La imaginación posthumanista y la ciencia ficción
1.1. Más que humano, menos que humano: la invención de una nueva especie y la polarización del debate posthumanista
1.1.5. LAS CRÍTICAS AL POSTHUMANISMO
El posthumanismo, y en particular su vertiente más radical, ha generado mucha controversia. De forma paralela a la corriente del transhumanismo encontramos una importante tendencia que denuncia esta ideología y advierte sobre los peligros de alterar la condición humana mediante la tecnología. El cambio en la condición humana que propone el posthumanismo está provocando una amplia reacción a favor de proteger la naturaleza humana; esta es la postura adoptada, por ejemplo, por Bill McKibben en
Enough: Staying Human in an Engineered Age (2003), y por Michael J. Sandel en The Case against Perfection: Ethics in the Age of Genetic Engineering (2007).
La oposición marcada por el cristianismo es obvia al tener en cuenta las aspiraciones del transhumanismo: “se tiene la impresión de que el hombre está suplantando el lugar que tradicionalmente le fue otorgado a Dios”, escribe Galparsoro, y añade que los críticos cristianos defienden que mientras “Dios sí sería capaz de proyectar la evolución mediante un diseño inteligente, cuya finalidad sería precisamente el surgimiento de la razón humana, (...) esta última no debería jamás ocupar el lugar de su creador” (2014: 155). Sin embargo la mayoría de las críticas al posthumanismo no proceden de la religión, sino de áreas como la política o la ética. El defensor del posthumanismo Gregory Stock (2002) protesta que los rechazos a las mejoras propugnadas por el posthumanismo no se basan en razones médicas, sino en motivos
políticos y filosóficos, y lamenta que, en gran medida, el rechazo a la manipulación genética humana es una consecuencia de asociar la eugenesia con los horrores del nazismo.
En el artículo “In Defense of Posthuman Dignity” (2005), Nick Bostrom utiliza el término de ‘bioconservadores’ para referirse de forma general a aquellos que se oponen al posthumanismo14
. Bostrom enfatiza la polarización del debate del posthumanismo entre sus defensores y sus detractores: “in opposition to transhumanist view stands a bioconservative camp that argues against the use of technology to modify human nature. (…) One of the central concerns of the bioconservatives is that human enhancement technologies might be ‘dehumanizing’” (2005: página web, comillas en el original). Para Bostrom, el bioconservadurismo es la antítesis del transhumanismo, ya que este campo “opposes the use of technology to expand human capacities or to modify aspects of our biological nature” (2005: página web).
En el campo de los bioconservadores Bostrom incluye, entre otros, a Bill McKibben, Francis Fukuyama, Leon Kass, Jeremy Rifkin y George Annas. Bostrom señala que las críticas al posthumanismo se originan en dos miedos principales que la idea del posthumano suscita: el miedo a la pérdida de la esencia humana y el miedo a la aparición de una especie posthumana superior: “One is that the state of being posthuman might in itself be degrading, so that by becoming posthuman we might be harming ourselves. Another is that posthumans might pose a threat to ‘ordinary’ humans” (2005: página web, comillas en el original).
14 Como en el caso del posthumanismo y el transhumanismo, encontramos diversas formas de etiquetar a sus críticos. Por ejemplo, Jon Seltin ha definido esta posición como ‘posthumanismo apocalíptico’ (2009: 44), en contraste con el ‘posthumanismo hiperbólico’, es decir, el transhumanismo. Siguiendo la terminología adoptada por Nick Bostrom, en este trabajo utilizaré el concepto de bioconservadores para referirme a los que critican el posthumanismo desde una perspectiva que defiende la integridad de la
Uno de los campos más críticos con el posthumanismo es la biopolítica, es decir, la aplicación de la bioética a los discursos políticos. Francis Fukuyama y otros representantes de la biopolítica resaltan la necesidad de hacer una reflexión política sobre las consecuencias del posthumanismo, y defienden que se debería aprobar un conjunto de leyes globales para regular la intervención tecnológica sobre el estado ‘natural’ del ser humano.
En Our Posthuman Future: Consequences of the Biothecnology Revolution (2002), Fukuyama argumenta que existe una dicotomía insalvable entre la naturaleza humana y la tecnología; en esta dinámica, lo tecnológico se sitúa definitivamente fuera del círculo de lo natural. Desde esta asunción, Fukuyama advierte que la simbiosis con lo tecnológico y la manipulación genética alterarán las bases biológicas del ser humano, lo que a su vez implicará una transgresión de nuestra propia naturaleza15. Fukuyama debate las consecuencias que la aparición de posthumanos tendría sobre la ética, la política y los derechos humanos, y con esta base pide una fuerte intervención del estado en las regulaciones sobre la biotecnología16.
Fukuyama hace una lectura política de las consecuencias del posthumanismo, considerando que este pone en riesgo la idea de una naturaleza humana única que sea compartida por todas las comunidades del mundo. Este aspecto de universalidad de la esencia humana permite, como recuerda Fukuyama, la preservación de los derechos
15 Las ideas que Fukuyama expresa en Our Posthuman Future aparecen como un desarrollo de su primer trabajo, The End of History and the Last Man (1992). Aquí, Fukuyama argumenta que la historia del ser humano encuentra su culminación con la aparición de los estados democráticos liberales, que él celebra como el gran triunfo de la historia. Como conclusión, Fukuyama da aviso que la democracia liberal se verá seriamente amenazada por el intervencionismo tecnológico sobre la evolución humana.
16 Cabe recordar que Fukuyama fue miembro del President’s Council on Bioethics, creado por George W. Bush en 2001 y desmantelado por Barack Obama en 2009. El científico Leon Kass y el filósofo Michael J. Sandel, dos de los importantes detractores del posthumanismo, también formaron parte de este gabinete.
humanos universales (2002: 189). En la introducción de Our Posthuman Future, Fukuyama anuncia que
the aim of this book is to argue that [Aldous] Huxley was right, that the most significant threat posed by contemporary biotechnology is the possibility that it will alter human nature and thereby move us into a ‘posthuman’ stage of history. This is important I will argue, because human nature exists, is a meaningful concept, and has provided a stable continuity to our experience as a species. (2002: 9, comillas en el original)
Fukuyama continuó su ataque al posthumanismo en el artículo “Transhumanism”, publicado en 2004 en un número especial de la revista Foreign Policy titulado, precisamente, “The world’s most dangerous ideas”. Fukuyama denuncia el transhumanismo como una de las ideologías contemporáneas más potencialmente destructivas, y reafirma la necesidad de que los estados intervengan para regular el desarrollo científico y proteger la integridad de la esencia humana.
Como vemos, la crítica de Fukuyama se basa en la asunción de una naturaleza humana universal, lo que él llama el Factor X, y que representa la esencia más básica de lo que significa ser humano (2002: 244). Fukuyama reconoce que la idea de la esencia humana ha sido seriamente dañada y puesta en duda por la ciencia moderna, en especial desde Darwin, pero aun así insiste que es conveniente defender su existencia. El argumento de Fukuyama es que si desintegramos el Factor X, la esencia compartida por todos los humanos, las consecuencias podrían ser terribles para la supervivencia de la democracia liberal, y recurre al recuerdo del nazismo como ejemplo de lo que podría pasar si dejamos que ideologías que rechazan la dignidad humana universal —para él, el posthumanismo— prosperen.
Como deploraba Gregory Stock, a menudo las críticas y los intentos de desprestigiar el posthumanismo se basan en establecer conexiones con el proyecto genético del nazismo y sus horrores. Jesús Ballesteros (2012) también recurre a esta
comparación, señalando las similitudes entre el fascismo y el posthumanismo mediante la identificación de un antecedente común: el movimiento del futurismo, nacido en Italia a principios del siglo XX e impulsado por el escritor Filippo Tommaso Marinetti (1876-1944). Marinetti es, según Ballesteros, un importante precursor del posthumanismo, ya que promulgó la creación de un humano mecánico que anticipa la idea del robot, el cyborg y el posthumano. Para ilustrar esta íntima relación entre la ideología del futurismo y el posthumanismo contemporáneo, Ballesteros cita un pasaje del “Manifiesto técnico de la literatura futurista” publicado por Marinetti en 1912, en el que anuncia que “nosotros prepararemos la creación del hombre mecánico de partes cambiables. Nosotros lo liberaremos de la idea de muerte, de la misma muerte, suprema definición de la inteligencia lógica” (citado en Ballesteros 2012: 16). Para Ballesteros, el futurismo constituye un buen ejemplo de cómo las ideologías que pretenden eliminar las deficiencias biológicas conducen a la inhumanidad, y subraya este aspecto recordando que Marientti se afilió al fascismo y defendió la necesidad de la guerra como higiene para la humanidad (2012: 16-17). Aunque pueda sonar extraño, Ballesteros insiste en asociar el posthumanismo y el fascismo, alegando que “no es casual que buena parte de los posthumanistas actuales (...) se hayan definido como fascistas” (2012:17).
La denuncia del posthumanismo como una ideología irresponsable y peligrosa también es el tema central del libro Biotecnología y posthumanismo (2007), editado por Jesús Ballesteros y Encarnación Fernández. El posthumanismo es visto aquí como una ideología positivista, resultado de concebir el progreso científico como un campo separado de la ética y las exigencias morales, y cuyas consecuencias, como la historia del siglo XX nos enseña, pueden ser nefastas para la humanidad.
La esfera de la opinión pública, que en los últimos años ha estado cada vez más expuesta al debate del posthumanismo, tiende más hacia la posición escéptica del bioconservadurismo que hacia el optimismo de los transhumanistas. En la opinión pública el posthumanismo a menudo es percibido como una amenaza a la democracia y a los valores del humanismo liberal, amenaza que se expresa en forma del miedo a la plutocracia, al totalitarismo, y a la aparición de una raza de superhumanos que amenace con subyugar al resto de la humanidad. Un ejemplo de esta actitud es el libro ¿Humanos
o posthumanos? Singularidad tecnológica y mejoramiento humano (2015), editado por
Albert Cortina y Miquel-Àngel Serra. El libro recoge comentarios sobre la vía posthumanista de unas doscientas personas procedentes de distintas profesiones, con una lista de conclusiones elaborada por los editores. Aunque unas pocas voces se alzan en defensa del posthumanismo, el tono general de la colección confirma que la reacción general al posthumanismo es el miedo17. Es quizás característico de la atmósfera social actual que la mayoría de críticas expresen el miedo a que los únicos que tengan acceso a las tecnologías posthumanas sean los miembros de las élites económicas, quienes se separarían aun más del resto de la sociedad. Esta nueva raza de superhumanos ricos establecería entonces un régimen plutocrático y totalitario gracias al poder que las nuevas tecnologías les otorgarían.
Esta tendencia escéptica con el posthumanismo no es necesariamente tecnofóbica: como ilustran los comentarios y las conclusiones del libro ¿Humanos o
posthumanos?, el desarrollo científico y tecnológico es unánimemente aceptado
mientras funcione como un complemento de la medicina. Se aceptan “las aspiraciones de mejora cuando la persona está en una situación de debilidad; por ejemplo, por
17 Uno de los participantes en el debate lo expresa así: “La manipulación, entendida como ideal de mejora, puede generar monstruos. Da miedo el pensamiento transhumano” (Cortina y Serra, eds., 2015:
problemas de salud” (Cortina y Serra, eds., 2015: 477). Pero cuando se pone la ciencia y la tecnología al servicio del mejoramiento humano, entonces se suele considerar un atentado contra la noción platónica de la esencia humana. Desde esta perspectiva los editores piden, a modo de conclusión, “llegar a un consenso universal que no discrimine a ningún ser humano, sino que, más bien, reconozca en todos ellos una imagen del todo, una chispa del fuego infinito, su inalienable dignidad de hijos de Dios.” (Cortina y Serra, eds., 2015: 478).
En el fondo de todas estas críticas subyace la impresión de que el ser humano posee una esencia platónica o metafísica que es sagrada: esta es la cualidad que nos hace humanos y, por tanto, debe ser preservada. La mayoría de reacciones contra el posthumanismo tienen en común este rescate de la idea de la esencia humana, algo que, como comentan Lippert-Rasmussen, Rosendahl y Wamberg (2012: 9), resulta sorprendente teniendo en cuenta que la filosofía del siglo XX ya había descartado este particular discurso sobre la condición humana. La idea que queda implícita en este tipo de críticas al posthumanismo es que hay una diferencia fundamental entre el humano y el no-humano, y la progresiva e irresponsable fusión con lo tecnológica nos puede sustraer la esencia que nos hace humanos.
El debate del posthumanismo, como vemos, no está libre de controversia, pues muestra una intensa polarización, representada en sus extremos por el transhumanismo y el bioconservadurismo. Los que sostienen la posición más escéptica perciben el posthumanismo como una amenaza que surge del contexto del capitalismo tardío y del intento de la plutocracia de hacerse con el poder, de instaurar quizás un imperio global, y de convertirse en superhumanos. Ante las promesas del transhumanismo, los escépticos reivindican la existencia de una esencia humana que debe ser defendida, si es necesario a través de la intervención de los estados y con la instauración de leyes
globales. No obstante, las preocupaciones por el potencial deshumanizador de la tecnología no son nuevas: este tipo de advertencias han estado surgiendo con regularidad desde la Revolución Industrial. En la historia de la ciencia ficción también podemos identificar una amplia tendencia a vincular el progreso tecnológico con la deshumanización o con el miedo a la especie superior. El modo en que se concibe el posthumano, y sobre todo las visiones más radicales sugeridas por el transhumanismo, fácilmente generan este tipo de reacción.
1.2. Fantasías de evolución y progreso tecnológico: el desarrollo del posthumano en