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Corporativismo artesano contra capitalismo comercial

Compartimiento de conocimiento como estrategia de adaptación

2. Antecedentes históricos

2.3 El surgimiento de los gremios

2.3.3. Corporativismo artesano contra capitalismo comercial

Acabamos de ver cómo la reglamentación de los gremios de artesanos ponía demasiadas prohibiciones y demasiadas restricciones a la iniciativa individual para que se pudiesen desarrollar industrias suficientemente importantes, por el número de obreros y

7 Los artesanos medievales, sabiendo que hablaban un lenguaje común, dejaron en sus obras multitud de símbolos. Éstos eran símbolos convenidos para transmitir la grandiosidad de su fe.

por la intensidad de su producción, como para dar nacimiento a un verdadero capitalismo: ¿cómo hubiera podido un maestro aumentar su productividad cuando la calidad y la cantidad de las materias primas, el número de sus obreros y los procedimientos de fabricación estaban estrictamente reglamentados y vigilados? —se pregunta Imbert (1965). Pero si el capitalismo no podía nacer (cosa que no sucederá hasta el s. XVI) a causa de la organización corporativa, el capitalismo financiero, basado en los prestamistas y en los grandes inversores que estaban dispuestos a apostar por la expansión internacional, surgiría naturalmente (igual que en la antigua Roma) del intenso desarrollo del comercio internacional.

En todas las ciudades había gremios artesanos —panaderos, carpinteros— que trabajaban para el mercado local; pero en las ciudades más desarrolladas, algunas industrias se orientaron casi exclusivamente hacia mercados lejanos. La concentración comercial hizo posible el tráfico internacional que, dada la gran dispersión de los artesanos, no hubiera podido realizarse al actuar éstos independientemente. La industria siguió siendo “doméstica”, pero los negociantes internacionales la disciplinaron de manera que su producción pudiera responder a las exigencias del comercio lejano.

Para Imbert (1965) la clave está aquí en la expansión del comercio. La reglamentación corporativa impidió la aparición del capitalismo industrial: la prohibición oficial de la especulación, pero más aún el control de las materias primas, de las herramientas y de la mercancía, impidieron la extensión de las empresas, y los reglamentos sociales contrariaron, en cierta medida, el nacimiento de una ganancia capitalista sobre el obrero.

Esta misma fuerza corporativa habría tenido que oponerse, lógicamente, al brote de un capitalismo comercial, ya que los principios y las normas impuestas limitaban las ganancias abusivas, pero no fue así. Aunque los economistas teóricos estén divididos sobre este punto, actualmente la tendencia general es la de considerar que existe un sistema capitalista cuando nos hallamos en presencia de una economía de empresa y mercado.

Si las empresas son numerosas y de poca importancia, el capitalismo es llamado de pequeñas unidades o “atomizado”. De este tipo de capitalismo tenemos testimonios desde el siglo XII, una vez que las ciudades renacieron y absorbieron el excedente de los productos de las propiedades rurales.

Así pues, podemos afirmar que a pesar de la rigidez estatutaria de los gremios, sí que se dio paso a un capitalismo comercial atomizado que fue de la mano de los comienzos

de un capitalismo financiero. Lo que propició la expansión económica de la profesión en contra –como decíamos anteriormente- de lo que consideran algunos autores.

La hegemonía de los gremios como modelo de organización y articulación de los oficios prevaleció hasta finales de la Edad Moderna (s. XVII).

2.4 Las primeras empresas

Llegados a este punto de nuestro recorrido por las primeras formas organizativas previas al capitalismo, todo apunta a que sí se pueden vislumbrar los comienzos de las empresas en la época medieval a través de la expansión comercial impulsada por los inversores en los productos de manufactura gremial.

Para poder afirmar con un mínimo de rigor si esto es cierto o no, deberíamos conocer primero el significado de la palabra empresa. Según Sombart (1972) llamamos empresa (en su más amplio sentido) a toda realización de un plan de gran alcance cuya ejecución requiere la colaboración permanente de varias personas bajo el signo de una voluntad unitaria.

Para que exista una empresa es necesario que el plan “requiera para su ejecución la colaboración de varias personas”. Es decir, una empresa no es la realización de un plan, por grande que sea su alcance, si lo lleva a cabo un solo individuo. Es necesaria la agrupación de personas, un interés y objetivo común para llevar a cabo el proyecto de una empresa.

La ejecución del plan tiene que hallarse bajo el signo de una voluntad unitaria, que puede encarnarse en varios sujetos o constituir simplemente una unidad abstracta. Un paseo planeado y realizado conjuntamente no representa una empresa; una expedición al África o un viaje al Polo Norte sí lo es.

El ámbito de la empresa es tan amplio como el campo de la actividad humana en general. Por consiguiente, el concepto no se halla en absoluto limitado a lo económico.

Según Sombart, todo empresario que quiera triunfar ha de poseer siempre estas tres facetas: ha de ser conquistador, organizador y negociador. Detengámonos un momento, en qué quiere decir para Sombart organizar: conjuntar muchas personas con vistas a una tarea afortunada y eficaz. Significa disponer a hombres y cosas de forma que se consiga sin restricciones el efecto deseado. Es importante insistir en la idea de la colaboración y coordinación de las personas para ser eficaces y alcanzar u objetivo común.

Por último, corresponde al empresario el preocuparse de que las personas así reunidas para una actividad común constituyan un conjunto verdaderamente eficiente, que la coordinación y subordinación de los diferentes elementos sea perfecta y que sus actividades se enlacen en una ininterrumpida cadena; “concentración de fuerzas en el espacio”/”conjuntación de fuerzas en el tiempo”.

En la historia europea Sombart (1972) distingue cuatro formas fundamentales de organización empresarial, que habrían de ser después decisivas para todo el desarrollo posterior: la campaña militar; la propiedad feudal; el Estado; la Iglesia.

Las empresas bélicas son seguramente las formas más primitivas de empresa; las más primitivas por el mero hecho de constituir la condición previa indispensable para todas las demás formas. Se habla de una empresa bélica cuando un solo individuo (o en todo caso un pequeño grupo) lleva a cabo una campaña militar, según un plan bien deliberado, seleccionando al efecto el número necesario de combatientes y guiándolos hacia el objetivo correspondiente. Las características de todo buen jefe militar y un buen empresario están íntimamente relacionadas. Los jefes militares deben disponer de todo lo necesario para poder llevar a cabo una campaña militar: desde el reclutamiento de todos los soldados, hasta el equipo y armamento, pasando por el aprovisionamiento diario de víveres y la provisión de posibilidades de alojamiento. Todo debía estar planificado y todo previsto.

Frente a la empresa guerrera encontramos una institución pacífica, los sistemas feudales. Nadie discute hoy que la propiedad feudal fue un fenómeno común en los pueblos europeos durante la Edad Media que ejerció la mayor influencia sobre el desarrollo total de la cultura de dichos pueblos.

Los sistemas feudales concentran una gran masa de hombres, trabajando regularmente en una obra conjunta y obedeciendo a la voluntad de un jefe supremo; interesa el que, considerándolo de manera puramente superficial, aquí se haya formado en el curso de los siglos una compleja organización que podía ser empleada (como lo fue, según veremos) en cualquier momento con fines distintos al de satisfacer las necesidades.

Coincidiendo con las postrimerías del sistema feudal, a finales de la Edad Media (s. XV), nace el Estado que es a la vez empresa de guerra y paz. El Estado gobernado por un príncipe o un rey, el Estado absoluto, en definitiva, se caracteriza por el hecho de que un gran número de personas están sometidas a la voluntad de un hombre y a los intereses de los que ostentan el poder.

modelo de organización perfecta de todas las empresas menores, cobra de nuevo vida y continúa actuando como sujeto y objeto a través de la Historia.

Por último, Sombart (1972) distingue a la Iglesia como la cuarta forma fundamental de organización empresarial, que junto con el Estado —dice— es la mayor organización creada por el hombre. Concebir a la Iglesia como una empresa sería quizá desacertado, pero dentro de su ensamblaje se han originado numerosas empresas en el sentido más auténtico y estricto de la palabra: fundación de un monasterio o de un nuevo obispado constituye, en esencia, el mismo fenómeno que la fundación de una hilatura de algodón o de una casa de banca.

En todos estos antecedentes organizativos precapitalistas hemos visto la idea de agrupación de manera espontánea ante la necesidad y por el logro de un objetivo común. Desde el Neolítico que se organizaban en tribus para optimizar las tareas, pasando por la gens romana como ejemplo de célula embrionaria organizativa, hasta llegar al Estado al que ya hemos definido como la organización por antonomasia, las organizaciones surgen en busca de la subsistencia como bien apuntaba Sombart (1972). Partiendo siempre de la idea de que la consabida frase de que “la unión hace la fuerza”, las familias y los ejércitos luchan por un interés común.

En el caso de los gremios hemos visto como valoraron además el traspaso del conocimiento y la experiencia del maestro, para garantizar el sustento.

En estas pequeñas incursiones en períodos muy concretos de la historia de la economía, hemos podido observar que cuestiones como la espontaneidad, promovida por una necesidad concreta, a la hora de agruparse; o el valor de la agrupación por un interés común frente al individualismo, y el beneficio del aprendizaje de la experiencia de los demás, han ido apareciendo sistemáticamente en momentos clave para la evolución de las civilizaciones. Sin embargo, parece ser que con la extensión de la economía capitalista estas iniciativas se fueron perdiendo. Todo parece indicar que el capitalismo trae consigo el espíritu competitivo que fomenta la prosperidad, pero que, contrariamente, alimenta el individualismo.