"Nuestro destino está conectado con los animales", escribió Rachel Carson hace más de tres décadas en Primavera silenciosa, una obra que hoy es un alegato clásico contra los plaguicidas sintéticos y la prepotencia humana que ha contribuido a poner en marcha el movimiento ecologista moderno. La afirmación de Carson es desde hace tiempo una idea orientadora para ecologistas, biólogos de la fauna salvaje y otras personas que reconocen dos realidades fundamentales: nuestra herencia evolutiva compartida y nuestro entorno compartido. Lo que les sucede a los animales en Florida, a los ríos ingleses, al Báltico, al alto Ártico, a los Grandes Lagos de Estados Unidos y al Lago Baikal en Siberia, tiene una importancia inmediata para los seres humanos. Los daños que se observan en los animales de laboratorio y en la fauna salvaje presentan síntomas de mal agüero que parecen estar en aumento en la población humana.
Como se ha señalado en los capítulos anteriores, procesos fisiológicos básicos como los regidos por el sistema endocrino han perdurado relativamente intactos durante cientos de millones de años de evolución. Las narraciones de la evolución tienden a subrayar las innovaciones de la selección natural, pasando por alto la terca línea conservadora que ha caracterizado a la historia de la vida sobre la Tierra. Al mismo tiempo que la evolución experimentaba extraordinariamente con la forma, configurando los recipientes de diversas y maravillosas formas, es sorprendente lo poco que se ha apartado de una antigua receta en lo que se refiere al brebaje bioquímico de la vida. Al examinar nuestro lugar en el
linaje evolutivo, los seres humanos tienden a centrarse de manera desmesurada en las características que nos hacen únicos. Pero estas diferencias son en realidad pequeñas cuando se comparan con todo lo que compartimos no sólo con otros primates como los chimpancés y los gorilas, sino también con ratones, caimanes, tortugas y otros vertebrados. Aunque las tortugas y los humanos presentan escasa semejanza física, nuestro parentesco es inconfundible. Los estrógenos que circulan en la tortuga pintada a la que vemos tomando el sol encima de los troncos durante las perezosas tardes de verano es exactamente el mismo estrógeno que circula por el torrente sanguíneo humano.
Los humanos y los animales comparten un entorno común además de un legado evolutivo común. Como vivimos en un paisaje fabricado por el hombre, olvidamos con facilidad que nuestro bienestar tiene sus raíces en sistemas naturales. Sin embargo, toda la empresa humana se basa en el cimiento de sistemas naturales que proporcionan un sinfín de servicios invisibles que mantienen la vida. Nuestras relaciones con estos sistemas naturales pueden ser menos directas y evidentes que las de un águila o una nutria, pero no por eso nuestra implicación en la red de la vida es menos profunda. Nadie ha enunciado este principio ecológico fundamental con mayor sencillez que el filósofo medioambiental norteamericano de comienzos del siglo XX John Muir: "Cuando intentamos identificar algo por sí mismo, descubrimos que está atado por 1.000 cuerdas invisibles [...] a todo lo que hay en el Universo."
Nuestra lamentable experiencia con las sustancias químicas persistentes en el último medio siglo ha demostrado la verdad de esta profunda y compleja interconexión. Tanto si vivimos en Tokio, en Nueva York o en un remoto poblado inuit en el Ártico, a miles de kilómetros de los campos de cultivo o las fuentes de contaminación industrial, todos nosotros hemos acumulado una reserva de sustancias químicas sintéticas persistentes en nuestra grasa corporal. A través de esta red de conexión ineludible, estas sustancias químicas han logrado llegar a todos y cada uno de nosotros del mismo modo que han llegado a las aves, las focas, los caimanes, las panteras, las ballenas y los osos polares. Con esta biología y esta contaminación compartidas, hay pocas razones para esperar que el ser humano tenga a largo plazo una suerte distinta.
Sin embargo, algunos escépticos se preguntan si los estudios con animales constituyen un instrumento útil para prever amenazas para el ser humano. En el actual debate acerca de si las pruebas con animales pueden predecir con exactitud si una sustancia química representa un riesgo de cáncer para los seres humanos, se ha escuchado con frecuencia el estribillo "los ratones no son personas pequeñas". Los críticos han atacado también los procedimientos de prueba por utilizar dosis impracticablemente elevadas, afirmando, por ejemplo, que los ratones con los que se han hecho pruebas para descubrir si el DDT causaba cáncer comían más de 800 veces la cantidad media que un ser humano tomaría al ingerir una dieta típica.
Cualesquiera que sean los méritos de estas críticas en lo referente a las pruebas sobre el cáncer, lo cierto es que apenas tienen importancia para el uso de animales para predecir los efectos de las sustancias químicas que actúan como disruptores hormonales. Dado que los científicos sólo tienen una idea incompleta de los mecanismos básicos que inducen el cáncer, extrapolar de una especie a otra plantea incertidumbres admitidas. En cambio, los científicos conocen bastante bien los mecanismos y acciones de las hormonas. Comprenden cómo los mensajes químicos se envían y se reciben y cómo algunas sustancias químicas sintéticas alteran esta comunicación. Saben que las hormonas guían el desarrollo básicamente de la misma manera en todos los mamíferos, y si hubiera alguna duda, la experiencia del DES ha verificado la semejanza de la alteración en muchas especies, incluida la humana. Una y otra vez, las anormalidades que se han visto primero en experimentos de laboratorio con DES se han manifestado después en los hijos de mujeres que habían tomado este medicamento durante el embarazo.
La importancia del experimento del DES para la amenaza proveniente de los disruptores endocrinos ambientales ha sido cuestionada también debido a las dosis muy altas que se administraban a las mujeres embarazadas y a los animales de laboratorio en los experimentos. Aunque lo cierto es que en la mayoría de los experimentos de los primeros tiempos se utilizaban dosis elevadas, estudios recientes en los que se han usado dosis muy inferiores han producido resultados no menos alarmantes. De hecho, en algunos casos una dosis elevada puede causar, paradójicamente, menos daños que una dosis más baja. Al analizar los efectos de dosis muy inferiores de DES, Fred vom Saal ha descubierto que la respuesta aumenta con la dosis durante algún tiempo y después, con dosis mayores incluso, comienza a disminuir.
La curva de respuesta a la dosis de Vom Saal se parece a una U invertida. Su forma es profundamente importante para la interacción entre el sistema endocrino y los contaminantes sintéticos. La U invertida, que no es lineal ni se mueve siempre en la misma dirección, parece característica de los sistemas hormonales y significa que estos no se ajustan a los supuestos que inspiran la toxicología clásica, es decir que una respuesta biológica aumenta siempre con la dosis. Significa que las pruebas con dosis muy elevadas pasarán por alto algunos efectos que se manifestarían si se administrase a los animales unas dosis más bajas. La U invertida es un ejemplo de cómo la acción de los disruptores endocrinos pone en entredicho nociones dominantes acerca de las sustancias químicas tóxicas. La extrapolación de estas pruebas con dosis elevadas a dosis más bajas puede subestimar gravemente los riesgos en algunos casos en vez de exagerarlos.
Al ser tan reciente la aparición de la disrupción endocrina, los argumentos científicos sobre el grado en que representan una amenaza distan aún mucho de haberse completado. No obstante, si se observan ampliamente una amplia serie de estudios existentes, pertenecientes a diversas ramas de la ciencia y la medicina, el peso de las pruebas indica que los seres humanos están en peligro y quizá ya se han visto afectados de manera importante. Tomadas en conjunto, las piezas de este mosaico científico tienen, a pesar de las lagunas reconocidas, un poder acumulado que resulta apremiante y urgente.
Ésta fue la lección de la histórica reunión sobre alteración endocrina que se celebró en julio de 1991 en el Centro de Conferencias Wingspread de Racine, Wisconsin. Durante años, decenas de científicos han explorado piezas aisladas del rompecabezas de la disrupción hormonal, pero el cuadro más amplio no fue visible hasta que Theo Colborn y Pete Myers lograron reunir finalmente a 21 eminentes investigadores. En esta excepcional reunión, especialistas de diversas disciplinas, desde la antropología a la zoología, compartieron lo que sabían sobre el papel de las hormonas en el desarrollo normal y sobre las devastadoras repercusiones de los disruptores hormonales químicos en la fauna, los animales de laboratorio y los seres humanos. Por primera vez, Ana Soto, Frederick vom Saal, Michael Fry, Howard Bern, John McLachlan, Earl Gray, Richard Peterson, Peter Reijnders, Pat Whitten, Melissa Hines y otros examinaron las apasionantes relaciones existentes entre su trabajo y las lúgubres implicaciones que se derivaban de este ejercicio. A medida que se daban a conocer datos, los paralelismos resultaban extraordinarios y profundamente preocupantes. La conclusión parecía ineludible: los disruptores hormonales que amenazan la supervivencia de las poblaciones animales están poniendo en peligro también el futuro humano.
Al término de la sesión, los científicos dieron a conocer la Declaración de Wingspread, un aviso urgente de que los seres humanos de muchas partes del mundo están expuestos a sustancias químicas que han alterado el desarrollo en animales salvajes en libertad y en animales de laboratorio, y que a menos que estas sustancias químicas se controlen, existen el peligro de una alteración generalizada del desarrollo embrionario humano y la perspectiva de daños para toda la vida. La pregunta apremiante es si los seres humanos están sufriendo ya daños como consecuencia de medio siglo de exposición a sustancias químicas sintéticas que actúan como disruptores endocrinos. ¿Han alterado ya estas sustancias químicas artificiales los destinos individuales al manipular los mensajes químicos que guían el desarrollo?
Para muchas de las personas que conocen el discurso científico, la respuesta es afirmativa. Dada la exposición humana a sustancias químicas semejantes a las dioxinas, por ejemplo, es probable que algunos humanos, especialmente los individuos más sensibles, sufran algunos efectos. Pero es difícil determinar si las sustancias químicas que actúan como disruptores hormonales tienen ahora una repercusión amplia en toda la población humana, y más difícil aún probarlo. Esto es ineludible a la vista de la naturaleza de la contaminación, los efectos transgeneracionales, el largo tiempo que a menudo transcurre hasta que los daños son evidentes y la naturaleza invisible de gran parte de estos daños. Las personas que intentan documentar si los aumentos que se perciben en problemas específicos reflejan tendencias auténticas en la salud humana se ven coartadas por la ausencia de datos médicos fiables. Existen pocos registros de enfermedades para dolencias distintas del cáncer. Varios pediatras de diversas zonas de los Estados Unidos han expresado su preocupación por la creciente frecuencia de anormalidades genitales en los niños, como testículos no descendidos, penes sumamente pequeños e hipospadias, un defecto en el que la uretra que transporta la orina no se prolonga hasta el final del pene, pero es prácticamente imposible documentar estos informes anecdóticos. Lamentablemente, los problemas causados por la alteración endocrina podrían alcanzar la proporción de crisis antes de que tengamos un signo claro de que algo grave está sucediendo.
Ante estas dificultades, los estudios de animales proporcionan una piedra de toque para identificar e investigar lo que podría estar sucediendo en los seres humanos. Estos estudios pueden alertarnos sobre tipos probables de alteraciones y ayudarnos a centrar las actividades de investigación. También pueden proporcionarnos avisos a tiempo sobre los peligros de los niveles actuales de contaminación. La diversidad de la vida hace que algunos animales estén más expuestos a los contaminantes que los seres humanos. Es probable que los efectos transgeneracionales, como los cambios de comportamiento y la disminución de la fertilidad, también se manifiesten con mayor rapidez en la fauna salvaje porque la mayoría de los animales maduran y se reproducen con más rapidez que los humanos. El trabajo experimental con animales añade otra dimensión igualmente inestimable. Como demuestra la historia del DES, los experimentos de laboratorio con ratas y ratones previeron fielmente daños que después se manifestaron en los seres humanos. La tragedia es que ignoramos las advertencias.
Basándonos en las advertencias de los animales que viven en libertad y de los animales de laboratorio, ¿qué clase de problemas debemos esperar? En capítulos anteriores hemos examinado cómo las sustancias químicas sintéticas hormonalmente activas pueden dañar el sistema reproductor, alterar el sistema nervioso y el cerebro y debilitar el sistema inmunitario. Los animales contaminados con estas sustancias químicas muestran diversos efectos en el comportamiento, incluidos un comportamiento aberrante en el apareamiento y el creciente descuido de los nidos por los padres. Las sustancias químicas sintéticas pueden arruinar la expresión normal de características sexuales de los animales, en algunos casos masculinizando a las hembras y feminizando a los machos. Algunos estudios con animales indican que la exposición a sustancias químicas hormonalmente activas en el período prenatal o en la edad adulta aumenta la vulnerabilidad a cánceres sensibles a hormonas, como los tumores malignos en mama, próstata, ovarios y útero.
¿Hay pruebas de tales problemas en los seres humanos? ¿Están aumentando estos problemas? En algunos casos, parece que es realmente así.
Los experimentos de laboratorio, los estudios de la fauna salvaje y la experiencia humana con el DES vinculan la alteración hormonal con diversos problemas de reproducción de machos y hembras que parecen estar aumentando en términos generales en la población humana. Son problemas que van desde el cáncer de testículo a la endometriosis, una dolencia en la cual el tejido que normalmente recubre el útero se desplaza misteriosamente al abdomen, los ovarios, la vejiga o el intestino, provocando crecimientos que causan dolor, copiosas hemorragias, infertilidad y otros problemas.
El signo más espectacular y preocupante de que los disruptores hormonales pueden haberse cobrado ya un precio importante se encuentra en los informes que indican que la cantidad de espermatozoides de los varones ha caído en picado en el último medio siglo, un lapso temporal que para la historia humana no es más que un abrir y cerrar de ojos. El estudio inicial, realizado por un equipo danés encabezado por el doctor Niels Skakkebaek y publicado en el Bristish Medical Journal en septiembre de 1992, analizaba sistemáticamente la literatura científica internacional sobre análisis de semen realizado en hombres normales desde 1938 y basaba sus conclusiones en 61 estudios en los que habían participado casi 15.000 hombres de veinte países de América del Norte, Europa, América del Sur, Asia, África y Australia. El estudio excluía a los hombres tomados como muestra en clínicas de fertilidad, que podían tener unas cantidades especialmente bajas de espermatozoides, y a los hombres enfermos, y sólo utilizaba los estudios que contaban los espermatozoides de la misma manera mediante microscopios luminosos.
Los investigadores daneses descubrieron que la cantidad media de espermatozoides masculinos había descendido un 45 por ciento, desde un promedio de 113 millones por mililitro de semen en 1940 a sólo 66 millones por mililitro en 1990. Al mismo tiempo, el volumen del semen eyaculado había descendido un 25 por ciento, por lo que el descenso real de los espermatozoides equivalía a un 50 por ciento. Durante este periodo se había triplicado el número de hombres que tenían cantidades extremadamente bajas de espermatozoides, del orden de 20 millones por mililitro, lo cual significa un aumento del 6 por ciento al 18 por ciento, mientras que el porcentaje de los que tienen cantidades altas de espermatozoides, por encima de 100 millones por mililitro, había descendido.
El estudio sigue encontrando una respuesta escéptica en algunos sectores de la comunidad médica. Este escepticismo recuerda una incredulidad semejante ante las primeras noticias, en 1985, sobre la formación sobre la Antártida de un espectacular agujero en la capa de ozono que protege a la Tierra.
Algunos científicos dudaron entonces de los informes y fueron más escépticos aún ante la posibilidad de que los clorofluorocarbonos artificiales (CFCs) pudieran ser los responsables. La red de vigilancia desde satélites de la NASA no había detectado la pérdida de ozono, que fue descubierta por investigadores británicos haciendo mediciones desde el suelo, porque los que habían programado los ordenadores que recibían los datos de los satélites daban por supuesto que tales pérdidas de ozono en grandes cantidades eran imposibles. De modo semejante, muchos investigadores médicos se habían mostrado incrédulos ante los primeros informes sobre el descenso de la cantidad de espermatozoides, pues consideraban poco menos que imposible un descenso tan pronunciado de la cantidad de espermatozoides en la población humana.
Skakkebaek, especialista en reproducción masculina y jefe del Departamento de Crecimiento y Reproducción del Hospital Universitario de Copenhague, había sido uno de los escépticos. Aunque había observado crecientes anormalidades en el sistema reproductor masculino, incluido el aumento de las tasas de cáncer de testículo en hombres jóvenes, había tenido sus dudas ante informes anteriores sobre el descenso de la cantidad de espermatozoides humanos en las dos últimas décadas. Sospechaba que estas conclusiones podían tener su origen en gran medida en una distorsión de las muestras, como la inclusión de hombres de clínicas de fertilidad, y que por tanto no reflejaban realmente las cantidades de espermatozoides de los hombres normales.
El amplio análisis realizado por su propio equipo de decenas de estudios de todo el mundo sobre cantidades de espermatozoides le convenció de que un precipitado descenso de las cantidades de espermatozoides había tenido lugar, de hecho, en sólo dos generaciones, un cambio significativo que, a su juicio, tendrá probablemente una "influencia negativa en la fertilidad masculina". Dado que un descenso tan rápido no podía ser una consecuencia de cambios genéticos, la causa debía residir en el cambio de los hábitos de vida o en factores medioambientales.
Cuando se analizaron estas conclusiones sobre las cantidades de espermatozoides, los críticos afirmaron que los fallos detectados en los datos hacían imposible extraer conclusiones definitivas. Por ejemplo, criticaban erróneamente al equipo de Skakkebaek por excluir a los hombres que presentaban cantidades de espermatozoides anormalmente bajas, y objetaban además que la definición de "anormal" había cambiado con el paso del tiempo. De hecho, Skakkebaek y sus colegas no efectuaron tales exclusiones, limitándose a excluir todos los datos procedentes de clínicas de fertilidad. Al mismo tiempo, los críticos no ofrecieron dato alguno para refutar la conclusión de Skakkebaek, sino que se limitaron a mantener que no había probado sus afirmaciones de manera irrefutable.
Este debate estimuló otros estudios, y al menos tres análisis independientes posteriores, realizados en un caso por otro escéptico, han confirmado que las cantidades de espermatozoides han descendido.