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Importancia de la motivación

In document Aprender y Enseñar Terapia Jay Haley (página 71-73)

Una variable primaria sobre la que un terapeuta debe tomar posición es saber por qué la gente hace lo que hace. Probablemente sea más importante que preguntarse cómo ve el terapeuta la jerarquía o la secuencia, o si centra o no su atención en el problema del cliente. Debemos tejer hipótesis acerca de lo que motiva a las personas. Si una mujer le grita a su marido a sabiendas de que se exasperará y la tratará peor, debemos explicar este acto irracional. Si un niño se tajea las muñecas, debemos hallar una explicación para esta conducta sorprendente. La cuestión sobre la cual deben tomar partido más frecuentemente es la de saber por qué

las personas hacen lo que hacen. Es común que durante la terapia el supervisor tenga que cambiar por completo la perspectiva de un terapeuta en formación acerca de la mo- tivación de un cliente. (Es posible que un terapeuta tenga una explicación para la conducta de una persona en el con- sultorio y otra, muy distinta, para su conducta como ciuda- dano que transita por la calle.)

La motivación clásica, aprendida de sus maestros por ca- si todos los supervisores, y que en consecuencia enseñan a sus discípulos, es el concepto de lo inconciente negativo: la gente hace lo que hace impulsada por la ira, la hostilidad, la codicia, la lujuria o cualquier otro pecado capital. Basta plantear un caso al clínico medio para oír una desagradable explicación sobre la motivación inconciente del cliente. Por desgracia, tal vez oigamos la misma explicación de boca de un supervisor. Si le preguntamos por qué no aconseja a los principiantes que se dejen llevar por sus impulsos en las sesiones de terapia, el supervisor que cree en lo inconciente perverso responderá: «¡Santo Cielo! ¡Dios sabe qué podrían hacer si se dejaran llevar por ellos!». Adviértase la presun- ción de que sería un impulso funesto. Mas. si los terapeutas no pueden confiar en sus impulsos, ¿qué clase de decisiones pueden tomar?

El punto de vista de un terapeuta sobre lo inconciente se evidencia en la primera entrevista terapéutica. Si explora todas las atrocidades que ha pensado y hecho el cliente, es porque presupone que las ideas negativas deben salir a luz o, de lo contrario, no habrá una cura. Dicho de otro modo, ese terapeuta cree que si induce a sus clientes a expresar las ideas espantosas que tienen metidas en la cabeza, se libe- rarán de ellas. Tal ejercicio también puede ser deprimente. Por otro lado, el terapeuta que mira el problema del cliente por los aspectos positivos de su experiencia, y discute con él la manera en que intentó resolver su problema, piensa en los términos de un inconciente positivo.

Lo mejor es suponer que un cliente en terapia (aunque no necesariamente una persona en otro contexto social) ha- ce lo que hace con un propósito positivo. Por ejemplo, en los términos de un inconciente positivo, si una mujer acostum- bra gritar al marido, es porque así lo ayuda de algún modo. Quizás advirtamos que cuando ella no le grita, é1 cae en una inercia como si estuviera deprimido. Cuando ella le grita, se

enoja. Sabe qué anda mal: su esposa. Ella lo insta

a

rehacer- se y, así, lo ayuda a sus expensas. El terapeuta que adopte este enfoque tendrá una visión positiva de la mujer en vez de considerarla una persona hostil. Los terapeutas trabajan mucho mejor si tienen una visión positiva de sus clientes.

La teoría de sistemas entraña la idea de que cada inte- grante del sistema lo estabiliza; tener un síntoma es una manera de mantener esa estabilidad. Un sistema es auto- correctivo, y la corrección brota de las interacciones entre los individuos. Un sistema podrá ser abyecto, pero es esta- ble. Si empieza a resquebrajarse, ocurre alguna acción pre- ventiva. El hijo adolescente de un matrimonio al borde del divorcio quizá tome alguna medida extrema, como una ten- tativa de suicidio. Si un hombre tiene un problema en su de- sempeño sexual, es posible que su esposa contraiga inhibi- ciones sexuales para ayudarlo. Los miembros del sistema u organización aúnan fuerzas para afrontar la crisis y, duran- te ese proceso, el sistema se estabiliza. De no resolverse el problema desestabilizador, el proceso se repetirá sistemá- ticamente.

Para quienes piensan así, la mejor teoría de la motiva- ción es que las personas se auxilian entre sí aun golpeándo- se mutuamente. Esta explicación ayuda a los terapeutas de varias maneras. Por lo pronto, les da una visión positiva del cliente como coasistente. Lamentablemente, los clientes pueden ayudar a otros miembros de la familia haciéndose daño a ellos mismos. Una vez que el terapeuta haya com- prendido esto, podrá idear el modo de que sus clientes ayu- den a otros sin hacerse daño. Por ejemplo, si un terapeu- ta admite la posibilidad de que una hija ayude a un padre deprimido dándole el trabajo de tratar de impedirle que se drogue, puede disponer las cosas de manera que la hija lo ayude en una forma positiva. En un caso, padre e hija ini- ciaron juntos un programa de dieta y gimnasia bajo la su- pervisión de la madre. Cuando los terapeutas aprenden a ver el problema de un cliente como algo que involucra a más de una persona, empiezan a pensar que los síntomas no sólo son intentos de comunicarse con otros, sino también inten- tos de ayudar a otros.

In document Aprender y Enseñar Terapia Jay Haley (página 71-73)