Los pasajes que estamos leyendo contienen todos ellos un reproche de Jesús, un reproche directo o indirecto. De ellos se desprende que se reprocha siempre al discípulo alguna situación de ignorancia y de incomprensión.
En el capítulo segundo nos tropezamos con el episodio de los apóstoles cogiendo espigas de trigo en sábado. ¿Qué es lo que se censura en él? Lo que podríamos llamar la ignorancia de la verdadera libertad de los hijos de Dios. «¿No habéis leído lo que hizo David cuando pasaba necesidad y estaban hambrientos él y sus compañeros? Entró en la casa de Dios, siendo sumo sacerdote Abiatar, y comió los panes presentados» (2,25-26). Se trata claramente de un reproche de Jesús: ¿No habéis leído las Escrituras? ¿No las comprendéis? Se condena la actitud típica de los que están dando fatigosamente el paso desde fuera hacia el centro del misterio pero siguen apegados a las leyes, a las normas, a las convenciones, a las costumbres, como si fueran algo extremadamente importante. El catecúmeno pagano sentía sobremanera la tentación de hacer esto, a saber: atarse a normas y a leyes, como si solo con ellas se pudiera salvar. Jesús da a entender que quien muestra esta actitud de rigidez no ha comprendido todavía el misterio del Reino. Dado que el misterio del Reino no se revela ante semejante apego a la exterioridad legal, Jesús la juzga como un defecto y como un error, advirtiendo que David era diferente y era capaz de darse cuenta de lo que era importante y de lo que era accesorio, tras haber superado el estadio de una legalidad exterior.
Se opera en este pasaje una profunda educación de los apóstoles, a los que Jesús exhorta a ir más allá de lo que constituye la exterioridad del fenómeno, más allá de una pura legalidad.
Encontramos, inmediatamente después, un segundo reproche en el capítulo tercero. Se trata de un fuerte reproche: Jesús mira con ira a su alrededor, profundamente entristecido por la ceguera de sus corazones (3,5)
...para con varias actitudes
¿Qué es lo que suscita aquí la ira de Jesús? Es la situación de los fariseos que le rodean en la sinagoga, mientras él se apresta a curar a un hombre en sábado. Los fariseos no se atreven a responder a la pregunta «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal?» (3,4).
Se trata de gente culta, de gente que ha venido a espiarle, y que está allí mirando, en una actitud de crítica; gente que no se atreve a lanzarse; gente que no se atreve a decir esta boca es mía por miedo a comprometerse. Ahora bien, el Señor rechaza el miedo al compromiso. Es esta una actitud común a muchos cristianos de hoy: estar mirando a la Iglesia, a Cristo, a las cosas de la Iglesia, desde fuera, dispuestos a juzgar, a programar tal vez, pero sin lanzarse, no obstante, al interior y comprometerse. Es la actitud de la
cómoda suficiencia crítica de quien no quiere pagar con su persona; del que, aun estando bautizado, está fuera con su corazón; del que juzga desde lo alto a la Iglesia, a las personas de la Iglesia y su modo de actuar, diciendo que no actúan como deberían, pero que no quiere lanzarse al interior y correr el riesgo de equivocarse. Semejante actitud suscita la ira de Jesús y su profundo dolor, porque expresa el hecho que se discute: se diserta sobre el Reino de Dios de una manera incluso docta, de una manera aparentemente prudente, pero se tiene miedo a ensuciarse las manos, a mezclarse en la pelea.
En el mismo capítulo tercero encontramos otra actitud posterior censurada por Marcos. La situación está aquí invertida, porque son los otros los que lanzan reproches a Jesús. Es una situación paradójica, irónica, con la que Marcos quiere hacer ver a qué punto se llega cuando se critica al mismo Jesús. ¿Por qué? Llegan los suyos y quieren sujetarle diciendo: «¡Está fuera de sí!» (3,21). Es otra actitud típica del que cree estar dentro del misterio pero todavía está fuera del mismo.
Es el miedo a quedar atrapado por Jesús, o sea, el miedo a que a uno lo llamen fanático.
Son muchos los que quisieran acercarse al misterio cristiano, participar en él de modo parcial, pero no demasiado, por miedo a que la gente diga: «¡Está loco!». En realidad no se quiere participar hasta el fondo en el misterio de Jesús, y este miedo tampoco es raro en el interior de la misma Iglesia. Muchos de nosotros querríamos vivir el cristianismo de tal modo que la gente no pensara que somos diferentes, un poco raros, que nos exponemos en exceso, que no se dijera en ciertos medios que somos unos fanáticos.
Está claro que no debemos ser fanáticos; ahora bien, tampoco debemos tener miedo a que otros lo piensen; debemos ser prudentes, equilibrados, discretos, pero no debe preocuparnos demasiado que los otros nos consideren como tales. Porque va a ser difícil, si tomamos el Evangelio al pie de la letra, que en un determinado momento no diga alguien de nosotros: «Está fuera de sí, hace demasiado, se lo toma demasiado a pecho»; dado que esta fue la suerte que corrió Jesús.
En el capítulo cuarto encontramos descrita ampliamente otra actitud presentada como un punto de partida erróneo para un itinerario catecumenal. En forma parabólica y enigmática en los vv. 4-7, donde se habla de la semilla comida por los pájaros, pisoteada por el camino, sofocada por las espinas; explicado después en los vv. 14-20 a través de las diversas aplicaciones: el diablo, las persecuciones, los afanes y compromisos excesivos. Querría insistir aquí sobre todo en lo que tiene su origen en el corazón del hombre, es decir, en los compromisos demasiado afanosos y en las múltiples preocupaciones.
Se señala todo esto como una de las causas de la imposibilidad de comprender la palabra y de la incapacidad para penetrar el misterio. Lo sabemos por experiencia: esta es
una de las causas más frecuentes por las que los hombres –incluso los cristianos dotados de una real bondad de espíritu– no llegan a superar la exterioridad. Al estar cogidos por muchas cosas, enviscados en una continua sucesión de acontecimientos exteriores, son incapaces de llegar al corazón de la realidad.
Estas son las actitudes que está llamado a superar aquel que empieza el camino del conocimiento de Jesús. Y no debemos olvidar que las espinas de las continuas preocupaciones –merimnai, como dice el texto griego–, es decir, de las angustias del momento presente, pueden actuar en cualquier situación, en cualquier momento, incluso cuando ya se está muy avanzado en la vida del espíritu y del conocimiento de Cristo.
La acumulación de preocupaciones exteriores constituye el peligro más grave en el que podemos incurrir, porque puede verdaderamente sofocar y embotar el espíritu.
En el mismo capítulo cuarto podemos encontrar otra actitud reprobada por el Señor: «Cuidado con lo que oís: la medida con que midáis la usarán con vosotros y con creces» (4,24). Es la actitud del corazón estrecho, del corazón que no se abre; da poco y por eso recibe poco; del corazón que pide al Evangelio solo lo que necesita, por lo que recibe muy poco. Un encerrarse en los propios límites, que algunas veces se puede convertir en regla de vida: hacer lo menos posible, contentarse con todo lo que nos pone a cubierto del compromiso excesivo, de las exigencias de Dios; optar por la mediocridad que conduce a un callejón sin salida.