Los discípulos
82 MAURICE SACHOT
3 En la tradición judía a comienzos de la era cristiana, la Tora es habitual-
mente designada, por su autor Moisés, verdadera Ley viva: «En la literatura ju- día en tiempos de Jesús (Moisés), está presente como Profeta total, el inspirado bíblico universal, el modelo mítico del autor ideal, el ser preexistente a la Crea- ción del mundo y el superviviente celeste a todos los desastres, comenzando por el de su propia muerte. Dicho de otra forma, el judaismo declaraba en esa época a Moisés como vivo, y actualmente vivo, pues era para él el agente cós- mico que hacía vivir a Israel en una situación social y política de ruptura y de inversión: situación pluralizadora y centrífuga» (André Paul, Le Fait biblique, París, Cerf, 1979, págs. 55-56, que hace observar en una nota que, a diferen- cia de Abrahán, no se conoce su tumba e invita a ver en ese «humus judío» «la generación y el génesis del concepto de resurrección que el cristianismo inves- tirá en su afirmación, para él con un valor esencial: "Jesucristo ha resucitado"»).
cípulos). Es además el único elemento estable entre el antiguo y el nuevo sistema, el elemento pivote que permite el paso de uno a otro. No obstante, los Profetas ya no son los únicos textos es- criturarios que ocupan ese puesto. Ya los Salmos, cantados en las asambleas sinagogales, le estaban institucionalmente asociados. El resto de los Escritos, a partir de ahora —ampliados a los es- critos intertestamentarios y particularmente a los textos apoca- lípticos que anuncian la era mesiánica—, ya forman igualmente parte. La seguridad de ser portavoz de la palabra de D i o s que se revela plenamente en Jesucristo, conduce incluso a los discípulos a reescribirlos de manera más o menos profunda para que sean más o menos explícitos. Pero sobre todo, «Moisés», es decir, los libros que c o m p o n e n la antigua Tora, es desde ahora igualmente movilizado en la figura de los Profetas (de ahí la unión constante: «Moisés y los Profetas»).
M u y significativo en cuanto a esto es el final del evangelio de san Lucas. Está en una posición de espejo en relación c o n la de- claración inaugural de Nazaret. Explícitamente abre la clave. Expone, justamente más tarde, la lectura que ha d i r i g i d o su es- critura c o m o la de todo el evangelio. Se compone de aconteci- mientos que se suponen que sucedieron el día de la resurrección, justamente el día en que se dice que se i l u m i n a r o n los ojos de los discípulos. Pues bien, mediante dos de ellos, san Lucas afirma que la estructura proclamatoria sinagogal constituye ciertamente el marco en el que se construye el discurso de los discípulos, pero que la construcción de ese discurso se efectúa c o m o un vuelco de esa estructura.
La primera mención concluye la primera parte del relato l l a - mado de los «peregrinos de Emaús». D i c h o relato se construye a imagen de lo que es, en tiempos del redactor del tercer evange- l i o , la celebración eucarística. Se compone de dos partes, siendo la primera dedicada a la proclamación de la Palabra de D i o s , y la segunda al otro signo de reconocimiento de los discípulos de Je- sús entre ellos, la fracción del pan, es decir, la parte propiamente eucarística. Al darle c o m o trasfondo a su relato la asamblea de los discípulos de Jesús, y al indicar, al término de la primera parte, cómo se efectúa a partir de ahora la proclamación de la Palabra de D i o s , san Lucas explicita claramente lo que fundamenta a la
vez la c o n t i n u i d a d y la discontinuidad entre esta asamblea y la asamblea sinagogal.
D o s discípulos se supone que vuelven a sus casas, decepcio- nados por no haber p o d i d o participar, bajo su dirección, en la l i - beración de Israel (Le 24,21). Pero Jesús, él m i s m o , se une a ellos y, sin darse a conocer físicamente, les invita a reconocerle por la fe, es decir c o m o C r i s t o : «¡Qué torpes sois para comprender, y qué cerrados estáis para creer lo que dijeron los Profetas! ¿No era preciso que el Mesías sufriese todo esto para entrar en su gloria? Y, empezando por Moisés y siguiendo por todos los Profetas, les ex- plicó lo que decían las Escrituras» (Le 24,25-27).
Pocas líneas después, y justo antes de terminar su evangelio, san Lucas pone en boca de «Cristo» estas últimas palabras: «Les dijo: " C u a n d o aún estaba c o n vosotros, ya os dije que era necesa- rio que se cumpliera todo lo escrito sobre mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos. "Entonces les abrió la inteligencia para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: "Estaba escrito que el Mesías tenía que m o r i r y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se anunciará a todas las naciones, co- menzando desde Jerusalén, la conversión (metanoian) y el perdón de los pecados. Vosotros sois testigos de estas cosas. Por mi parte, os voy a enviar el d o n prometido p o r mi Padre. Vosotros quedaos en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza que viene de lo alto"» (Le 24,44-49).
C o m o lo han hecho notar todos los exégetas, san Lucas, en esos dos espacios, describe lo que es la homilía en la proclamación sinagogal, con esta diferencia —algo que no ha sido destacado—, que se sirve de ella para definir ante todo la proclamación de los discípulos, c o n el vuelco completo que le caracteriza.
Homilía de los discípulos
Gracias a que su mirada estaba educada por los Profetas, al- gunos discípulos pudieron ver en Jesús la realización de la h o m i - lía. Si quieren extender esa convicción, defenderla, y, aún más, llevar a los compatriotas a compartirla, eso sólo es posible explo- tando ese modelo, ya que, en su conjunto, sus compatriotas es-
tan trabajados por él. Resulta por ello la doble interacción que se
encuentra c o m o fundamento del discurso de los discípulos de Je- sús: puesto que la experiencia de Jesús se entiende c o m o el c u m - p l i m i e n t o de las Profecías, por un lado, la tradición profética, en el sentido a m p l i o , va a ser recorrida de nuevo y reinterpretada en función de esa experiencia; de otro lado, la experiencia de Jesús va a ser de nuevo captada en función de lo que esa m i s m a tradi- ción proclama de esperanza escatológica, ante todo de la espe- ranza mesiánica. De ahí la reescritura — e n la m e d i d a de lo po- sible— de la tradición judía para que sea más explícita y más conforme c o n la realidad evangélica a la que debe anunciar4 y c o n
una reconstrucción de la historia de ésta que, a su vez, esté en ar- monía c o n las tradiciones judías que se refieren a e l l a5. U n a frase
de M a t e o resume bastante bien esa lógica primaria: «No penséis que he venido a abolir las enseñanzas de la L e y y los Profetas; no he venido a abolirías sino a llevarlas hasta sus últimas conse- cuencias» ( M t 5,17).
U n a vez reconocido Jesús en la figura de la realización, la L e y ha sido abolida en tanto que Ley, y ya los Profetas han dejado de ser u n a interpretación de la Ley. A m b o s tienen ahora otra nueva función en el modelo transformado que rige el discurso de los discípulos. En efecto, ese discurso se efectúa en la figura de la homilía. El es la homilía (= discurso) de la homilía (= realización de la Promesa en Jesucristo). L o s discípulos se consideran c o m o los homiletas del R e i n o de D i o s entre nosotros. ¿Cómo podría ser de otra forma? En efecto, no cabe c u m p l i m i e n t o que llegue después de un c u m p l i m i e n t o . El discurso de los discípulos y su actuación sólo pueden comprenderse en la participación en la ac- tuación del maestro y en su continuación. Paradójicamente, hay