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CAPÍTULO 2. SOBREVOLANDO EL NACIONALISMO

3.2. La llegada del Emperador

La situación política en Castilla anticipa las revueltas comuneras, que entre 1519 y 1522 enfrentan en una guerra civil a partidarios y detractores del Emperador. Estos últimos estaban profundamente descontentos con el desprecio hacia la todavía legítima reina Juana, con la salida de nutridos capitales hacia Flandes y con los privilegios otorgados a súbditos considerados extranjeros; eran, además, afectos a la teoría del “contrato callado” entre rey y súbditos. Además de esto, don Carlos decidió una subida de impuestos para financiar los gastos de su proclamación como cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico.

La organización del movimiento de oposición al monarca culmina en septiembre de 1519, con la creación de una junta integrada por catorce de las dieciocho ciudades con derecho a voto en Cortes, las cuales asumen en Tordesillas las funciones de gobierno en

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nombre de la reina (Pérez, 2011b: 245-246). En el diferente grado de implicación de cada ciudad en la revuelta jugó un importante papel el conflicto de intereses existente entre las villas favorables a la implantación de una industria textil en el reino y aquellas localidades a las que favorecía el statu quo de Castilla como exportadora de materias primas. Entre estas últimas se contaba Burgos, que abandonó rápidamente la coalición anticarolina (Lynch, 1991: 55). Carlos V forma un regimiento con el apoyo de la nobleza y de Portugal, se enfrenta al ejército de las ciudades y lo destruye en la batalla de Villalar, el 23 de abril de 1521. Bravo, Padilla y Maldonado, los tres principales líderes del movimiento comunero, son ejecutados, mientras que la ciudad de Toledo resistirá el envite imperial hasta febrero de 1522. En Valencia, la revuelta de las germanías responde a un patrón diferente, ya que el enfrentamiento originario no fue el de la ciudad contra el poder del Emperador, sino el de nobles frente a plebeyos, grupo este último que termina conformando un consejo administrador municipal. Finalmente los nobles, apoyados por un ejército real, consiguen imponer su ley en noviembre de 1521 en Valencia y en septiembre de 1522 en Játiva y Alcira. A partir de ese momento, Carlos V se encuentra con las manos libres para hacer y deshacer a su antojo en tierras españolas108 109. El hispanista Joseph Pérez afirma que ambas crisis ponen de manifiesto dos características fundamentales de la monarquía Habsburgo: “1. La debilidad de un Estado que no coincide absolutamente con las distintas nacionalidades de que se compone el Imperio; […] 2. La fuerza social que representa la aristocracia terrateniente, que ha salvado la corona en ambos casos” (Pérez, 2011b: 250-251).

Carlos V no seguirá una política nacional, sino dinástica, en sintonía con la educación que había recibido. La prioridad era la gloria del imperio, asimilable a la gloria de su familia, los Habsburgo. Esta manera de ver el mundo tuvo un altísimo coste para el futuro de España, y más concretamente para el de castilla Castilla, por entonces el reino más poderoso de los que conformaban las posesiones del Emperador (Pérez, 2011b: 256).

108 Se puede profundizar en el conocimiento sobre la Guerra de las Comunidades de Castilla y la crisis de

las germanías consultando las obras de García Cárcel (1981), Maravall (1984), López Álvarez (1985), Pérez (2001) o Jerez Calderón (2007).

109 Quizá tampoco sea adecuado todavía hablar de España en un sentido moderno, si bien es cierto que casi

cualquier denominación para las tierras dominadas por el Emperador va a resultar de algún modo insatisfactoria, como pone de relieve Artola (1988: 128): “Cualquier denominación que apliquemos al conjunto de estados que reconocían a Carlos V como su rey y señor será inadecuada. [...] El Estado carolino quedo así configurado como el resultado de la superposición de tres elementos: La Monarquía Hispánica como centro de poder, aunque no fuese, salvo en la década de los veinte, el centro político; las tierras borgoñonas, y las no excesivas facultades inherentes al título imperial.”

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Además, según afirma Antonio Miguel Bernal (2007: 117), “la preeminencia de Castilla en el ejercicio del poder, puesta al servicio de los objetivos dinásticos e internacionales de la monarquía, se considera que, a la larga, terminó por convertirse en un factor limitador de cohesión e integración nacional y responsable de la fallida construcción, o retraso, en la formación del estado moderno en España”. Por aquel entonces, el Emperador ya había entendido la necesidad de adaptarse a la cultura política y modo de vida hispánico y su popularidad había crecido (Lynch, 1991: 67), sobre todo gracias a su oposición al protestantismo, dejando de lado el hecho de que, en lo personal, el posicionamiento religioso del Emperador nunca fue ortodoxo y respondió también a intereses de orden político (Lynch, 1991: 103). La política exterior de Carlos V se divide en tres frentes, dos de ellos de carácter religioso: por un lado, la guerra contra los turcos en el Mediterráneo, por otro, la ofensiva antiprotestante en el centro de Europa, sobre todo desde 1541.

A ambos conflictos se suman sucesivos enfrentamientos contra Francia a causa de tensiones territoriales en Navarra, Borgoña y los ducados y señoríos italianos. En cuanto a las relaciones entre Portugal y la monarquía hispánica, durante el reinado de Carlos V gozaron de muy buena salud. Carlos V se casa en 1526 con su prima Isabel de Portugal, mientras que João III de Portugal, a su vez, estaba casado con Catalina de Austria, hermana del Emperador. La disputa por las islas Molucas, en el archipiélago indonesio, se resuelve pacíficamente a favor de Portugal (Pérez, 2011b: 257). En este sentido es destacable la ausencia de conflictos violentos graves entre dos países que, además de vecinos en el terruño peninsular, compartieron durante largos decenios la hegemonía mundial110.