CAPÍTULO 2. SOBREVOLANDO EL NACIONALISMO
2.2. Teorías del nacionalismo en la primera mitad del siglo XX
A lo largo de este epígrafe se van a repasar las teorías del nacionalismo que han influido en la marcha del mundo a lo largo del conflictivo y virulento siglo XX. En el primer apartado se presentan las concepciones de la nación propuestas por autores nacidos en la segunda mitad del siglo XIX y que tienen en común una visión muy acusada y sustancial del hecho nacional, el segundo se dedicará a revisar las propuestas del llamado austromarxismo y su relación con las ideas de Lenin y Trotski sobre la cuestión nacional, mientras que el tercero y último versará sobre los estudios de Carlton Hayes y Hans Kohn, a quienes ya se ha presentado como los padres fundadores gemelos de los estudios sobre el nacionalismo.
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En la Francia de principios del siglo XX surgen dos grandes nombres asociados a una concepción del nacionalismo que podría llamarse fundamentalista, cuyas teorías rozan en ocasiones incluso una aproximación al fascismo. Se trata de Maurice Barrès y Charles Maurras. Amigos y cómplices hasta la muerte del primero en 1923 –Maurras le sobreviviría casi tres décadas–, sus concepciones de la nación difieren en puntos esenciales y sin embargo el efecto de sus teorías se deja sentir en muchas ocasiones de manera conjunta. En primer lugar, se ha de apuntar que las ideas de Barrès son en gran medida producto de la crisis de la conciencia individual que invade a muchos de los grandes pensadores europeos en el cambio de siglo.
La ansiedad provocada por la crisis del yo lleva a Barrès a “renunciar a la propia subjetividad, buscando y hallando un fundamento superior a la efímera vida individual que la explique en toda su complejidad. […] consiste en reconocerse limitado por unas realidades superiores, como la tradición y la Patria” (González Cuevas, 1999a: 60). Para Barrès, estas dos realidades heredadas determinan la vida del hombre, que no se puede sustraer a ellas. Así, el peso de la historia define a la colectividad, compuesta por individuos que han de aceptar el mandato y la identidad legados por sus antepasados. La tradición francesa habría de primar, según este autor, un sistema de gobierno republicano apoyado en la religión católica y en el Ejército, auténticos guardianes de la esencia nacional. Además, Barrès considera que el centralismo jacobino está en contra de los intereses del pueblo, por lo que defiende una amplia autonomía regional para los territorios franceses.
Este último punto, la defensa del regionalismo desde una perspectiva marcadamente tradicionalista y antiliberal, es el principal punto de encuentro de Barrès con las teorías de Charles Maurras, fundador del L’Action Française, asociación de intelectuales que terminará convirtiéndose en periódico portavoz de las ideas maurrasianas, entre las que destacaba la defensa de “una Monarquía hereditaria, antiparlamentaria y descentralizada, garante exclusiva del interés nacional” (González Cuevas, 1999b: 465). Maurras funde tradicionalismo, conservadurismo y pretensiones cientifistas en una ideología que encontraría eco en amplios sectores de la sociedad francesa y en algunos de sus líderes, como Poincaré, y por supuesto durante el gobierno de Petain, de quien sería consejero. El modelo monárquico defendido por Maurras, antes apuntado, representaba una conexión directa con el sistema político francés del siglo XVI,
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consagrando la alianza entre el trono y el altar. El poder unitario en manos del rey sería la garantía máxima para el mantenimiento de la unidad nacional, que nunca sería amenazada por una descentralización regional beneficiosa para el pueblo. Así, la propuesta de Maurras se resume en tradición católica, monarquía y descentralización administrativa para lograr un nacionalismo integral.
Contemporáneo de Barrès y Maurras fue uno de los fundadores de la sociología moderna, el alemán Max Weber, cuyo pensamiento ha determinado profundamente una gran parte de la producción posterior en ciencias sociales. Partiendo de bases diferentes a las de los dos autores franceses recién apuntados, Weber llega asimismo a defender una suerte de nacionalismo agresivo, consagrando la razón de Estado por encima de cualquier otra consideración. Este autor acepta sin dudar el statu quo existente tras la creación del Imperio Alemán con la firma del canciller Bismarck y lo considera como un verdadero Estado nacional. Es indudable que Weber, pues, concede más valor al concepto de nación política que al de nación cultural, ya que los alemanes austriacos habían quedado fuera del Reich bismarckiano, y otorga a la realidad nacional engarzada en el Estado una misión providencial (Özkirimli, 2010: 28).
Ni el espíritu del pueblo expresado a través de una lengua común, ni la raza, ni cualquier otro concepto de carácter cultural son para Weber determinantes de la nación, nada lo es más que la consolidación del poder político o aspiración al mismo (Abellán, 1999b: 792). Así, al identificar nación con poder político y al estar este último íntimamente ligado a la administración estatal, el servicio a la nación se transforma en razón de Estado. Desde este punto de vista, Weber critica duramente a los grandes terratenientes alemanes, que importaban mano de obra desde Polonia a costa de los trabajadores locales, lo que desde su óptica suponía una traición a la nación. Se plantea de este modo la cuestión nacional “en los crudos términos de la lucha por la supervivencia, […] Weber defiende con energía la supervivencia de la nación alemana frente a la nación polaca, a la que considera inferior desde un punto de vista cultural/civilizatorio” (Abellán, 1999b: 792). Este posicionamiento evolucionaría en años posteriores hacia una mayor aceptación de las minorías nacionales y de su autonomía cultural, pero no fue óbice para que Weber defendiera una política imperialista como forma de consolidar el poder del Estado alemán y, como consecuencia, la unidad y el vigor de la nación.
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Se cierra este apartado con la aproximación a la idea de nación en Miguel de Unamuno, pensador único en su género –o en sus géneros, ya que tocó los palos de la narrativa, la poesía, el artículo periodístico, el drama o la filosofía–, que en su juventud militó intelectualmente en las filas del nacionalismo vasco y al final de su vida era un representante del nacionalismo español más enérgico. A lo largo de su obra se encuentran diferentes modos de entender la nación, que no tendrían cabida en una revisión de carácter tan general como la que se está llevando a cabo en este capítulo. Sin embargo, se puede tomar una muestra certera repasando la aproximación de Unamuno a dos conceptos clave de su obra: en primer lugar, el casticismo, idea que aborda justo al principio de su colección de cinco artículos reunida, precisamente, bajo el título de En torno al
casticismo: “Tomo aquí los términos castizo y casticismo en la mayor amplitud de su
sentido corriente. […] Castizo viene a ser un puro y sin mezcla de elemento extraño.” (Unamuno, 2008: 27). Prosiguiendo con su incesante juego dialéctico y con la afirmación alternativa de contrarios, el autor vasco alaba el progreso humano considerándolo resultado de la mezcla de elementos puros, la lucha que crea la vida, y nunca por la permanencia de la pureza, que acabaría en muerte.
Del casticismo se deriva el concepto de intrahistoria, que se refiere al “presente vivo”, a “la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentida que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles, y monumentos, y piedras.” (Unamuno, 2008: 42). La intrahistoria está compuesta por los actos de “millones de hombres” que viven un día a día idéntico a sí mismo y que están más acá de los grandes acontecimientos políticos, militares o económicos. España –centro y origen de todas las reflexiones de Unamuno– ha de buscar su salvación y su supervivencia en el pueblo, en su vida, sus costumbres y sobre todo su lengua: “¿Que el pueblo es más tradicionalista aún que los que viven en la historia?... Es cierto, pero no al modo de éstos; su tradición es la eterna. Como su ideal es más sentido que pensado y como no toma formas y perfiles definidos y recortados, los que sólo ven lo geométrico y formulable lo confunden con las interpretaciones que de él se hacen.” (Unamuno, 2008: 149). El casticismo definitorio de España es, para Unamuno, el de matriz castellana, en el que lo decisivo era el alma intrahistórica. Y lo decisivo para este autor es siempre lo vivo, personificado en el pueblo, frente a lo artificial y/o lo muerto, constituido por las instituciones del Estado.
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Pese a su rechazo inicial de lo nacional como equivalente a lo español, Unamuno se convertirá en “sumo sacerdote de la religión nacional en los años veinte, entronizará durante la República a Su Majestad España –amenazada de disolución– y, con ella, al Imperio, la catolicidad, etc.; temas muy parejos a los discursos nacionalistas antirrepublicanos” (Varela, 1999a: 288). Es sumamente delicado aproximarse a Unamuno, de carácter tan cambiante, tan eléctrico, en una cuestión en la que, como en tantas otras, su pensamiento pasó por diferentes estadios, sin asentarse en ninguno. Cabe sin duda afirmar, a modo de recapitulación, que los conceptos unamunianos de casticismo e intrahistoria suponen dos aportes de incuestionable originalidad y profundidad al debate sobre la nación.
2.2.2. El austromarxismo frente a la propuesta leninista
En la bulliciosa Viena de finales del XIX y principios del XX, uno de los ambientes intelectuales más estimulantes de todas las épocas, se conforma una corriente de pensamiento que pasará a la historia con el nombre de austromarxismo y cuyos dos máximos representantes serán Karl Renner y Otto Bauer. Los aportes de estos autores en torno a la cuestión nacional son particularmente interesantes, ya que emergen en el contexto de la descomposición del imperio austrohúngaro, epítome de los conflictos generados en Europa a causa de la consolidación y el éxito definitivo del nacionalismo como paradigma ideológico dominante.
Estos autores se sitúan fuera de la ortodoxia leninista, como se verá a continuación, por lo que su influencia en el espectro político de la izquierda va a decaer inevitablemente tras el triunfo de la revolución bolchevique. Las ideas desarrolladas por Renner, Bauer y el resto de austromarxistas están en relación con los principios establecidos por el Partido Socialdemócrata de Austria en su congreso de 1899, celebrado en la ciudad de Brünn, de los cuales el más descollante en torno al tema aquí tratado es la voluntad de integrar a las diferentes nacionalidades del Imperio a través de la autonomía cultural dentro de un Estado multinacional. La idea de la autonomía cultural va a ser desarrollada por Karl Renner siguiendo un criterio jurídico, según el cual las diferentes nacionalidades existentes dentro de Austria-Hungría podrían constituirse como autonomías con competencia legislativa en ámbitos como la educación y la cultura (Rubio
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Lara, 1999a: 53). Según Renner, el Estado no tiene por qué coincidir necesariamente con la nación, entidad esta última a la que cada individuo puede adscribirse libremente en base a su discernimiento individual, en un sentido parecido al de la libertad religiosa. Así, las instituciones nacionales debían estar separadas del Estado, tal y como lo estaban las instituciones eclesiásticas, sin por ello renunciar a su autonomía en ciertas esferas sociales.
Por otra parte, Otto Bauer rechaza el concepto herderiano de la equivalencia entre lengua y nacionalidad, en tanto la lengua es únicamente una expresión parcial de la cultura. Desde la perspectiva de Bauer, la existencia de una nación viene definida por una serie de aspectos más diversos, acumulados a lo largo de la historia en una tradición común. Dos conceptos clave para este autor, tratados en su libro La cuestión de las
nacionalidades y la socialdemocracia, son la “comunidad de destino”, referida a la
historia, y la “comunidad de carácter”, referida a la cultura en su totalidad; la confluencia entre ambas “comunidades” es lo que da lugar a la nación.
Además del establecimiento de estos dos conceptos, Bauer encuentra un nexo entre la emergencia del principio de las nacionalidades y el desarrollo del capitalismo. La creación de los Estados nacionales, afirma el autor, no fue más que un recurso de la burguesía para arrebatar el poder a las clases dirigentes del Antiguo Régimen sin necesidad de destruir el Estado, sino simplemente trasladando el origen de la legitimidad política de lo divino a lo nacional. Así, el principio de las nacionalidades podría utilizarse de la misma manera en un sentido revolucionario, asociándolo al poder de la clase trabajadora para despojar a los capitalistas de los resortes del poder estatal. Bauer pone el ejemplo del enfrentamiento entre los obreros checos y los patronos alemanes como muestra de la validez de su teoría. En este sentido, el autor afirma que “la causa última del antagonismo entre las naciones reside en las transformaciones sociales y económicas que convirtieron a las naciones sin historia en protagonistas de la historia” (citado en Rubio Lara, 1999a: 55). Pese a considerar cierta su teoría, en el terreno práctico Bauer cree que el desarrollo del sistema capitalista ha dejado obsoleto el principio de las nacionalidades, ya que las fuertes corrientes migratorias harían imposible su aplicación real y darían lugar a más problemas que soluciones, por lo que defiende el Estado multinacional. Esta posición, sin embargo, será rectificada a favor de la aplicación del
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principio de las nacionalidades como una solución para Austria tras el desenlace de la Gran Guerra.
2.2.3. La fundación académica de los estudios sobre el nacionalismo
Hasta este punto se ha repasado la aproximación a la cuestión nacional por parte de filósofos, pensadores o dirigentes políticos de toda clase. La producción intelectual de estos autores respecto a este fenómeno respondía bien a intereses políticos o partidistas – caso de Pi y Margall o Maurras, entre otros–, bien a teorías particulares incardinadas en un pensamiento sistemático de carácter general –caso de Rousseau o Mill, por ejemplo–, y no se había planteado como un estudio desapasionado y neutral del nacionalismo. Como se afirmó al comienzo de este capítulo, se considera a Carlton J.H. Hayes y a Hans Kohn como los “padres fundadores gemelos” de los estudios académicos sobre el nacionalismo. En torno a las dos principales obras de estos autores versan las siguientes líneas, centradas especialmente en la aproximación de Kohn al fenómeno nacional.
2.2.3.1. Hayes y el anhelo de paz
Carlton J.H. Hayes, en su Historical Evolution of Modern Nationalism, cuya primera edición data de 1931, se preocupa de seguir la evolución del fenómeno nacionalista en cuanto filosofía política y no en cuanto proceso social o movimiento popular. El historiador enumera cinco tipos de nacionalismo: el nacionalismo humanitario, fundado en las ideas ilustradas y cuyos máximos representantes serían el vizconde Bolingbroke, Jean-Jacques Rousseau y J.G. Herder; el nacionalismo jacobino, caracterizado por su intolerancia ante los disidentes, el uso de la fuerza y un culto de carácter religioso a la nación, sustituta del dios católico, siendo Napoleón Bonaparte su profeta; el nacionalismo tradicional, de tinte historicista y aristocrático, rayano en la reacción, encarnado por Edmund Burke, el vizconde Bonald y Friedrich Schlegel; el nacionalismo liberal, el de Jeremy Bentham, François Guizot, Karl Theodor Welcker y Giuseppe Mazzini, pensadores que Hayes estima, a grandes rasgos, a medio camino entre jacobinos y tradicionales; por último, el nacionalismo integral, hostil al internacionalismo humanitario y liberal, de carácter militarista y tendente al imperialismo, que considera la nación como un fin en sí misma y cuyos máximos exponentes fueron Auguste Comte,
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Hippolyte Adolpe Taine, Maurice Barrès y Charles Maurras, tenidos por el autor como proto-fascistas (Hayes, 1956).
Tras analizar las propuestas de las antedichas cinco variantes del nacionalismo, Hayes dedica un capítulo a repasar los factores económicos que propiciaron la expansión y consolidación de esta doctrina. Por último, en la conclusión se observan varios razonamientos que ocupan un lugar central en el pensamiento del autor. En primer lugar, Hayes considera que la importancia de los teóricos del nacionalismo que ha repasado en su obra “resides in the fact that, having been themselves the result of the phenomenon they discuss rather than its cause, they have formulated and clearly expressed what has been vaguely in the minds of many men”63 (Hayes, 1956: 290). Los filósofos del
nacionalismo, por así llamarlos, no han creado la ola nacionalista, sino que se han subido a ella y han sabido percibirla, manejarla y explicarla.
En segundo lugar, el autor considera falaz el argumento de que el sentimiento nacionalista siempre ha existido en las masas, ni que sea en un estado latente, de un modo natural, habiendo sido reprimido por los diferentes déspotas, emperadores o dictadores que han gobernado a los pueblos a lo largo de los siglos. Para Hayes, “nationalism is certainly but one of expression of human instinct and not a bit more natural or more “latent” than tribalism, clannishness, urbanism, or imperialism” (Hayes, 1956: 292). La tendencia social y gregaria del ser humano le ha llevado desde la noche de los tiempos a vivir en grupos, y únicamente un particular desarrollo histórico-ideológico en el mundo occidental ha llevado al triunfo del nacionalismo como ideología organizadora del mundo en los tiempos modernos.
Por otro lado, Hayes trabaja con la hipótesis de que una de las razones fundamentales del ascenso de los movimientos nacionalistas es el deseo altruista de mejora de las condiciones de vida de las comunidades humanas. Dicha mejora se observó con claridad a lo largo del siglo XIX, sobre todo en un sentido material, y ello fue en gran parte promovido por los propios Estados-nación, que pusieron mucho mayor empeño en cuidar del bienestar de sus ciudadanos que cualquier otra forma de organización política
63 “Reside en el hecho de que, siendo ellos mismos el resultado del fenómeno que consideran, antes que su
causa, han formulado y expresado claramente lo que ha existido de forma vaga en las mentes de muchos hombres”. Traducción propia.
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previa (Hayes, 1956: 303). Al mismo tiempo, sin embargo, la exaltación nacionalista había originado guerras de mayor envergadura que cualquier otra que jamás antes se hubiera conocido, y la aplicación del principio de las nacionalidades en suelo europeo parecía estar preparando el terreno para un nuevo conflicto de extraordinaria gravedad – como finalmente fue el caso–.
El autor también profetiza riesgo de conflictos en territorio asiático, incluso en África, si también allí se aplicaba el mismo patrón nacionalista que se observó en Europa (Hayes, 1956: 308-311). Así, para evitar la repetición del conflicto de 1914-18, el autor cifra su fe en un cambio de mentalidad de las masas, que habrían de ser educadas en el internacionalismo y el culto a la paz antes que en el nacionalismo y el culto a la guerra, tal y como lo habían sido hasta el momento. El historiador postula sin complejos la puesta en acción de una maquinaria propagandística internacionalista (Hayes, 1956: 319).
A lo largo de todo el libro de Hayes, pero especialmente en su conclusión, se respira reticencia y hostilidad hacia el nacionalismo, sentimientos perfectamente entendibles al evaluar la coyuntura política en el momento de la redacción del libro, cuando regía un ambiente de exaltación de lo que el autor denomina nacionalismo integral, sobre todo en la Europa de Hitler, Mussolini y los soviets. Hayes no estaba en absoluto seguro de que Europa fuera a vivir en paz en el futuro, y sentía piedad por un