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LA CRISIS DEL MINISTERIO GALILEO DE JESÚS (Las parábolas de la semilla)

4. La respuesta en parábolas

Veamos ahora, como cuarto punto de nuestra reflexión, de qué modo responde el capítulo de las parábolas a esta situación de crisis.

Las tres parábolas –que tienen como protagonista común la semilla– nos proporcionan, cada una de ellas con un mensaje diferente, la respuesta a la pregunta fundamental: por qué la palabra de Dios no da fruto de inmediato ni transforma el mundo, no transforma a los otros, ni a mí mismo, etc.

La parábola del sembrador

La primera palabra, la del sembrador, lleva, en sustancia, esta enseñanza: la palabra de Dios no da fruto automáticamente.

La palabra de Dios, de por sí, es buena y, si fuera bien presentada, daría fruto, pero eso no depende solo de la palabra; depende asimismo de las diferentes situaciones en que se encuentra el terreno, de las diferentes respuestas que recibe. Estamos ante un punto esencial del misterio del Reino de Dios, que no es un misterio que debamos interpretar empleando categorías relacionadas con la eficiencia, a saber: se ponen en marcha una serie de medios y se obtienen unos resultados adecuados. El del Reino de Dios es un misterio de diálogo en el que se hace una propuesta que puede ser aceptada o dejada de lado y apenas considerada o rechazada. Es un misterio que los apóstoles fueron llamados a vivir con el Señor. A verificar, día a día, que el Reino de Dios va adelante a través de esta humilde propuesta, que, precisamente por ser propuesta, tiene en sí todo el riesgo de la negligencia, del descuido, de la no aceptación, de la oposición. Y los apóstoles deben vivir con Jesús este misterio de la humildad de la semilla del Reino, el cual, aunque sea palabra de Dios –y, por consiguiente, la realidad más perfecta, más santa y más superpoderosa que exista–, se adapta a ser acogida por las piedras, por las espinas, por el terreno equivocado, y acepta esas situaciones en las que no puede dar fruto.

Tal vez podríamos preguntarnos, con la Iglesia primitiva, en una explicación más amplia de la parábola del sembrador, cuáles son las situaciones que impiden dar fruto.

La parábola enumera tres: la semilla que se comen los pájaros, la que cae entre piedras y no echa raíces, la que cae entre las espinas y es sofocada. Se anotan las tres grandes dificultades en las que incurre continuamente la predicación evangélica, que, aun siendo santa, buena y bien presentada desde el punto de vista pastoral, con frecuencia no da fruto.

La primera dificultad –la semilla devorada por los pájaros– se explica con la mención de Satanás: «En cuanto escuchan, llega Satanás y se lleva la palabra sembrada». ¿Qué significa esta venida de Satanás? Si nos fijamos en la figura de Satanás en otros pasajes de Marcos, por ejemplo cuando Jesús reprende a Pedro en 8,33, veremos que Satanás

lleva en el corazón la incomprensión de los caminos de Dios. La incapacidad de comprender el camino de la cruz y, por consiguiente, el deseo del éxito creciente. El catecúmeno que acepta el cristianismo como un modo de ser más, de valer más, de tener más prestigio, más autoridad, es como la semilla comida por los pájaros. Deberá caer en la cuenta de que no es ese el camino, de que se ha equivocado de senda y debe volver atrás.

La segunda dificultad –la semilla sin raíces– describe la situación en la que se acepta la palabra solo exteriormente. Ha sido acogida por cierto gusto estético de la misma palabra, tal vez por cierto tipo de esnobismo: la palabra gusta, ¡está de moda! Pero, en realidad, no ha sido acogida con esa profunda adhesión a Cristo, con ese amor personal a él que es lo único que permite conservarla sin escandalizarse de él. Este arraigarse en Cristo (del que habla san Pablo en Col 2,7) podría ser el modo en que la Iglesia primitiva explicaba sus raíces: es preciso estar profundamente arraigados en Cristo y en el amor a Cristo para poder convertir su búsqueda no en la moda del momento, sino en algo permanente y profundo, que no tenga miedo al escándalo.

La tercera dificultad –la semilla sofocada– la tienen muchísimos. Las preocupaciones de la vida presente, la atracción ejercida por el tener, por el poder, por el poseer. Para muchos, la preocupación por la ganancia representa un obstáculo para la misma palabra. Esas preocupaciones por la vida presente tienen, por otra parte, una aplicación muy amplia, si pensamos que en el reproche que se le hace a Marta, quien incluso se estaba ocupando de la comida de Jesús, vuelve el mismo mensaje: «Marta, Marta, te preocupas y te inquietas por muchas cosas» (Lc 10,41). Así pues, el juicio sobre el influjo negativo de las excesivas preocupaciones –si queremos dar de verdad sentido y valor a las palabras empleadas por Jesús– es muy severo.

En conclusión, la palabra no da fruto automáticamente, sino de una manera humilde, y, aun siendo divina, se adapta a las condiciones del terreno, o, mejor aún, acepta las respuestas que el terreno da y que con frecuencia son negativas. Así es como Jesús explica a los apóstoles por qué él predica y su palabra no es eficaz. En realidad, no es que su palabra sea ineficaz, sino que lo que falta es la acogida. Esta parábola pretende ser la justificación de Jesús frente a los suyos, que querrían un éxito mayor, casi automático, de su predicación.

La semilla que crece por sí sola

La segunda parábola –la semilla que crece por sí sola– es en cierto modo, como ocurre a menudo en el Evangelio, el reverso de la precedente. La primera nos ha dicho que la palabra no da fruto por sí sola; aquí, por el contrario, se afirma: «La tierra por sí misma produce fruto» (4,28).

Lo que se pretende decir a los apóstoles, que tienen miedo porque la palabra es objeto de rechazo, es que esta da fruto a su tiempo. Es preciso tener confianza, porque la

palabra sembrada sigue adelante por sí sola. Lanzadla, por consiguiente, con valor, no os echéis atrás diciendo que el terreno no está preparado y es preciso esperar a que esté en mejores condiciones, no creáis que sois vosotros los dueños de la palabra. Vosotros tenéis que lanzarla y después echaros a dormir; no le deis más vueltas, y ella sola dará su fruto.

Mientras que la primera parábola expresa una lección de realismo, esta nos presenta una lección de confianza absoluta en que la palabra, por sí sola, fructificará. Basta sembrarla con valor, con paciencia y con perseverancia.

El grano de mostaza

La tercera parábola –la del grano de mostaza– está adaptada también a esta situación. Los apóstoles que están en torno a Jesús ven, en un determinado momento, que su grupo sigue siendo un grupo pequeño, que no se desarrolla, que mucha gente no se toma en serio al Maestro. Y él responde a sus muchos interrogantes con la parábola del grano de mostaza, de la pequeña semilla. No tengáis miedo –dice–, el Reino de Dios comienza con poco. No queráis pretender quién sabe qué resultados, dejad que las cosas se vayan desarrollando gradualmente: de unas semillas pequeñas, de unos comienzos invisibles, nacerá el gran éxito del Reino de Dios.

Jesús pide, en sustancia, a los apóstoles un cheque en blanco; pide una confianza absoluta en él: ¡seguidme! Estáis viendo que las cosas no van bien, os imaginabais que teníais un Maestro que arrastraría a las masas y en cambio estáis viendo que no es así. Esto no depende de mí, depende del hecho de que el Reino tiene la estructura de propuesta de una persona a otra persona; pero el Reino de Dios es poder de Dios y, por consiguiente, se desarrolla sin falta. Dios sacará un mucho de lo poco; de lo poquísimo se desarrollarán cosas inmensas.

Jesús educa a los suyos –y la Iglesia primitiva repite esta enseñanza a los catecúmenos– para que cierren los ojos a algo que parece real porque se ve, y los abran a lo que es, a saber: a la realidad misteriosa del Reino de Dios que está fructificando silenciosamente, sin que nosotros nos demos cuenta, y dará fruto a su tiempo.

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