Jesús de Nazareth no es un meteoro de la historia, es la respuesta ―encarnada‖ a una historia salvífica. Una historia que se hace concreción en un pueblo real: Israel. Toda la expectación mesiánica se hace presente en Él. El mesianismo es un tema común a todo el Antiguo Testamento. Desde el Primer Isaías, pasando por Jeremías, Ezequiel y Daniel, hasta Malaquías; Israel anhela un mañana mejor. Cristo es la ―plenitud de los tiempos‖ Ga 4, 4; Ef 1, 10 y en Él se unifican todos los anhelos humanos. Jesús no es mito, en el sentido de un símbolo, sino un hecho histórico. Tan humano que generó desconcierto: ―υorque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‗Demonio tiene‘. Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: ‗Ahí tenéis a un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores‘‖ Mt 1, 1κ. Es que el hombre ―religioso‖ espera un Mesías ―más allá de las nubes‖. En general en las religiones, Dios o ―los dioses‖ son tan lejanos que parecen ―superhéroes‖. Lo sorprendente en el Dios encarnado, es que es un hombre igual a nosotros, ―menos en el pecado‖ Hbr 4, 15; Jn κ, 46; β Cor 5, β1.
En mis años de juventud conocí al místico y poeta libanés, Khalil Gibran468, quien en su obra, especialmente, Jesús el hijo del hombre469, presenta a un Jesús
maravilloso que generaba ―admiración‖. No era para menos, así lo narran los
466 José Luis Mesa en su tesis doctoral, La antropología de Raimon Panikkar y su contribución a la
antropología teológica cristiana, citando a R. Panikkar en su obra, Elogio de la sencillez. Tesis de grado de José Luis Mesa; Studium Theologicum Xaveriana, Año 1 No. 2; 2010, p. 347.
467 X. de Zubiri, El hombre y Dios, 4ª. Edición, Editorial Alianza, Madrid, 1988.
468 Poeta libanés nacido en 1883 y muere en Nueva York en 1931. Fue un cristiano maronita de
férreas convicciones y muy enamorado de Jesucristo. E sus obras: El loco, El profeta; pero sobre todo, Jesús el Hijo del hombre, presenta a una Jesús muy humano. Una persona que impactó sobremanera en su época.
469 El poeta libanés al presentar a Jesús el hijo del hombre, lo describe como un hombre
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evangelios: ―υorque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus
escribas‖ Mt ι, βλ. La persona de Jesús es ―misteriosa‖470; es decir, despertaba
interés, porque sobrepasaba lo meramente visible. Reflejaba un ―no sé qué‖ en su interior. Sus críticos quedaban desconcertados. Gibrán se ubica en el tiempo histórico de Jesús y se ―sienta en la grama para escucharlo‖; dialoga con Jesús en tiempo presente. Leer ―Jesús el hijo del hombre‖ es situarnos en el presente de Jesús y establecer un coloquio de maestro-discípulo, ―sentado a los pies de Jesús‖.
En tiempos de Jesús, su pueblo se dividía en cuatro facciones, a saber: fariseos, saduceos, esenios y zelotes. En otro párrafo hicimos algún comentario sobre cada una de esos partidos. Jesús no se ―casó‖ con ningún grupo. τptó por el hombre, sin calificativos. Fue una persona libre. Pudo decir la verdad, pues no estaba condicionado por nada. Su único interés era el ser humano. Por eso tenía tanta autoridad. Sobre todo tenía autoridad moral, como ningún personaje en la historia, en todo igual a nosotros, ―excepto en el pecado‖. En diálogo con los fariseos, sus permanentes detractores, acerca de la ―autoridad‖ con que actuaba, los sumos sacerdotes y los escribas le interrogan: ―¿Con qué autoridad haces estoς, o ¿quién te ha dado tal autoridad para hacerlo? Jesús les dijo: Os voy a preguntar una cosa. Respondedme y os digo con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme. Ellos discutían entre sí: ―Si decimos del cielo; dirá: ¿Entonces, por qué no le creísteis? Pero ¿vamos a decir: De los hombres? Temían a la gente, pues todos tenían a Juan por un verdadero profeta. Respondieron, pues, a Jesús: ―σo sabemos‖. Jesús entonces les dice:
―Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto‖ Mc 11, βι-33. ¡Qué sabiduría
la de Jesús! Solo Él podía hacerlo. Definitivamente no pudieron con Jesús sus ―enemigos‖. σo hubo argumentos de razón para rebatirle. Lo mataron con argumentos de autoridad. No había ninguna conducta de Jesús que contradijera sus enseñanzas. He ahí su autoridad. Tuvieron que calumniarlo ante Pilatos, la autoridad romana, para poderlo crucificar.
La persona de Jesús ha suscitado interés lo largo de todos los tiempos. Ninguno como Jesús ha suscitado tanta controversia. Es un hombre incomparable y al
mismo tiempo tan cercano, hace ―kénosis‖ Fil β, 6-11. Jesús rompió todos los
esquemas. σos dicen los evangelios, la gente quedaba ―confundida‖. σo había de qué acusarle. La absoluta trasparencia de Jesús no fue ―soportada‖ por la maldad de los hombres. Su presencia no encontró ―lugar‖ en la ciudad de los hombres. ―σo hubo sitio en la posada‖ Lc β, ι. Tal es la mezquindad humana. Es que el
470 ―Misterioso‖ en el sentido que le da R. τtto a este calificativo: ―Fascinante‖, ―tremendo‖, Lo
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hombre es un ser paradoxal, tan grande y tan pequeño a la vez. Grande por Dios, pequeño por su pecado. No sé si resulto un tanto pesimista. Es que lo único que ha hecho el hombre, de su propia autoría, es ―el pecado‖ Gn γ. Los relatos del
juicio de Jesús muestran la ―pobreza‖ humana y la grandeza del hombre Jesús: Lc
22-23 y paralelos. Afirmo que el hombre es un ser paradoxal, pues como dice San Pablo, está llamado a hacer el bien y sin embargo hace el mal, Rm 7, 15 y 2 Cor 12, 7-10. ¡Ah! El hombre es un ser tan grande y tan pequeño a la vez.
En la descripción fílmica que hace Gianfranco Corsi (Francesco Zeffirelli) de Jesús, en la película, Gesù di σazareth, la ―Magdalena‖ se queda confundida ante la trasparencia de Jesús. Su pecado ante Jesús la avergüenza, pero al mismo tiempo siente gran atracción por Él, una atracción que al mismo tiempo la confundía. Había ―amado‖ a otros hombres; pero a Jesús lo ―amaba‖ de otra manera. Exclama: ―¡σo sé cómo amarlo!‖. Ese era Jesús, una persona que desconcertaba. A mayor pecado, el hombre se siente más desconcertado por Jesús. Jesús rompe todos los esquemas mezquinos del hombre. En un diálogo interesante con la samaritana, Jn 4, 5-42 esta mujer queda confundida. Ese hombre llegado a ―pozo de Jacob‖ es diferente, desconcierta. La mujer, seguramente lo había hecho otras veces, trata de engañar a Jesús. Ante la solicitud de Jesús de ―llamar a su marido‖; tiene el descaro la mujer de responder: ―σo tengo marido‖. Aquí muestra la mujer la realidad humana sin Dios; la persona miente descaradamente: ―σo tengo marido‖. Jesús es el hombre sin pecado. ―Bien has dicho‖, continúa Jesús: ―Has tenido cinco y que ahora el que tienes, no es tu marido‖. La diafanidad de Jesús confunde a la mujer. Jesús es un hombre que causa admiración.
Desde la mezquindad humana no se ―entiende‖ a Jesús. Jesús es
verdaderamente humano porque no tiene pecado. El pecado no pertenece a la naturaleza humana. En los relatos de la creación, no aparece el pecado. Por eso el hombre vive ―feliz‖. El ―paraíso‖ es la experiencia de la felicidad. El hombre al pecar rompe el plan de Dios permaneciendo inmutable el proyecto de Dios, de llevar al hombre a la plenitud. Jesús es la muestra evidente del plan de Dios. Jesús no tiene pecado. Es verdaderamente humano. En Jesús se ve el verdadero plan de Dios. Si el pecado está en el hombre, es como un ―huésped‖ indeseado en la naturaleza humana. San Pablo muestra en su propia experiencia esta realidad: Rm 7, 14ss; 2 Cor 12, 1-10. Pecar no es humano, es inhumano.
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Traigo a colación un libro del periodista británico Paul Johnson471. El tema, a mi juicio es muy apropiado para este acápite. Mientras los ―intelectuales‖ escriben mucho, Jesús no escribe nada. Su ―vida‖ supera lo que se puede escribir en muchos libros. Los libros nos llevan a un conocimiento; la vida de Jesús es un ejemplo a seguir. El autor nos muestra una enorme incoherencia entre el pensamiento de los ―intelectuales‖ y su vida. El autor toma las vidas desde Jean Jacques Rousseau, pasando por Marx y Tolstoi, Bertrand Russell, hasta Jean Paul Sartre. En la vida de estos personajes ilustres, encontramos la miseria humana. Definitivamente, Cristo es el único que llena los anhelos humanos.
Sería interesante que alguien elaborase una tesis de frontera entre teología y
sicología, en donde se analizara la ―personalidad‖ y la vida de los fundadores de
religiones. Encontraríamos sorpresas. En la sicología de los fundadores de religiones y los llamados ―místicos‖ de las religiones, habría que aplicarles un test sicológico, para constatar si son o no equilibrados. No sea que sus excentricidades sean consecuencia de alguna patología y no de su ―amor a Dios‖. Jesucristo, absolutamente humano, no tuvo ninguna ―rareza‖; compartió con todos, de manera especial con los indefensos y con los cuestionados, por los juicios mezquinos de los hombres. Como era absolutamente libre, no estaba atado a ningún pecado, pudo hablar claramente, sin temor a nada. Como su palabra era la consecuencia de su vida, asumió todos los riesgos, pues su detractores no encontraban en Él, nada para acusarle. Sólo la calumnia pudo con Él. El pecado de los hombres lo llevó a la muerte; pero desde el ―triunfo‖ del mal, venció al pecado, mostrando así el infinito amor por el hombre. Por nuestra experiencia de pecado, aparece Jesús como una paradoja. Una paradoja extremadamente admirable.
En Jesús no encontramos el mínimo pecado, Hb 4, 15; Rm 8, 3; 2 Cor 5, 21; Jn 8,
46. Sin embargo se ―hizo pecado‖ para hacernos verdaderamente humanos,
sacándonos del pecado, pues el pecado no hace parte de nuestra naturaleza; consecuentemente, no hace parte del plan de Dios. ¡Qué paradoja tan atractiva!472
471 La obra, Intelectuales, Javier Vergara editor, Buenos Aires, 1990. Aquí el autor no presenta el
pensamiento de los grandes intelectuales de los siglos XIX y XX, sino, de alguna manera, su vida. La vida de estos señores desconcierta frente a las bellezas de su pensamiento. En todos ellos se ve la miseria humana. Quienes haya vivido con ellos no creerán en su pensamiento. Mientras los
―intelectuales‖ escriben, Jesús no escribe, ―VIVE‖. Su vida es un ejemplo a seguir.
472 Permítanme copiar textualmente el dorso de la portada del libro de Johnson ya mencionado, υaul Johnson estima que: ―los trabajos del intelecto no surgen de una abstracción del cerebro y de
la imaginación, sino que ellos están profundamente enraizados en la personalidad‖. υor ello el libro
no está interesado en lo que los intelectuales han escrito sino en lo que han hecho. El autor sugiere que los intelectuales son tan irrazonables, ilógicos y supersticiosos como cualquier otra persona. Johnson revela las debilidades en que estos grandes pensadores han incurrido. Especial
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Que el Hijo de Dios se haga ―criatura humana‖ menos en lo que no es humano: el pecado. Concluyo este párrafo afirmando que el único paradigma es JESUCRISTO, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre. Cristo, el único paradigma de la significación de Dios.