Los discípulos
MAURICE SACHOT Moisés (cfr Gn 1-11), y de las prescripciones que, según el L e
25 La conversión de Pablo es algo posterior a los inicios del movimiento
cristiano. No fue discípulo de Jesús; sin embargo, reivindicó el título de «após- tol». Su actuación se edificó en una constante oposición a la comunidad de Je- rusalem Así pues, podemos pensar que el relato de su conversión tiene por fun- ción la de legitimar la actuación de Pablo sin hacerle depender del resto de los discípulos. En ella debe leerse igualmente, como en un espejo, la iluminación que, por el anuncio del evangelio, Pablo aporta al pueblo elegido como a los paganos (cfr. Hch 26,16-18).
que pensaba hacerse el ejecutor justo y leal persiguiendo a los he- lenistas convertidos. No había seguido a Jesús por los caminos de Palestina, c o m o los primeros discípulos. No había sido preparado c o m o ellos para reconocer en su muerte en la cruz el c u m p l i - miento de las Escrituras. Por ello, ese reconocimiento de Jesús en la figura de la homilía no podía realizarse, c o m o lo fue para los discípulos de Jesús, por medio de la simple prolongación del m o - delo sinagogal. Necesariamente, tomaba la forma de un acto de fe, de u n a adhesión personal y voluntaria que i m p l i c a la procla- mación crística de ese modelo. Pero esa adhesión, si se c o m - prende a partir de ese modelo proclamatorio, no era para él una traición en relación c o n el c o m p r o m i s o anterior, que, a la vez que lo abolía, daba a ese primer c o m p r o m i s o su plena medida.
El proyecto que, por el anuncio del evangelio a los griegos, condujo a Pablo a «desjudaizar» el m o v i m i e n t o cristiano no fue inmediatamente elaborado tras su conversión. Por poco incluso no ve la luz. En efecto, inmediatamente después de su conversión, Pablo se hizo propagandista de la fe en C r i s t o ante los judíos de Damasco, después en A r a b i a — l a actual Jordania— entre los años 35 y 39. Pero las vivas oposiciones que encontró por parte de sus compatriotas y las amenazas de muerte que pesaron sobre él, le obligaron a partir. De vuelta a Jerusalén, tampoco pudo perma- necer allí: amenazado de muerte, tuvo que h u i r de allí y se retiró a su ciudad natal, volviendo sin duda a su oficio de «hacedor de tiendas». Allí fue donde, unos diez años después de su conversión, hacia el año 44, le v i n o a buscar Bernabé. Judío de origen c h i - priota, Bernabé era igualmente un helenista. Pero, a diferencia de otros helenistas conversos, estaba integrado en la c o m u n i d a d de los hebreos de Jerusalén. Ésta acababa de enviarlo a la c o m u n i d a d cristiana de Antioquía para devolverla al orden. Bernabé recordó a Pablo, por lo que fue a buscarle a Tarso. Pablo aceptó y formó parte, con otros tres compañeros, del equipo que dirigió y desa- rrolló, bajo la denominación de «profetas y maestros» (prophétai kai didaskaloi, H c h 13,1), la c o m u n i d a d antioquiana. Nuestras fuentes no nos dicen nada de la reflexión de Pablo y sus c o m p a - ñeros en esa c o m u n i d a d y que les condujo, después de un año, a la decisión de elegir a dos de entre ellos, o sea Pablo y Bernabé, para enviarlos en misión p o r el territorio griego.
S i n embargo, podemos conjeturar que esa c o m u n i d a d hele- nística de Antioquía, cuyos adherentes se reclutaban no sólo en- tre los judíos sino también entre los gentiles, a los que no se les exigía someterse a todas las obligaciones judías — l a más signifi- cativa de las cuales era la circuncisión—, representaba ante los ojos de los dirigentes un modelo de realización de las promesas divinas. El judaismo seguía siendo, desde el punto de vista inte- lectual e institucional, el referencial único de sus concepciones, pero c o n una apertura hacia los gentiles que no obligaba a éstos a «judaizar». Quizás el bautismo administrado al centurión ro- mano p o r el Apóstol Pedro, m i e m b r o de la c o m u n i d a d de los he- breos, constituía, más que un ejemplo o un precedente, un estí- m u l o , o incluso u n a garantía. En todo caso, no planteaban esa apertura c o m o u n a fronda, u n a disidencia, o incluso u n a ruptura c o n la c o m u n i d a d de Jerusalén.
Así pues, fue c o m o j u d í o a u t é n t i c o , pero j u d í o de la D i á s - p o r a helenística que P a b l o emprendió y efectuó, entre los años 45 y 4 9 , el p r i m e r o de los tres p e r i p l o s que debían c o n - d u c i r l e a través de A s i a M e n o r , M a c e d o n i a y G r e c i a . E n t r a b a p r i m e r o en las sinagogas c o n el f i n de convencer a sus c o m - patriotas, pero t a m b i é n a los prosélitos y a los «temerosos de D i o s » , de que los t i e m p o s escatológicos habían efectivamente llegado c o n l a m u e r t e y resurrección d e Jesús e l C r i s t o . N o obstante, dos series de factores le o b l i g a r o n a considerar p r o - gresivamente que el m o v i m i e n t o c r i s t i a n o ya no debía ence- rrarse en el j u d a i s m o , que debía trascenderlo, c o m o debía trascender la c u l t u r a griega en la que se establecía. La p r i m e r a serie puede definirse p o r el éxito no despreciable c o n s e g u i d o entre los griegos, éxito que, si dejaba d u b i t a t i v o s a los filó- sofos atenienses ( H c h 1 7 , 3 2 ) , alcanzaba cada vez más a las gentes de la alta s o c i e d a d , c o m o nos lo hace saber los H e c h o s . El mensaje evangélico, s i n ser e d u l c o r a d o c o m o lo presenta el discurso a t r i b u i d o a P a b l o ante el Areópago ( H c h 17, 2 2 - 3 1 ) , es decir, no despojado de toda su referencialidad semítica en beneficio de un vago d i s c u r s o filosófico-religioso, estaba capacitado para arrastrar la adhesión de personas que, muta- tis mutandis, lo percibían i g u a l m e n t e —gracias a t o d o el trabajo de c o r r e s p o n d e n c i a ya realizado p o r los judíos de la
Diáspora entre el j u d a í s m o y el h e l e n i s m o — c o m o la f o r m a total de su e s p e r a2 6.
La segunda serie de factores, por el contrario, cubre la oposi- ción y la intransigencia de los judíos, i n c l u i d o s los judíos c o n - vertidos al cristianismo, a esa apertura a los griegos. En efecto, en su c a m i n o , Pablo no se enfrentó sólo a la incomprensión y hostilidad constante de sus compatriotas, cuando, según su pa- recer, estaban mejor situados para acoger el mensaje evangélico. Aún más grave: permanentemente tuvo que soportar la suspica- cia e intransigencia de la c o m u n i d a d de los hebreos que, por un lado, enviaban tras sus huellas a emisarios para sublevar contra él al resto de los judíos, y por otro lado, convocarlo a Jerusalén para expresarle su categórica negativa, cuando no podía plantearse el m o v i m i e n t o cristiano de otra manera que c o m o la realización del judaísmo. El encuentro de Jerusalén, en el año 4 8 , d e n o m i n a d o pomposamente el «concilio de Jerusalén» y el incidente de A n - tioquía del que ya h a b l a m o s2 7 fueron, c o n respecto a ello, m u y
significativos sobre la intransigencia de los dirigentes de la co- m u n i d a d de Jerusalén.
D i c h o s acontecimientos — d e b i d o a que firmaban la i n c o m - patibilidad entre judíos y gentiles en el seno de la c o m u n i d a d cristiana— fueron para Pablo una desautorización completa: «Para Pablo constituyó un completo h u n d i m i e n t o , escribe Étienne Trocmé. ¡La salvación traída por Jesucristo era pues c o n - siderada por las principales autoridades cristianas c o m o algo se- cundario en relación con la pertenencia étnica de los convertidos! Según él, era un escándalo, a lo que se sumaba u n a estafa i n a d -