Bendecidos con la marca y la unción del Espíritu para el testimonio
3. Ungidos con el Espíritu
«Unción» es uno de los nombres del Espíritu. «Spiritalis unctio», canta el himno
Veni Creator en la liturgia latina de la fiesta de Pentecostés, inspirándose en 1 Jn 2,20 y
27. La unción se convirtió, pues, en expresión significativa de la donación del Espíritu, íntimamente ligada a la realidad significada 49.
a) La unción en clave antropológica
En su uso natural, la unción tiene múltiples efectos: sana, suaviza, protege, reconforta, penetra, hace brillar. Es, pues, comprensible que, cuando se usa como símbolo, sea una acción abierta a expresar muchos sentidos vivencialmente
profundos. Así pues, la unción no solo se emplea en ritos medicinales, significando
curación, sino también en ritos de preparación para alguna función especial, en el sentido de fuerza, poder, consagración.
En las más diversas culturas se practica con abundancia el uso simbólico de unciones con muy distintos elementos: perfume, miel, saliva, sangre, grasa animal y, sobre todo, aceite vegetal, puro o mezclado. Y se ungen tanto objetos como personas. Entre las circunstancias en que se practican tales unciones, merecen recordarse el nacimiento y la muerte, la pubertad y el matrimonio, la preparación de ceremonias
religiosas, la entronización de reyes, la consagración de sacerdotes, la institución de otros dignatarios... y otra serie de momentos críticos de la vida.
En el antiguo Egipto se ungía a los altos funcionarios. Sargón I de Asiria ostentaba el título de «el ungido del dios del cielo». En el ámbito cultural sirio-cananeo se ungía a los príncipes vasallos, y su unción se transmitía a sus herederos sin necesidad de repetir el acto de dicha unción. La unción real se empleaba entre los hititas como parte del ritual de entronización de un rey y era realizada por el pueblo, es decir, por la nobleza y por el ejército como «representantes» del pueblo. Es de sospechar que, debido a la influencia hitita, la unción real se haya practicado también en las ciudades-estado cananeas y, por tanto, en la Jerusalén pre-davídica de los jebuseos, de donde provendría su uso en Israel (entronización de David en Jerusalén). Fuera del ámbito del antiguo Oriente Medio, la unción regia es conocida también en la India. En el candomblé, el iniciado es ungido con sangre de animales sacrificados y también con aceite. En diversas culturas indígenas de las tierras bajas de América Latina, la costumbre de pintar el rostro o el cuerpo con achiote y jenipapo no deja de ser una especie de unción que expresa el carácter festivo del momento o la alegría de la persona.
En el AT se distinguen tres uso de la unción: el uso medicinal, para aumentar o
restaurar el bienestar físico 50; el uso cosmético, con la función de proteger contra el ardor del sol, como vehículo del perfume empleado, por ejemplo, después del baño 51; y el uso jurídico-sacral, que consiste en derramar óleo sobre la cabeza de alguien para conferirle kabod, palabra hebrea que significa tanto gloria y poder como peso y brillo (de ahí la analogía con el óleo).
Para designar los dos últimos usos se emplean verbos distintos, tanto en hebreo como en griego. Para el uso cosmético se emplean los verbos mir (hebreo) y aleipho (griego; para el uso jurídico-sacral, los verbos msh (hebreo, de donde se deriva el término «Mesías») y jrio (griego, de donde proviene la palabra «Cristo»).
En su sentido jurídico-sacral, la unción se destina, en la tradición fijada en el AT, a tres finalidades diversas: para la entronización del rey, para la consagración del sumo sacerdote y demás sacerdotes y para expresar la vocación de un profeta.
Entre estas tres finalidades, la forma básica es la unción regia. La unción del sumo sacerdote data tan solo de la época post-exílica 52. Habiendo heredado el sumo sacerdote el poder y la autoridad del rey, pasa a someterse a un rito de unción y a ser designado como «ungido» (Mesías, Cristo), título propio del rey de Judá 53. A su vez, la unción de los profetas, a la que se refieren únicamente dos textos bíblicos 54, es tan solo una expresión metafórica para referirse a la vocación profética; no se trata de una unción física con óleo.
El sentido de la unción regia es, pues, el sentido fundamental de las unciones jurídico-sacrales de la tradición hebrea. Significa la transmisión del kabod al ungido. Kabod 55 puede traducirse como poder, gloria, autoridad, peso, brillo... El significado básico es el de «peso» y, en consecuencia, de todo cuanto «pesa» sobre los hombros de alguien o «pesa» a la hora de valorar a una persona; todo cuanto le da prestigio,
reputación. La unción regia confiere al rey legitimación para ejercer la autoridad
correspondiente a la función de implantar el derecho y la justicia de la Alianza.
De este modo, la unción pasa a ser sinónimo de autoridad y a designar la dignidad regia. El «Ungido de YHWH» o, simplemente, «el Ungido» se convierte en un título habitual para designar al rey. Se trasluce aquí el sentido teológico del término: el Ungido (Mesías, Cristo) es aquel a quien YHWH ha conferido autoridad (kabod) y le garantiza su protección. El título es, pues, sinónimo de elección por YHWH. Por eso se emplea especialmente en situaciones de necesidad, para invocar –aunque sea indirectamente– la intervención de YHWH para salvar a su protegido 56, o bien cuando se desea o se espera el triunfo del rey, ya que la victoria no es nada más que la gloria prometida por YHWH a su Ungido 57. El título afirma la inmunidad y la inviolabilidad de la persona del rey, gracias a la protección especial de YHWH. El Ungido aparece así, por una parte, como perteneciente a la esfera de Dios (que lo protege y lo legitima) y, por otra, a la esfera del pueblo, cuya personalidad corporativa no es otra que el Ungido. De ahí que el propio pueblo sea llamado «Ungido», al igual que los patriarcas, padres del pueblo 58.
La unción en el AT, ya sea física o metafórica, es siempre unción en orden a un encargo, a una misión. La propia estructura gramatical así lo indica, pues generalmente
el verbo msh (ungir) rige la preposición «l» (para) con infinitivo, para indicar el sentido de la acción de ungir, sus consecuencias o su efecto.
En el caso del profeta, la relación entre unción y misión es muy clara. En Is 61,1, el profeta no es ungido con óleo, sino con el propio Espíritu de YHWH, para significar que el profeta está totalmente invadido por el Espíritu para realizar su misión. La unción es una mera metáfora para referirse a la vocación profética.
La misión del rey, el Ungido de YHWH, consiste en implantar y garantizar el derecho y la justicia (mispat wesedaqah). Así lo especifican 2 Sm 8,15 con relación a
David, 1 Re 10,9 con respecto a Salomón, y Sal 721s en términos generales o en referencia a un rey no identificado.
Derecho y justicia son dos vocablos fundamentales en el AT 59, ya aparezcan juntos, ya separados o en conexión con «gracia-amor» (hesed), «verdad-fidelidad» (emet), «compasión» (rahamim). El binomio «derecho y justicia» (mispat wesedaqah) se emplea principalmente par referirse al compromiso de promover los derechos
conculcados, especialmente de los pobres y desvalidos, que no tienen medios para defenderlos por sí solos.
Mispat se deriva de spt (= juzgar, salvar, liberar a quien ve conculcados sus
derechos). En hebreo, el «juzgar» no es un juzgar neutro. La Biblia desconfía de una justicia pretendidamente ciega. Se trata, por tanto, de un juzgar tomando partido por el injustamente oprimido, defendiendo su derecho pisoteado.
Los reyes concretos, con sus pecados y sus ambiciones, habían explotado al pueblo, en lugar de ejercer la función para la que YHWH los había legitimado. Surge de este modo la esperanza mesiánica: esperanza del surgimiento de un rey que haga justicia a su título de Ungido. Será el Ungido por excelencia (de ahí «Mesías»), porque responderá a su elección por parte de YHWH cumpliendo la Alianza 60 y –lo que viene a ser lo
mismo– velando por el derecho y la justicia.
La esperanza mesiánica se expresa con toda claridad y fuerza teológica en tres textos fundamentales: Is 9,5-6, Jr 23,5s e Is 11,1-9.
Is 9,5-6 promete que el futuro sucesor de David afirmará y consolidará su trono
porque estará fundado en el derecho y la justicia (v, 6). Jr 23,5s anuncia que YHWH suscitará el «germen justo» de David, que ejercerá el derecho y la justicia, y por eso se llamará «YHWH, nuestra justicia». En la época post-exílica, Is 11,1-9 describe
magníficamente la figura del Mesías esperado, en quien se resumirá toda la esperanza mesiánica. La familia de David se había convertido en una simple cepa («el tronco de Jesé»: v. 1), y el profeta promete que de esa cepa brotará un vástago en el que se hará realidad la esperanza de un Ungido que practique el derecho y la justicia (vv. 4-5). El Espíritu de YHWH, que reposa sobre el «brote» del tronco de Jesé (v. 2), capacita a este para gobernar de manera sabia y justa, de acuerdo con los principios de la Alianza. Ser Mesías y poseer el Espíritu aparecen aquí en íntima conexión, si es que no son una
misma e idéntica realidad. Se trata de volver a David, sobre quien «se precipitó» el Espíritu al ser ungido por Samuel (cf. 1 Sm 16,13). El Ungido por excelencia es un David redivivo.
Por lo tanto, al término de un largo recorrido, la unción –y la legitimación por parte de YHWH que conlleva– es puesta en relación con el Espíritu. El Ungido
realizará su misión de implantar el derecho y la justicia, porque posee el Espíritu de Dios.
Al considerar el simbolismo de la unción en el AT, hay que tener presente que los primeros cristianos no lo habían leído como lo leemos hoy gracias al estudio de su génesis histórico-literaria. Así pues, aun cuando la unción regia sea históricamente la fundamental, quien lee el AT tal como fue transmitido se encuentra también con las unciones sacerdotal y profética, las cuales dieron pie para que en Qumran, por ejemplo, se esperasen dos Mesías (dos Ungidos): un Mesías regio (davídico) y otro sacerdotal (aarónico), de acuerdo con Zc 4,1-6a.10b-14 (los dos «hijos del óleo», los dos olivos).
Pero hay además en el AT otras figuras «mesiánicas» que acaban fundiéndose en la interpretación teológica que el NT hace de Jesús. Así, por ejemplo, la figura del Siervo de YHWH, igualmente animado por el Espíritu de YHWH (cf. Is 42,1) y encargado de llevar el derecho (mispat) a las naciones 61. O también el profeta prometido en Dt 18,15, con el que fue identificado Jesús por algunos de sus contemporáneos 62.
La relación entre Ungido, unción, derecho-justicia y Espíritu está presente, por tanto, en el AT, arrojando luz sobre el sentido cristiano de la unción. Incorporados al misterio pascual de Jesús, el Ungido de YHWH, los cristianos son «ungidos» en el Ungido. La misma palabra «cristiano» ya lo da a entender. En el uso semántico del AT no es precisa la unción física para que alguien sea considerado ungido: la unción puede ser una metáfora (profetas), del mismo modo que alguien puede ser considerado como ungido a partir del antepasado que fue ungido físicamente (el caso de los descendientes de David, con escasas excepciones) 63. En esta última perspectiva, la propia
incorporación a Jesús, el Ungido, por medio de la fe, la conversión y el bautismo, ya nos hace «ungidos» en el Ungido, sin que sea preciso el gesto de la unción. Pero ciertamente una unción como acto físico visibiliza cualificación «mesiánica» de quien la recibe.
c) La unción mesiánica y el Espíritu
El uso litúrgico de la unción no puede separarse del significado de la palabra Cristo, el Ungido, ni, consiguientemente, de la designación de los discípulos como cristianos 64. Participando del misterio pascual de Cristo, el Ungido, somos ungidos
en el Ungido. Y la unción es el Espíritu mismo del Resucitado 65.
Los Padres de la Iglesia interpretaron a menudo el bautismo de Jesús como su
unción mesiánica. Los Hechos de los Apóstoles ya sugerían este enfoque. En el discurso
prosigue: «Dios lo ungió con Espíritu Santo y con poder» para desempeñar su función de pasar «haciendo el bien y curando a cuantos estaban poseídos por el diablo» y como garantía de que «Dios estaba con él» 66. En el Evangelio de Lucas, la misión proveniente de la unción es explicitada en su referencia a la evangelización de los pobres. Además, se relaciona con el bautismo, donde el Espíritu Santo, por quien Jesús, en su discurso inaugural en la sinagoga de Nazaret, afirma haber sido ungido 67, había descendido sobre él cuando el Padre lo reconoce como el Hijo (cf. Lc 3,21-22).
El bautismo de Jesús no es narrado como un simple dato histórico de la vida del Señor, sino como el origen del bautismo cristiano, por el que somos hijos en el Hijo (cf. la voz del cielo), ungidos en el Ungido (cf. el descenso del Espíritu) (cf. cap. 5,3, a). Nuestra unción –y, consiguientemente, su concreción simbólica en el crisma– tendrá la misma finalidad que la unción de Jesús: ponernos, como él y siguiéndole a él, del lado de los pobres, en favor del derecho y la justicia.
Los evangelios vuelven a hablar de la unción de Jesús en conexión con su muerte.
La mujer de Betania, a quien Juan identifica como María, la hermana de Lázaro, unge a Jesús, el cual interpreta este gesto como preparación para su sepultura 68. Pero la unción para la muerte no deja de tener su ambigüedad. El gesto de la mujer de Betania es antes una unción mesiánica que sepulcral: el cadáver se unge de los pies a la cabeza; al rey, en cambio, únicamente se le unge la cabeza 69. Al ungir la cabeza de Jesús, la mujer
realiza una acción profética: Jesús es el Mesías. Mediante la palabra de Jesús, la proclamación mesiánica es corregida, pasando a sugerir otro modelo de mesianismo, en el que tienen cabida el sufrimiento y la muerte 70.
En el mismo sentido va la narración de la infancia por parte de Mateo. Los magos ofrecen al Niño oro, incienso y mirra 71. Esta última es empleada en la unción sepulcral. De ahí la interpretación que la tradición dio a los tres dones: el oro se refiere a la realeza del Niño (su carácter mesiánico); el incienso, a la divinidad (o a su sacerdocio); y la mirra, a la muerte de Cristo 72. El mesianismo de Jesús incluye su misterio pascual. El
gesto crismal de la unción sugiere, pues, nuestra inserción en el destino de Jesús, en su misión, en su muerte y en su resurrección.
La relación entre nuestra vida en Cristo, el Espíritu y la unción es evocada en 2 Co 1,21s 73. La terminología en todo el contexto es bautismal. La acción con la que
constantemente fortalece Dios al cristiano tiene su raíz en la unción, en el sello y en el don del Espíritu Santo, designados como acciones del pasado (verbo en aoristo). Puesto que no tenemos noticia de un rito de unción en la celebración bautismal hasta finales del siglo II, la unción de 2 Co 1,21 debe entenderse en sentido metafórico, significando la incorporación a Cristo, el Ungido por excelencia, realizada en el propio bautismo. Esta unción es obra de Dios y es explicada como un sello por su parte y como el acto
mediante el cual él da el Espíritu Santo, que transforma al bautizado en imagen de Cristo- Ungido (cf. 2 Co 3,18) 74.
1 Jn 2,20 y 27 se hace referencia en tres ocasiones a la unción (crisma) que el cristiano posee. «Unción« es aquí una forma de llamar al Espíritu, como puede comprobarse por el paralelismo entre estos tres textos y las perícopas del Evangelio de Juan que prometen la venida del Paráclito. La unción, al igual que el Paráclito, transmite a la comunidad un conocimiento profundo de Cristo 75, ha sido recibida del Padre (y de Cristo) 76,
permanecerá en el cristiano 77 y le enseñará 78. Ungida con el Espíritu, la comunidad tiene en él el fundamento de su pertenencia a Cristo. La unción del Espíritu Santo (la unción que es el Espíritu de Cristo) transmite a la comunidad el conocimiento de Cristo, conocimiento abarcante 79 que significa claridad en la fe, certeza en la decisión,
seguimiento en el amor. La relación entre el Hijo y los hijos (cf. cap. 5, 3, a) reaparece aquí en la relación entre el Ungid (ho christós) y los ungidos.
La raíz de la identificación del Espíritu con la unción se encuentra ciertamente en Is 61,1, donde el Trito-Isaías se proclama ungido para la misión profética. En este texto, «unción» no designa un rito físico, sino la propia misión. El «óleo» de esa unción es el Espíritu de YHWH. El don profético del Espíritu es, pues, en último análisis, idéntico a la unción.
Del mismo modo, en los textos del NT la unción relacionada con el bautismo o con el don del Espíritu no es aún un acto físico. Solo posteriormente entrará a formar parte de la celebración bautismal. Entretanto, estableciendo la relación unión-Ungido-Espíritu, dichos textos proporcionaron una elocuente simbología para significar la conformación con Cristo realizada en la iniciación cristiana 80. El gesto simbólico fue tanto más adecuado cuanto que la unción podía relacionarse también con el simbolismo de la inmersión en el agua, ya que evocaba el hecho de perfumarse con óleo aromatizado después del baño. La unción, como metáfora bíblica para el Espíritu, favorece, por
tanto, el que la unción física se convierta en expresión significativa del don del Espíritu. Siendo este el don más elevado que puede recibirse, no estaba fuera de lugar
que el óleo empleado fuese enriquecido con aromas preciosos, como es el caso del crisma y del «mýron», más aún teniendo en cuenta la simbología del perfume.