Veamos, pues, algunos elementos en particular de la segunda parte del Evangelio de Marcos, las predicciones de la Pasión. La primera predicción sigue inmediatamente a la confesión de Pedro y las otras dos se suceden a intervalos de un capítulo cada una, es decir, a intervalos regulares. Esta sucesión rítmica, en Marcos, es evidentemente intencional.
En primer lugar, ¿por qué tres predicciones? Porque es preciso que lo que es esencial se repita: tres veces. Se trata, por tanto, de una enseñanza extremadamente importante. Precisamente por eso aparece colocada de repente, al comienzo de la segunda parte.
a) Primera predicción de la Pasión: Mc 8,31-37...
«Y empezó a explicarles...»: evidentemente se trata de un nuevo comienzo, de un nuevo modo de hablar, de un nuevo momento de la formación de los Doce.
¿Qué enseña Jesús? «Que el Hijo del Hombre tenía que padecer mucho, ser reprobado por los senadores, los sumos sacerdotes y los letrados, sufrir la muerte y al cabo de tres días resucitar. Les hablaba con franqueza».
Jesús enseña, pues, algo nuevo que no había mencionado nunca antes y que penetra verdaderamente, hasta el fondo, en su misterio. Enseña que «tenía que» [padecer], que todo esto forma parte del plan de salvación, que se trata, precisamente, del designio de Dios para la redención de la humanidad.
Veamos esta afirmación en detalle:
– «El Hijo del Hombre»: se trata de una designación misteriosa que expresa, en la tradición apocalíptica, una connotación gloriosa del Mesías, pero que aquí se emplea, sin embargo, en un contexto de extrema humildad y de humillación total. – «Padecer mucho, ser reprobado»: ser reprobado por los senadores, los sumos
sacerdotes y los letrados; es decir, por la gente de la cultura, por las categorías sociales que contaban en aquel tiempo.
– «Sufrir la muerte y al cabo de tres días resucitar. Les hablaba con franqueza»: esto nos hace comprender, precisamente, que Jesús no ha hablado hasta ahora con franqueza. Ha atraído a los suyos –en particular a los Doce– con la fascinación procedente de su persona, de su poder milagroso, de su bondad; les ha llenado de confianza en él. Ahora que son un pequeño grupo, ya bien compacto, puede hablarles con franqueza. Y las palabras francas son extremadamente duras, porque se habla de morir: ser reprobado y sufrir la muerte. También aparece en perspectiva la resurrección, es cierto, pero de una forma tan misteriosa que los discípulos no comprenden aún.
El misterio, por tanto, sigue presente en su totalidad y crea inmediatamente en los Doce un sentimiento de turbación y de desconcierto que se expresa, justo después, en la intervención de Pedro (vv. 32b-33). Este manifiesta la reacción del hombre común, de cada uno de nosotros: lo que dices no debe ser, es algo que no tiene ni pies ni cabeza, algo que no tiene sentido. Expresa nuestra incapacidad para comprender el misterio de Dios tal como se nos manifiesta en su realidad y verdad, en Jesucristo.
Cuando –desde un conocimiento exterior del misterio de Dios en Cristo– pasamos a su verdadera comprensión, es decir, al misterio de Cristo reprobado y muerto por nosotros, nuestra primera reacción podría ser muy bien la expresada por las palabras de Pedro en el Evangelio de Mateo: «¡Dios te libre, Señor! No te sucederá tal cosa» (Mt 16,22). Probablemente los Doce comprenden que si a su maestro le pasa eso, a ellos les está destinado algo parecido, y su suerte, de cara al futuro, no será ciertamente de color de rosa. Todo su horizonte se nubla y se oscurece.
Y Jesús le dice entonces a Pedro que no comprende nada del plan de Dios. En Pedro son los Doce los que se ven enfrentados al plan de Dios tal como es, y se ven puestos frente a la dura realidad del proyecto del Señor, una realidad misteriosísima, inaceptable desde el punto de vista de la lógica humana común. Sin embargo, dado el afecto que le han cobrado a Jesús por el hecho de convivir con él, ellos ya no la pueden rechazar. Tienen reacciones interiores contradictorias, es verdad, pero están tan totalmente cautivados por la persona del Señor que este sabe muy bien que puede hablarles con franqueza. Con todo, la palabra misma sigue siendo durísima.
...y sus consecuencias
En los vv. 34-37 aparece, a continuación, lo que tiene que ver con los discípulos. Jesús ha hablado de sí, ha hablado de su propio destino de una manera clara, suscitando el asombro, la turbación y el desconcierto de los apóstoles. Ahora, gradualmente, empieza a traducir su propio camino, su propio misterio de Hijo del Hombre, en relación con la vida de los que le siguen. Tiene lugar precisamente lo que los apóstoles, tal vez inconscientemente, se temían: el camino de Jesús es el camino de los suyos.
Tenemos también sus palabras: «Quien quiera seguirme, niéguese a sí» (v. 34). Si recordamos el error de Pedro, que negó a Jesús diciendo que no le conocía, podremos afirmar que la expresión «negarse a sí mismo» significa precisamente «no me conozco, ya no tengo en cuenta mi vida, no me tomo en consideración». Así dirá Pablo, resumiendo su vida en el discurso dirigido a los ancianos de Éfeso, referido en Hechos 20,18-24.
Y Jesús continúa: «Cargue con su cruz», es decir, con todas las incomodidades que comporta el seguimiento de Cristo, y «sígame». Toda la fuerza de la frase está colocada en el verbo «sígame»: todo lo que se dice antes y después no es más que los preliminares necesarios para poder convivir con Jesús, para poder seguir conviviendo con él.
Podríamos extender nuestra consideración a todo lo que en los capítulos siguientes, especialmente en el cap. 10, se especifica en torno a este seguimiento de Jesús. Aquí tenemos solo la primera de las indicaciones de lo que implica el misterio del Reino. En los capítulos siguientes se especifica la misma exigencia de varios modos.
He recogido algunos fragmentos bajo el título «Jesús y los suyos» a fin de mostrar que, en la práctica, su enseñanza dirigida al pequeño grupo de los Doce se puede resumir del modo siguiente: el que ha aceptado la llamada personal a seguirme, a convivir conmigo, debe aceptarme tal como soy. Cf. Mc 10,43-45; 10,29; 10,38; 13,13.
¿Y cómo se describe la identidad y el obrar de Jesús? Jesús explica que, donde y como esté él, también deben estar los otros. Afirma, por ejemplo: no he venido a ser servido, sino a servir; así, el que de vosotros quiera ser como yo, que sea siervo de todos.
Yo lo he dejado todo: el Hijo del Hombre no tiene dónde reposar la cabeza, de modo que puede pediros a vosotros que dejéis padre, madre, campos, hijos...
Yo he venido a vosotros como alguien que no posee nada, de modo que puedo pediros a vosotros que dejéis las riquezas con las que el Reino de los cielos no congenia.
Yo soy el primero en beber el cáliz de la Pasión, de modo que puedo pediros que bebáis mi cáliz.
Yo acepto la contradicción, el ser reprobado por la mayoría de mi pueblo, de modo que puedo pediros que también vosotros aceptéis la contradicción, la crítica, venga de donde venga, porque el Hijo del Hombre ha sido el primero en ser reprobado.
Dicho con otras palabras, Jesús, en los textos que acabamos de citar, pide que se elija valerosamente una vida como la suya. Que la elijan de corazón, porque el tener esta o aquella situación exterior no depende de nosotros. Sí depende de nosotros, en cambio, elegir en lo hondo de nuestro corazón una vida lo más cercana posible a su modo de vivir entre los hombres.
No dependerá de nosotros optar siempre por el servicio más humilde, por la posición menos brillante, por la condición exterior más modesta, pero sí dependerá de nosotros el tener, en el corazón, este deseo de estar, en cuanto sea posible, donde esté él.
Y, por consiguiente, entre posiciones de mayor o menor prestigio y poder, preferir las segundas; entre condiciones de mayor o menor riqueza, preferir estas últimas; entre posiciones de servicio cómodas o incómodas, preferir las incómodas.
Así es como tiene lugar, en esta segunda parte del Evangelio de Marcos, el encauzamiento hacia las opciones evangélicas. Jesús se pone por delante, se presenta a sí mismo e invita a cada uno a estar donde él se encuentra, al menos con el corazón, al menos con el deseo, porque esta es la manera de comprender a fondo el sentido del Evangelio.
Es esta una opción extremadamente importante porque, más allá de todas las teologías, de todas las teorías, afecta a la capacidad de comprender el Evangelio desde dentro [98, 146, 167].
Cuando no se haya realizado la elección fundamental de estar allí donde está Jesús, no solo en su actividad exterior descrita en la primera parte de Marcos, sino a lo largo del itinerario que lleva a la cruz, descrito en la segunda, no será posible enmarcar las otras verdades evangélicas, darles su sitio adecuado, tener la Gestalt de que hemos hablado, a saber: la relación entre las cosas particulares y su fondo, que pone cada cosa en su sitio.
Todo verdadero restablecimiento, toda verdadera profundización del espíritu, toda capacidad de comprender las situaciones en las que nos encontramos –nuestra situación en el mundo, la situación actual de la Iglesia– parte de esta renovada adhesión al camino de Jesús, tal como se nos presenta en la segunda parte del Evangelio de Marcos.
Es el secreto evangélico que nos proporciona el modo de comprender nuestro sitio, el sitio de la Iglesia en el mundo; y el corazón de las demandas de Jesús.
b) Segunda predicción de la Pasión: Mc 9,31-32
Es muy breve: «A los discípulos les explicaba: “El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de hombres, que le darán muerte; después de morir, al cabo de tres días, resucitará”. Ellos, aunque no entendían el asunto, no se atrevían a hacerle preguntas».
Tenemos a Jesús, cada vez más cercano al grupo de los suyos, formándolos en el único punto esencial y presentándoles el misterio central del Evangelio, a saber: él, su muerte y resurrección.
Marcos, no obstante, nos hace notar que todo este misterio es difícil y que hay que reflexionar sobre él continuamente en las nuevas situaciones, en las nuevas exigencias de nuestra vida espiritual, y con el crecimiento de la misma.
La de Jesús es una propuesta absolutamente incomprensible, que no tiene parangón con ninguna otra propuesta humana.
Ninguna propuesta humana se atrevería a hablar de muerte y resurrección: nos encontramos aquí en el corazón de la fe plena y pura que se pide al discípulo, una fe que es el único camino para llegar a un verdadero conocimiento de lo que significa la vida evangélica.
c) Tercera predicción de la pasión: Mc 10,32-34
Es más amplia que las precedentes: «Iban de camino, subiendo hacia Jerusalén. Jesús se les adelantó y ellos se sorprendían; los que seguían iban con miedo».
Da la impresión de que Marcos quiere infundirnos ánimo al decir que a los apóstoles les había llevado tiempo comprender. Ellos amaban a Jesús, Jesús estaba en medio de
ellos, más aún, iba delante de ellos, y no podían dejar de seguirle; sentían una atracción intensa hacia él, pero, en lo que se refiere a comprender de verdad el corazón del misterio, todavía les quedaba un largo camino por recorrer. Y ese camino era extremadamente fatigoso.
«Él reunió otra vez a los doce y se puso a anunciarles lo que le iba a suceder: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén: el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y los letrados, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos, que se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y le darán muerte, y al cabo de tres días resucitará”».
El misterio está de nuevo presente, con una notable insistencia en los momentos en que Jesús es objeto de reprobación y de desprecio. La predicción se convierte, por tanto, en una nueva petición a los apóstoles de que se fíen de él y de que acepten todo el misterio en su globalidad, porque no hay resurrección sin el paso por el sufrimiento.
¿Qué podía concluir de aquí el catecúmeno que iba siendo educado gradualmente, a través de esta lectura, en la comprensión del misterio central del Reino de Dios?
Me parece que el catecúmeno queda implícitamente invitado –y esto mismo vale también para nosotros– a adorar, antes que nada en la oración, el misterio del designio divino, reconociendo que este misterio es extremadamente difícil de comprender. Que cada vez que tropezamos con él, no solo en la fantasía, sino en la realidad, experimentamos una instintiva incapacidad para adaptarnos; ahora bien, es precisamente en la oración donde debemos insistir, pidiendo poder aceptar a Cristo tal como es.
En segundo lugar, se estimula al catecúmeno, junto con todos nosotros, a dar gracias al Señor por haberse manifestado con tanta claridad, y sin ningún deseo de ilusionarnos. Con la perspectiva, por tanto, de pedirle que podamos dar gracias cuando se manifieste en nosotros con la misma realidad de muerte y resurrección, porque entonces estaremos en el centro del Evangelio.
Porque todas las situaciones que a primera vista se nos presentan como incomprensibles e inaceptables –en las que nos sube a la garganta el grito «¡Cualquier otra cosa antes que esto!»– son en realidad situaciones que nos ponen en el centro de la manifestación del misterio de Dios.
Se pide, por último, al catecúmeno –y también a nosotros– que insista en la oración para pedir que Jesús nos mantenga consigo y nos lleve consigo hasta el final, convencidos de que esta aceptación es la llave para la comprensión de todos los espíritus: en Jesús es posible hacer el discernimiento, el análisis de las diferentes mentalidades que obran en nosotros y en la Iglesia, porque llegados a este punto todas las mentalidades y los comportamientos no evangélicos se dispersan, disolviéndose. Todos los sueños, todos los castillos en el aire, todos los proyectos puramente humanos desaparecen, y solo sigue viva la verdad del Evangelio.
conciencia de que esta es la revelación fundamental del Hijo del Hombre y el misterio en el que debe entrar si quiere superar una mera programación humana y colocarse verdaderamente en el corazón del Reino de Dios.