Bautismo-confirmación, sacramento de la fe
1. Fe en el Evangelio de Cristo
«Anunciar el Evangelio (la Buena Noticia) de Cristo» y otras expresiones
semejantes 4 aparecen con frecuencia en los Hechos de los Apóstoles para designar la «acción» a la que se refieren esos «Hechos». La Iglesia, que se constituye por la
predicación de los apóstoles, se caracteriza como la transmisora del kerygma, el mensaje de la fe en Cristo. Nace de la fe y lleva a la fe.
El contenido de la fe es el Evangelio de Cristo: «Ha sido por el nombre de
Jesucristo, el Nazoreo, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta curado este hombre delante de vosotros [...] Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4,10.12). Este es el mensaje que se repite una y otra vez, de las más distintas maneras, en los discursos de la primera parte de los Hechos de los Apóstoles, que pretenden reproducir el primitivo kerygma apostólico 5. Un mensaje inaudito que Pablo resumió hablando de la sabiduría de la cruz, únicamente accesible a los que creen, por cuanto «es escándalo para los judíos y locura para los griegos» (1 Co 1,23). Escándalo y locura es el Cristo crucificado [a], pero también el juicio sobre el mundo que él significa (b) y la salvación que él trae [c]. La Buena Nueva de Cristo
revela al mismo tiempo «la salvación para todo el que cree» (Rm 1,16) y «la ira de Dios contra toda impiedad e injusticia» (cf. Rm 1,18).
a) Cristo crucificado, escándalo y locura
El escándalo y la locura de la fe quedan perfectamente expresados en los discursos iniciales de los Hechos de los Apóstoles. Lo que había sido despreciado por los hombres es exaltado por Dios. O, como dice el salmo en un topos muy del gusto de la predicación de la Iglesia primitiva: «La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en piedra angular» 6. Jesús, cuya misión había sido predicar y hacer presente el Reino de Dios como Buena Noticia para los pobres y los marginados, representando al Padre junto a tales seres despreciados y excluidos, se solidarizó con ellos hasta el punto de ser
marginado él mismo, padeciendo «fuera de las puertas» 7. Desdeñando la vergüenza de la marginación y la maldición de la cruz, Jesús se convirtió en «el autor y consumador de la fe» (Heb 12,2), «principio de salvación eterna» para todos cuantos creen en él (cf. Heb 5,9) 8.
La fe en que Dios salva por medio de un «crucificado por la
injusticia» 9 constituye un escándalo para quienes pretenden fundamentar su
existencia en sí mismos, faltos del coraje de arrojarse en los brazos de Dios para que los salve. Son personificados, de un lado, por la figura de los «judíos», que buscan
«señales» para creer; de otro lado, por los «griegos», que miden la revelación de Dios en función de la sabiduría humana 10. «Judíos» y «griegos» no son meramente personajes de la época, procedentes de las dos etnias entre las que Pablo realizaba su apostolado. Son prototipos de dos tentaciones típicas del ser humano en su falta de fe. Por eso es importante considerar aquí ambas figuras para ver lo que el bautismo-confirmación, con el don de la fe, corrige en el ser humano. Sin embargo, para evitar cualquier resabio de racismo o de antisemitismo, actualmente conviene evitar la terminología paulina y, en lugar de «judíos» (aunque sea entre comillas, para no identificarlos con el pueblo histórico), hablar de «piadosos». Paralelamente, en lugar de «griegos», se utilizará el término «sabios».
Los «piadosos» pretenden que Dios se muestre presente y actuante en lo
extraordinario e inaudito. No quieren juzgar por sí mismos los acontecimientos (cf. Lc
12,57), sino que Dios les diga lo que han de hacer, y lo haga de una forma únicamente posible para un poder sobre-humano. Los Evangelios los presentan pidiendo a Jesús «una señal del cielo» 11. Pero Jesús, o bien se niega a darles tal señal, o bien les ofrece «la señal de Jonás», que no responde a lo que ellos ansían.
El deseo de señales para creer manifiesta lo que les mueve a pedirlas: una determinada concepción de Dios y una actitud personal muy característica. El Dios
que envía «señales del cielo» es concebido a la manera de los poderosos de la tierra, actuando de arriba hacia abajo, inhabilitando las capacidades humanas para un juicio de
fundamental importancia y dispensando el discernimiento y la libertad de las personas. De acuerdo con tales parámetros, el Dios de Jesús, que entrega a este a manos de los pecadores (cf. Mc 14,41), se descalifica por su impotencia frente a la maldad y la injusticia humanas.
La actitud personal se desprende, lógicamente, de la imagen que se tenga de Dios. Ante el dios-poder que ellos imaginan, les conviene asegurarse, observando del modo más estricto la ley que viene de él. Por eso los «piadosos» no se atreven a tomar una decisión en función de los acontecimientos históricos. Necesitan señales trascendentes y, si no las reciben, se aferran a la ley. Sus principios eternos y a-históricos les dan
seguridad, porque, al venir de lo alto, el observarlos agrada indudablemente a Dios y les exime de la responsabilidad de juzgar por sí mismos (cf. Lc 12,57). En el fondo, tienen miedo de la historia. Temen que los acontecimientos les exijan algo que exceda lo que están acostumbrados a hacer. Les preocupa la posibilidad de sentirse «desinstalados» por los signos de los tiempos.
En este horizonte de comprensión de Dios y de autocomprensión, confesar que Jesús crucificado es la revelación del Padre constituye un escándalo, una piedra de tropiezo. Dios no puede ser así: «débil», humano, solidario de los pequeños y de las
víctimas de la injusticia. Jesús, como testigo referencial, no les ofrece la garantía sólida de una ley eterna e inmutable. En vez de ser «señal del cielo» es «señal de Jonás» que, o bien remite al discernimiento de los signos de los tiempos (cf. Lc 11,30.32), o bien ofrece como garantía un acontecimiento escatológico no verificable (cf. Mt 12,40-41).
Un segundo grupo incapaz de aceptar la fe en Cristo crucificado lo simbolizan los «sabios». Al contrario que los «piadosos», los «sabios» pretenden juzgar por sí
mismos, de acuerdo con los cánones de su sabiduría humana. Su medida, sin embargo, no es la establecida por Dios, sino que es consecuencia de la concepción que ellos mismos ya se han hecho de Dios. Pretenden medir a Dios de acuerdo con sus propios parámetros. Su sabiduría presenta un dios evidente, cuyos caminos pueden ser
escrutados, y les dicta que Dios no puede rebajarse a sentirse solidario de los últimos, porque Él está por encima de todo y es sublime e intangible, a la manera de los grandes de este mundo. Pretenden determinar cómo debe ser Dios y no aceptan que este se les muestre tal como es. El Dios de Jesús, por tanto, no corresponde a sus categorías, porque también para ellos Dios es poder. Por eso es una locura afirmar que Dios se manifiesta en un crucificado, en un condenado a muerte que podría ser confundido con cualquier otro excluido de la sociedad. Y por eso se consideran a sí mismos la «medida de todas las cosas» y jamás se dejarán guiar por un testigo referencial que acaba siendo clavado en la cruz.
Por muy diferentes que parezcan, ambas personificaciones de la descreencia son enormemente semejantes: ambas coinciden en su pretensión de dictarle normas a Dios.
Los «piadosos», que aparentemente no pretenden juzgar, sino dejar que Dios se
pronuncie mediante una «señal del cielo», en realidad determinan cuál es la señal válida para llegar a creer. Su humildad encubre la soberbia de dictar el modo en que Dios ha de
manifestarse para ser signo de fe 12. En este sentido, no se distinguen de los «sabios», porque miden a Dios de acuerdo con la sabiduría humana, dado que, para determinar si la señal es válida o no, aplican unas ideas preconcebidas (cf. Mt 16,1 par.). Por otro lado, el propio Pablo los encuadra bajo el concepto común de «sabiduría del mundo» (cf. 1 Co 1,20).
Es común a ambas posturas, por tanto, pretender medir a Dios de acuerdo con las propias medidas humanas, ya sean las de la ley o las de la razón. Ambos tipos de
incredulidad coinciden en que no se dejan conducir por lo inesperado de Dios que se manifiesta en la historia. Aplican sus a priori, o bien porque juzgan que Dios ya lo ha
dicho todo a través de la ley y ya no tiene nada más que decir («piadosos»), o bien porque pretenden saber de antemano, gracias a la sabiduría humana, cómo tiene Dios que comportarse («sabios»). Ambos tienen en común, en último término, el miedo a Dios: miedo a que Dios exija algo que no les sea ya conocido; miedo a ser sorprendidos por la novedad de Dios y «desinstalados» de sus principios. «Piadosos» y «sabios» son, en una palabra, prototipos de la incredulidad, que consiste en crearse cada cual su propia imagen de Dios. Por eso no aceptan la imagen revelada por Dios, a través de su Hijo, en el Espíritu 13.
La pretensión de crearse una imagen de Dios según el gusto de cada cual es la quintaesencia de la incredulidad y caracteriza a todo ser humano concreto («piadosos» y «sabios»), porque todos y cada uno de ellos están bajo el pecado (cf. Rm 3,9-10).
b) El pecado, reverso de la Buena Nueva
El Evangelio es escándalo y locura no solo por ser la revelación de un Dios inesperado, extraño, diferente y diametralmente opuesto a los pensamientos humanos. También lo es porque desenmascara al ser humano que se cierra a la automanifestación de Dios y pretende dictarle a este como debe ser y actuar. El Evangelio de Cristo es escándalo y locura porque manifiesta el pecado humano en toda su extensión e
intensidad. La condena de Jesús a muerte muestra de lo que es capaz el pecado: de matar al «Autor de la vida» (cf. Hch 3,15).
La «mala noticia» del pecado humano es el reverso de la Buena Noticia de la
salvación en Cristo, y en ella se convierte también en Evangelio. También por este lado el Evangelio es escándalo y locura, porque desvela la realidad humana bajo un aspecto que solo en la fe se puede admitir: el pecado, su universalidad y radicalidad.
Reconocer el pecado es escándalo para los «piadosos», los cuales, al considerarse
santos y justos, establecen mecanismos de exclusión que les eviten contaminarse del pecado de los «otros», porque pecadores son siempre los otros (cf. Lc 18,9-14). Es propio del pecador culpabilizar al otro para disculparse a sí mismo. Ya Juan el Bautista escandalizaba a los «piadosos» al proponer su bautismo de penitencia para todos (cf. Lc 3,8). El cuarto evangelio conoce el mismo tipo de resistencia. Después de la cura del
ciego de nacimiento, con su simbolismo de itinerario de fe, los fariseos preguntan a Jesús si también ellos se cuentan entre los ciegos juzgados por la venida del Enviado de Dios al mundo. Y la respuesta de Jesús desenmascara su pecado: «Si fueseis ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado permanece» (Jn 9,40). El Evangelio es, al mismo tiempo, revelación de Dios y revelación del pecado. Quien no quiere ver la luz de Cristo no ve sus propias tinieblas y, de ese modo, permanece en ellas.
Admitir el pecado es locura para los «sabios», que aprisionan la verdad con la injusticia y se entregan a la idolatría (cf. Rm 1,18; cf. v. 22). También ellos conocen
mecanismos de exclusión: enarbolan sus costumbres, fruto de su sabiduría, como medida para toda la humanidad. Quien no los sigue es un «bárbaro». Quien no adora a sus
dioses es un «ateo» 14. Su sabiduría es parámetro para todos. Simplemente, la identifican con la verdad.
Dada su incapacidad para reconocer su pecado, tanto «piadosos» como «sabios» cometen el gran pecado de la crucifixión de Cristo. «Renegasteis del Santo y del Justo
y pedisteis que fuese indultado un asesino. Asesinasteis al Autor de la vida» (Hch 3,14- 15). En dicho pecado están implicados los que se creen justos y los que se creen en posesión de la verdad. Las autoridades religiosas del pueblo, seguras de saber quién era Dios y cómo debería manifestarse, consideran a Jesús un blasfemo y, por eso, lo
entregan a la autoridad romana. Esta, basándose en la «razón de Estado», reconoció que convenía eliminarlo en aras del orden que suponían divinamente establecido. La
resurrección acabó revelando el pecado de ambos grupos.
El Evangelio de Cristo revela, pues, el pecado y su perdón. Fuera de la fe no es posible reconocer el pecado ni conocer el perdón. Jesús no emplea retórica alguna
cuando dice de sus verdugos que «no saben lo que hacen» (cf. Lc 23,34). Ni es tampoco retórica por parte de Pablo afirmar que, si los príncipes de este mundo hubieran conocido la sabiduría de Dios, «no habrían crucificado al Señor de la Gloria» (cf. 1 Co 2,8). Y la razón de ello es que solo en la fe se puede reconocer el pecado. Los verdugos de Jesús actúan desde la falta de fe, que es la única que revela el pecado como lo que es: ofensa a Dios.
Tomar conciencia del pecado pertenece, pues, al proceso por el que se llega a la fe. El pecado no es Evangelio, pero el Evangelio revela el pecado, desvelando el estado de perdición en que vive la humanidad. ««Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,17): he ahí el contenido del
Evangelio. Y la respuesta es la fe: «Quien crea en él no será juzgado; quien no crea ya ha sido juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios» (Jn 3,17). El Evangelio revela el pecado como contrapuesto a la fe. Pecado es la situación en que se encuentra quien vive sin fe: «Todo cuanto no procede de la fe es pecado» (Rm 14,23).
El bautismo, que sella la aceptación de la fe en el Evangelio de Cristo, incluye por eso mismo la remisión de los pecados como otro aspecto de la «obediencia de la fe». Ahora bien, el pecado presenta diversas formas, pero a todas ellas alcanza el
En el sentido más común, el pecado es un hecho personal de cualquiera que libremente configura su vida en contra del proyecto de Dios. Pero hay también un pecado presente en la estructuración misma del mundo y que es, al mismo tiempo, fruto de los pecados personales y condicionamiento del ser humano para el pecado. En
terminología bíblica, podríamos llamarlo «pecado del mundo» (cf. Jn 1,29). Hoy día se habla de un pecado estructural que, por ser impersonal y estar objetivado en las
estructuras de las relaciones humanas, influye de manera muy concreta en la historia de cada cual (cf. cap. 4, 1, a). Más profunda y radicalmente, la revelación en Cristo
desenmascara el pecado original, innato a cada ser humano, expresión más acabada de que, sin fe en la Palabra de Dios que nos llega «de fuera» de nosotros («fides ex
auditu») y es pura gracia, no hay salvación (cf. cap. 3, 2, c).
c) El Evangelio de la salvación en Cristo
El pecado, reconocido gracias a la revelación del Evangelio, permite percibir la incapacidad del ser humano para salvarse por sus propias fuerzas. Ahora bien, debido
a su falta de fe, tanto los «piadosos» como los «sabios» tienen en común tal pretensión: nada más lógico para quien se arroga la capacidad de poder incluso determinar el obrar de Dios. La autojustificación es la acusación clave de Pablo contra sus adversarios, los «piadosos» legalistas (cf. Rm 9,32; 10,3). Y también los «sabios» mantienen la misma actitud de «autosalvación», porque se consideran dueños de la razón que determina incluso la forma que tiene Dios de manifestarse (cf. Hch 17,32). Salvarse por la fe es tan escándalo y locura como lo es Cristo crucificado, que hace posible y visibiliza dicha salvación (cf. Rm 3,21-26). En la «obediencia de la fe» (cf. Rm 15), sin embargo, toda la iniciativa es de Dios, el cual sorprende a la humanidad en el hombre Jesús, que no pertenece a los «piadosos» de su tiempo, sino que, por el contrario, los escandaliza, porque pone al ser humano, con su necesidad concreta, por encima de la ley e incluso por encima del día consagrado a Dios (cf. Mc 2,27). Por eso es objeto de mofa para los «sabios» (cf. Hch 17,32), porque proclama que Dios no se revela a los doctos y
entendidos, sino a los más pequeños (cf. Lc 10,21 par.).
Contra los astutos «sabios», que se contentan con la contemplación de la verdad, el Evangelio de Cristo indica que la verdad de Dios se hace (cf. Jn 3,21) en la práctica del amor, que mueve a acercarse a quien se encuentra abandonado y medio muerto al borde del camino (cf. Lc 10,29-37). Contra los «piadosos» observantes de la ley, que se refugian en un obrar abstracto sin mirar a su alrededor, amonesta en el sentido de hacer el bien concreto, aun cuando la ley, con sus principios a-históricos, pueda suscitar dudas acerca de su licitud (cf. curaciones en sábado).
Con su actitud de dar preferencia a la historia por encima de los a priori de la Ley y de la Razón, Jesús declaraba presente el Reino de Dios. Por eso fue condenado a muerte por la lógica de la Ley (Sanedrín) y por la razón de Estado (Pilato). Y él lo aceptó dentro de la lógica del Reino.
Dios no dejó duda alguna sobre quien hablaba en su nombre. Al resucitar a Jesús, dio a este la razón contra los aficionados a la ley y los amantes de la sabiduría. Dios hizo
de Jesús Ley y Sabiduría para desestabilizar la ley y la sabiduría cerradas en sí mismas.
El Evangelio, ofrecido a los oyentes mediante la proclamación del kerygma, no puede, pues, ser separado de la historia de Jesús. Es la buena noticia de que es posible vivir como Jesús y, de este modo –y solo de este modo–, encontrar a Dios y,
consiguientemente, la realización humana y la vida en plenitud. La aceptación del Evangelio por la fe –y por el bautismo-confirmación que la celebra– introduce a la persona dentro de esta historia, le hace participar de ella y «completarla en su propia carne» (cf. Col 1,24). Jesús no es únicamente alguien que envía a predicar el Evangelio y que ordena bautizar. Jesús es el fundamento del Evangelio y del bautismo; él mismo se da al oyente de la Palabra y al celebrante 15 del bautismo 16.
La fe no consiste tan solo en adquirir un conocimiento teórico de la historia de Jesús, sino en entrar en ella, haciendo que forme parte de nuestra vida, historia de nuestra historia. Jesús es el testigo referencial por excelencia, cuya vida, muerte y
resurrección hacen razonable apostar en el sentido de que sus valores y su sentido de la vida –el Padre del que hablaba y el Espíritu que transmitió– merecen ser tomados como valor y sentido supremos, Padre y Espíritu de la vida humana. De este modo,
Jesús es «el autor y consumador de la fe» (Heb 12,2).
La fe es transmitida por la Tradición de la comunidad de fe. Es toda una «nube de testigos» referenciales (Hb 12,1) que, habiendo arraigado su vida en el «autor y
consumador de la fe», se convierten en mediación de la inmediatez de Jesús (dimensión
eclesial de la fe). También en esta perspectiva permanece la estructura fundamental de
la fe: Dios da el primer paso, toma la iniciativa. La fe es gracia, «viene de la