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CAPÍTULO 2. SOBREVOLANDO EL NACIONALISMO

3.8. La Guerra Peninsular

Carlos IV sube al trono español en diciembre de 1788, meses antes del estallido de la Revolución Francesa. Los acontecimientos de París provocan un primer frenazo en las reformas ilustradas, que se paralizan completamente a partir de 1792, cuando la intranquilidad por la suerte de Luis XVI se ha convertido ya en pavor ante lo que pudiera suceder en suelo español. Como apunta Joseph Pérez, “los reformistas españoles permanecían alejados de los filósofos franceses. […] Desde el punto de vista social, la burguesía española era demasiado débil, demasiado dispersa y demasiado poco segura de sí misma para encabezar una oposición resuelta” (Pérez, 2011d: 361). Con esta perspectiva, y tras varios cambios en la jefatura del gobierno, Carlos IV recurre al joven Manuel Godoy con el objetivo de negociar para salvar la vida al rey de Francia, a cambio del reconocimiento español de la nueva república en el país vecino. Sin embargo, los revolucionarios franceses tenían otros planes. La ejecución de Luis XVI parece hacer inevitable la guerra, que efectivamente estalla a principios de 1793 y se desarrolla alrededor de la frontera pirenaica hasta que el tratado de Basilea le pone fin. En este conflicto participó del lado español un cuerpo del ejército portugués (Saraiva, 1989: 311), cuyo gobierno estaba ya en manos de João VI, encargado de la regencia de un país sumido en una fuerte crisis económica (Reis Torgal y Roque, 1998: 269).

Tras el tratado de Basilea se abre un nuevo periodo de alianza franco-española, que desemboca en la guerra de ambos países contra Inglaterra. Las graves derrotas militares sufridas por España se traducen en un aumento del descontento social, dirigido principalmente contra la figura de Godoy. Carlos IV destituye a su valido, pero en realidad le sigue consultando todas sus decisiones (Pérez, 2011d: 363). La coyuntura internacional provoca una profunda división en la opinión pública portuguesa, cuyos

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dirigentes tenían ante sí una decisión complicada: la guerra contra Francia suponía el peligro de pérdida de la independencia a causa de una invasión española, mientras que la oposición a Inglaterra significaba el fin del bienestar económico y muy probablemente la pérdida del Brasil (Saraiva, 1989: 312). La propia corte estaba dividida entre los tradicionalistas, radicalmente antifranceses, y los defensores de las nuevas ideas, partidarios de la modernización del país. Finalmente se opta por una tercera vía, que era en realidad la de mayor provecho para la economía portuguesa: negociar la paz hasta donde fuera posible para mantener vivo el comercio (Saraiva, 1989: 312-313). Los planes de Napoleón pasaban por la invasión de Portugal, cuya no beligerancia no significó que cerrara sus puertos a los barcos ingleses. La brevísima Guerra de las Naranjas, en 1801, por la que Portugal se ve obligado a ceder la localidad de Olivenza a España, precede a la batalla de Trafalgar, en octubre de 1805, donde la flota combinada franco-española es aniquilada por la armada inglesa, dirigida por el almirante Nelson.

A partir de ese momento se precipitan los acontecimientos: la humillación de Trafalgar no supone más que un mero contratiempo para Napoleón, que sigue adelante con su idea del bloqueo continental y urde un plan según el cual Godoy sería coronado rey de los Algarves, mientras el resto del territorio portugués sería dividido y administrado en parte por Francia (Pérez, 2011d: 363) (Saraiva, 1989: 313). El tratado de Fontainebleau, firmado en octubre de 1807, abre la puerta de la península Ibérica al ejército napoleónico, cuyo teórico plan era la invasión de Portugal. A finales de noviembre, el ejército francés comandado por el general Junot impone su ley en Lisboa e iza la bandera tricolor en el Castillo de San Jorge (Vicente, 1998: 166) (Saraiva, 1989: 316). En previsión de una rápida claudicación de su ejército, la familia real portuguesa se había embarcado ya en dirección a Rio de Janeiro, decisión no exenta de polémica y acusaciones de cobardía por parte de cierta élite intelectual (Reis Torgal y Roque, 1998: 28). Portugal cae bajo dominio francés, pero una serie de maniobras sospechosas del ejército napoleónico hacen pensar a Godoy que la verdadera intención del emperador de los franceses era la invasión completa de la península Ibérica (Pérez, 2011d: 364). Es entonces cuando el valido aconseja a Carlos IV su marcha a Sevilla, desde donde podría huir a América en caso de un empeoramiento de la situación.

Sin embargo, la caravana real española es interrumpida a su paso por Aranjuez, donde una coalición de partidarios del príncipe Fernando, opuestos al poder casi absoluto

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de Godoy y apoyados por las clases populares, obliga al rey a abdicar en su hijo, el 19 de marzo de 1808. Esta conspiración se venía preparando largo tiempo y había estado precedida de otra intentona, llevada a cabo en El Escorial por las mismas fechas en que se firmaba el tratado de Fontainebleau (Pérez, 2011d: 364). Pese al aparente éxito de la intriga, Napoleón entra en escena para jugar sus bazas: tras entrevistarse en Bayona con Carlos IV y Fernando VII, los obliga a una abdicación conjunta e impone a su hermano, José Bonaparte, como rey de España.

La rebelión antifrancesa estalla en Madrid el 2 de mayo y el 6 de junio en Oporto. A los levantamientos populares les sigue la guerra: el ejército francés reacciona y envía nuevos contingentes a la península Ibérica, pero la resistencia popular y las acciones del ejército anglo-luso-español terminarán por decantar el conflicto favorablemente, después de seis años de combates, a los países ibéricos128.