PARTE I: LAS MÚLTIPLES FUNCIONES DE LA AGRICULTURA Y
2. LAS NUEVAS FUNCIONES DEL TERRITORIO, LA
2.2. Nuevas demandas sociales, agricultura y medio rural
2.2.2. Las consecuencias del cambio social sobre el medio rural
Aunque el papel del medio rural con respecto al conjunto de la sociedad ha marcado su evolución y la de las actividades que sobre él residen, otros cambios de carácter más global también han tenido un impacto notable sobre el medio rural. Los efectos de las transformaciones sociales sobre la agricultura y el medio rural se van a ilustrar con dos ejemplos concretos: los circuitos de comercialización alternativos y el nuevo papel de la mujer rural.
Los cambios en los patrones de consumo de alimentos, derivados de la emergencia de nuevos valores asociados a una valoración creciente por parte de los ciudadanos y consumidores de atributos adicionales de los mismos -como el respeto al medio ambiente, el carácter artesanal de los productos o su vinculación con el territorio-,
42 En este sentido, según el Eurobarómetro (2007) sobre la PAC y la agricultura europea prácticamente
el 90 % de los ciudadanos de la UE pensaba que las zonas agrarias y rurales eran muy importantes para el futuro del continente. Según dicho Eurobarómetro, el papel de la PAC debería ir orientado a garantizar alimentos a precios razonables, que éstos sean saludables y seguros y que los agricultores tengan condiciones de vida dignas. Ver http://ec.europa.eu/agricultura/survey/index_en.htm.
han originado unas nuevas relaciones entre productores y sociedad. Esta revalorización de determinadas producciones o sistemas de producción se ha ido fraguando mediante diversas alternativas, no excluyentes entre sí. La primera sería la creación de cadenas cortas de comercialización de alimentos y productos agropecuarios, de carácter local, como reacción a la aparición de estándares de calidad y de cantidad. Entre este tipo de circuitos cortos encontraríamos las entregas de alimentos a domicilio, el establecimiento de relaciones más estrechas con la distribución minorista, las relaciones directas entre consumidores- productores a través de Internet o correo electrónico, las asociaciones entre agricultores y grupos de consumidores, la venta directa en la explotación (incluida la transformación de carácter artesanal en la misma) e incluso las producciones agrícolas urbanas o periurbanas. El desarrollo de este tipo de alternativas representa un profundo cambio en los patrones de poder y control de los mercados. Sin embargo, este cambio queda relegado a ciertos nichos, aunque su importancia cualitativa pueda ser significativa, dado el carácter demostrativo que pueden desempeñar para el resto de productores.
Un segundo ejemplo lo hallaríamos en el reconocimiento de las producciones locales o regionales, mediante indicaciones geográficas protegidas (IGP) o Denominaciones de Origen, que permiten asociar una determinada producción a un territorio concreto. Estas actuaciones de etiquetado han tenido un protagonismo importante en la revalorización y el reconocimiento por parte del consumidor de ciertas producciones, aunque hayan sido cuestionadas en determinados ámbitos (como la OMC) por ser presuntamente utilizadas como cobertura para restricciones al libre comercio.
Un tercer ejemplo estaría asociado a la producción ecológica, que también se ha consolidado como alternativa a la producción convencional, ligada a sistemas de producción agraria que realizan un uso más sostenible de los recursos, que responden a las demandas sociales de alimentos más seguros y saludables y que permiten la provisión de mayores externalidades ambientales, todo ello realizado bajo rigurosos sistemas de certificación (Banks y Marsden, 2001). La agricultura ecológica es más respetuosa ambientalmente pero también puede tener otros impactos positivos en las zonas rurales: en su paisaje cultural, en la creación de oportunidades de empleo en áreas rurales y en el aumento de los ingresos de los agricultores (Nieberg y Offermann, 2002), asegurando así la viabilidad de las explotaciones. También puede beneficiar a la economía regional (Banks y Marsden, 2001; Knickel y Renting, 2000; Pugliese, 2001), al consolidar las sinergias entre la producción agraria y otras actividades productivas, tanto dentro como fuera de la explotación, vinculadas al turismo, a la conservación del medio ambiente y los
recursos naturales, o la consolidación de la imagen de los productos locales y regionales (Miele y Pinducciu, 2001). Aunque crecientemente integradas en las cadenas de distribución convencionales, las producciones ecológicas presentan un gran potencial para su comercialización a través de canales cortos, permitiendo además nuevas formas de articulación de las relaciones entre la población rural y la urbana (Darnhofer, 2005).
En el desarrollo de estas redes de comercialización alternativas quedan explicitadas las relaciones entre, por un lado, la producción de alimentos y la distribución, y por otro, la sostenibilidad ambiental, la salud de las personas y el desarrollo regional, ya que bajo estos nuevos patrones o cadenas de valor, productores, distribuidores minoristas y consumidores son aparentemente más conscientes de otros valores más allá de la calidad (definida como simple requisito) o el mero coste de los alimentos. Así, la producción y el consumo de estos últimos se vinculan progresivamente con la salud, la nutrición, el medio ambiente, el desarrollo local, regional e incluso la realidad de los países en desarrollo. La fractura entre consumo y producción se cierra, recuperándose la tradicional estacionalidad de las producciones, hoy virtualmente abolida por la accesibilidad indefinida generada por el sistema agroalimentario global (Marsden, 2003)43.
Otros cambios sociales importantes que han tenido grandes consecuencias en los procesos de desarrollo de las zonas rurales son los relacionados con la emancipación de la mujer y sus nuevos roles en el seno del medio rural. La mejoría de la situación general de la mujer ha tenido ciertas peculiaridades en el caso de la mujer rural. Además del debilitamiento paulatino de la asignación tradicional de roles entre géneros, cuatro habrían sido según Camarero (1999, citado por Delgado, 2004) los factores que más habrían influido en la nueva posición de la mujer en el mundo rural. En primer lugar, el descenso de sus oportunidades de trabajo en las actividades agrícolas; en segundo término, los cambios tecnológicos y sociales que han reducido el tiempo de dedicación de las mujeres a las tareas del hogar; en tercer lugar, el incremento del nivel de vida medio de las familias, que junto al mayor grado de bienestar también requiere de ingresos más elevados; y, por último, la dicotomía que supone la sociedad del ocio, que, por un lado, valora crecientemente el tiempo libre pero, por otro, mantiene el valor del trabajo como
43 Sin embargo, un riesgo para los productores puede estar asociado a la aparición de nuevas líneas de
calidad en los grandes hipermercados o almacenes. Ello podría bloquear la aparición de nuevas redes alternativas de oferta de alimentos, que permitirían una cierta emancipación de los productores, de las comarcas o regiones, o incluso de sus espacios naturales, ya que la gran distribución se puede apropiar de esos atributos de calidad, que se añaden además al control que establecen sobre los mercados de esos productos (Marsden, 2003).
fuente de reconocimiento social, autonomía y prestigio en las sociedades desarrolladas.
En este contexto, las mujeres rurales han desarrollado estrategias que les han permitido abandonar la situación de dependencia a la que han estado tradicionalmente sometidas en el seno del medio rural y de la propia explotación. Estas estrategias migratorias, escolares, laborales e incluso matrimoniales les permiten forzar la ruptura con los caducos patrones y valores del medio rural tradicional e incrementar su autonomía, reconocimiento y remuneración profesional, cada vez más desvinculada de las tareas agrarias (Delgado, 2004). La mujer rural adquiere un renovado protagonismo, convirtiéndose en un agente dinamizador, dada su vinculación con las nuevas actividades extra-agrarias y su propia percepción, más global, de los problemas que se le presentan a la comunidad para su propia pervivencia (educación, sanidad, servicios públicos, etc.) Una actividad que ha contribuido notablemente a reforzar ese papel de la mujer en la sociedad rural ha sido el turismo. El turismo rural es una actividad gestionada principalmente por mujeres, lo que les ha permitido obtener una fuente de ingresos propia, ajena a la actividad principal de la explotación y bajo su control directo. Pero también les ha facilitado el acceso a otros recursos y actividades (como cursos, reuniones, asociaciones y relaciones con clientes y contactos fuera de su entorno más cercano), con lo que se ha logrado activar y dinamizar a un colectivo importante de mujeres rurales ampliando su red de relaciones sociales y profesionales. Este reforzamiento (tanto personal como social) de la mujer rural, de su autoestima e identidad, le permite afrontar con otra perspectiva tanto el futuro individual como el de la propia unidad familiar, garantizando la pervivencia de la explotación como unidad productiva, fijando la población y frenando así la migración y el abandono del medio rural (Murua et al., 2006).
En definitiva, pese a la existencia de múltiples fuerzas que aparentan trasladar al mundo rural a la periferia de los países desarrollados, éste es permeable ante los cambios sociales que afectan a la sociedad en su conjunto. Y estos cambios son en ocasiones el detonante de nuevas dinámicas, en las que participan y cooperan agentes tradicionales y emergentes, y se reestructuran y combinan actividades antiguas y nuevas en la búsqueda de un nuevo modelo de desarrollo rural alternativo, que permita a las zonas rurales recuperar su “argumento” como espacios.
2.3. El papel del territorio, sus agentes y la gobernanza en el
desarrollo rural
Una segunda dimensión está definida por el propio territorio y sus agentes socioeconómicos. En un contexto de declive agrario general, nuevos agentes y sectores productivos van adquiriendo una importancia creciente en el seno del medio rural. Lo rural deja de ser monopolio de los agricultores (Van der Ploeg y Roep, 2003), que llegan a entrar en conflicto con los nuevos agentes por el uso y la gestión de los recursos44. En este sentido, las nuevas condiciones de los espacios rurales como soporte de actividades diversas y con poderosas sinergias entre sí requieren también de nuevos marcos de intervención pública y regulación para el medio rural que superen el enfoque estrictamente sectorial y que pongan en valor todos sus recursos y activos.