elegido crear este universo en el cual las leyes de la suerte matemáti- ca se aproximan muy de cerca a las leyes de la suerte mecánica. Esto lo tenemos que presumir en nuestra teoría matemática de la probabi- lidad y nuestro uso de la estadística en tablas actuariales. Sin embar- go, es claro que lo que Hodge quiere decir es que todo el universo está completamente bajo el gobierno de Dios, y que él permite operar en el universo lo que, estadísticamente, llamamos «suerte», no es en lo más mínimo contrario a su omnisciencia, omnipotencia, y gobierno providencial en el cumplimiento de sus decretos eternos.

La providencia general de Dios en sostener los procesos de la natu- raleza y cuidar de sus criaturas no humanas se usa como un argumento para la fe en la providencia especial de Dios hacia sus hijos. «Conside- rad los cuervos, que ni siembran, ni siegan; que ni tienen despensa, ni 7 Systematic Theology, vol. I, pp. 575 ss.

8 Systematic Theology, vol. I, p. 581. 9 Systematic Theology, vol, I, p. 582.

granero, y Dios los alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que las aves?» (Lc 12.24). «Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni sie- gan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ... Si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?» (Mt 6.26,30).

La providencia de Dios se incluye en su gracia común y está im- parcialmente al alcance de todos los hombres. «Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos» (Mt 5.45). «Si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nues- tros corazones» (Hch 14.17). «Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos» (Hch 17.26-28a).

La providencia de Dios incluye todo el poder para cumplir su vo- luntad entre las naciones de la tierra, sea por milagro o por causas natu- rales. «Oh Asiria, vara y báculo de mi furor, en su mano he puesto mi ira. Le mandaré contra una nación pérfida, y sobre el pueblo de mi ira le enviaré, para que quite despojos, y arrebate presa, y lo ponga para ser hollado como lodo de las calles. Aunque él no lo pensará así, ni su corazón lo imaginará de esta manera, sino que su pensamiento será desarraigar y cortar naciones no pocas.... ¿Se gloriará el hacha contra el que con ella corta? ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el báculo levantase al [o, contra aquel] que lo levanta; como si levantase la vara al que no es [o, como si no fuera] leño!» (Is 10.5-7,15). «Él domina con su poder para siempre; sus ojos atalayan las naciones; ¡no se enaltezcan los rebeldes!» (Sal 66.7. V.M.) «Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos» (Dn 2.21).

Nabucodonosor tuvo que aprender que «el Altísimo tiene domi- nio en el reino de los hombres, y que lo da a quien él quiere» (Dn 4.25), y por fin reconoció «al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino es por todas las edades. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y diga: ¿Qué haces?» (Dn 4.34,35).

El Señor dijo a Ciro: «Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste» (Is 45.5). A Senaquerib Dios dijo: «Por cuanto te has airado contra mí, por cuanto tu arrogancia ha subido a mis oídos, yo pondré mi garfio en tu nariz, y mi freno en tus labios, y te haré volver por el camino por donde viniste» (2 R 19.28). «Porque ni de oriente ni de occidente, ni del desierto viene el enaltecimiento. Mas Dios es el juez; a este humilla, y a aquel enaltece» (Sal 75.6,7). «En tu mano están mis tiempos; líbrame de la mano de mis enemigos y de mis perseguidores» (Sal 31.15).

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