CAPÍTULO II. MARCO TEÓRICO
2.2 Subjetividad juvenil
2.2.1 Sujetos jóvenes contemporáneos: entre lo real y lo virtual
Como punto de partida, y siguiendo a Díaz (2009) es necesario reconocer que los sujetos somos construcciones históricas a partir de las prácticas y los discursos del tiempo en el que estamos siendo. Si esos discursos regulan nuestras prácticas, y los discursos son heredados para organizar nuestro comportamiento, el choque con las nuevas tecnologías genera procesos de fragmentación en la constitución de nosotros mismos.
Si esto es así, los jóvenes emergen en la cultura como sujetos histórico-sociales9 considerados en la modernidad; de allí se plantea que, como toda conceptualización, la noción de juventud sea un problema simbólico, al referirse “a las interacciones entre las fuerzas del poder, el saber y el deseo, que constituyen a los sujetos y que son fundantes de la cultura. Así las cosas, La noción de joven aparece como pareja simbólica de la de adulto”. (Escobar, 2009: 105). Esto ocurre porque el mundo adulto es asumido desde una perspectiva gobernada por la razón y su permanente tensión con el deseo, mientras que lo joven es visto desde el caos que es necesario organizar para que sea la promesa del mañana en la civilización moderna.
Algunos de los elementos que inciden en la construcción y reconfiguración del sujeto juvenil, y que ameritan ser tenidos en cuenta para comprender las dinámicas que configuran sus
9 Para Reguillo (2004), los jóvenes emergen dentro de la escena pública a partir de los años 60 en el marco de los movimientos estudiantiles de carácter rebelde; afirmando que sobre los jóvenes se configuró el imaginario simbólico de la pobreza y la violencia, lo que hizo necesario administrar estas subjetividades desde la biopolítica como disciplina. Para el caso de los sujetos jóvenes colombianos, Escobar (2009) manifiesta que esta emergencia se dio en la década de los 80, como categoría relacional entre el sicariato y la participación política en la Asamblea Nacional Constituyente. En esta línea, a finales del siglo pasado, surgió una juventud urbana que se apropiaba de productos culturales y música relacionada con grupos sociales determinados y cuya expresión tiene un carácter performativo con respecto a la identidad.
47 subjetividades, se relacionan con la forma en que se visten, la música que escuchan y los demás objetos culturales que consumen como parte de su identidad.
Esta configuración múltiple ocurre porque, en el marco que ofrece la posmodernidad, las lógicas del consumo, la industria cultural y la cultura de medios se configura la experiencia vital de los jóvenes desde lo simbólico, lo que redunda en sus prácticas sociales y de subjetivación.
De otro lado Reguillo (2004), desde un enfoque descriptivo hace una revisión metodológica sobre los estudios relacionados al consumo y a las prácticas de culturas juveniles, desde la vida cotidiana como lugar para interpretar la realidad. En otra mirada, interpretativa, se intenta problematizar al joven desde su condición de sujeto de discurso, o, lo que es más, reconocer su poder de participación. Asimismo la vida cotidiana de los mundos juveniles se asume como lugar metodológico desde el que se interpreta la realidad, arrojando tres grandes ejes de investigación: el que reconoce a la identidad como factor clave para comprender las culturas juveniles (Barbero, 1995), el que cuestiona la relación alteridad-identidad en el proyecto identitario juvenil; y finalmente, el que estudia las prácticas o formas de acción por parte de jóvenes cuya revaloración de la política se vincula con la cultura (Jameson, 1993).
Sin embargo, alejados de estos 3 lugares previsibles, “son la narrativa cinematográfica y la literatura las que han logrado interesantes acercamientos analíticos y críticos en torno a los espacios tradicionales de socialización de los jóvenes, como la escuela, la familia, el trabajo, sin “perder” al sujeto juvenil”. (Reguillo, 2004: 44). Esto resulta sumamente significativo porque en estas narrativas se cuestiona el orden institucional en el que se desenvuelven los jóvenes, que se evidencia, según la autora, en las películas Reality Bites (1994) – sobre los jóvenes de la Generación X; Dead Poets Society (1989), en el marco de la enseñanza de literatura; Breakfast Club (1985), sobre estereotipos de jóvenes escolarizados; y Santana, ¿americano yo? (1992), con la problemática de inmigrantes juveniles, entre otros.
Y hablando de productos culturales, dentro de la lógica del mercado en la que el consumo es el todo que regula las identidades y los cuerpos, se originan adscripciones que configuran la identidad. Esto tiene sentido por la cantidad de productos que son asumidos con un valor sociocultural, que sirve para identificar tanto sujetos como colectivos: la ropa, el consumo de cierto tipo de música, incluso la literatura configura hoy estos entramados. Por ello,
Hoy como nunca hemos entrado en una fase acelerada de producción social de formas estéticas masivas. El mercado, apoyado por una industria publicitaria que propone patrones de identificación
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estética globalizada, es lo suficientemente hábil para captar y resemantizar los pequeños o grandes giros de la diferencia cultural, lo que genera sujetos producidos en forma transnacional. (Reguillo, 2004: 81)
Desde una perspectiva crítica en medio de estos flujos informáticos, la cultura del audiovisual determina que los lazos sociales estén cada día más relacionados con la comunicación de masas. Pero estas relaciones no surgen espontáneamente, sino que se generan a partir de la intensificación del vínculo entre las tecnologías y la vida cotidiana, por lo que
El sujeto virtual (o digital) en tanto subjetividad sigue conservando un discurso, pero – al menos para quien se comunica con él – no garantiza identidad. La identidad puede ser azarosa y cambiante. La única coherencia posible es el discurso, el cual, asimismo, es pura escritura en un espacio virtual. Soy un sujeto virtual. El otro es lo mismo. Un sujeto sin certezas. Un sujeto sujetado a las prácticas digitales, dependiente de la energía, sometido al corte de luz. Si nos constituimos como sujetos a partir de los discursos y las prácticas sociales, estos discursos y estas prácticas digitales están constituyendo a los jóvenes del siglo XXI. (Díaz, 2009: 106-107).
Esto impacta en las subjetividades juveniles porque, en palabras de Muñoz (2001) los jóvenes son “objetos sociológicos” desterritorializados10 debido a la mundialización de los consumos, y la constitución identidades posmodernas. Estas identidades se estructuran en la producción industrial de una cultura mediada por el nuevo sensorium tecnológico o sensibilidad, como una forma de percibir la realidad ligada a la tecnicidad. (Tutivén, 2001).
Con relación a este sensorium, caracterizado por la digitalización, la fuerza de la imagen y la virtualización del sujeto, hay que considerar cómo estos elementos ligados a los usos y las mediaciones sociales han “formateado” la subjetividad juvenil en el marco de la tecnofascinación. Es, en este escenario, que se da la desterritoralización de las interacciones sociales, se relaciona con la producción cultural y simbólica de relatos como el audiovisual, que se implican con los jóvenes para ser mediaciones de su estar en el mundo.
10 Germán Muñoz manifiesta la existencia de “sustratos juveniles desterritorializados, cuyos elementos constitutivos permitirían hacer una propuesta radical de la juventud como fenómeno global, en el que los países, las sociedades nacionales, ya no serían el foco central para la definición territorial de nuestra temática, sino que lo sería un conjunto de elementos – maneras de pensar, de vestirse, de comunicarse, de comportarse. Así, la juventud se entendería como el cruzamiento de estas maneras de ser, permitiéndonos comprenderla en su extensión mundializada.” (Citado en Tutivén, 2001: 107).
49 Sin embargo, esta virtualización de la juventud se tensiona al reconocer que “el joven es un individuo social que entra en interacción con otros para ser sujeto, por lo que “para los jóvenes actuar sobre sí mismo no es suficiente, es necesario mostrarlo públicamente, pasar de las palabras a los hechos, lo que rompe el dualismo entre lo interno y lo externo, entre lo individual y lo grupal” (Hurtado, 2007: 162).
De la discusión anterior, es claro que las subjetividades juveniles son atravesadas por las dinámicas del consumo, la cultura de medios y la posmodernidad. En tal sentido, podemos rastrear las formas en las que desde afuera se moldean las agrupaciones juveniles y sus procesos de identidad que van de acuerdo con la moda, la lógica del consumo, la virtualización del sujeto, y el vaciamiento del sentido por parte de la sociedad. Pero asumir que los jóvenes no tienen escapatoria es hacer una lectura muy ingenua y oficial del asunto. Como vimos, es en las narrativas donde existen los procesos autónomos que permiten a los jóvenes configurarse como sujetos activos y productores de sentidos, sea en la identidad narrativa, en la identidad liminal, en las narrativas autobiográficas o en las narrativas posestéticas del cine y la literatura contemporáneas. Por ello adquiere relevancia visibilizar las formas en las que estos sujetos construyen la significación de la realidad en el arte, las manifestaciones culturales, sus formas de agrupación y sus acciones políticas, en suma, su performatividad11.