CAPÍTULO II. MARCO TEÓRICO
2.2 Subjetividad juvenil
2.2.5 Subjetividad juvenil sexuada
Al indagar por cómo se da la subjetividad sexuada en jóvenes, el supuesto del que parto considera una comprensión política de la sexualidad, configurada desde el ejercicio de la libertad y el respeto por el otro en una instancia dialógica y consensuada, donde se deben dar las prácticas del placer. Para lograrlo, se requiere concebir al otro como igual asumiendo la
16 Hurtado plantea su investigación sobre Jóvenes urbanos de Popayán para establecer que las significaciones imaginarias de deseo no se restringen al plano de la sexualidad, sino que el deseo requiere de una concepción más amplia en la que el ser, el querer y el tener se convierten en directrices de la subjetividad juvenil.
59 autonomía del sujeto y la democracia del deseo, tanto como un conjunto de reglas de juego que se expliciten a través de un contrato, siguiendo las propuestas de Giddens (2000) y Onfray (2008). Ello se da luego de la reflexión sobre la sexualidad juvenil en el marco de las narraciones posestéticas, ya que es desde este escenario que se configura su deseo. En este punto, la sexualidad
es una codificación social [y discursiva] del deseo. El deseo no tiene sexo, no reconoce sexo. Es la sociedad la que obliga al deseo a ser sexuado. La pareja es una miniatura del deseo. Constituye un conjunto de prácticas, discursos, normas, reglas, sobreentendidos y miradas y actitudes del orden del deseo, relacionadas no sólo con lo genital sino también con todos los orificios, las eminencias y las mucosas propias y ajenas. Las significaciones se hacen extensivas al cuerpo en general y también a animales y objetos. El imaginario de la sexualidad alcanza asimismo a ciertas músicas, figuras, olores, colores, ademanes, temperaturas, texturas y – en nuestro tiempo – también a los medios masivos y digitales. (Díaz, 2009: p. 142 -146)
Como afirma Giddens, las relaciones íntimas, bajo las posibilidades de la autonomía –y el reconocimiento de la intimidad, implican una promesa de democracia que cumple con las siguientes condiciones:
desarrollo del yo como prioridad absoluta, deseo de un consentimiento, libertad de elección, equilibrio y reciprocidad en la negociación; compromiso, negociación o liderazgo compartido; se comparten deseos y sentimientos, y se aprecia lo que opina el otro, desprendimiento amoroso (preocupación sana sobre el bienestar y desarrollo del otro, sin atosigarle); el sexo surge de la amistad y del cariño, solución conjunta de los problemas, ciclo de bienestar y satisfacción. (Hayes, (1989) citado en Giddens, 2000).
Así, las características de la vida democrática son llevadas a la reflexión en el terreno de las relaciones íntimas para establecer un marco ético, en el que la autonomía, la confianza, la responsabilidad y la autoridad son destacadas como fases de la negociación entre sujetos, que pasan por una serie de mecanismos. El que se devela para los fines de esta investigación es un contrato implícito oscilante, que en palabras de Giddens (2000) permite que exista una negociación sobre los términos de la relación, en el que se fijan unas reglas, pero también se establece flexibilidad. En este es fundamental el diálogo, ya que es a través de este la relación se organiza reflexivamente.
En este punto se conecta con Onfray (2008), quien devela su propuesta desde el materialismo hedonista, yendo en contra del deseo asumido como ahorro, carencia y gasto.
60 Desde esta perspectiva, una cualidad del contrato está delimitada por la eumetría, de tal suerte que
no hay contrato posible más que entre personas de lealtad y de capacidades éticas parecidas. Habida cuenta de que esta forma moral, heredada del mundo político y jurídico primitivo helénico, aspira a la realización del placer y a la prevención del displacer, es necesario que los dos contratantes sepan a qué se comprometen para producir el júbilo de los dos y para descartar todas las ocasiones penosas. En materia de intersubjetividad sexuada, el contrato aspira a las modalidades de la relación que se propone gozar y hacer gozar, sin que aparezca ningún dolor ni para uno ni para el otro. Nadie está obligado a concertar un pacto, pero cualquiera que lo haya suscrito debe imperativamente mantener su palabra. (Onfray, 2008: 186).
El contrato aspira a la prevención del perjuicio infringido y a la del daño sufrido. Ni sufrir, ni hacer sufrir; ni perjudicar, ni ser perjudicado; ni usurpar la libertad del otro, su autonomía, su independencia, ni tolerar que éste invada nuestro propio terreno. (Onfray, 2008: 188).
La apuesta entonces redunda en la configuración de una intersubjetividad hedonista que garantiza a través del compromiso ciertas posibilidades voluptuosas. Cabe aclarar que esta perspectiva en ningún momento se plantea como utilitarista o desdeña del afecto como parte fundamental de las relaciones de pareja; lo que el autor afirma es que en el cuidado de sí – condición del libertino17 – y el cuidado del otro – garantía del contrato en la línea de la eumetría – existe un intento por lograr el igualitarismo ético en el que los compañeros se equiparan en derechos y responsabilidades. Por ello, volviendo a Giddens,
la emancipación sexual, creo, puede ser el medio de lograr una reorganización emocional de amplio espectro de la vida social. Este concepto, más que ser un agregado de cualidades o formas de conducta, es entendido mucho más efectivamente de forma procedimental, como la posibilidad de la democratización radical de la vida de las personas. Quien dice emancipación sexual, a mi entender, dice democracia sexual. No sólo es la sexualidad lo que está en juego. La democratización de la vida personal se extiende potencialmente también, de manera fundamental, a las relaciones de amistad, y nuclearmente, a las relaciones con padres, hijos y otros parientes. (Giddens, 2000:165).
17 Pero para que pueda existir una negociación entre iguales, Onfray introduce una categoría subjetiva imprescindible: el libertino, en el primer sentido del término, designa al liberto que no pone nada por encima de su libertad. Nunca reconoce ninguna autoridad susceptible de guiarle, ni en el terreno de la religión, ni en el de las costumbres. Vive siempre según los principios de una moral autónoma lo menos apoyada posible en la dominante de la época y de la civilización en la que se mueve. (p. 26). El libertino, tal como lo entiendo, nunca contrata por encima de sus fuerzas o posibilidades: no pone nada por encima de su libertad; nunca se ha extraviado en las promesas que comprometen para la eternidad; nunca ha seducido al otro con edenes en los que no cree; nunca juega con las palabras, la voz y la retórica para obtener despreciables éxitos a través de la mentira; nunca hipoteca el futuro, ni traza ningún plan astronómico, nunca habla de los años por venir; dice lo que va a hacer y hace lo que ha anunciado; desde el primer momento afirmó que no se sacrificaba a las mitologías y a los fantasmas familiaristas de su cultura.. (2008: 187)
61 Esta democratización radical afecta la socialización y la identidad de los jóvenes, que se hace cada vez más horizontal, participativa y consensuada. Por tanto, una política de la vida (sexual) atraviesa las dimensiones de la identidad, el diálogo, la negociación, la explicitación de límites, la corresponsabilidad, el derecho a ser yo, entre otros.
Como vemos, este escenario le apunta a una subjetividad sexuada que trasciende el plano normativo y del poder, y que se libera a través del potencial de Eros, en toda suerte de disposiciones que parten de la amistad con uno mismo y la hospitalidad erótica (Onfray, 2008). En el primer caso, se trata de renunciar a la pérdida de identidad, al sufrimiento, a la violencia, a la desfiguración, al odio sobre sí mismo, a la culpa y a la idea de pecado. Ello va a ser condición fundamental de la hospitalidad erótica, que busca el cuidado del otro, y “supone la delicadeza y la dulzura, la capacidad de tener relaciones finas con el otro, el arte de leer los signos microscópicos y el de descifrar las cantidades infinitesimales que hay en juego en toda relación” (2008: 197). Así puede establecerse el contrato con un igual.
En tal caso, apuestas de Giddens y Onfray se constituyen en políticas porque marcan un horizonte ético de la sexualidad, que en la intersubjetividad y la negociación adquieren su trasfondo a partir de la emancipación y la democratización sexual.
Esta apuesta política por la subjetividad sexuada de los jóvenes sólo puede darse considerando que frente a las perspectivas del deseo como ahorro, como carencia, como falta, como instinto que debe perpetuarse en la procreación, surgen como alternativas la erótica solar (Onfray, 2008) y la sexualidad plástica (Giddens, 2000). En el primer caso, “la erótica solar se apoya en una formidable voluntad de goce cuyo principio axiomático supone un gran sí a la existencia, una doble y mutua aceptación inmediata de las fuerzas que nos agitan y amenazan desbordarse”. (Onfray, 2008: 138). Es desde esta erótica que se vivencia en la teoría del cuerpo enamorado que lo político se ve determinado por el reconocimiento de sí mismo y del otro como iguales, ello ofrece una perspectiva performativa autónoma concertada en un contrato en el que el ser pueda ser libre siendo libertino. También se considera en un plano estético, ya que reflexiona sobre el valor de la libertad, la belleza y la estética de la existencia, desde las debidas consideraciones filosóficas.
62 En el segundo, como otra alternativa de configuración de la subjetividad sexuada que se enfoca en desterritorializar el metarrelato sobre la sexualidad femenina – para que las mujeres pueden liberarse de las imposiciones que la sociedad ha determinado para su sexualidad – surge la categoría de Sexualidad plástica18 que se explicita en que
La plasticidad de la respuesta sexual se canaliza sobre todo por medio de un reconocimiento de los gustos de los compañeros y su opinión de lo que es o no disfrutable o tolerable. […] La sexualidad plástica puede convertirse en una esfera que ya no contiene el detritus de las compulsiones externas, sino que en su lugar aparece como una forma entre otras de autoexploración y de construcción moral. (Giddens, 2000: 132-133).
Con lo anterior podemos afirmar que una consideración política de la subjetividad sexuada de los jóvenes puede configurarse a partir de lo planteado por los autores, trabajado desde las categorías del contrato, la hospitalidad erótica, y la sexualidad plástica. Sobre el contrato, la reflexión manifiesta que es desde la autonomía, el respeto, la amistad y el reconocimiento de sí mismo y del otro, que se da la libertad tanto como el disfrute de la sexualidad.
Esta apuesta es política por constituirse estéticamente en una relación intersubjetiva que exige posicionamiento frente al cuerpo, la identidad y los discursos para ser sujetos de deseo en la contemporaneidad. Así, podemos apostar a una formación crítica que desde el diálogo permita negociar los significados y sentidos de la sexualidad, así como configurar los límites de la experiencia sexuada de los jóvenes, de acuerdo con lo que hemos encontrado en los discursos sobre subjetividades juveniles contemporáneas y su relación con las narraciones posestéticas.
18 La sexualidad plástica es una sexualidad descentrada, liberada de las necesidades de reproducción. Tiene sus
orígenes en la tendencia, iniciada a finales del siglo XVIII, a limitar estrictamente el número familiar; pero se desarrolla posteriormente, como resultado de la difusión de la moderna contracepción y de las nuevas tecnologías reproductivas. Puede quedar moldeada como un rasgo de la identidad. Al mismo tiempo – en principio – libera la sexualidad de la hegemonía fálica, del desmedido predominio de la experiencia sexual masculina. (Giddens, 2000 p. 12).
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