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Yendo a la Pasión en sí misma, voy a proponer un modo de contemplarla que, creo, está de acuerdo con la estructura de Marcos. La Pasión es en su Evangelio toda una sucesión de pequeños cuadros que describen situaciones humanas, es decir, confrontaciones de personas.

No se trata de una relación concatenada de acontecimientos, ni tampoco de un estudio sobre la concatenación de las causas, aunque esto también está presente.

El modo de contar de Marcos es más bien presentar una serie de cuadros en los que los diferentes personajes de este mundo entran en confrontación directa con Jesús, viviendo cada uno de ellos el misterio de la propia llamada y de su propia toma de posición respecto al Reino.

Jesús continúa, en su Pasión, su misión de presentar el misterio del Reino a las personas más distintas y más lejanas, a las que más parecen rechazarlo, para cumplir hasta el fin su misión de estar con nosotros.

En cierto modo se verifica de nuevo la parábola del sembrador: Jesús se presenta – como semilla– en diversos terrenos y en cada uno de ellos va al encuentro de una suerte distinta.

Así las cosas, es posible meditar la Pasión como una serie de episodios, de situaciones, en las que Jesús prosigue heroicamente siendo el Maestro bueno, que enseña cómo perder la vida para adquirirla, cómo negarse a sí mismo, cómo cargar con la cruz, cómo hacerse siervo y esclavo de todos; o sea, la realización del programa que había enunciado en los capítulos 9 y 10 de Marcos.

Podemos contemplar estos cuadros, uno a uno, considerando en cada uno el misterio del Reino como semilla evangélica que recibe diferentes respuestas. Voy a indicar catorce, de manera que pueden servir eventualmente para un viacrucis.

1. Jesús y Judas 2. Jesús y los guardias 3. Jesús y el sanedrín 4. Jesús y Pedro 5. Jesús y Pilato

6. Jesús y Barrabás con la muchedumbre 7. Jesús y los soldados

8. Jesús y Simón de Cirene 9. Jesús y los que le crucifican 10. Jesús y los que se burlan de él 11. Jesús y el Padre

13. Jesús y las mujeres al pie de la cruz 14. Jesús y los amigos

Se trata de una galería de personas que se enfrentan a la semilla del Reino. Cada una da una respuesta diferente ante un Jesús siempre igual en su actitud de disponibilidad y de oferta de salvación.

Basta con tomar una tras otra estas escenas y contemplarlas. Hay en ellas cierta progresión, un crescendo continuo de humillaciones hasta la escena décima, la de los que se burlan de Jesús.

Otro detalle importante en estas escenas es el silencio de Jesús. Habla brevemente al comienzo, habla a Judas, habla a los guardias, al sumo sacerdote, habla todavía en la escena cuarta, a Pilatos. Y después se calla.

Todos giran en torno a Jesús como en un dramático tiovivo y él, con su silencio, lo domina todo. Contemplamos el contraste entre las personas, que se agitan, que hacen y dicen una cosa u otra, y Jesús, que, con su silenciosa presencia, se encuentra en el centro, dominando toda una situación caótica y convulsa.

Jesús habla, Jesús juzga, con su solo existir, con su solo estar ahí.

Y, finalmente, las últimas palabras de Jesús, el grito «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», que expresa, al mismo tiempo, la cima y el fondo del camino de la cruz, recorrido hasta el extremo de la desolación, pero que, al mismo tiempo, manifiesta una inmensa confianza: cf. Sal 22(21),20-32.

En el centro de todo, en la escena undécima, aparecen estas palabras de Jesús, su invocación al Padre. A partir de aquí empieza un fluir gradual de consolación y de paz. Así pues, en la Pasión, tal como está contada, nace ya el sentido de la consolación y de la paz que durará hasta el sepulcro, preparando la escena de la resurrección.

Podemos tener en cuenta sin más esta progresión y, a continuación, el gradual subintrar de una atmósfera nueva, cuando Jesús está en la cruz. Saboreamos el cambio que misteriosamente el Crucificado provoca en los que están cerca de él: las mujeres, los amigos.

He aquí algunas indicaciones para una reflexión sobre estas escenas de la Pasión. Deben constituir un tema frecuente de nuestra contemplación, porque son el contraveneno cotidiano para la atmósfera del mundo en que vivimos y del que habla Pablo cuando escribe a los Efesios, en el cap. 6 (cf. apéndice).

En la atenta contemplación de la Pasión es donde se desatan los nudos de situaciones difíciles de comprender y se aclaran los juicios sobre situaciones ambiguas. Confrontado con este paradigma, cae lo que es escoria y permanece, en cambio, lo que vale desde el punto de vista evangélico.

Tal vez se deba a la falta de reflexión, de meditación, de contemplación sobre la Pasión de Jesús, el que hoy estemos asistiendo a muchas confusiones. La Pasión tiene una parte tan preponderante en los evangelios precisamente para ofrecernos un elemento seguro de discernimiento.

8

LA RESURRECCIÓN

(y la vida oculta de Jesús)

En esta última contemplación deseamos responder a dos preguntas:

– ¿Cómo es que Marcos no hace ninguna alusión, en el camino que propone al catecúmeno, a la infancia de Jesús y, por consiguiente, a la presencia de María en la vida del Señor?

– ¿Por qué se da al catecúmeno solo una brevísima instrucción sobre la resurrección, limitada únicamente a ocho versículos al final del Evangelio de Marcos?