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Conversión como participación en el misterio pascual de Cristo

Bautismo-confirmación, sacramento de la conversión

2. Conversión como participación en el misterio pascual de Cristo

Convertirse de los ídolos al Dios verdadero es pasar de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, de la ley a la libertad. Es liberación para que el ser humano asuma

la historia según el proyecto de Dios. Es paso de un polo negativo a un polo positivo:

de no pueblo a pueblo

del miedo a Dios a la audacia (parresía)

y a los hombres proveniente de la fe en Dios de la confianza en sí a la confianza en Dios

en la carne (inanición) en el Espíritu (acción) en la ley en la libertad

en el pecado en la justicia de la esclavitud al amor

de la muerte a la vida

Ahora bien, el «paso» es precisamente lo que caracteriza a la Pascua judía y, de ese modo, también a la Pascua cristiana. El pueblo hebreo pasa incólume por el Mar

Rojo; pasa de la esclavitud de Egipto a la libertad del desierto y de la Tierra Prometida; pasa de ser no pueblo a ser el Pueblo de Dios, a partir del Sinaí. No sin razón, los

profetas entendieron la conversión como una vuelta a los orígenes del pueblo, una vuelta a la Pascua de Egipto. Conversión significa hacerse pascual, volver a ser pueblo en tránsito, de los «egiptos» de la esclavitud, a la Tierra Prometida de la libertad. La conversión es retorno a Dios, al Dios vivo y verdadero, porque es propio de Dios

desinstalar, hacer pasar, entregar la historia a los humanos, y a los humanos a la historia.

Por ser un Dios que desinstala 37, YHWH es siempre un Dios al que tenemos que

convertirnos. Dios no es evidente, no vive para confirmar el orden establecido. Al

contrario: «Allí donde Dios es socialmente evidente y no es objeto de crisis, Dios es un producto nuestro y no el Dios de Jesús» 38. Por revelar al Dios vivo, la existencia de Jesús fue un paso de este mundo al Padre (cf. Jn 16,28), entendiendo el mundo como el dominio del «Príncipe de este mundo», el dominio de los ídolos vencidos por Cristo 39. Por ser desinstalado y desinstalar, Jesús fue conducido a la muerte y, de ese modo, manifestó al Padre. Para el cristiano, Jesús no puede ser «centro» en un sentido estático 40; solo puede ser centro no siendo centro, sino tránsito, paso, pascua; solo puede ser centro si la afirmación de su centralidad significa seguirlo, entrar en la dinámica de su Espíritu. Permanecer en Jesús es pasar con él de este mundo al Padre y a los

La existencia en Cristo es existencia pascual. Convertirse es acceder al misterio pascual de Cristo para pasar con él al Padre en el Espíritu Santo.

a) El misterio pascual de Cristo en la lucha entre los ídolos y Dios 42

El misterio pascual de Cristo solo puede entenderse correctamente si es visto como consecuencia de su vida. Jesús murió como murió porque vivió como vivió. Y resucitó porque vivió y murió de ese modo 43.

Ahora bien, la vida y la obra de Jesús se resumen en su misión de hacer presente el Reino de Dios y, de ese modo, revelar al Padre, Dios del Reino. El Reino de Dios es

justicia y fraternidad entre los seres humanos a partir del Padre. Para que el Reino llegue a concretarse en la historia es preciso, ante todo, que en él encuentren espacio los que en el actual orden mundial no lo tienen: los pobres, los marginados, los oprimidos. Por eso Jesús, en su actuación, privilegia a los pobres, a los enfermos, a los publicanos, a los que son considerados pecadores públicos, a los leprosos, a los samaritanos, a las prostitutas, a los niños. El Reino de Dios desenmascara los poderes mortíferos, haciendo que se vea

como muerte la exclusión social, que deja de lado a los pecadores, porque se considera

que perjudican al pueblo «santo» de Dios; que margina a los enfermos, porque piensa que su enfermedad es castigo de Dios y, por tanto, son impuros; que desprecia a las mujeres como personas de segunda categoría; que rechaza a los pobres, porque no

pueden observar la ley; que no toma en consideración a los niños, porque no son capaces de guardar los preceptos de la ley; que repudia a los publicanos, sin considerar las

difíciles circunstancias que les han puesto en esa situación, porque son vistos como traidores al pueblo, vendidos a los extranjeros. Todos estos modos de marginar y excluir son otras tantas formas de dar muerte a las personas afectadas. Al acogerlas en el

nombre del Padre, Jesús muestra que el Reino de Dios es un Reino de vida en el que para todos hay espacio donde vivir.

El Reino de Dios desenmascara también la ley estática y esclavizadora que no tiene en consideración al ser humano, que no fomenta su vida, sino que más bien le

ocasiona la muerte. En este sentido, la «ley» es la actitud tipificada en el fariseo de la parábola, que cree justificarse por la observancia de los preceptos, sin mirar a la historia, sino fijándose únicamente en la letra. De ese modo, «mata» a todo el que no es fariseo. La actitud, a veces provocadora, de Jesús sobreponiéndose a la ley para afirmar la vida del pobre o del oprimido manifiesta el designio de Dios como afirmación de la vida.

El Reino de Dios exige una actitud radical frente a todo cuanto no es Dios. Es la abolición de toda idolatría, tal como Jesús lo expone en la doble parábola de la perla y el tesoro escondidos (cf. Mt 13,44-46), donde deja muy claro que el Reino de Dios supone una opción decisiva por aquello que debe ser el valor supremo de la vida humana. Optar por el Reino es posponer todos los valores que no sean Dios o que no conduzcan a Él.

De este modo, el Reino revela el pecado, porque en el Reino únicamente tiene cabida

la absolutización de Dios y de nada ni nadie más. El Reino de Dios desvela la raíz del

pecado, que no es otra que el egocentrismo que «mata» a los hermanos, porque el Reino es búsqueda de vida para todos, empezando por los más miserables. El Reino de Dios, en fin, desenmascara toda idolatría, que es la concreción y mediación del egocentrismo.

El mensaje del Reino que Jesús tematiza en sus palabras y en sus obras es, pues, un mensaje de vida contra los ídolos de muerte. Nada más natural que el que los

ídolos se vuelvan contra Jesús y traten de eliminarlo. Jesús toma parte así, con su actuación, en la lucha entre los ídolos y Dios. Y muere víctima de tales ídolos. De

hecho, el pecado no soporta la luz que resplandece en las palabras y las obras de Jesús (cf. Jn 3,19). La persecución por parte de los dirigentes del pueblo es expresión del pecado de cerrarse a la revelación de Dios, porque las obras de tales dirigentes no

correspondían a la voluntad de Dios. Jesús murió por nuestros pecados ya en un sentido histórico muy concreto: murió víctima del pecado humano.

Jesús murió víctima de la ley. Por lo que hace a los judíos, Jesús fue condenado en nombre de la ley absolutizada en su supra-historicidad. El modo que tiene Jesús de vivir y comportarse respecto de la ley con la soberana libertad del Hijo significa poner la vida del ser humano por encima de cualesquiera determinaciones supra-históricas, por más sagradas que se presenten. Para los fariseos, que idolatran la ley alejándola de la historia, Jesús no puede ser más que un blasfemo, pues se pone a sí mismo por encima de la ley.

Pero también los romanos condenaron a Jesús en nombre de la ley suprema del Imperio: la autoridad y el poder del César. Aun cuando Jesús nunca había encabezado ni apoyado ningún tipo de subversión política contra el Imperio, constituía una amenaza para este. El Imperio vivía de la divinización del poder del César. Establecer a Dios como único absoluto significaba vaciar de sentido al emperador. Y aunque esto no apareciera tematizado en el proceso de Jesús ante el tribunal romano, el miedo de Pilato a una denuncia ante el poder central manifiesta cuál es la razón determinante de la condena: el poder del César. La ley de los judíos y el poder de los romanos son los dos ídolos que

determinan la condena de Jesús.

En nombre del dios poder (ley-imperio), Jesús es sentenciado a morir en la cruz. Pero, en el fondo, no es ese el único ídolo que subyace a la condena de Jesús: también las otras divinidades (la riqueza, el saber, el prestigio...) desempeñan su función en la muerte de Jesús. Como ocurre con todo ídolo, poco importa una vida humana cuando se trata de afirmarse. Y a los idólatras que condujeron a Jesús a la muerte, acostumbrados a tantos sacrificios humanos sobre el altar de sus ídolos, no les impresiona la muerte de un inocente más, como se desprende claramente de la actitud de Pilato que describen los evangelios.

Jesús muere víctima de los ídolos, como tantos otros «crucificados por la

injusticia» a lo largo de los tiempos. El fracaso de Jesús, muriendo en la cruz sin que Dios lo salvase, constituyó aparentemente la victoria de los ídolos de la muerte en su lucha contra el Dios vivo y verdadero. Así lo sintieron sus enemigos y así lo sintieron

sus propios discípulos, que por eso mismo huyeron. Pero el Dios de la vida vence y

manifiesta su victoria en la resurrección de Jesús. En oposición al juicio de los

humanos, Dios pronuncia su sentencia definitiva e irrevocable resucitando a Jesús de entre los muertos. Aquel a quien los ídolos de la muerte y sus adoradores habían juzgado indigno de vivir, el Dios de la vida lo muestra como el único digno de vivir la vida en plenitud. Resucitando a Jesús, el Padre revela su victoria definitiva y escatológica sobre los ídolos: solo quien, como Jesús, construye el Reino a partir de los últimos, a partir de las víctimas de la injusticia, del pecado, de la ley y de la muerte, solo él recibirá vida en plenitud. Esta es la última palabra del Dios de la vida.

Convertirse de los ídolos al Dios verdadero es algo que se historiza en el

seguimiento de un Jesús en lucha a vida o muerte contra los ídolos. La conversión es

participación en el misterio pascual de Cristo. Para entender tal participación será

preciso ahondar en el sentido del misterio pascual, en su estructura interna, de forma que se descubran los momentos que forman parte de la conversión.

b) La estructura interna del misterio pascual de Cristo

El misterio pascual es el paso de Cristo, a través de la muerte, a la resurrección; el paso del ámbito histórico de los ídolos –del Príncipe de este mundo– al ámbito escatológico del Dios vivo y verdadero; el paso de la muerte a la vida. El aspecto

«vida» no es en el misterio pascual una unidad indiferenciada, sino una unidad estructurada y diferenciada en tres momentos: Resurrección-Ascensión-Pentecostés.

Los tres momentos del polo «vida» del misterio pascual de Cristo son claramente distintos. La terminología que los designa proviene de la obra de Lucas, su Evangelio 44 y los Hechos de los Apóstoles 45. Al final del evangelio, Lucas presenta al Resucitado prometiendo el envío del Espíritu Santo y ordenando a los discípulos aguardar en

Jerusalén hasta su efusión (cf. Lc 24,49). Es el pre-anuncio de Pentecostés. Y termina el evangelio con la Ascensión y el retorno de los discípulos a Jerusalén (cf. Lc 24,51s). Los Hechos, por su parte, comienzan con las mismas escenas (cf. Hch 1-3-12), para

proseguir con la realización de la promesa en el día de Pentecostés (cf. Hch 2).

La glorificación de Cristo, pues, es presentada por Lucas en tres etapas. La primera etapa es la resurrección, que es el misterio pascual en su referencia, por así

decirlo, más personal a Jesús, que pasa de la muerte a la vida. Después de la resurrección, Lucas subraya especialmente la instrucción de los discípulos 46. Los cuarenta días que, según los Hechos, transcurren entre la resurrección y la ascensión, están destinados a instruir al futuro núcleo de la Iglesia. Y en el evangelio la convivencia del Resucitado con los discípulos se resume en comer con ellos (eucaristía) 47 y abrir sus corazones para que comprendan las Escrituras 48. La segunda etapa, la ascensión, es el triunfo propiamente dicho, la entronización 49, el acceso de Jesús al desempeño de sus nuevas funciones gloriosas de Señor y Cristo, piedra angular, juez de vivos y muertos 50.

Pentecostés, la tercera etapa, es la manifestación pública del misterio pascual, su

revelación a todos los pueblos. Por eso mismo, la efusión del Espíritu, acontecida en Pentecostés, se repite en los momentos decisivos del itinerario de la Iglesia 51.

En este desmembramiento del misterio pascual en tres etapas llama la atención el hecho de que Lucas sea el único 52 que emplea un esquema temporal de tanta duración: muerte – tres días – resurrección – cuarenta días – ascensión – diez días – Pentecostés. Igualmente, es la ascensión, como fenómeno, un hecho narrado únicamente por Lucas. El largo final de Marcos (16,9-20) supone y resume a Lucas. La Carta a los Efesios tan solo evoca el hecho, pero lo concibe de otra manera, sin el esquema plástico,

característico de Lucas, en el decurso temporal característico de los Hechos 53. Que esta triple división del misterio pascual no es la única posibilidad de explicitarlo lo muestran Juan, Mateo y Marcos.

Para Juan 54, la glorificación de Jesús es vista como unidad de muerte,

resurrección, ida al Padre y envío del Espíritu. Juan lo expresa con su lenguaje

característico, aprovechando la ambigüedad de ciertos términos. Así, por ejemplo, el verbo «elevar» (exaltar, hypsoun) significa para Juan tanto el hecho físico de haber sido alzado Jesús sobre la tierra en el momento de la crucifixión como la exaltación de que es objeto por parte del Padre 55. Lo mismo podemos decir del verbo «glorificar»

(doxazein). La hora de la glorificación del Hijo del Hombre es anunciada por la

comparación con el grano de trigo que cae en tierra y muere para producir vida (cf. Jn 12,23s). La glorificación es incluso uno de los temas más subrayados en el discurso que pronuncia Jesús después de la cena, ante la inminencia de la muerte 56. De modo

especial, la «oración sacerdotal» (Jn 17) gira en torno a la glorificación, que es también un volver al Padre (cf. Jn 17,5).

En la óptica de la glorificación, Juan narra la historia de la pasión de Jesús. Su

intención de presentar a Cristo victorioso ya en tal trance es muy clara 57. Jesús va a la muerte porque y cuando quiere 58. Ante el tribunal aparece como soberano, juzgando a quienes lo juzgan a él 59. La escena ante Pilato está magistralmente compuesta para mostrar al romano como un juguete entre la furia de los enemigos de Jesús y la soberanía de Cristo 60, que es el verdadero juez en dicho proceso 61.

También la escena de la cruz tiene el mismo tono. El rótulo fijado sobre la cruz

como declaración de la causa de la muerte de Jesús está escrito en las tres lenguas de la oikouméne (cf. Jn 19,19s), haciendo que, en el contexto, suene más como proclamación de la realeza de Cristo que como designación de la causa de la condena. Y la última palabra –«Está consumado»: Jn 19,30– muestra a Jesús entregando soberanamente su vida (cf. Jn 10,17s), muriendo en el momento en que él lo desea, de acuerdo con la voluntad del Padre. La misma descripción de la muerte parece querer expresar el misterio pascual en toda su riqueza: al morir, Cristo, vencedor en su muerte, confiere el Espíritu a quienes se encuentran al pie de la cruz representando a la Iglesia 62, porque, como ya lo

había advertido el evangelista, a la glorificación de Jesús pertenece el don del Espíritu (cf. Jn 7,39).

Esta concentración del misterio pascual en su unidad la mantiene Juan también en

los relatos de la resurrección. Ya en su primera aparición a los discípulos en el mismo

domingo de Pascua, el Resucitado transmite el Espíritu Santo (cf. Jn 20,21s). Además, Juan es el único evangelista que menciona las llagas del Resucitado e incluso insiste en ellas como modo de reconocer que el Resucitado es el Crucificado (cf. Jn 20,25-27) 63. Juan establece, por tanto, entre los diversos momentos del misterio pascual de Cristo una unidad muy íntima, pero de tal naturaleza que es posible distinguir con claridad –incluso por su terminología– las tres etapas reconocidas por Lucas: resurrección / ascensión (en la terminología de Juan, glorificación, ida al Padre) / Pentecostés (don del Espíritu).

En Mateo 64, la unidad del misterio pascual aparece aún más concentrada, en el sentido de que Mateo no distingue diversos momentos. Aparentemente, tan solo conoce la resurrección. Sin embargo, en la única aparición del Resucitado al grupo de discípulos se descubren elementos que muestran la estructura del misterio pascual. La idea

correspondiente al momento de la ascensión está expresada en la forma misma de la aparición: no se produce en el contexto de una comida o reunión familiar, como las apariciones pascuales en los otros evangelios. Se acentúa el hecho de que Jesús viene de otra esfera de la realidad. Al comienzo de la declaración de Jesús sobre el poder que le ha sido dado (cf. v. 18), aparece claramente la correspondencia con lo que Lucas nos ha acostumbrado a llamar «ascensión». En el envío de los discípulos (cf. v. 9) y en la promesa de Jesús de estar presente hasta la consumación de los siglos (cf. v. 20b) está implícito el aspecto del misterio pascual expresado en Lucas con Pentecostés, porque la permanencia de Jesús y la misión son ambas obra del Espíritu. La concentración del misterio pascual en Mateo, por tanto, hace que no se distingan con excesiva nitidez los aspectos que Lucas, en sus dos obras, explicita hasta el punto de extenderlos

temporalmente.

Marcos 65 –haciendo ahora caso omiso del final canónico (Mc 16,9-20)–, que depende de Lucas, ni siquiera narra las apariciones del Resucitado y, en este sentido, parecería no interesar en este contexto. Sin embargo, incluso este Evangelio confirma

implícitamente la necesidad de afirmar la diversidad de fases del misterio pascual. A

pesar de que el texto del evangelista concluye con el relato de la tumba vacía y el anuncio de la resurrección –silenciado por las mujeres, muertas de miedo (cf. Mc 16,1-8)–,

Marcos supone los otros dos aspectos del misterio pascual: si la resurrección no

significara la glorificación de Jesús (= ascensión), Marcos no habría escrito el Evangelio de las «epifanías secretas», confesando su fe en el Hijo de Dios 66; si el Espíritu no hubiera sido dado, el Resucitado no podría hacerse presente entre los suyos en Galilea 67 ni Marcos habría escrito el Evangelio (= Pentecostés).

Como conclusión, se impone mantener presente tanto la unidad como la

diferenciación de aspectos del misterio pascual de Cristo, que permiten explicar la riqueza de contenido del misterio pascual: victoria sobre la muerte, retorno al Padre

(glorificación propiamente dicha) y permanencia en el mundo por la acción del Espíritu a través de la misión 68.

Por la conversión a Cristo, el ser humano hace también su «pascua» o paso, en