El hombre primero habla, luego escribe. Desde que apareció el homo sapiens en la faz de la tierra, hubo milenios de oralidad. La oralidad es más rica en imágenes. Ordinariamente esas imágenes se traducían en ritos que a su vez, traducían mitos. La oralidad resulta más rica que la escritura. Con frecuencia la escritura limita la vivacidad de la oralidad. Las tradiciones orales en el pueblo de Israel pasan por varias generaciones y diferentes contextos culturales, recibiendo mayor influjo de los pueblos cananeos, a donde llegó Abrahán, proveniente del Corriente Fértil, hacia el año 1.850 a. de C. Además, por sus relaciones comerciales, tiene su cultura influencias de Egipto, por el sur; de Siria y Babilonia, por el norte; de Fenicia (actual Líbano) y ya dos siglos antes de Cristo, recibe el influjo de la cultura griega. La oralidad de Israel va desde el año 1.850 a. de C. hasta el año 950 a. de C. aproximadamente, cuando Israel conoce la escritura. Fueron los fenicios quienes se inventaron la escritura consonántica, que Israel conoce de primera mano, por sus diferentes incursiones y saqueos de que era objeto Israel, por parte de estos vecinos, como nos lo narra el libro de los Jueces, especialmente. Es decir, Israel vivió casi un milenio de oralidad. Las diferentes tradiciones orales van siendo leídas por las llamadas escuelas.
Las tradiciones orales son leídas por los hagiógrafos, como hombres de Dios y hombres de su tiempo. La escuela Yahvista, la más antigua, se remonta hacia el siglo IX a. de C.264. La escuela Yahvista se presenta bajo la letra J. Con este
nombre convencional se designa al autor de una de las cuatro fuentes literarias (la
263 En este acápite me fundamentaré, de manera especial en Ferdinand de Saussure, Curso de
lingüística general, Ed. Losada, Buenos Aires, 1979, 10a. edición
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que utiliza el nombre de Yahvé). Se eligió este nombre de Yahvé, porque el autor sagrado usa el nombre de Yahvé ya desde Gn 2, 4b, aunque hasta Ex 3, 15 no fue revelado este nombre a Moisés. Otras características lexicográficas de esta fuente serían: usar el nombre de Israel por el de Jacob, el de cananeos por amorreos. El estilo del yahvista es expresivo, ingenuo y ameno.
La escuela Elohísta, abreviatura E. Denominación convencional para designar al redactor de la fuente ELOHIM, una de las cuatro fuentes de las cuales, según la escuela de Reuss-Graf-Keuenen-Wellhausen, está compuesto el Pentateuco. Se le da este nombre, porque en las partes del Pentateuco atribuidas a él por la crítica, se da a Dios el nombre de ELOHIM. Otras características idiomáticas serían: la denominación de amorreos en vez de cananeos; Horeb, en vez de Sinaí. La escuela Deuteronomista, abreviatura D. Deuteronomio, significa, segunda ley. Fundamentalmente se encuentra en el libro del Deuteronomio. Es una lectura de la experiencia de Dios en Israel, hecha por segunda vez. El deuteronomista, género literario de la predicación, recibió en el Dt su forma definitiva y perfecta (unión de los hechos históricos con la parénesis, lenguaje amplificador e impresionante). El deuteronomista lee los hechos, experiencia salvífica de Israel, en clave de parénesis y exhortación a un cambio de conducta en fidelidad a la alianza.
Escuela Sacerdotal, abreviatura P (priestercodex =código sacerdotal). Esta escuela hace énfasis en el culto a Yahvé. Su influjo aparece fundamentalmente en el libro del Levítico. Le da importancia al oficio de los sacerdotes, cuyo origen se remonta a Aarón y Moisés. Le da importancia a los ritos y a las purificaciones. Jesucristo se va a enfrentar a la degradación del culto reducido a ritos, olvidando el espíritu de la alianza. ―σo es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre‖ Mt 15, 10. El discurso más fuerte de Jesús contra un culto externo está en la diatriba de Mt 23 en donde Jesús recrimina la hipocresía de los fariseos.
En toda esa cultura lingüística, Dios le va hablando al hombre desde la naturaleza humana. ¿Cómo se manifiesta el hombre? Saliendo de sí y ¿cómo sale de sí? Semióticamente. El lenguaje es la mayor expresión de la semiótica humana. El hombre es la mayor expresión de Dios. Dios se comunica con el hombre, significándose en él. Por eso continuemos hablando del lenguaje y su evolución. La oralidad sigue siendo la primera etapa de la comunicación humana. Antes de llegar a la escritura hubo largos procesos de evolución cultural en términos lingüísticos. De la escritura jeroglífica egipcia a la escritura cuneiforme de Mesopotamia; desde el uso de la arcilla y la piedra, hasta el uso del papiro
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(vegetal) y del pergamino (de origen animal), hasta el papel, ha habido una evolución significativa. En todo ese devenir histórico se constata la dimensión semiótica del hombre, en su afán de salir de sí. El hombre sólo se realiza si sale de sí, es decir, si es abierto a sí mismo, al otro y al Infinito. El signo es como la muestra evidente de la significación de Dios, siendo el mismo hombre realidad semiótica.
Ferdinand de Saussure distingue dos procesos filológicos en el desarrollo del lenguaje: el sincrónico y el diacrónico265. Lenguaje sincrónico, es la lengua como
está, sus reglas constitutivas. Es la parte estática de la lengua. Las reglas gramaticales hacen parte de la sincronía. La sincronía permite la permanencia de la lengua a pesar de los influjos geográficos y culturales. La diacronía estudia la evolución de la lengua. La diacronía hace viva una lengua. La fonética es el primer objeto de la lingüística diacrónica. La fonética diacrónica nos ofrece la evolución de los sonidos. Los cambios fonéticos obedecen a múltiples factores: etnia, clima, invasiones, cultura, etc. La lingüística diacrónica supone una perspectiva prospectiva que sigue el curso del tiempo y una perspectiva retrospectiva, que lo remonta.
El hombre en su proceso de evolución cultural se va conociendo más y es así cómo E. Kant en su Crítica a la razón pura, constata en el hombre su apertura trascendental, leída por K. Rahner en antropología trascendental hacia el Infinito- Dios y verificada en la encarnación de su Hijo, Jesucristo, como la mayor expresión de la comunicación de Dios. La revelación no cae en terreno desconocido. La revelación le es familiar al hombre, pues en ella constata la realización de su propio yo, como sujeto trascendental.