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El grupo de terapeutas en formación

In document Aprender y Enseñar Terapia Jay Haley (página 95-97)

Los supervisores pueden trabajar individualmente con un colega o un terapeuta en formación, o trabajar con un grupo de terapeutas en formación situado detrás del espejo de visión unilateral; en este segundo caso, los terapeutas se turnan en ir al consultorio a entrevistar clientes. Son dos situaciones completamente distintas. En la supervisión in- dividual, la unidad está constituida por el terapeuta y el cliente. Al supervisor le es fácil centrar su atención en ella y omitir las distracciones. Además, es libre de hacer comen- tarios positivos o críticos sobre el terapeuta y su estilo, por tratarse de una discusión privada.

En, cambio, en la supervisión grupal, todo lo que diga el supervisor será oído por la totalidad del grupo. Además, no

es libre de centrarse por entero en observar la entrevista,

pues debe comentar al grupo lo que sucede y lo que debería suceder. A veces, la simple expresión verbal de sus pensa- mientos ayuda a que el grupo siga la acción tal como él la entiende. De vez en cuando, es posible que la observación del manejo de un caso lo absorba al extremo de olvidarse del grupo. Entonces se corre el riesgo de que el grupo observe lo que sucede en el consultorio y extraiga una conclusión erró- nea. Por ejemplo, si el supervisor aconseja una confronta- ción en una situación dada, el grupo puede suponer que esa confrontación debe hacerse siempre en vez de comprender que sólo es sugerida para ese caso en particular. Lo correc- to sería que el supervisor explicara claramente a los prin- cipiantes sus puntos de vista para evitar malentendidos. Cuando las sesiones de terapia se graban en videocinta, los supervisores tienen la oportunidad de repasar el material con más calma y aclarar las premisas en que se basaron sus diversas intervenciones.

La meta de la formación grupal es enseñar técnica te- rapéutica y cierta comprensión de los problemas humanos. La ventaja de la supervisión en vivo está en la posibilidad de discutir un problema especifico en el momento en que el terapeuta en formación y el grupo de colegas se debaten con él. En los ambientes académicos, los terapeutas pueden aprender las ideas tradicionales sobre los problemas hu- manos y hallarles fundamentos en los textos. Más adelante, cuando hagan terapia y se les presente un caso que involu-

cre un tipo de anormalidad, tratarán de recordar lo aprendi- do en las clases años antes. La supervisión en vivo propone otra forma de aprendizaje: la adquisición simultánea de co- nocimientos sobre la naturaleza de un problema y su tra- tamiento. Por ejemplo, cuando un estudiante aprende algo sobre el retardo mental en una escuela o facultad, ese cono- cimiento sólo tiene un interés académico. Cuando a un tera- peuta en formación, supervisado en vivo, le asignan una fa- milia con un hijo adulto retardado mental, la enseñanza es muy diferente. El terapeuta ansía aprender a tratar este problema y lo que se sabe acerca de él. Quizá salte a la vista que la persona retardada puede atarse los cordones de sus zapatos pero que nunca lo hace porque su madre es tan solí- cita que se los ata siempre. Esto pone en evidencia la necesi- dad de maximizar las capacidades de esa persona. El tera- peuta en formación puede percibir la naturaleza del proble- ma y el modo en que actúan las involucraciones familiares. Cuando se enseña terapia, no diagnosis, los supervisores advierten que los terapeutas en formación aprenden mejor si observan un problema en una sesión de terapia que si lo observan durante una entrevista diagnóstica. No sólo des- cubren la naturaleza del problema, sino que además el gru- po que observa la sesión es parte integral del proceso tera- péutico. El día en que se encuentren con un caso similar, to- dos ellos lo abordarán desde una posición ventajosa.

El grupo de terapeutas en formación también es valioso para el supervisor. Durante el programa formativo, se traen todo tipo. de casos y el supervisor puede aprovechar los co- nocimientos del grupo para complementar los suyos. En un grupo constituido por terapeutas que ya ejercen su profe- sión, y no por estudiantes novatos, hay individuos con am- plia experiencia en diversos problemas, medicaciones, tipos de colegas y situaciones legales. Un buen supervisor sabe aprovechar la sabiduría del grupo. Eso sí, debe quedar en claro que el responsable es el supervisor; las ideas y suge- rencias van del grupo al supervisor y de él al terapeuta en formación que maneja el caso.

El aprovechamiento de los recursos del grupo está deter- minado por su organización. El grupo debe poner el acento en lo positivo: este es un punto crucial. Se necesita un buen espíritu de equipo. Así como el terapeuta desea servirse de las mejores ideas del cliente, el supervisor desea organizar

al grupo de manera tal que se presenten las mejores ideas de todos sus miembros.

Zeman oído hablar de Emile Durkheim?

En cada grupo de ocho a diez terapeutas en formación, casi siempre hay un desviante. Por lo común, al supervisor le cuesta manejarse con él. Objeta las ideas que ha venido a aprender, recusa un tipo de directiva o hace preguntas evi- dentemente derivadas de otra ideología. Los miembros del grupo tienden a aislarlo o a poner los ojos en blanco cada vez que habla. ¿Cómo deberá tratar un supervisor a una per- sona así? Con paciencia. Hay que aceptar la idea de Durk- heim de que en todo grupo debe haber un desviante.2 Su

función es mostrar al grupo las conductas impropias. Las reglas de conducta de un grupo son tácitas y no se pueden explicitar; el desviante las infringe, y así todos saben que no deben comportarse de ese modo. Recuerdo lo dicho por un gerente de ventas: nunca despidan a su peor vendedor por- que entonces únicamente producirían otro vendedor pési- mo; el equipo de vendedores necesita tener un miembro peor que los demás. Expulsar del grupo a un terapeuta en formación que cause dificultades puede traer el mismo re- sultado.

En los numerosos grupos de terapeutas en formación que he dirigido, he tenido muchos desviantes pero sólo cono- cí un caso en que el principiante se volviera loco. Algo cu- rioso sucedió con esa mujer: empezó a confundir su vida privada con las declaraciones de sus clientes. Mientras la observábamos hacer terapia con una pareja que tenía un problema, nos dimos cuenta de que no respondía a los clien- tes sino a sus propios pensamientos. Si el marido decía «Al- gunas personas son desdichadas», ella asentía sabiamente, como si supiera que aludía a un conocido de ella, y hacía un comentario de este tipo: «Nosotros sabemos bien que eso es cierto». Y añadía, por ejemplo: «Algunos dicen que tienen problemas con su automóvil, cuando no es así». «Si, muchas veces él tiene algún problema misterioso y yo no sé dónde está», terciaba la esposa. La joven terapeuta completó la

hora de terapia con la pareja; a su término, el marido le dio las gracias y comentó: «¡Ayuda tanto hablar de estas cosas con un profesional?». Y fue sincero. Detrás del espejo, nos pareció evidente que la terapeuta no respondía a la pareja, sino a sus propios pensamientos. Tomé esta experiencia como ejemplo de que un cliente puede descubrir un sentido profundo en los comentarios e interpretaciones desgrana. dos al azar por un terapeuta.

Pero los supervisores de grupos de terapeutas en forma- ción no deben tolerar a los desviantes cuyo comportamiento llegue a extremos que resulte simplemente inaceptable. En especial, deben tener presente que el desviante suele expre- sar los pensamientos que otros miembros del grupo sim- plemente callan. Es el vocero de las objeciones no expresa- das por el grupo.

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