La grúa hidráulica gimió al sacar su pálida carga del agua. Durante un instante, la ballena beluga de una tonelada de peso pareció nadar en el aire mientras la grúa oscilaba hacia el largo y estrecho remolque que esperaba en el muelle de Mont-Joli, en la orilla meridional del río San Lorenzo, en Quebec. Depositó la ballena con un golpe apagado.
Aquel mismo día, el 31 de mayo de 1989, un pescador había encontrado al animal flotando panza arriba a poca distancia de la orilla y lo había remolcado hasta el embarcadero de Pointe-aux-Cenelles. En el río, las belugas son seres deslumbrantes, todo magia y gracia cuando se las observa deslizarse entre las olas como ángeles acuáticos. Arrancadas de su elemento, su aspecto es muy diferente. De parecerse a algo, el cuerpo sin vida de la ballena de 4 metros depositado en el camión parecía una enorme salchicha hinchada, salvo por su llamativa blancura. Como porcelana.
"Otra anotación para el Libro de los Muertos", pensó Pierre Béland mientras se volvía y subía a la cabina de la camioneta Ford de potente motor diesel para iniciar el largo viaje de regreso a Montreal. En los últimos siete años, Béland, científico y fundador del Instituto Nacional de Ecotoxicología de San Lorenzo, había recorrido miles de kilómetros desplazándose de acá para allá en ambas márgenes del San Lorenzo para recoger belugas muertas y llevarlas a la escuela de veterinaria de la Universidad de Montreal. En unas seis horas, estaría de nuevo en la sala de autopsias con sus colegas, el veterinario Sylvain De Guise y el técnico Richard Plante, hurgando en las entrañas de otra ballena a altas horas de la noche. Las conclusiones se incorporarían a su creciente registro sobre las belugas del San Lorenzo, el Libro de los Muertos de Béland, crónica de una pérdida además de un valioso corpus de datos científicos.
Hasta ahora, Béland y sus colegas se imaginaban que habían visto más o menos toda clase de anormalidades, pero la ballena que avanzaba tras él por la carretera no iba a ser un caso rutinario. Esta beluga ocultaba un monstruoso secreto que le procuraría un lugar especial en los anales de la ciencia. Desde hacía años, los científicos venían presentando teorías para explicar por qué la población de belugas del San Lorenzo había seguido descendiendo, incluso después del cese de la caza comercial de ballenas en gran escala en el decenio de 1950, y culpaban de la reducción de su número a la sobreexplotación y a la subsiguiente pérdida de hábitat a causa del dragado y de los proyectos hidroeléctricos. Cuando se mencionaba la contaminación del San Lorenzo, se le daba el tratamiento de factor menor. Era indudable que la caza de ballenas había causado una mortandad devastadora. La población había caído en picado, desde unos 5.000 ejemplares a comienzos del siglo XX hasta 1.200 a comienzos del decenio de 1960. Pero en las tres décadas transcurridas desde esa última estimación, el número de ejemplares de beluga había seguido descendiendo hasta llegar a una población actual aproximada de 500 individuos.
Béland entró en el debate y en el campo de la investigación ballenera de manera totalmente accidental. Aunque su formación académica era de biólogo, había dedicado más tiempo a los ordenadores que a los animales en el terreno, y había obtenido su doctorado en ecología matemática, especialidad que intenta probar la dinámica de un ecosistema a través de modelos y ecuaciones matemáticas. En septiembre de 1982 trabajaba en la sección de ecosistemas marinos de un nuevo centro de investigación federal de Pesca y Océanos en Rimouski, en la margen meridional del San Lorenzo, cuando las aguas arrojaron a la orilla una ballena beluga en las proximidades. Por curiosidad, acudió al lugar donde estaba la ballena en compañía de un joven veterinario, Daniel Martineau, para echar un vistazo a la beluga, un animal al que sólo había visto desde lejos como un destello blanco danzante en la amplia extensión de las aguas de color gris azulado. Mientras los dos hombres estaban allí de pie en la playa, Martineau, a quien le interesaban mucho más las ballenas que veía en el río que las vacas a las que trataba rutinariamente, sugirió de improviso abrirla para tratar de averiguar por qué había muerto.
Aquel primer encuentro había sugerido ya que las sustancias químicas sintéticas podían ser un factor más importante en el declive de las belugas que ningún otro de los que se había reconocido previamente. El laboratorio de Pesca y Océanos de Montreal, donde Béland había enviado una muestra del tejido de la ballena, informó que el animal padecía una gran contaminación de sustancias químicas tóxicas, entre ellas DDT, PCBs y mercurio. Cuando otras dos belugas aparecieron muertas aquel otoño, Béland y Martineau las examinaron también y encontraron diversas anormalidades y lesiones de las que nunca se había informado en las ballenas.
En los años intermedios, Béland, trabajando con Martineau y De Guise, había participado en decenas de autopsias de ballenas y habían reunido una asombrosa lista de aflicciones, la mayoría de las cuales nunca se habían visto en poblaciones de belugas que habitaban aguas menos contaminadas. Las ballenas del San Lorenzo tenían tumores malignos, tumores benignos, tumores de mama y masas abdominales. Una tenía cáncer de vejiga, como muchos de los trabajadores de la planta de aluminio del río Saguenay, un afluente donde algunas ballenas pasan mucho tiempo. Padecían úlceras en la boca, el esófago, el estómago y los intestinos. La mayoría tenían graves afecciones en las encías y les faltaban dientes. Muchas tenían neumonía o infecciones víricas o bacterianas generalizadas. Un gran número de ejemplares sufrían también trastornos endocrinos, incluido el agrandamiento y quistes en la glándula tiroides. Más de la mitad de las hembras examinadas mostraban signos de graves infecciones en las mamas que habrían hecho difícil, si no imposible, amamantar adecuadamente a las crías, y las madres de lactantes tenían pus mezclado con la leche. Algunas tenían la columna vertebral torcida y otras trastornos del esqueleto. Era una letanía digna de un Job cetáceo.
Poco después de que Béland llevase la última víctima a la facultad de veterinaria, comenzaron a examinar el animal, un macho adulto de aspecto normal que presentaba una erosión cicatrizada en el costado izquierdo que tenía el aspecto de cinco muescas circulares. La marca distintiva le identificaba sin lugar a dudas como DL-26 (del nombre latino de las belugas (Delphinapterus leucas), uno de los individuos identificados y fotografiados anteriormente en los archivos del Instituto.
Béland tuvo la sensación de que todo se iba a pique cuando se dio cuenta de que se trataba de Booly, una de las primeras ballenas que encontró un patrocinador en el nuevo programa Adopte una Beluga del Instituto, que se había puesto en marcha para recaudar fondos para el programa de investigación. Sólo seis meses antes, el padre de un muchacho de Toronto amante de las ballenas había enviado un cheque por 5.000 dólares, y el niño había decidido bautizar a su beluga adoptada con el nombre de Booly.
La autopsia continuó hasta las primeras horas de la mañana y se desarrolló según la rutina habitual -- falta de dientes, enfisema, amplias úlceras en el estómago-- hasta que llegaron a la cavidad abdominal. En su interior encontraron dos pequeños testículos y conductos masculinos de apariencia normal, como el epidídimo y los conductos deferentes. Pero, para su asombro, Booly tenía también útero y ovarios, un aparato reproductor femenino completo a excepción de la vagina. Todos los descubrimientos de los que habían informado ya en la población de belugas de San Lorenzo, palidecieron en comparación con este hallazgo. Habían descubierto la más rara de las curiosidades biológicas: un verdadero hermafrodita. Se trata de un fenómeno que rara vez se encuentra en la fauna salvaje y nunca se había tenido noticia de él en una ballena. Pero más insólito aún era el hecho de que Booly tuviera dos testículos y dos ovarios, algo de lo que antes sólo se había informado científicamente en dos conejos y en un cerdo. Algo le
había sucedido a Booly cuando estaba en el útero materno para alterar el curso normal del desarrollo sexual.
¿Era Booly un accidente de la naturaleza o una víctima de los estragos hormonales inducidos por la contaminación? No es posible responder a esta pregunta décadas después del nacimiento de Booly, pero el informe de la autopsia señalaba: "No se puede descartar que los contaminantes presentes en la alimentación de la madre hubieran interferido los procesos hormonales" que guían la "evolución normal de los órganos sexuales de su feto". Basándose en los anillos de esmalte de sus dientes, que los científicos cuentan como los anillos de los árboles para calcular la edad de las ballenas, el equipo llegó a la conclusión de que Booly tenía 26 años cuando murió. Había nacido a comienzos del decenio de 1960, una época en que la contaminación en el San Lorenzo estaba probablemente en su apogeo. Aunque los niveles de contaminación del río han descendido notablemente desde entonces, las belugas continúan mostrando niveles elevados de contaminación, especialmente las jóvenes. Algunos de los individuos más contaminados tenían menos de dos años, y se encuentran niveles elevados incluso en animales nacidos prematuramente que no han sobrevivido, lo cual indica que la contaminación había sido transferida desde la madre a través de la placenta. Después del nacimiento, la transferencia de contaminantes a los hijos continúa a través de la rica y grasienta leche de las ubres. Mientras amamantan a sus crías, las madres de los mamíferos (incluidas las humanas) reducen sus reservas de grasa, vertiendo en su leche no sólo la grasa sino también las sustancias químicas tóxicas persistentes que han acumulado en su grasa corporal a lo largo de los años. De este modo, una carga de contaminantes que la madre ha tardado décadas en acumular se transmite a su cría en muy poco tiempo. Cuando la cría de beluga deje de mamar a los 2 años, habrá adquirido una carga tóxica que, en proporción a su tamaño, supera con creces la de su madre.
Béland y sus colaboradores encontraron una ballena joven que tenía más de 500 partes por millón de PCBs en su cuerpo, es decir diez veces más que el nivel necesario para calificar de peligroso a un residuo en aplicación de la legislación canadiense. Los barcos que transportan por el San Lorenzo residuos con más de 50 partes por millón requieren una autorización especial.
Cualquiera que fuese la causa de la excepcional anormalidad de Booly, los estudios de Béland y sus colaboradores sugieren la posibilidad de que existan trastornos hormonales generalizados en las belugas del San Lorenzo, que dificulten su reproducción e impidan la recuperación de la población. Las hembras del San Lorenzo tienen ahora unos ovarios hipoactivos y una tasa inferior de embarazos que las belugas del Ártico. Y de acuerdo con estudios realizados sobre animales más jóvenes, que tienen la piel gris hasta que adoptan el manto blanco de nieve de los adultos, más o menos al cumplir los 6 años, éstos producen menos crías que sus parientes del norte. En el Ártico, los animales jóvenes representan más del 40 por ciento de la población, mientras que el porcentaje de animales jóvenes en el San Lorenzo es del orden del 30 por ciento, lo cual indica que la tasa de reproducción es un 25 por ciento inferior a la de las belugas de otros lugares.
Estos problemas de reproducción no son sorprendentes. Las belugas del San Lorenzo portan cargas importantes de varias sustancias químicas sintéticas de las que se sabe que actúan como disruptores hormonales y que interfieren en los ciclos reproductivos normales. En un estudio realizado en los Países Bajos, investigadores holandeses encontraron problemas para la reproducción en focas que se alimentaban de peces contaminados del Báltico, pero no hallaron ningún problema en un segundo grupo que se alimentaba de peces más limpios del Atlántico Norte. Los contaminantes químicos sintéticos de los peces del Báltico son semejantes a los encontrados en los peces del San Lorenzo que constituyen el alimento de las belugas.
Además de registrar una tasa de reproducción baja, la población de belugas del San Lorenzo experimenta también una tasa de mortalidad más alta de lo esperado entre adultos en plenitud de la vida, muertes que los investigadores de Quebec consideran que tienen su origen en parte en el precio que las sustancias químicas tóxicas se están cobrando en sus sistemas inmunitarios. Cada vez son más numerosas las pruebas en la literatura científica de que tanto la exposición prenatal a sustancias químicas que actúan como disruptores hormonales, como la exposición directa en los adultos a componentes tóxicos, pueden debilitar la inmunidad. Como en el caso de los humanos que padecen sida, las deficiencias de los sistemas inmunitarios hacen que las ballenas sean más vulnerables a la neumonía, las enfermedades de la piel, diversas infecciones y el cáncer. El equipo investiga actualmente el sistema inmunitario de las belugas y realiza un estudio comparado de las poblaciones
del Ártico y el San Lorenzo en un intento de determinar la naturaleza de los daños que sufre el sistema inmunitario.
De un modo u otro, afirma Béland, la contaminación está matando a las ballenas. Pero no es el envenenamiento agudo que habitualmente se relaciona con los vertidos de sustancias químicas tóxicas el que causa la rápida muerte de peces y animales atrapados en sus consecuencias. La muerte es lenta, invisible e indirecta.
Los descubrimientos de Béland, Martineau y De Guise durante su investigación sobre las belugas del San Lorenzo plantean cuestiones más amplias que tienen que ver con las poblaciones animales de todos los lugares del planeta.
Como sucedía en el San Lorenzo, los investigadores han culpado habitualmente del descenso y la desaparición de las poblaciones animales a la alteración de su hábitat por el ser humano, al exceso de caza, pesca y trampas, o a la introducción de especies foráneas agresivas que dominan a los competidores autóctonos. Es indudable que todas estas fuerzas intervienen en la pérdida global de especies animales, pero los biólogos consideran que no explican todos los declives.
A la luz de las pruebas cada vez más numerosas de que muchas sustancias químicas sintéticas alteran el sistema hormonal, dificultan la reproducción, interfieren en el desarrollo y debilitan el sistema inmunitario, debemos preguntarnos ahora hasta qué punto los contaminantes son responsables de la reducción de las poblaciones animales. ¿Podrían explicar en todo o en parte los disruptores hormonales algunas pérdidas de las que se ha culpado a factores que se invocan clásicamente como la pérdida de hábitat o la sobreexplotación? ¿No se han recuperado las especies sobreexplotadas después de ser protegidas, debido a que las sustancias químicas sintéticas dificultan la reproducción?
La formulación de estas preguntas ha causado ya sorprendentes revaluaciones, incluso en relación con una de las poblaciones animales más vigiladas de los Estados Unidos, la pantera de Florida, que está en grave peligro de extinción. Se ha culpado del declive del gran felino, que ha llegado a simbolizar el intento de recuperar los muy dañados Everglades, a problemas de reproducción causados por la endogamia, a la invasión humana, a las muertes causadas por los automóviles y a la contaminación por mercurio. En un intento de detener el deslizamiento de la pantera hacia la extinción, las autoridades estatales y federales construyeron una serie de pasos subterráneos especialmente diseñados para animales a lo largo de la Alligator Alley, una carretera que cruza los Everglades y en la que han perdido la vida varias panteras.
La distribución de las panteras en el sur de Florida, que incluye el Parque Nacional de los Everglades y la marisma del Gran Ciprés, se halla aguas abajo de importantes zonas agrícolas y, en consecuencia, sufre la contaminación de plaguicidas y fertilizantes. Pero hasta fechas bastante recientes, nadie había reparado en las sustancias químicas sintéticas como factor de la difícil situación de las panteras.
La primera pista se descubrió en 1989. Impulsados por la muerte de una hembra aparentemente sana en el Parque Nacional de los Everglades, organismos federales y estatales de conservación de la naturaleza iniciaron un estudio de las panteras restantes, cuyo número es inferior a 50. Los especialistas en fauna salvaje llegaron a la conclusión de que la hembra había muerto como consecuencia de envenenamiento por mercurio, que atribuyeron al hecho de que las panteras de Florida cazan intensamente mapaches y, por lo tanto, están vinculadas a través del mapache con la red alimentaria acuática en la que se acumulan el mercurio y otros contaminantes. Pero el estudio demostró que las panteras tenían también un sinfín de problemas diferentes. Algunos de ellos eran la aparente esterilidad de algunos machos y hembras, el extraordinario nivel de anormalidades en el esperma, el bajo número de espermatozoides, las pruebas de dificultades de respuesta inmunitaria y el funcionamiento incorrecto de las glándulas tiroides. En trece de los diecisiete machos, los testículos no habían descendido, y los registros de la población indicaban que la incidencia de este problema había aumentado espectacularmente en los cachorros machos desde 1975. Los científicos que investigaban a las panteras atribuían su deficiente reproducción y los síntomas relacionados a la falta de diversidad genética derivada de la endogamia en una población tan reducida.
Pero cuando Charles Facemire, especialista en contaminantes del Servicio de Pesca y Fauna Salvaje de Estados Unidos, tuvo conocimiento de la información que aparecía sobre sustancias químicas sintéticas que actúan como disruptores hormonales, comenzó a preguntarse si el problema eran
realmente los genes defectuosos. En su investigación había descubierto que las panteras no son especialmente endógamas en comparación con otros grandes felinos, y que su diversidad genética es, de hecho, ligeramente superior a la media. Al mismo tiempo, sabía que los testículos no descendidos son una consecuencia conocida de una alteración hormonal prenatal.
Facemire supo que si las panteras habían sufrido alteración hormonal en el útero, ésta podría ser evidente en las proporciones de hormonas de su sangre, específicamente en los niveles relativos de testosterona, la hormona típicamente masculina, y estrógeno, la hormona típicamente femenina. Cabía esperar que los machos tuvieran niveles muy superiores de testosterona, pero al analizarse la sangre de las panteras se encontraron ratios que parecían ciertamente peculiares y que sugerían que muchos machos se habían "feminizado". Dos machos tenían en su sangre una cantidad mayor de estradiol, una forma de estrógeno, que de testosterona. En varios más, el estradiol estaba presente en niveles casi iguales a los de la testosterona. Aunque tales ratios parecen sumamente anormales, no es posible extraer conclusiones definitivas hasta que nuevos trabajos determinen los ratios hormonales normales en otras poblaciones de estos felinos.
La teoría de la alteración hormonal cobró más fuerza cuando Facemire revisó los datos archivados