La metáfora sirve para cambiar a las personas, pero hay otro aspecto de ella que es preciso comprender. La metáfora también es un tipo de comunicación al que debemos respon- der. La persona que lo toma todo en su sentido literal se ve
impedida de captar la mayoría de los significados de las co- municaciones cotidianas. Debemos enseñar a todo terapeu- ta a buscar el significado que un cliente intenta comunicar; gran parte de ese significado está inserta en metáforas y ha de ser comprendida. Por ejemplo, si un hombre es enjuicia- do e ignora de qué crimen se lo acusa, no sabrá qué dichos de él podrían demostrar su culpabilidad. El camino más segu- ro para él es evitar la comunicación directa y usar metáfo- ras a las que puedan atribuirse significados múltiples y am- biguos. Recuerdo el caso de un padre que se creía culpado por la psicosis del hijo, pero no tenía la menor idea, sobre cuál había sido su falta. Cuando le preguntaron por la afec- ción del hijo, respondió sensatamente: «Es cierta especie de algo que viene de otra parte».
La metáfora es la base de todo arte y religión. También es el tipo de comunicación con mayor carga emocional. Pue- de conducirnos a una vida dedicada a la creación artística. O llevarnos morir a manos del verdugo si en la diferencia entre una metáfora y una enunciación literal se esconde una herejía. Cuestionar si la transubstanciación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo es real o sólo meta- fórica fue una gran herejía. Muchos murieron por su cau- sa. Por suerte, el terapeuta en formación que confunde una metáfora con la vida real no afronta esa consecuencia, pero tomar conciencia de esa distinción es parte de la práctica te- rapéutica. Los terapeutas deben aprender algo sobre la co- municación de sueños, fantasías e historias con moraleja.
Las personas clasificadas como esquizofrénicas son las más diestras en el uso de la metáfora. Si un tipo dice que viene del espacio ultraterrestre y parece hablar en serio, lo diagnosticarán como una persona rara que se encuentra en una situación difícil. Si un hombre dice ser Jesucristo y da la impresión de estar verdaderamente convencido de ello, diagnosticarán que es psicótico. Los supervisores deben en- señar a los terapeutas en formación a comprender tales co- municaciones. ¿Qué deben enseñarles concretamente? Vea- mos algunas opciones:
1. El uso de metáforas puede interpretarse como un sín- toma de trastorno mental. Algo anda mal en la cabeza de un hombre que dice haber nacido en Marte. Se presume que padece una enfermedad cerebral o un trastorno neurológico
y, en consecuencia, se desecha su declaración tomándola co- mo un mensaje respecto de su estado interior, y no como un mensaje dirigido a alguien. Desde este punto de vista, la meta es hallar una droga que le impida hablar tan desatina- damente. Se responde en función del control social, y no de la terapia.
2. Segun otra interpretación, quien utiliza una metáfora comunica algo a alguien, y lo hace mal. Su problema es te- ner cierta dificultad en el manejo de las señales indicadoras del uso de un lenguaje metafórico. Esa persona no dice: «Es como si hubiera nacido en Marte», con lo cual expresaría al oyente que su hogar de origen se asemejaba al del dios de la guerra, sino «Nací en Marte». Quien tiene dificultad en utilizar estas señales, también la tiene en comprenderlas cuando otros las usan. Si una camarera le pregunta: «¿Qué puedo hacer por usted?», quizá no acierte a comprender lo que quiere decirle y le responda con un desatino.
3. Una metáfora también puede utilizarse adrede. Si un hombre dice ser Jesucristo con aparente convicción, tal vez esté ofreciendo al oyente la posibilidad de elegir una res- puesta. El oyente puede contestarle como si hubiese dicho un despropósito, o puede tomar su autodescripción como un comentario personal significativo. Aceptar esta hipótesis implica aceptar la idea de que esa persona usa delibera- damente una metáfora y omite deliberadamente los indica- dores de que eso es una metáfora. Se comunica de manera tal que deja abierta una salida a su interlocutor: este no tie- ne por qué advertir que el comentario es crítico en un nivel personal y organizacional.
¿Qué tiene que ver todo esto con la terapia? Significa que el supervisor debe enseñar a los terapeutas en formación a respetar las comunicaciones de las personas diagnosticadas como esquizofrénicas y escuchar atentamente sus metáfo- ras para tratar de comprender la situación del individuo (sin traducir la metáfora ni responderle en el mismo len- guaje). Si el terapeuta en formación se pone a discutir la metáfora con el cliente, se encontrará en una situación si- milar a la del ajedrecista bisoño que enfrenta a un maestro. El mejor modo de responderle es centrarse en las ideas más simples: los clientes adultos que residen en su hogar de ori- gen deben salir a trabajar o estudiar y hacer lo que sus pa-
dres les digan; deben trazar planes para ganarse la vida o procurarse una capacitación laboral.. Tenemos que enseñar al terapeuta en formación a ser digital y no analógico con las personas diagnosticadas como esquizofrénicas y con su familia.
Desde luego, esta es una exposición demasiado simpli- ficada de un problema complejo. Es obvio que diversos tipos de personas reciben un diagnóstico de esquizofrenia. Sin embargo, los terapeutas en formación estarán en ventaja si aceptan (pero no contestan) la metáfora esquizofrénica como una guía para comprender al cliente y centrarse en las cuestiones esenciales.
Recuerdo la respuesta literal que dio John Rosen a un joven que dijo ser Jesucristo: «Oh, usted es el cuarto Jesu- cristo que recibo hoy». A otro cliente, le respondió: «Si deja de afirmar que es Jesucristo, le regalaré una camisa nue- va». El joven cooperé y obtuvo la camisa.2
CASO ILUSTRATIVO
En esta sección, no describo el tratamiento de psicóticos, sino cómo juzgar los comentarios aparentemente psicóticos en un contexto terapéutico. Una joven de dieciocho años em- pezó a perder la razón y fue internada en el pabellón psi- quiátrico de un hospital universitario. Cuando la entrevis- taron, dijo estar embarazada con varios fetos gemelos. Co- mo estaba menstruando, su declaración se tomó por una afirmación delirante que indicaba un trastorno mental. La derivaron a una terapia ambulatoria orientada hacia la fa- milia, reanudó sus estudios y su trabajo, pero tuvo una re- caída anticipada cuando sus padres amenazaron separarse.
En una entrevista familiar, la joven dijo que si sus pa- dres se separaban, ella se mataría porque «esos ocho niños los necesitan». Durante la sesión, actuó en forma extraña e insulté al terapeuta. (Conviene señalar que es típico que una persona joven que ha tenido una recaída ataque a un progenitor y al terapeuta, por buena que haya sido hasta entonces su relación con ellos.) El supervisor se inquietó ante la amenaza de suicidio en caso de separación parental
2 J. N. Rosen (1951) Direct analysis, Nueva York: Grune & Stratton.
e hizo salir del consultorio al terapeuta. Le preguntó si po- día enojarse con la muchacha. El terapeuta, a quien ella ha- bía insultado, creyó poder hacerlo. El supervisor le sugirió que le dijera a la joven que no tenía derecho a amenazar a sus padres con suicidarse en caso de que se separaran, pues tenían el mismo derecho que ella a hacer lo que juzgaran necesario. En vista de que el terapeuta era un intelectual, el supervisor lo alenté a expresar su ira como una comunica- ción personal a la cliente, y no como una mera observación intelectual. El terapeuta en formación regresó al consulto- rio y, tras recibir algunos insultos más de la joven, que ayu- daron a la intervención, logró expresarle su ira frente a ese despojo de los derechos de sus padres. La madre respondió a esto advirtiendo con firmeza a su hija que no era asunto de ella decidir si se separaba o no de su esposo: la decisión la tomaría ella. A partir de ese momento, la hija empezó a com- portarse con mayor sensatez en el consultorio y hasta bro- meó con el terapeuta.
En el tratamiento de este caso, nunca se discutió la me- táfora de los fetos gemelos. Fue aceptada como alusiva a al- go relacionado con partos múltiples. Esta interpretación pareció apropiada al descubrirse, más adelante, que la ma- dre había tenido ocho hijos y estaba triste y exhausta. Cuando esta hija empezó a independizarse, la madre se deprimió y guardó cama. La hija comenzó entonces a actuar desatinadamente y a hablar de partos múltiples. El super- visor aconsejó al terapeuta que presupusiera que la hija en- tendía sus propias metáforas y no necesitaba que se las in- terpretaran. El foco de la terapia no era demorarse en sus ideas fantasiosas sino devolverla al estudio y el trabajo y zanjar las diferencias entre sus padres.
La manera correcta de responder a un joven psicótico es tratar de comprender la metáfora sin comentar necesaria- mente su significado. Si el terapeuta en formación procede así, el cliente expresará ideas importantes con una esponta- neidad cada vez mayor. El cliente necesita poder confiar en que el terapeuta no formulará interpretaciones o acusacio- nes irresponsables sino que aceptará sus ideas como parte de una coalición encubierta hasta tanto puedan expresarse de un modo más explícito. Conviene enseñar a los terapeu- tas que callar algo observado no es una muestra de desho- nestidad, sino un gesto de cortesía.