CAPÍTULO 2. SOBREVOLANDO EL NACIONALISMO
3.5. Crisis de 1640 y restauración de los Braganza
Felipe IV de España y III de Portugal sube al trono en un momento en el que sus posesiones ibéricas están en un estado de miseria general (Serrão, 1979: 92). Su reinado (1621-1665) viene definido por la cesión de soberanía real a los validos, primero al conde- duque de Olivares y más tarde a Luis de Haro. Esta delegación de poderes no supuso la transformación del rey en una marioneta de sus validos, sino que más bien revela una concepción avanzada por parte de Felipe IV de las funciones que un líder político del siglo XVII debía asumir, reconociendo su incapacidad para ocuparse en solitario de todos los asuntos concernientes a un imperio vastísimo119. Es justo reconocer esta actitud, pero hay que afirmar al mismo tiempo que el rey aprovechó en ocasiones el gobierno de sus favoritos para resguardarse de las pesadas tareas relativas a la administración (Lynch,
119 El catedrático Antonio Miguel Bernal considera la incapacidad de transformar el dominio sobre los
territorios americanos en rendimientos prácticos para la integración estatal o el poderío económico como uno de los grandes errores históricos de las administraciones españolas: “El imperio colonial pudo haber sido dinamizador decisivo en la integración de España. No fue así; pero sucedió, en cambio, con posterioridad en otros estados nacionales con imperios coloniales. La integración de los distintos componentes peninsulares de la monarquía española, a partir del núcleo original de las dos coronas, no acaba por cuajar –ni aun en la centuria siguiente– ni tampoco fue posible –como hemos pretendido explicar– por las circunstancias y características con que se establecieron las relaciones de subordinación, al servicio de la hegemonía europea, entre la metrópoli castellana y sus colonias de las Indias.” (Bernal, 2007: 551- 552). De la misma opinión es Pierre Vilar: “En la constitución de la España moderna (en particular en la conquista colonial que emprenderá), lo que dominará los hábitos de vida y las fórmulas del pensamiento será aún la herencia de la prolongada lucha medieval, la concepción territorial y religiosa de la expansión, más que la ambición comercial y económica. A este mantenimiento del espíritu castellano –tan profundamente opuesto a los fenómenos nacientes del capitalismo–, deberá el poderío español, en su apogeo, su originalidad, su grandeza y seguramente también algunas de sus flaquezas.” (Vilar, 2009: 56).
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1992: 86). El conde-duque de Olivares intenta, en el plano estrictamente político, un estrechamiento de la unión hispano-portuguesa a través de dos vías: la colocación en Portugal de un virrey de su confianza y la intensificación de la política de enlaces dinásticos, recurso clásico en los juegos de poder de la época medieval (Pérez-Prendes, 1998: 116). Los planes del conde-duque pretenden transformar una monarquía cuasi- confederal en una España unificada (Pérez, 2011c: 297-298, 301-305). La política del valido español respecto a Portugal no tiene éxito y desde 1637, con las revueltas de Évora, se acrecientan en aquel reino las protestas sociales, que sin embargo no cuentan con un seguimiento unitario, como afirma Pérez-Prendes: “al lado de una línea de rechazo a la unión con España, notablemente fomentada desde instancias eclesiásticas y nobiliarias, existió también en el ambiente lusitano una corriente españolista importante en los mismos ámbitos” (Pérez-Prendes, 1998: 117). El sentimiento patriota de una gran parte de las clases populares no era plenamente correspondido por las élites cortesanas, cuya cultura era de carácter mixto, castellano-portugués120121. Por otra parte, la necesidad que tenía Portugal por encontrar un aliado sólido le hace someterse a los intereses económicos de Inglaterra a cambio de ayuda militar (Ribeiro da Silva, 1998: 123).
Así, dando por válido este punto de vista, ni el éxito relativo de las revueltas de 1637 ni el más definido de la revolución de 1640 se pueden explicar desde una perspectiva estrictamente nacionalista portuguesa122, si bien es innegable que existió un sentimiento
de carácter colectivo en amplios sectores –sobre todo entre las masas populares– de un reino que no solo no se debilitó durante la dominación de los Felipes, sino que incluso llegó a adquirir fuerzas renovadas que le permitieron afrontar con éxito la revuelta contra
120 David Birmingham insiste en una idea ya apuntada anteriormente: “It was not any sentiment of cultural
nationalism in high society which led Portugal towards the revolt of the nobility. It was the economic crisis of the seventeenth century which undermined their acceptance of the Spanish union”. Ver Birmingham (2003: 36). [“No fue ningún sentimiento de nacionalismo cultural en la alta sociedad lo que llevó a Portugal hacia la revuelta de la nobleza. Fue la crisis económica del siglo XVII la que quebrantó su aceptación de la unión con España”. Traducción propia].
121 Conviene no caer en vagas generalizaciones a la hora de hablar de los sentimientos identitarios de una
sociedad dada. En el Seiscientos luso, como afirman Ana Cristina Nogueira da Silva y António Manuel Hespanha, los portugueses no se ven a sí mismos exclusivamente como parte de una comunidad cuya base identitaria es un origen común (el reino, el entorno natural, el lugar de nacimiento). Si bien este sentimiento existía, es imprescindible recordar “que eram também (e sobretudo) católicos, que eram (muito menos) europeus, que eram hispânicos; que eram, depois, minhotos ou beirões; vassalos do rei ou de um senhor; eclesiásticos, nobres ou plebeus; homens ou mulheres”. Ver Hespanha (1994: 19).
122 Incluso un historiador como Joaquim Veríssimo Serrão, que insiste en olvidar la expresión “dinastía
filipina” y promueve el uso del sintagma “gobierno de los reyes españoles” para denominar el periodo 1580-1640, recalca que la visión de la historiografía romántica del siglo XIX deformó la realidad al hablar de los “mitos da «longa noite», da «submissão» e do «cativeiro», expressões que não têm adequação política e jurídica a realidad do Portugal filipino”. Ver Serrão (1979: 12).
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la corona de los Austrias (Serrão, 1979: 142-143). Los levantamientos de 1637 en el Alentejo y el Algarve, así como en ciudades de la importancia de Setúbal, Santarém, Abrantes, Oporto y Viana do Castelo (Saraiva, 1989: 238-239), esbozan las condiciones de la revuelta de 1640. El cambio de orientación en la política de los gobiernos de Madrid, tendentes ya de manera clara a la creación de un Estado unitario (Saraiva, 1989: 240), define el contexto histórico en el que se inscribe la demanda de ayuda por parte del rey a los nobles portugueses para terminar con la revuelta de los segadores en Cataluña, que había estallado en junio de 1640 tras varios años de tensión creciente entre los representantes políticos del principado y el conde-duque de Olivares123.
La orden de prestar ayuda contra los catalanes es la chispa que enciende la mecha de la revolución en Portugal, cuyos dirigentes –nobles y burgueses– se cuidaron de promover la implicación de las clases populares hasta que se confirmó el éxito de la revuelta el 1 de diciembre de 1640 (Saraiva, 1989: 241-242) (Birmingham, 2003: 36). Junto a los conflictos internos, los gobiernos de Felipe IV también se vieron obligados a mantener abiertos frentes de guerra contra la Europa protestante y contra la católica Francia, inmiscuida entre otras cosas en los asuntos de Cataluña. La Guerra de los Treinta Años tiene un triste final para la monarquía hispánica, que por el tratado de Westfalia pierde las Provincias Unidas, germen de los actuales Países Bajos. La crisis catalana se resolvería finalmente en 1652 con el reconocimiento de Felipe IV como rey, tras haber sufrido Cataluña el gobierno de Luis XIII de Francia, tan negativo para los intereses de aquel territorio, si no peor, que la administración Habsburgo (Pérez, 2011c: 306).
La larga duración de la Guerra de la Restauración portuguesa, que se alarga desde el triunfo de la revolución hasta la firma del tratado de Lisboa a primeros de 1668, parece confirmar la teoría del equilibrio de poderes a favor y en contra de la separación de Portugal, incluyendo la propia indecisión del duque de Braganza por liderar la rebelión (Saraiva, 1989: 242) (Pérez-Prendes, 1998: 117) (Birmingham, 2003: 35). En la óptica de Pérez-Prendes (1998: 118), el tratado anglo-portugués de 1661 sería decisivo a la hora de
123 La crisis de 1640 encuentra las dos caras de su moneda, como es sabido, en los extremos oeste y noreste
peninsular. Portugal y Cataluña plantean un doble dilema a la monarquía que no podrá aguantar unida mucho más tiempo: “Portugal se sublevó. Y Cataluña se ofreció a Francia. Con este doble incidente, el año 1640 evidencia uno de los defectos de construcción del edificio español. La unidad orgánica entre las provincias no podrá obtenerse, cuando ya la decadencia siembra los gérmenes del descontento. El recuerdo de las gloriosas independencias medievales renacerá periódicamente.” (Vilar, 2009: 62).
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decantar el conflicto. El nuevo rey de Portugal, João IV, no llegaría a ver el final de la guerra, siendo sucedido a su muerte en 1656 por la reina viuda, Luisa de Gusmão, quien gobierna el país en calidad de regente hasta 1662. En esa fecha, el conde de Castelo Melhor se hace con el gobierno efectivo como valido del nuevo rey, Afonso VI. La habilidad gubernativa del conde, su ardor guerrero y el pacto militar con Francia (1667) no calman, sin embargo, las ansias de paz de los nobles, deseosos de poner fin al conflicto con España. Es por ello que una intriga palaciega, conocida como la “cábala francesa”, termina con la destitución del valido, la renuncia de Afonso VI al trono y la nulidad de su matrimonio. Don Pedro, hermano del rey caído en desgracia, casa con su hasta entonces cuñada y gobierna como regente hasta la muerte de Afonso VI tres lustros más tarde. Es en el año de 1668, meses después del nombramiento como regente de Pedro II de Portugal, cuando se firma la paz definitiva entre España y Portugal, con lo que culmina la Restauración de la independencia política lusa. No se podría afirmar lo mismo en cuanto a lo económico, por entonces controlado absolutamente por Inglaterra, coyuntura que abre un larguísimo periodo de dominio inglés sobre Portugal (Ribeiro da Silva, 1998: 136-138).
Pedro II ostenta el poder por casi cuatro décadas (1668-1706), durante las cuales no se dieron en Portugal apenas progresos en el aspecto económico. El profesor David Birmingham estudia los tres caminos que Pedro II trató de recorrer para sacar al país del empobrecimiento generalizado en el que se encontraba: el primero, el más difícil y costoso, fue el de una relativa industrialización, a través de la cual se pretendió establecer en Portugal un sector manufacturero para impulsar la producción textil; en segundo lugar, se promovió la emigración –la exportación de conocimientos y habilidades– con la idea de recibir a cambio, en el futuro, un rendimiento económico; por último, se optó por vigorizar el comercio del vino. De una u otra manera, los dos primeros proyectos no dieron resultado y la economía portuguesa siguió dependiendo en gran parte de su exportación estrella (Birmingham, 2003: 55-62). Antes, durante la unión dinástica filipina, el imperio oriental de Portugal se había resentido por los ataques ingleses y holandeses contra sus puestos comerciales, convertidos en objetivos militares al extenderse la actividad de los enemigos de la monarquía hispánica contra posesiones lusas (Serrão, 1979: 153-157).