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EL LIBRO DE LOS PROVERBIOS

6. CONTENIDO TEOLÓGICO

La finalidad del libro de los Proverbios se expresa en el prólogo introducido por el redactor final con estas palabras: «Proverbios de Salomón, hijo de David, rey de Israel: para aprender sabiduría e instrucción, para comprender máximas profundas, para adquirir la instrucción adecuada – justicia, equidad y rectitud–; para enseñar sagacidad a los simples, conocimiento y reflexión a los jóvenes. El sabio escuche y aumentará su saber y el inteligente adquirirá destreza, para descifrar proverbios y refranes, las máximas y enigmas de los sabios. El temor de Yahvé es el principio del conocimiento; los necios desprecian la sabiduría y la instrucción» (Pr 1, 1-7).

El autor del libro parece dirigirse no solo al pueblo de Israel, sino a todos los hombres, considerados según una triple categoría –inexpertos, jóvenes y sabios–, con la intención de ofrecer, con las sentencias de los proverbios, «sabiduría e instrucción», de modo que alcancen «justicia, equidad y rectitud». La sabiduría consiste, por tanto, en el conocimiento de todo lo que se debe hacer y de todo lo que hay que evitar para vivir una vida justa y recta, según el admirable proyecto que se encuentra inscrito en el orden establecido por Dios. Como fundamento de la sabiduría y el conocimiento recto, el autor indica el «temor de Dios», concepto fundamental de la tradición sapiencial.

a) La sabiduría y la instrucción

La sabiduría “(ḥokmah)”, según el autor de Proverbios, consiste, concretamente, en la capacidad de entender el sentido de la existencia para vivir según un comportamiento

bueno y recto, por eso afirma: «sabiduría del prudente es comprender su conducta» (14, 8)[50]. El término se acerca a vocablos como ciencia, reflexión, inteligencia, disciplina (2, 10-11), y entitativamente se presenta como realidad alcanzable por todo aquel que verdaderamente la desea, acercándose a ella (13, 20), guardándola en la memoria y en el corazón (2, 1-4; 15, 14), temiendo el mal y alejándose de él (3, 7; 14, 16). La posibilidad de alcanzarla implica, además y sobre todo, una relación justa del hombre con Dios, como presupone la tradición religiosa de Israel. Si es cierto, en efecto, que los Proverbios presentan una sabiduría que se podría definir «secular», ya que se reconoce la capacidad de la razón para alcanzar debidamente una comprensión de sí mismo, de los demás y del mundo, con un realismo extremo, el sabio israelita entiende que no es posible separar la experiencia del mundo de la experiencia de Dios, ya que el mundo está penetrado por el misterio de Dios, y solo una actitud religiosa hace posible el encuentro acertado entre el hombre y la creación: «los que buscan a Yahvé lo comprenden todo» (28, 5). La justa relación con Dios es, por tanto, condición esencial para el conocimiento de la realidad. Por este motivo, el sabio advierte constantemente que el inicio de la sabiduría es «el temor de Yahvé» (1, 7; 9, 10; 15, 33), expresión que se debe entender como actitud reverencial y filial hacia Dios, adhesión y obediencia amorosa a su voluntad.

En Proverbios, por otra parte, el autor ha querido instruir sobre la sabiduría no a través de una teoría general coherente y bien estructurada, ni tampoco a través de un sistema doctrinal filosófico y teológico, sino ofreciendo una instrucción práctica, extraída de la experiencia humana, pues cada proverbio es fruto de la experiencia multisecular de los hombres, que transmite una riqueza práctica y acrisolada, sobre el mundo[51], el hombre y Dios. Ciertamente, esta sabiduría práctica se propone mediante exhortaciones e instrucciones de diversa índole y grados de intensidad: a veces se trata de simples observaciones realistas de la vida (por ejemplo, sobre la diferente situación de ricos y pobres: Pr 10, 15; 18, 23); otras veces se establecen analogías que muestran los nexos entre eventos que permiten un justo discernimiento de la realidad (así, los malos consejeros son comparados a la escoria que conviene quitarle a la plata para que quede pura: Pr 25, 3); en ocasiones se usan imperativos que, sin instaurar propiamente principios morales, resaltan y proponen normas de conductas que hay que seguir o comportamientos que hay que evitar (22, 24; 23, 10-11). Desde una perspectiva didáctica se comprende que la sabiduría práctica que desea inculcar el autor de Proverbios se orienta a que el hombre reconozca sus límites y la grandeza de Dios, que tiene la última palabra en todos los proyectos humanos: «No hay sabiduría, ni prudencia ni consejo delante de Yahvé. Se prepara el caballo para el día del combate, pero la victoria es de Yahvé» (21, 30-31). Para el autor de Proverbios, el verdadero protagonista de la historia es siempre Yahvé, ya que «el malvado no quedará impune, mas la estirpe de los justos se salvará» (11, 21; cf. 12, 7; 14, 22; 15, 6, etc.), y Dios es el único que «sondea los corazones» (21, 2) y «juzga a cada uno» (29, 26).

A la luz de las consideraciones expuestas anteriormente, no sorprende que el tema del temor de Dios adquiera un relieve especial en el libro de los Proverbios, siendo mencionado frecuentemente, desde el comienzo del libro, como condición necesaria para alcanzar la sabiduría: «El temor de Yahvé es el principio del conocimiento; los necios desprecian la sabiduría y la instrucción» (1, 7)[52]. Esta frase crea una inclusión que comprende prácticamente toda la primera parte del libro (cf. 9, 10) reapareciendo poco más adelante (15, 33), lo que pone en evidencia su importancia. En Proverbios, igual que en otros textos sapienciales (Jb 28, 28; Sal 111, 10; Si 1, 14-20; 19, 20), el vocablo hebreo “yir’ah” (temor) corresponde más exactamente a «respeto, veneración». La expresión “yir’at Yahvé” implica, por tanto, la idea de reverencia y respeto religioso, es decir, de piedad para con Dios: una actitud religiosa de la criatura ante el creador, de obediencia filial, que conlleva la disposición interior de apertura a la trascendencia divina.

Decir que «el temor de Dios» es el «principio de la sabiduría» significa, por consiguiente, que el inicio, fundamento y sustancia de la ciencia de las realidades divinas y humanas es la actitud humilde, acogedora y confiada respecto a Dios. «Principio» no quiere decir en este caso solamente el primer momento en orden cronológico, sino fundamento sobre el que es posible construir y esencia de lo que se desea conocer. En este sentido, la contrafigura del «sabio» es la del que se resiste, se opone, desprecia y orienta su vida sobre bases diferentes a las del temor de Dios. Tales hombres son llamados en Pr 1, 7 «necios», es decir, insensatos, sin criterio, porque con su actitud se alejan de la sabiduría y de la instrucción.

c) La sabiduría personificada, preludio de la doctrina neotestamentaria sobre el Verbo encarnado

El concepto de sabiduría que acabamos de examinar exige todavía una ulterior puntualización, debido a que Pr 1-9 habla de una sabiduría que no solo se presenta, sino que se «auto-presenta» como una realidad personificada (1, 20-32; 8, 12-36; 9, 1-6), cuya manifestación concreta se impone y no puede ser desmentida ni por la experiencia propia ni por la de los demás. El «Yo» con el que se da a conocer esta sabiduría emerge con fuerza y autoridad, alcanzando el espesor de un «ser personal» en el acto de manifestarse, y lo hace mediante la palabra: la sabiduría habla y se dirige a los hombres. Su carácter unitario la distingue de los ídolos que son múltiples. Aparece dotada, además, de sensibilidad, con capacidad de gozar y de amar, constituyendo sus delicias estar con «los hijos de los hombres». Lo expresan las siguientes palabras:

«Yahvé me creó, primicia de su camino, antes de sus obras más antiguas. Desde la eternidad fui formada, desde el principio, antes del origen de la tierra. Cuando no existían los abismos fui engendrada, cuando no había manantiales cargados de agua. Antes que los montes fuesen asentados, antes que las colinas, fui engendrada. No había hecho aún la tierra ni los campos, ni el polvo primordial del orbe. Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo, cuando trazaba la bóveda sobre la superficie del

abismo, cuando sujetaba las nubes en lo alto, cuando afianzaba las fuentes del abismo, cuando marcaba su límite al mar para que las aguas no desbordaran sus orillas; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a Él, como aprendiz, yo era su alegría cotidiana, jugando todo el tiempo en su presencia, jugando con la esfera de la tierra; y mis delicias eran con los hijos de los hombres» (8, 22-31). Es la misma sabiduría la que invita al hombre a caminar sobre el sendero de la vida, prometiéndole felicidad y advirtiéndole de los peligros para quienes la abandonan: «Ahora, pues, hijos, escuchadme, dichosos los que siguen mis caminos. Escuchad la enseñanza y haceos sabios, no la rechacéis. Dichoso el hombre que me escucha velando a mi puerta día tras día, guardando los dinteles de mi entrada. Pues quien me encuentra, encuentra la vida y obtiene el favor de Yahvé. Mas quien me ofende, se daña a sí mismo; los que me odian, aman la muerte» (8, 32-36).

La figura de la sabiduría que llama, invita y atrae, expresa, a su vez, la entrega total con la que el hombre debe buscarla, hasta dar todo lo que posee para conseguirla (4, 7; cf. 2, 4; 3, 13-15; 8, 10.11.19). En contraposición a la sabiduría, en el otro extremo se yergue la «necedad» personificada, «Doña Necedad» (9, 13-17), representada por la figura de una «mujercita», «chismosa, estúpida e ignorante» (9, 13). Las imágenes femeninas parecen haber sido convenientemente delineadas por el autor del libro con el fin de contraponer la figura del sabio, que se deja seducir por la verdadera sabiduría, al necio que, por inexperto e insensato, se deja arrastrar por la simpleza y el desatino.

Un aspecto importante que conviene destacar es que la personificación de la sabiduría en Pr 8, 22-31 presenta rasgos sorprendentes, que la elevan a la esfera divina. El autor del libro la delinea, en efecto, como una realidad que existe desde siempre –«desde la eternidad fui formada, desde el principio, antes del origen de la tierra. Cuando no existían los abismos fui engendrada, cuando no había manantiales cargados de agua»–, colaborando desde el comienzo de la obra de la creación[53]. Por este motivo, parece legítimo considerar Pr 8, 22-31 una de las cimas del desarrollo teológico veterotestamentario sobre la sabiduría, ya que muestra en su plenitud y pureza el más alto significado del concepto de “ḥokmah”, sin contaminaciones de tipo mítico ni riesgos de mezcla con concepciones del mundo pagano. La perspectiva cósmica de la obra de la creación hace de la sabiduría una realidad única que colabora con Dios desde la fundación del mundo, situándola en la esfera divina: la sabiduría permanece unida a Dios como un Uno, aunque distinta del Uno. La conciencia veterotestamentaria de la unicidad de Dios ha hecho, además, que se evitase cualquier tipo de dualismo. Nos encontramos en una de las últimas etapas de la reflexión veterotestamentaria sobre el concepto de sabiduría, que junto a los textos de Si 24, Sb 7, 22-27, Ba 3, 9-4, 4 prepararán la doctrina trinitaria del Nuevo Testamento y ofrecerán una perspectiva adecuada para entender la figura de Jesús en cuanto Sabiduría de Dios encarnada (cf. Mt 11, 19; Lc 11, 49; 1 Co 1, 24-30; Col 1, 16-17; Jn 1, 1-18; etc.)[54].

BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL

Proverbios

ALONSO SCHÖKEL, L. – VÍLCHEZ LÍNDEZ, J., Proverbios, Cristiandad, Madrid 1984.

BARUCQ, A., Le livre des Proverbes (SBi 3), Gabalda, Paris 1964.

BELLIA, G. – PASSARO, A., Libro dei Proverbi. Tradizione, redazione, teologia,

Piemme, Casale Monferrato (AL) 1999.

BERNINI, G., Proverbi (NVB) Paoline, Roma 1978.

BONORA, A., Proverbi, en AA.VV., Il messaggio della salvezza. V. Gli «Scritti»

dell’Antico Testamento, LDC, Leumann (TO) 1990, 30-51.

BONORA, A., Proverbi, en BONORA, A. - PRIOTTO, M. y coll., Libri Sapienziali e altri

scritti (Logos 4), LDC, Leumann (TO) 1997, 47-56.

BONORA, A., Proverbi-Sapienza. Sapere e felicità, Queriniana, Brescia 1990.

FEDRIZZI, P., Proverbi (SB), Marietti, Torino-Roma 1971.

MORLA ASENSIO, V., Libros sapienciales y otros escritos, Verbo Divino, Estella (Navarra)

NOTAS

34 Como afirma J. VÍLCHEZ LÍNDEZ: «El libro de los Proverbios es el más representativo de los sapienciales

bíblicos. En él se encuentran los testimonios más antiguos y más refinados del estilo literario sapiencial […]. Por todo esto contiene, sin duda, las esencias de la sabiduría israelita con sus dos rostros: el de la sabiduría popular, aunque ya estilizada por los sabios, y el de la sabiduría de escuela» (Proverbios, en L. ALONSO

SCHÖKEL - J. VÍLCHEZ LÍNDEZ, Proverbios, 95).

35 Cf. A. R. JOHNSON, Mashal, VTS 3 (1960) 162-169; J. M. THOMPSON, The Form and Function of Proverbs in

Ancient Israel, Nashville 1965; J. VÍLCHEZ LÍNDEZ, Proverbios, 96-97.

36 Los estudios sobre la versión griega de los LXX se han multiplicado desde la segunda mitad del siglo pasado. Una bibliografía esencial en A. MINISSALE, La settanta di Proverbi 10, 12, en G. BELLIA - A. PASSARO, Libro

dei Proverbi, 109, nota 1.

37 Cf. È. PUECH, «Qumran e il libro dei Proverbi», en G. BELLIA - A. PASSARO, Libro dei Proverbi, 169-189. El

autor considera, además, la posibilidad de un influjo de Proverbios sobre los conceptos teológicos de los esenios, que estos, ciertamente, habrían radicalizado.

38 En A. ROBERT - A. FEUILLET, Introducciòn a la Biblia, I, Barcelona 1965, 578.

39 Sobre Pr 1-9 cf. N. C. HABEL, The Symbolism of Wisdom in Proverbs 1-9, Interp 26 (1971) 131-157; J.-N.

ALET T I, Séduction et parole en Proverbes I-IX, VT 27 (1977) 129-144; G. VON RAD, Sabiduría en Israel, 99-

124.

40 Cf. T. P. MCCREESH, Wisdom as Wife. Proverbs 341, 10-31, RB 92 /1985) 25-46; M. MILANI, Elogio della

donna-sapienza (Prv 31, 10-31), en A. BONORA - M. PRIOT TO y coll., Libri sapienziali ed altri scritti, 209-221

(con bibliografía esencial).

41 Cf. C. V. CAMP, Wisdom and the Feminine in the Book of Proverbs, Sheffield 1985.

42 Sobre las principales propuestas de interpretación cf. M. GILBERT, La donna forte di Proverbi 31, 10-31:

ritratto o simbolo?, en G. BELLIA - A. PASSARO, Libro dei Proverbi, 147-167. Quizá la interpretación más

acorde con el texto y el contexto de la obra sea la de considerar que la mujer de Pr 31 tiene un valor polisémico, es decir, sea a la vez real y realización concreta de la sabiduría, pero también ejemplo paradigmático en el que el sabio puede encontrar un ideal histórico concreto (cf. A. BONORA, La donna

eccellente, la Sapienza, il sapiente (Pr 31, 10-31), RivBib 36 (1988), 157-161.

43 Sobre el fondo histórico y cultural que supone Proverbios cf. G. BELLIA, Proverbi: una lettura storico-

antropologica, en G. BELLIA - A. PASSARO, Libro dei Proverbi, 55-90. El autor resume sus consideraciones

afirmando que la sociedad que supone la redacción última de Proverbios se puede caracterizar por una constante y difundida ambientación urbana que no habría que situar en Jerusalén, sino en una ciudad de la diáspora de proporciones medias, con una relación circular de la ciudad con el campo que no conoce tensiones o dificultades particulares, con un nivel de vida generalmente de bienestar, una estructura social compuesta, aunque, en general, abierta y tolerante, un tejido de tipo metropolitano, policéntrico y multiétnico; y con la presencia de un grupo intelectual de origen urbano, bien situado, con autoridad y atento a la sociedad concreta que constituye el fondo de la obra narrativa del autor último (pp. 83-84).

44 Es necesario advertir, sin embargo, que en el libro de los Proverbios se encuentra una tipología bastante diferenciada de sabios, que va desde la figura cualificada de los reyes (Salomón, Ezequías, Lemuel), pasando por la del padre y del anciano juicioso de los primeros capítulos del libro, hasta la de la sabiduría personificada en la mujer, esposa y madre (c. 2). En definitiva, sabio es quien sabe unir a las dotes prácticas, la prudencia y el sentido común, los valores religiosos y morales contenidos en la tradición del pueblo de Israel desde la época patriarcal (cf. Ibídem, 64-71).

45 Cf. J. VÍLCHEZ LÍNDEZ, Proverbios, 103-106.

46 Cf. E. I. GORDON, Sumerian Proverbs Glimpses of Everyday Life in Ancient Mesopotamia, Philadephia 1959;

M. CIVIL, Sumerian Riddles. A corpus, «Aula Orientalis» 5 (1987) 17-35.

47 Cf. W. G. LAMBERT, Babylonian Wisdom Literature, Oxford 1969, 21-62.

48 Cf. L. VIGANÒ, I libri sapienziali biblici e la letteratura sapienziale della Siria antica, en BELLIA, G. -

PASSARO, A., Libro dei Proverbi, 91-108.

49 Cf. E. DRIOTON, Sur la sagesse d’Aménémopé, en Mélanges A. Robert, Paris 1957, 254-280; G. R.

en T. BALLARINI (ed.), Introduzione alla Bibbia, III 386-389.

50 Cf. G. VON RAD, Teología del Antiguo Testamento, I, 534-548.

51 Sobre el concepto de «cosmos» en la Biblia y, especialmente, en los libros sapienciales cf. M. ADINOLFI,

Antropocosmismo biblico e anticosmismo, en G. DE GENNARO (ed.), Il cosmo nella Bibbia, Napoli 1982, 29-49;

A. BONORA, Cosmo, en NDTB, 322-340; L. MAZZINGHI, Il cosmo nel libro della Sapienza, en A. BONORA - M.

PRIOT TO y coll., Libri sapienziali ed altri scritti, 381-398.

52 Cf. G. VON RAD, Sabiduría en Israel, 75-98.

53 Cf. G. LAURENT INI, Presentazione ed appello della Sapienza (Prov. 8, 1-36), en T. BALLARINI (ed.),

Introduzione alla Bibbia, III, 399-404; L. ALONSO SCHÖKEL, Proverbios, en L. ALONSO SCHÖKEL - J. VÍLCHEZ

LÍNDEZ, Proverbios, 237-242.

54 Cf. P. E. BONNARD, La sagesse en personne annoncée et venue: Jésus Christ, (LD 44) Paris 1966; ÍDEM, De la

Sagesse personnifiée dans l’Ancien Testament à la Sagesse en personne dans le Nouveau, en M. GILBERT