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11 MÁS ALLÁ DEL CÁNCER

In document Nuestro futuro robado (página 117-123)

En las primeras etapas de su trabajo de indagación, Theo Colborn tropezó con un estudio olvidado publicado en las actas de la Sociedad de Biología Experimental y Medicina en 1950, y que representaba el primer aviso en la literatura científica de que las sustancias químicas sintéticas podían tener el efecto accidental de alterar las hormonas. El artículo de dos zoólogos de la universidad de Syracuse, Verlus Frank Lindeman y su alumno de posgrado Howard Burlington, describía cómo dosis de DDT impedían que los gallos jóvenes se desarrollaran para ser machos normales e incluso sugería que el plaguicida actuaba como una hormona. Así pues, la primera prueba, extraña y aterradora del caos hormonal había aparecido poco después de que la era química se apoderase de la vida norteamericana al término de la segunda guerra mundial como un tsunami. Colborn pegó el artículo de Burlington y Lindeman encima de su escritorio, a modo de recordatorio de la lenta aceptación de nuevas ideas.

¿Cómo hemos pasado por alto tantos avisos, y durante tanto tiempo?

La experiencia de Colborn con los Grandes Lagos ofrece parte de la respuesta. Nuestra obsesión por el cáncer nos ciega para ver otros peligros. Existe una firme tendencia, que se puede observar una y otra vez en este relato, a pasar por alto o ignorar nuevos datos que no encajan en los conceptos imperantes acerca de cómo funcionan las cosas, y que son importantes; una firme tendencia a hacer oídos sordos. Si el estudio de Burlington y Lindeman cayó en el olvido, no fue sin duda porque sus hallazgos fueran sutiles o difíciles de entender. El equipo de Syracuse decidió investigar los efectos del envenenamiento a largo plazo por DDT inyectando el plaguicida en 40 gallos jóvenes durante un período de dos a tres meses. Mientras observaban lo que les sucedía a los blancos gallos de Liorna, debieron sentirse desconcertados ante este sumamente peculiar veneno. Las dosis diarias de DDT no mataban a los gallos, ni siquiera hacían que se pusieran enfermos. Pero lo cierto es que los volvía extraños. Las aves tratadas no parecían gallos en absoluto, sino que parecían gallinas.

A medida que los gallitos maduran, altas crestas rojas florecen en su cabeza y exuberantes pliegues cutáneos de color cereza llamados barbas retoñan en su cuello: son los signos distintivos de la masculinidad del gallo. Las aves a las que se administró el DDT, sin embargo, no se desarrollaban de la manera esperada. Incluso cuando ya eran adultos, sus crestas y barbas seguían siendo pálidas y achatarradas, y sólo medían un tercio del tamaño de las que exhibían los gallos no tratados que se criaban en el laboratorio de zoología a efectos de comparación. Cuando los investigadores examinaron los testículos de las aves, los hallazgos fueron más sorprendentes aún. Los órganos sexuales sólo habían crecido hasta un 18 por ciento del tamaño normal. Según todas las apariencias, las aves habían sufrido una castración química.

Habrían de pasar décadas hasta que los científicos comenzaran a comprender exactamente cómo el DDT había alterado el destino sexual de los jóvenes gallos. Pero al hablar de los "efectos interesantes" de su experimento, el equipo de Syracuse desenmarañaba las lúgubres implicaciones con una extraordinaria presciencia. Sugerían --en 1950-- que el DDT podía ejercer una "acción semejante a los estrógenos", que actuaba como una hormona.

El estudio ofrecía datos alarmantes sobre el poder de una sustancia química sintética para arruinar el desarrollo sexual, pero nadie prestó atención a este aviso. Tales hallazgos simplemente no encajaban en las ideas dominantes acerca de los peligros de los plaguicidas, que habían sido determinadas por la generación anterior de venenos, muchos de ellos compuestos sumamente tóxicos basados en arsénicos que dejaban en frutas y hortalizas peligrosos residuos que en ocasiones habían matado directamente a las personas. Basándose en esta experiencia anterior a la guerra, las autoridades responsables de la salud pública en 1950 pensaron en términos de envenenamiento clásico y consideraron que las sustancias químicas eran seguras si no causaban la muerte o enfermedades obvias en las personas expuestas a altas concentraciones, como los agricultores.

Según este baremo, el DDT, que llegó al mercado civil estadounidense en 1946, era un producto extraordinariamente seguro. Al cabo de un año, este plaguicida "milagroso" se utilizaba de manera generalizada en los Estados Unidos. Entre 1947 y 1949, las compañías del sector químico habían invertido 38.000 millones de dólares en instalaciones productivas destinadas a un nuevo mercado de proporciones inmensas para plaguicidas sintéticos. Las ventas de DDT, que totalizaron 10 millones de

dólares en 1944, se elevaron a más de 110 millones de dólares en 1951. En las explotaciones agrícolas, en los hogares y en los jardines, así como en las calles de los barrios residenciales como parte de las campañas para la eliminación de mosquitos, el DDT se extendía y rociaba con un despreocupado descuido que hoy resulta difícil imaginar.

En el decenio de 1960, nuevos temores por los efectos de los plaguicidas sobre la salud salían a la luz pública: temores por el cáncer, que dominarían el debate público sobre las sustancias químicas tóxicas, la investigación científica y la regulación gubernamental durante las tres décadas siguientes. Reflejando este giro en la conciencia pública, Rachel Carson se centró en el cáncer en su capítulo sobre los plaguicidas y la salud humana en Primavera silenciosa, aun cuando había hallado amplias pruebas de otros peligros en su indagación de la literatura científica. La "fábula para el mañana" que abre el libro describe un escalofriante panorama de fallos reproductivos: "En las granjas las gallinas empollaban, pero no salían pollitos. Los granjeros se quejaban de que no podían criar cerdos, pues las camadas eran pequeñas y las crías sólo sobrevivían unos días."

Es evidente que Carson había leído el estudio de Burlington y Lindeman, porque se refiere a sus resultados, aunque sin citar ni mencionar sus nombres. Aunque ahora es evidente que la hipótesis de estos investigadores acerca de las acciones hormonales del DDT arroja luz sobre algunos síntomas de la fauna que se relacionan en los capítulos iniciales de Primavera silenciosa, Carson nunca siguió las pistas que indicaban que los plaguicidas podían entorpecer la reproducción al causar alteraciones hormonales. Esto es especialmente intrigante, pues la autora reconocía claramente que "algo más siniestro" que el envenenamiento directo estaba sucediendo: "La destrucción real de la capacidad real de reproducción del ave". De alguna manera este hilo se perdió, quizá por la situación de los conocimientos científicos sobre el sistema endocrino en aquellos momentos, quizá por que Carson, que padecía cáncer de mama, estaba tan preocupada por la espantosa enfermedad como sus lectores. En los capítulos siguientes de Primavera silenciosa, el tema de la reproducción, que había ocupado un lugar tan destacado en la primera parte del libro, desaparece a medida que Carson dedica toda su atención a su preocupación porque los plaguicidas sintéticos causen mutaciones genéticas y cáncer. Sólo en este contexto Carson toca la idea de que los plaguicidas podrían interferir de alguna manera los niveles hormonales y por tanto instigar cánceres del sistema reproductivo. Esto podía ocurrir indirectamente, afirmaba Carson, a través de daños causados al hígado, al que los compuestos químicos clorados sintéticos dañan fácilmente. El hígado desempeña un papel fundamental en el mantenimiento del equilibrio hormonal al descomponer el estrógeno y otras hormonas esteroides para permitir su excreción. Si la obstaculización del funcionamiento del hígado ralentizaba este proceso de descomposición, especulaba Carson, podía conducir a "niveles de estrógenos anormalmente altos". Carson tenía razón, reconoce ahora la medicina, al vincular la exposición global a estrógenos con estos cánceres y al reconocer que las sustancias químicas sintéticas pueden alterar las hormonas al obstaculizar los procesos hepáticos normales. Ahora, 30 años después, la indagación sobre el papel del DDT y otras sustancias químicas sintéticas en el cáncer de mama se ha reanudado tras el descubrimiento de DDT en tumores de mama, de su producto de descomposición DDE, de PCBs y de otras sustancias químicas sintéticas, así como del reconocimiento de que algunas sustancias químicas sintéticas son de hecho hormonalmente activas, como Burlington y Lindeman sugirieron por vez primera hace más de cuatro décadas.

El cáncer causa un pavor especial en nuestra cultura. Si bien es cierto que Rachel Carson contribuyó a dar a conocer la presunta vinculación entre el aumento de las tasas de cáncer y el creciente uso de plaguicidas sintéticos, otras fuerzas añadieron impulso al paradigma emergente del cáncer. En junio de 1969, el Instituto Nacional del Cáncer de los Estados Unidos completó pruebas con animales motivadas por Primavera silenciosa y encontró una incidencia mayor de tumores de hígado en ratones expuestos a niveles bajos de DDT durante un periodo prolongado. Unas semanas después, el presidente Richard Nixon recibió una petición de 17 congresistas que solicitaban la prohibición del DDT sobre la base de que causaba cáncer. En 1971, el presidente Nixon declaró la guerra total contra el cáncer. Teniendo en cuenta el clima de la época y las nuevas pruebas de que plaguicidas como el DDT podían causar cáncer, los ecologistas que buscaban la prohibición del DDT comenzaron a enmarcar la batalla en torno a los riesgos para la salud humana en vez de hacerlo para la fauna salvaje y las preocupaciones ambientales expuestas en fases anteriores de la larga campaña. En su decisión de 1972 de restringir la mayor parte de los usos del DDT, el administrador de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) de los Estados Unidos, William Ruckelshaus, otorgó la misma importancia a los posibles riesgos de cáncer humano y a las repercusiones adversas en los peces y la fauna salvaje.

Del mismo modo que el cáncer ocupa un lugar especial en nuestros temores, también ocupa un lugar especial en la regulación federal. Estos temores han definido e impulsado el proceso regulador de las sustancias químicas por parte de la EPA durante más de dos décadas, principalmente porque la agencia utiliza para evaluar el riesgo de cáncer unos supuestos diferentes que cuando estudia otros riesgos. Para peligros distintos del cáncer, como los daños en la reproducción y el desarrollo, la agencia supone que una sustancia química puede no representar un peligro en bajas concentraciones por debajo de un determinado umbral. Pero cuando se trata del cáncer, la EPA recurre al modelo lineal, que parte de que ningún nivel es seguro. Se presupone que incluso las dosis más pequeñas de una sustancia química son capaces de causar cáncer.

El tribunal de apelación federal había reforzado este sesgo regulador mediante una serie de sentencias sobre plaguicidas a comienzos del decenio de 1970, a partir de un caso de 1970 relacionado con los niveles de tolerancia federales para residuos de DDT en los alimentos. El Fondo de Defensa Ambiental, que entabló el litigio, basaba su argumentación en la cláusula de Delaney, una enmienda a la Ley Federal de Alimentos, Medicamentos y Cosméticos efectuada en 1958, que prohíbe el uso de aditivos alimentarios que hayan causado cáncer en animales de laboratorio. En su opinión, el tribunal decidió que esta ley es aplicable también a los residuos de plaguicidas y que la carcinogenicidad de estos residuos debe tenerse en cuenta al establecer los límites de tolerancia. El tribunal exigía también que el secretario del gabinete responsable explicase la base de la que se partía para decidir que un nivel de residuos de DDT era seguro si proponía continuar permitiendo la presencia de residuos en instalaciones alimentarias. El fallo respaldó en realidad la estricta atención a los carcinógenos que la cláusula de Delaney ordena. A mediados del decenio de 1970, "causante del cáncer" se había unido inextricablemente a las palabras "sustancia química tóxica" en la cultura popular. Con el cáncer como medida última de nuestros temores, se generalizó el supuesto de que la fijación de unos niveles basándose en el riesgo de cáncer protegería también a los seres humanos, los peces y los animales de todos los demás peligros. Y así, en las dos últimas décadas los fabricantes de plaguicidas y los reguladores federales han buscado principalmente cáncer y peligros evidentes como la toxicidad letal y las graves taras de nacimiento cuando han analizado las sustancias químicas para determinar su seguridad. El cáncer ha dominado también el programa de investigación científica que analiza los posibles efectos sobre la salud humana de contaminantes químicos en el medio ambiente. Esta preocupación por el cáncer nos ha cegado ante las pruebas que señalan otros peligros. Ha coartado la investigación de otros riesgos que podrían tener idéntica importancia no solo para la salud de los individuos sino también para el bienestar de la sociedad.

Si este libro contiene un mensaje prescriptivo, es éste: debemos ir más allá del paradigma del cáncer. Hasta que eso suceda, será imposible hacer frente a los desafíos de las sustancias químicas disruptoras hormonales y a la amenaza que plantean al porvenir de la humanidad. No se trata simplemente de un argumento para ampliar nuestros horizontes a fin de reconocer riesgos adicionales. Es preciso que llevemos nuevos conceptos a nuestro examen de las sustancias químicas tóxicas. Los supuestos en torno a la toxicidad y las enfermedades que han enmarcado nuestro pensamiento en las últimas tres décadas son inapropiados y actúan como obstáculos para comprender un tipo diferente de daños.

Las sustancias químicas disruptoras hormonales no son venenos clásicos ni carcinógenos típicos. Se atienen a reglas diferentes. Se resisten a la lógica lineal de los actuales protocolos de prueba construidos a partir del supuesto de que a dosis más altas le corresponden más peligros. Por esta razón, y en contra de nuestro viejo supuesto, el análisis de sustancias químicas para detectar riesgo de cáncer no siempre nos ha protegido de otros tipos de perjuicios. Algunas sustancias químicas hormonalmente activas apenas parecen plantear riesgos de cáncer. Y como Lindeman y Burlington descubrieron, estas sustancias químicas no son venenos típicos en el sentido normal. En tanto no reconozcamos esto, seguiremos buscando en los lugares equivocados, formulando las preguntas equivocadas y hablando con malentendidos.

Hasta ahora, nuestro concepto de lesiones derivadas de sustancias químicas tóxicas se ha centrado primordialmente en dos cosas: si una sustancia química daña y mata células como lo hacen los venenos o si ataca al ADN, nuestra huella dactilar genética, y lo altera de forma permanente causando una mutación tal como hacen los carcinógenos. Con el envenenamiento, las consecuencias pueden ser enfermedades o la muerte para el ser humano o animal afectado. Las mutaciones pueden dar origen finalmente al cáncer.

En los niveles que se encuentran normalmente en el entorno, las sustancias químicas disruptoras hormonales no matan células ni atacan el ADN. Su objetivo son las hormonas, los mensajeros químicos que se mueven constantemente dentro de la red de comunicaciones del cuerpo. Las sustancias químicas sintéticas hormonalmente activas son delincuentes de la autopista de la información biológica que sabotean comunicaciones vitales. Atracan a los mensajeros o los suplantan. Cambian de lugar las señales. Revuelven los mensajes. Siembran desinformación. Causan toda clase de estragos. Dado que los mensajes hormonales organizan muchos aspectos decisivos del desarrollo, desde la diferenciación sexual hasta la organización del cerebro, las sustancias químicas disruptoras hormonales representan un especial peligro antes del nacimiento y en las primeras etapas de la vida. Como se ha reseñado en capítulos anteriores, unos niveles relativamente bajos de contaminantes que no tienen ninguna repercusión observable en los adultos pueden tener repercusiones devastadoras en los no nacidos. El proceso que se desarrolla en el útero y crea un bebé normal y sano depende de que se haga llegar al feto el mensaje hormonal correcto en el momento oportuno. El concepto clave en el pensamiento acerca de este tipo de agresión tóxica es el de mensajes químicos. No los venenos, ni los carcinógenos, sino los mensajes químicos.

La preocupación científica por trazar el mapa del genoma humano y atrapar los genes responsables de enfermedades hereditarias como la fibrosis quística ha generado la impresión popular de que la raíz de casi todo lo que nos pasa se encuentra en los genes. Pero como los trabajos científicos que se han examinado en este libro deben haber dejado claro, la huella dactilar genética heredada es sólo uno de los factores que determina a un niño antes del nacimiento. Imaginemos lo que sucedería si alguien alterase las comunicaciones durante la construcción de un gran edificio, de tal manera que los fontaneros no recibiesen el mensaje de instalar las cañerías en la mitad de los cuartos de baño antes de que los carpinteros cerrasen las paredes. Imaginemos que llegan las instrucciones incorrectas cuando se está creando el programa para el sistema de control climático, y que el termostato del edificio se ha regulado a 30º en vez de a 20º. Imaginemos lo que significaría si, a través de una mezcla de comunicaciones, el edificio terminase con un solo ascensor en vez de ocho.

La construcción de un edificio es tan importante como la huella dactilar. La inteligencia de un niño depende tanto de los niveles de la hormona tiroidea que llega al cerebro durante periodos críticos del desarrollo como de los genes inteligentes heredados. Un hombre joven puede desarrollar cáncer de testículo debido a la presencia de niveles hormonales anormales en el útero de su madre en vez de desarrollarlos a causa de un gen cancerígeno heredado. Como indican las pruebas científicas expuestas en este libro, las sustancias químicas sintéticas pueden obstruir los mensajes hormonales durante el desarrollo prenatal y alterar de modo permanente el resultado.

Dado que las sustancias químicas disruptoras hormonales no se atienen a las mismas reglas que los venenos clásicos y los carcinógenos, los intentos de aplicar enfoques toxicológicos y epidemiológicos convencionales a este problema han conducido típicamente a crear más confusión que claridad.

Algunos críticos de la regulación de la EPA han afirmado, por ejemplo, que el cuerpo puede tolerar niveles bajos de contaminantes porque ha desarrollado mecanismos que proporcionan una defensa contra las agresiones ambientales. Operando desde el paradigma del cáncer, citan la capacidad del cuerpo para reparar los daños sufridos por el ADN. Sin embargo, por lo que sabemos, el cuerpo no tiene mecanismos de reparación análogos para hacer frente a los efectos de disrupción hormonal de las sustancias químicas. ¿Por qué? Las células han recibido la orden de recibir mensajes hormonales, y como hemos visto, aceptan fácilmente a los impostores sintéticos que imitan a las hormonas naturales. El cuerpo responde a los impostores como si de mensajeros legítimos se tratara y les permite unirse a

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