LA POBLACION Y EL PODER
ENUMERACION Y PODER
IV.- CONTROL Y GESTION DE LOS FLUJOS MIGRATORIOS
Si es difícil controlar la natalidad y la mortalidad, también lo es controlar la movilidad, aunque ello depende de los medios de los que disponen las organizaciones que se interesan en modificar el reparto y la distribución de los hombres en el espacio.
68 Se sabe que la movilidad que se traduce en migraciones ha dado lugar a una serie de clasificaciones más o menos sofisticadas según la cantidad y la combinación de criterios.31 Para nuestros fines, no necesitamos una clasificación complementaria, incluso si se pudiera justificar. En efecto, importa menos analizar la causa que determina la movilidad -guerra o trabajo, por ejemplo-, que las relaciones de fuerza que la provocan. Se puede decir que la movilidad es autónoma cuando es producto de una opción deliberada y heterónoma cuando es producto de una coerción. Naturalmente, hay casos límite. ¿Es una movilidad autónoma el caso de quien tiene que escoger entre el desplazamiento o la muerte? La alternativa es brutal pero admitiremos que hay todavía una opción si ésta es producto de una decisión propia del migrante. Dicho de otra manera, el brasileño del Nordeste que emigra huyendo del hambre toma una decisión “autónoma”. Por el contrario, aquel que se desplaza forzado por cualquier autoridad no conoce sino una movilidad heterónoma, ya que la decisión le ha sido impuesta.
Nos interesan ambos tipos de movilidad; el segundo caso es el más sencillo, aunque por fortuna no es el más frecuente, ya que implica un poder con un fuerte componente energético, es decir, un poder coercitivo.
Incluso en el caso de la movilidad autónoma, las organizaciones adoptan estrategias variables para incrementar o para frenar el movimiento. Las políticas migratorias son muy importantes, ya que controlan y administran los flujos en el espacio.
Estados Unidos nos brinda un buen ejemplo del fenómeno migratorio. En 1790, durante el primer censo, dicho país tenía 3, 929, 000 de habitantes. De 1800 a 1860, el crecimiento fue de 33% en promedio por cada década. Entre 1860 y 1870 creció sólo un 22,6%, debido a la Guerra Civil. Entre 1870 y 1900, fluctuó entre 20% y 30%. Es evidente que ese crecimiento no se debió únicamente a la inmigración, que para el siglo XIX representó, sin embargo, una cuarta parte del incremento poblacional en promedio. Hay que tener cuidado en no exagerar los problemas que se desprendieron de esos flujos, ya que para muchos inmigrantes hubo un verdadero deseo “de americanización”, que se tradujo en un aprendizaje apresurado del inglés por parte de muchos de los inmigrantes no anglófonos. Ciertamente, algunos grupos tuvieron dificultades para integrarse y formaron núcleos más o menos aislados en ciertas regiones o en las ciudades. Fenómeno más o menos espontáneo, la inmigración americana se nutrirá por esa humanidad perseguida o abandonada a su suerte, tanto en Europa como fuera de ella.
¿Tenía Estados Unidos una política de inmigración que le permitía controlar o administrar esos flujos? Se podría pensar que las medidas para controlar la migración fueron tardías y que las diferentes políticas aplicadas después de la primera guerra mundial fueron nuevas y comprensibles dada la amplitud del fenómeno. No es así, pues ya desde 1639, las colonias de Massachusetts, Virginia y Pensilvania tomaron decisiones malthusianas para prohibir la entrada a su territorio a los criminales, a los inmigrantes pobres y a quienes no tuvieran buena salud. En algunos casos, el factor religioso fue también un obstáculo. Durante la guerra de Independencia, el general Washington no aceptó en su guardia más que a los “nacidos en el país”32
Thomas Jefferson favorecería medidas restrictivas en materia de inmigración. Medidas que, por disposición constitucional, fueron aprobadas por el Congreso, que tuvo mucha influencia en esa materia. En 1798, una norma obligaba a los capitanes de navío a identificar a los pasajeros extranjeros que transportaban a través del Atlántico. A partir de 1819, una legislación federal obligó a los inmigrantes aregistrarse, al momento de desembarcar. En esa época, los irlandeses, a pesar de la antigüedad de su presencia en las colonias, eran considerados como peligrosos debido a la “pureza” del carácter inglés y protestante de la población en Estados Unidos. El anti- catolicismo fue en ocasiones un elemento motor en la reacción contra los extranjeros. Hay que comprender el temor de los estadounidenses, ya que sus instituciones estaban aún en la infancia.
31 Cf. como introducción, Max SORRE, Les migrations des peuples, essai sur la mobilité géographique. Flammarion, Paris, 1955.
32
69 Pero sería erróneo caer en la idea simplista de un “pobre inmigrante” como objeto de la hostilidad del “nativo”, ya que los inmigrantes tuvieron también su parte de responsabilidad, sobre todo cuando se diferenciaban de una manera muy ostensible a través de su lengua o sus costumbres.
Fue durante el último cuarto del siglo XIX que se tomaron las primeras medidas y se decretaron las primeras leyes para restringir la inmigración. Aunque hay que decir, primero que nada, que 10 millones de inmigrantes entraron a los Estados Unidos antes de aplicar dichas medidas, mientras que entre 1880 y1920, llegaron 23,5 millones de personas más. Las medidas restrictivas fueron más cualitativas que cuantitativas. De hecho, renovaron la vieja tradición -ya mencionada- de prohibir el acceso a los presidiarios, alienados, tarados e indigentes. Dichas medidas afectaron evidentemente a todos los grupos étnicos y evidencian cierta concepción sanitaria de la población en lo que respecta a las preocupaciones eugenésicas. Sería injusto olvidar que ciertos países no dudaban en deshacerse de sus elementos más “desposeídos” y enviarlos con destino a los Estados Unidos.
Las medidas restrictivas de carácter étnico afectaron primero a los chinos, pese a que las medidasadoptadas por el Congreso en 1875 tenían por objeto protegerlos de los abusos de los que eran víctimas, y no fue sino hasta 1882 cuando se promulgó la ley de exclusión contra los chinos. La política de inmigración de los Estados Unidos tomó entonces una verdadera orientación racial. En 1907, sobre la base de un acuerdo entre caballeros33 firmado con Japón, se restringió la inmigración japonesa. Una Comisión encargada de estudiar la inmigración recomendó en 1913 restricciones tanto cuantitativas como cualitativas. Después del debate sobre la asimilación y sus límites de 1921, se instituyó la política de cuotas: la inmigración se limitó al 3% de los “nacidos en el extranjero”34
de cada nacionalidad residente en los Estados Unidos en 1910. En 1924 empezó a funcionar una legislación que excluía a los japoneses. Este último ejemplo demuestra que la política extranjera se refleja en la política de inmigración. En efecto, es la época de las primeras inquietudes serias de los estadounidenses respecto de la amenaza japonesa en el Pacífico. En ese mismo año, los estadounidenses cambiaron el año de referencia de 1910 a 1890, además de disminuir la cuota de 3% a 2%. Durante la segunda guerra mundial, las necesidades de mano de obra permitieron relajar las disposiciones restrictivas y la supresión de algunas de ellas. La postguerra planteó el problema de las esposas y las novias extranjeras de los soldados estadounidenses. En 1952, el Mc Carran-Walter Act introduce preferencias por los extranjeros calificados y todas las razas pudieron acceder a la naturalización; sin embargo, se reforzaron algunos motivos de exclusión. Desde entonces se sucedieron una serie de medidas. Los principios de la política de inmigración estadounidense pueden resumirse en cuatro: inmigración selectiva; unidad familiar (los niños quedan fuera de la cuota); asilo concedido a los refugiados y solidaridad occidental. Los fines de la política de inmigración estadounidense reflejan en gran parte las vicisitudes de la política exterior estadounidense, así como las necesidades socio-económicas interiores.
Otro ejemplo interesante es la política de inmigración australiana, que si bien ha evolucionado mucho desde el siglo XIX, conserva una orientación: la de lograr la homogeneidad étnica o, más exactamente, el predominio blanco y anglosajón. La política de la “Australia Blanca”35 se convirtió en una especie de ideología, que en este caso también fue un factor no despreciable de la política exterior. El temor a las razas de color, sobre todo a los asiáticos, pero también a los habitantes de las islas del Pacífico, empezó a mitad del siglo XIX.
Fue en Victoria donde apareció la primera legislación en contra de los chinos: en 1855 la llegada de éstos se hacía en función del tonelaje de los navíos (1 chino por cada 10 toneladas). A eso se agregaba un impuesto de 10 £ por persona. Eso no impidió que en 1857 hubiera 30, 000 chinos
33 “gentlemen’s agreement” en el original (NdT). 34 “Foreign born” en el original (NdT).
35
70 en la colonia. Para1881 había ya 50, 000 en Australia y en la mayor parte de las colonias se establecieron medidas generales contra ellos. El éxodo japonés que comenzaría más tarde, se dispersó por la Restriction Act de 1901. Otra etnia atraída por las plantaciones de Queensland inquietó a los australianos: se trata de los kanaks o canaques, oriundos de la Melanesia. Entre 1847 y 1904 llegaron 57, 000 y las medidas de 1901 se complementaron con las de la
Immigration Restriction Act de 1925. Pero el Estado no fue el único actor. Los sindicatos
actuaron vigorosamente, ya que la mano de obra de color representaba para ellos una competencia que juzgaban inaceptable. La orientación de la política de inmigración fue racista desde 1903, actuando en contra de los asiáticos, de los africanos y de los habitantes de las islas del Pacífico. Desde 1964 la política de inmigración se relajó y los no europeos son admitidos temporalmente e incluso pueden recibir autorización para residir de manera permanente y también, más excepcionalmente, a naturalizarse.
Después de esos dos ejemplos, se notará que el control y la gestión de los flujos migratorios no son fáciles cuando se trata de conservar ciertas proporciones juzgadas como deseables. Sucede que, si lasprohibiciones se relajan, se olvidan enseguida; la fecundidad diferencial de los grupos puede incrementarse más de lo que se desea en tal o cual etnia, tal o cual raza. Las políticas de inmigración no conciernen sólo al Estado, sino también a los múltiples grupos en su interior. Las estrategias hacen aparecer las complejas relaciones entre el Estado y los diversos grupos secundarios, ya que éstos pueden tener -y con frecuencia tienen- intereses contradictorios. En efecto, un partido político puede ser hostil a la inmigración, como sucedió en Estados Unidos y como sucede todavía en Suiza. Por el contrario, las empresas pueden favorecerla para disponer de una mano de obra abundante y barata. Los sindicatos, por el contrario, pueden tener una finalidad opuesta a la de las empresas. Eso desemboca en un sistema de poder muy complejo que se traduce en el nacimiento de antagonismos y oposiciones.
Hemos ilustrado el problema de las migraciones internacionales, aunque es evidente que las migraciones internas pueden también ser objeto de controles y gestiones. Durante el fascismo, hubo un intento porcontrolar la migración interna. Suponemos que la dificultad es aún más fuerte en ese caso, ya que no existe ninguna frontera para permitir la intercepción. El régimen fascista trató de actuar sobre la distribución de la población; mediante las leyes de 1931 y buscó limitar el desplazamiento de los italianos al interior del reino. Podríamos retomar las expresiones de Luigi Einaudi quien, en 1951, siendo presidente de la República, decía que el régimen fascista hubiera podido titular esas leyes “Extensión de la institución del domicilio obligatorio” y “Restablecimiento de la servidumbre de la gleba.”36
Este intento por fijar a la población, para impedir las migraciones internas, no tuvo éxito y Anna Treves lo mostró bien. La estrategia fascista, de inspiración campesina, buscó desalentar la urbanización y favorecer pequeños centros de población rurales. Había coherencia entre la política demográfica y la política económica, pero era frágil. A pesar de las sanciones previstas, las migraciones internas se dieron e incluso fueron muy notables durante el periodo fascista.37 El control de los flujos migratorios sin traspasar la frontera se antoja extremadamente difícil.
En los regímenes totalitarios, como los del Este, también existen controles para regular las migraciones internas. Los resultados son, sin duda, mejores, ya que toda la economía es dominada por el Estado, mientras que en los regímenes totalitarios donde existe o existía todavía la empresa capitalista, la discordancia entre voluntad del Estado e interés privado puede ser grande.
36
Sobre este tema, ver el excelente enfoque de Anna TREVES, Le Migrazioni interne nell’Italia fascista Einaudi, Torino, 1976, p. 5. En el original, “Estensione dell’istituto del domicilio coatto” (extension de l’institution du domicile obligé) y “Ristabilimento della servitú della gleba” (rétablissement de l’attachement à la glèbe), respectivamente (NdT).
37
71 En cuanto a las migraciones internas en los países capitalistas occidentales, en la actualidad son las inversiones de las empresas -en una palabra, sus estrategias-, lo que determina los movimientos. La población resiste al mismo tiempo tanto la prohibición de desplazarse, como la voluntad de las empresas que desean el desplazamiento de la mano de obra. Desde el final de la segunda guerra mundial, muchas regiones en declive, desde el punto de vista económico, fueron zonas de emigración reales o potenciales, fenómeno creciente y reforzado por las inversiones de las grandes empresas de tipo multinacional, que perciben a las regiones como los soportes temporales de sus actividades. Es verdad que de manera general el “factor trabajo” es menos móvil que el capital o la tecnología. Sin embargo, las multinacionales tienen un impacto sobre el trabajo y éste es sobre todo cuantitativo: “En 1970, las E.M. (empresas multinacionales) empleaban en promedio 12% de la mano de obra en ocho países, es decir, cerca de 2,4 millones de personas. Sobre bases comparables, se pueden calcular para esa fecha en cerca de tres millones los empleos totales de las E.M. estadounidenses en el mundo y en más de un millón s los empleos en las E.M. no estadounidenses.”38 Los desplazamientos de una sucursal de una multinacional puede tener consecuencias graves para el equilibrio de los empleos en una región dada, del mismo modo que la decisión de una multinacional de participar en una empresa regional, puede provocar una reorganización que represente una pérdida neta de puestos de trabajo. Aunque algunos estudios muestran que los aportes de las empresas multinacionales se reflejan en una creación neta de empleos.39 Si nos concentramos en el problema de la movilidad, hay que preguntarse si las E.M. no provocan importantes efectos indirectos en los desplazamientos de la mano de obra en los dos extremos de la cadena: por un lado, para la mano de obra muy calificada y por el otro, para la mano de obra poco calificada. Hay pues un proceso de desterritorialización de la mano de obra, que proviene del hecho de que las multinacionales no piensan, al elaborar sus estrategias, más que en un espacio-soporte, finalmente abstracto, y no en un espacio concreto caracterizado por un conjunto de propiedades y de datos que hay que conservar.
Se puede pretender que las empresas que manipulan la información y la energía tienen sin duda un efecto considerable en los flujos de población. ¿Cuál es la relación que se establece entre las empresas y las poblaciones? De entrada, podríamos pensar que es enorme, ya que la acción de los actores es estructurante, pero de manera diferenciada. Además, las empresas no se sitúan en un largo plazo. Es decir, las ubicaciones son más o menos temporales en su perspectiva de crecimiento. La localización de una filial multinacional dura lo que una combinación favorable de factores de producción. De acuerdo a la experiencia, la duración de dicha combinación es cada vez más corta, lo que significa pura y simplemente que el espacio se lee de manera abstracta como un soporte caracterizado por propiedades. Si estas propiedades se modifican, la ubicación se torna menos interesante y corre el riesgo de ser abandonada en provecho de otra. Los ejemplos abundan: de 1955 a 1975 Ginebra acogió múltiples filiales de empresas multinacionales estadounidenses que, al término de algunos años, se desplazaron hacia el norte, generalmente hacia las ciudades de Benelux, Luxemburgo, Bruselas, Ámsterdam o Rotterdam. No es fácil aclarar las razones de esta estrategia, pero una cosa es indiscutible: dichos desplazamientos provocaron como consecuencia una inestabilidad de la base impositiva económica regional y una inestabilidad de los horizontes de empleo. Los códigos utilizados son la concentración de capitales, de energía simbólica y de información favorable, con adelantos tecnológicos en un lugar descifrado abstractamente como base que presenta una secuencia más o menos larga de propiedades favorables. No hay territorialización de la unidad de producción, sino solamente localización temporal para explotar los recursos. Es una forma de economía “nómada” que no se inscribe en las profundidades regionales. La población empleada por este tipo de economía, por
38 Gilles Y. BERTIN, Les sociétés multinationales, P.U.F., Paris, 1975, p.150. 39 Gilles Y. BERTIN op.cit., p. 152.
72 el contrario, está territorializada. Es decir, que está muy arraigada en las profundidades regionales, de manera tan fuerte que asume funciones menos importantes. Su estrategia difusa es obtener, en compensación de su trabajo, salarios elevados en puestos de trabajo estables. Hay pues una oposición entre los códigos: por un lado, inestabilidad y por el otro, estabilidad. La estrategia de la población se inscribe en un tiempo largo y no en el tiempo corto de las multinacionales. La relación de trabajo genera entonces un conflicto, ya que a cualquier relocalización corresponde una resistencia. Es evidente que entre una economía “nómada” y una población “territorializada”, es decir, poco favorable a la movilidad, se establece una relación de poder que se expresa, en todo caso, en las huelgas, las manifestaciones y la ocupación de fábricas. Es el enfrentamiento de una territorialidad abstracta e inestable, la de las multinacionales, con una territorialidad concreta y estable, la de la población. La relación es particularmente asimétrica para la población, que a cambio de un salario debe aceptar la movilidad y, con ella, romper con todo un entorno simbólico y perder incluso cualquier contacto con una información existencial.
El poder es inmanente a la relación y aquél le es interior, en resumidas cuentas. El poder no reside en el carácter dominante de la empresa que manipula a los dominados; radica en las estrategias que combinan códigos diferentes y, más que eso, opuestos: territorialización versus desterritorialización, estabilidad versus inestabilidad, tiempo largo versus tiempo corto, espacio concreto versus espacio abstracto. El conflicto es entonces inevitable y sobre todo desigual, ya que la empresa manipula el reparto de flujos de energía simbólica y apenas ofrece información, además de atacar la resistencia que puede organizar la población activa: “En una sociedad que no está fuertemente cohesionada, los grupos más activos se enganchan a una estrategia de desestructuración y de reestructuración.”40
Se notará que las estrategias del Estado o de la empresa para facilitar o, para restringir la movilidad de la población combinan energía e información. Sin embargo, se trata de combinaciones muy diferentes. El Estado puede utilizar una información general y su discurso no tiene un alcance mayor en la medida en que no puede personalizarse. Por ejemplo, incitar a los trabajadores que viven en A para ir a B, donde hay empleos y mejores remuneraciones que en otro lado es un discurso esencialmente indicativo, finalmente muy vago. Por el contrario, la empresa puede hacer un discurso más personalizado que el del Estado: ofrecemos en B empleos X, Y con salarios X’, Y’. Las señales -precio del trabajo- emitidas por la empresa son más