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CAPÍTULO II. MARCO TEÓRICO

2.2 Subjetividad juvenil

2.2.4 Cuerpos juveniles

En el marco de la relación libertad artística, exaltación de los sentidos y crítica a la sociedad burguesa conservadora y ahorrativa, la sociedad actual asiste a un momento de satisfacción inmediata en que a pesar de las relaciones con el poder descritas anteriormente, aún persiste el poder de Eros como principio de la sexualidad.

Onfray (2008), reconoce que el cuerpo siendo carne tiende a absorber el placer a través de los sentidos al construir la visión de un mundo sexuado, haciendo de la voluptuosidad una condición ontológica que surge con el sujeto mismo y que va adquiriendo forma conforme el individuo experimenta más vivencias. Esta voluptuosidad ha sido históricamente confinada a una sexualidad blanqueada, heterosexual, reproductora, burguesa y masculina en el goce, que se determina por formas socialmente aceptadas de la sexualidad.

Del cuerpo individual e individualizado hacia la noción de juventud como un sujeto plural, debe reconocerse que los jóvenes son asumidos desde sus prácticas de socialidad, dadas tanto en Comunidades Emocionales (Maffesoli, 1990, citado por Tutivén, 2001) como en Tribus Urbanas o Culturas Juveniles. (Tutivén, 2001). En un abordaje sobre la sexualidad juvenil, las

56 adscripciones identitarias14 permiten identificar toda una serie de lógicas desde las cuales se da origen a prácticas y discursos sobre su cuerpo y su sexualidad.

Vemos cómo los jóvenes configuran sus entramados del placer de forma intersubjetiva, al aproximarse al otro con su cuerpo – inscrito en comunidades a través de adscripciones identitarias –mediante una comunicación que trasciende el plano expresivo. Las formas en las que se apropian del capital simbólico que hallan en los objetos culturales, hacen que sus subjetividades adquieran características estéticas que, desde el cuerpo, impactan las estructuras sociales en el marco de la supremacía tecnológica. Sin embargo, aunque en plena posmodernidad se potencie una postsexualidad alejada de lo real, como afirma Díaz (2009), cada vez más los jóvenes nos enseñan con sus prácticas de danza, arte, teatro, capoeira, entre otros, que la sexualidad es un territorio material-simbólico. Ello hace que sea necesario empezar a apostarle a una subjetividad sexuada de los jóvenes que se entrecruce con el campo de la cultura política, desde el cuerpo juvenil.

Es válido preguntarse por estas formas de la identidad juvenil con relación a la sexualidad, así como por la relevancia de identificar al cuerpo como territorio de la subjetividad sexuada en jóvenes –con relación al problema de investigación– partiendo de que el primer territorio juvenil es el cuerpo ya que, con Foucault, este “es el vehículo primero de la socialidad, de su conquista y domesticación depende en buena medida el éxito o el fracaso de un proyecto social”. (Reguillo, 2004: 76). Desde esta perspectiva,

El dinamismo sexual implícito en el concepto de juventud constituye la creencia principal en la posibilidad de ejercer una sexualidad sin control, y hace evidente el por qué se desea un cuerpo joven, que represente la virilidad y la disposición para transitar en todos los espacios que tanto el mercado, como las grandes instituciones han impuesto sobre los cuerpos en la llamada posmodernidad. (Giraldo, 2013: 9)

La relación cuerpo-juventud es importante en la comprensión sobre las culturas juveniles, dado que es desde el cuerpo que los jóvenes crean diversos saberes, actitudes y representaciones, así como expresiones estéticas que van más allá de la moda y la música. En esta línea, Cerbino (2001) maneja como hipótesis que el cuerpo es un lugar de enunciación, una cartografía de las

14 Según Reguillo (2004) con este concepto nombra los procesos socioculturales mediante los cuales los jóvenes se adscriben presencial o simbólicamente a ciertas identidades sociales y asumen unos discursos, unas estéticas y unas prácticas, a través del acceso a bienes culturales, que no sólo constituyen objetos de expresión de las identidades juveniles sino son dimensiones constitutivas.

57 mediaciones simbólicas e imaginarias del sujeto juvenil. Luna (2014) complementa esta posición considerando que, si el cuerpo es el referente de nuestro modo de ser y habitar el mundo

nos definimos en la conciencia de ser algo, en primer lugar, porque el mundo se nos presenta y nos presentamos en este, gracias al cuerpo que somos. La primera relación con nosotros mismos es por el reconocimiento de nuestro modo encarnado de aparecer. El espacio es algo porque nuestro cuerpo lo ocupa, lo recorre. El tiempo es algo porque lo sentimos sensorialmente y, también, por la manera como deja sus marcas en el cuerpo. Somos sujetos porque tenemos conciencia de ser ahí y esa presencia es corpórea. (Luna, 2014:129).

Continuando con la relación tecnicidad-corporalidad en el marco de la posmodernidad, no podemos desconocer las formas en las que el poder –aprovechando los dispositivos con los que se restringen los cuerpos, sobre todo los juveniles– atraviesa las márgenes de la sociedad de consumo haciendo que los sujetos se vean volcados a una búsqueda incesante de experiencias sexuales que se agotan en los cuerpos como mercancía para hallar una satisfacción inmediata. Así,

Cuando se convierte la sexualidad en un producto de consumo se desecha el elemento vinculante y, por ende, las relaciones duraderas; a pesar de ello, los sujetos no pierden la necesidad de establecer vínculos, de ahí que se configuren nuevas formas de interacción aceptadas a nivel sociocultural dentro de contextos como el virtual, que, si bien no pueden desligarse del canon de consumismo, conceden espacios para la generación de sexualidades alternativas (Braidotti, 2004). (Citada en Giraldo, 2013: p. 6)

Todas las formas de nombrar el cuerpo15 atraviesan las instancias discursivas de la representación y la proyección, estableciéndose como categorías fragmentadas que, en el discurso, manifiestan tensiones para establecer las significaciones sobre lo erótico, lo joven y lo sexual. Cuando reconocemos que al nombrar las realidades y los sujetos se realiza un ejercicio político, reconocemos la importancia de que los jóvenes se autodenominen según sus vivencias.

Una hipótesis, según las categorías anteriores, es que una forma política de construir la sexualidad empieza por nombrar el cuerpo, lo que no está exento del vínculo con la tecnología y la comunicación en red. Por ello es importante insistir en la visibilización de los jóvenes como

15 En la revisión de literatura, sobre el cuerpo juvenil existe un amplio campo polisémico, configurado por las nociones de cuerpo escrito, cuerpo inscrito, cuerpo adscrito, cuerpo descrito, cuerpo excesivo, cuerpo pantalla, y cuerpo baile (Cerbino, 2001); cuerpo sin órganos (Deleuze y Guattari, en Díaz, 2009); cuerpo grotesco, cuerpo clásico en Bajtín, citado por Cerbino, 2001; terminando con corporalidad virtual o cibercuerpos Braidotti (2002) citada en Giraldo, 2013; y Cyborg, Haraway (1984) en Giraldo, 2013.

58 sujetos de deseo, en la que Hurtado (2007) reconoce en los jóvenes16 “su capacidad de creación (estética), que en la dialéctica instituyente—instituido configuran nuevas formas de deseo, nuevas formas de relación y nuevos entramados de significación”. (2007: 17).

Para comprender las formas en las que el cuerpo ingresa en los entramados eróticos del deseo desde las subjetividades juveniles, el investigador encontró en los relatos de los jóvenes que

El placer en la relación con el erotismo es construcción de otro cuerpo, de un cuerpo que con otro se convierte en cuerpo nuevo, que surge a partir de la comunicación que establezco con el otro, de la capacidad de ese encuentro. El sexo es la máxima expresión del placer y el contacto con otra persona, con otro cuerpo es lo que permite, y de hecho hace la diferencia cuando de disfrutar el placer se trata. Además, los jóvenes consideran que mediante el placer no sólo develan el cuerpo del Otro sino también su propio cuerpo. (Hurtado, 2007: 204 y 206).

Esto solo puede ser posible si se reconoce esta naturaleza política del cuerpo, que inicia con la percepción y la conciencia de un ser intersubjetivo, incrustado en las lógicas, en los entramados comunicativos de los espacios sociales, pero también encarnado en las sensibilidades que le permiten sus sentidos. Así,

el sujeto mundano, quien percibe a otros y a otras y se sabe percibido, y esto sucede porque es un cuerpo dotado sensorialmente: olfato, vista, oído, tacto, gusto, propioceptividad e intuición; todo ello supone un cuerpo que aparece ante otros y se pregunta por el quién de su ser; al mismo tiempo que pregunta a otros y a otras por los suyos, para construir así el mundo plural propio de la experiencia en lo público. […] Por ello es aquel que se reconoce en un mundo compartido con otros cuerpos vivenciados, relación contenida en la subjetividad política como fuerte experiencia estética, apuntalada, además, en el hecho de que la pluralidad nos remite a la posibilidad de admitir un mundo habitado por diferentes y originales. (Luna, 2014: 132- 133).