CAPÍTULO II. MARCO TEÓRICO
2.2 Subjetividad juvenil
2.2.3 Sexualidad, erotismo y deseo
Asumiendo que el erotismo es una condición propia de la sexualidad13 humana – siguiendo los postulados de Bataille, la investigación de la sexualidad en ciencias sociales sobre este tema ha estado relacionada con tres paradigmas:
el primero aborda el estudio de los metarrelatos religiosos y las cosmovisiones míticas de diferentes culturas; el segundo desde las teorías sociales que asumen la sexualidad como una construcción cultural, donde se reconoce que el relativismo admite la particular configuración de los comportamientos reconocidos como sexuales a nivel temporal y espacial de la humanidad, pero que, al interpretarse como configuración temática de cada cultura, se convierten en atemporales, es decir, que se dará en toda y cualquier sociedad independientemente de las formas que adopte, y el tercero en el que la sexualidad se explica como dispositivo de poder, que emerge en la modernidad occidental como parte de la tendencia del siglo XIX de estructurar el cuerpo para estudiarlo desde una visión cientificista, con el propósito de regular ciertos comportamientos. (Giraldo, 2013: 3-4).
13 Como dimensión constitutiva, “La sexualidad es una codificación social [y discursiva] del deseo. El deseo no tiene sexo, no reconoce sexo. Es la sociedad la que obliga al deseo a ser sexuado. La pareja es una miniatura del deseo. (p. 142-143). Constituye un conjunto de prácticas, discursos, normas, reglas, sobreentendidos y miradas y actitudes del orden del deseo, relacionadas no sólo con lo genital sino también con todos los orificios, las eminencias y las mucosas propias y ajenas. Las significaciones se hacen extensivas al cuerpo en general y también a animales y objetos. El imaginario de la sexualidad alcanza asimismo a ciertas músicas, figuras, olores, colores, ademanes, temperaturas, texturas y – en nuestro tiempo – también a los medios masivos y digitales”. (Díaz, 2009: p. 146)
53 En el primer caso, los límites del ejercicio de la sexualidad están dados por los discursos teológicos que regulan moralmente las prácticas sexuales; mientras que, en el segundo, se ubican dos perspectivas desde la construcción social: a). la sexualidad comprendida según condiciones sociales e históricas particulares que aprueban/desaprueban los asuntos del cuerpo; y b). la perspectiva foucaultiana desde la que se asume la sexualidad como un dispositivo de poder a través de estructuras definidas.
Para comprender cómo se configura la sexualidad, es preciso reconocer sus límites con relación al poder, el deseo, el erotismo y la voluptuosidad. De Marx a Foucault, Díaz (2009) cuestiona las formas en las que se han invisibilizado los efectos negativos del capitalismo tardío tanto en la miseria de las clases populares como en la represión sexual de los sujetos. Para ello sitúa el debate en torno a la noción de poder como acción ejercida para influenciar en la conducta del otro, poder que se relaciona con el deseo, su discurso y codificación. Así,
el deseo codificado por el poder significa que quienes ejercen un poder buscan “interpretar” el deseo de aquellos sobre los que ejercen hegemonía. Es decir, darle una representación para que se haga consciente. De manera tal que, al codificar el deseo, éste se torne manejable. Se torne también previsible y “despotenciado” para los cambios. Es de gran utilidad, para quienes ejercen densamente poder, que las personas se apeguen a ciertas representaciones del deseo. En función de esas representaciones es efectivo el marketing.. Ello es posible gracias a las diversas formas discursivas que generan producciones simbólicas, a los habitus y en general al consumo de capital simbólico por parte del sujeto, ya que, en el capitalismo, se codifica el deseo como mercadería para ser consumida. (Díaz, 2009: 136).
Frente a este paradigma, Deleuze y Guattari manifiestan que el deseo es una producción social y, por ello, según la época las sociedades generan distintos tipos de deseo, “o diferentes maneras de “encauzar” las intensidades deseantes. Estas intensidades se proyectan hacia lo otro, hacia lo que está fuera de nosotros. (Citados en Díaz, 2009: 133).
Sobre el deseo Hurtado (2007) plantea el deseo como potencia y carencia. En el primer caso, siguiendo la línea de Spinoza, Deleuze, Guattari y Foucault; en el segundo, Freud, Sartre y Lacan. Al hablar de la potencia encontramos que si para Spinoza el deseo es esencial en el hombre por cuanto establece formas de actuación, ligadas en sí mismas al individuo; para el caso de Deleuze y Guattari se trata más de la referencia al cuerpo sin órganos, que en otros textos estará referido a lo inconsciente social, a la intensidad del deseo que aún no ha sido limitada; y finalmente, Foucault hace una articulación con el poder desde la que en un segundo momento desarrollado en Historia de la sexualidad II: El uso de placeres, afirma: «se trata más bien de la
54 dinámica que los une a los tres de manera circular (el deseo que lleva al acto, el acto que está ligado al placer, y el placer que suscita el deseo)». (Foucault, 1983 en Hurtado, 2007:173).
Ahora bien, en cuanto al deseo como carencia, se advierte que tiene un recorrido histórico desde Platón, quien afirma que no puede haber deseo sin privación y sufrimiento; continúa con los postulados cristianos sobre el placer del cuerpo y su necesaria privación para elevar el carácter del espíritu; y persiste hasta el psicoanálisis freudiano que introduce las ideas sobre el apego objeto de deseo y la resolución de necesidades. Además, el deseo como carencia se ve matizado por la relación que se establece con la libertad y con los otros, discusión a la que contribuye Sartre (1993) y Lacan (1981) lo que retorna al deseo como carencia de la mitad pérdida.
De la discusión anterior es importante recalcar que el deseo como carencia se ha institucionalizado a través del discurso, en el que la carencia asume el papel regulador sobre la conducta que lleva al sujeto a enfrentarse con las instancias del placer. El deseo como carencia es la vertiente dominante de su codificación (representación e intervención) en instituciones como la iglesia, la familia y el estado; mientras que, como exceso, es desplegado de manera liminal y marginal por instancias no tradicionales, más de corte hedonista (el mercado). Finalmente, el deseo como potencia es el que inventa, crea y revoluciona.
En la línea de Hurtado, Onfray (2008) realiza una genealogía del deseo, que involucra una lógica del placer y una política de las disposiciones para reflexionar sobre el papel de la falta, del ahorro y del instinto en la tradición idealista y renunciante – desde Platón, Aristófanes, Bataille, el metarrelato judeo-cristiano – y luego sobre el exceso, el gasto y el contrato en la línea del materialismo hedonista, encarnada a partir de Demócrito, Diógenes, y el mismo autor, que servirá para establecer las consideraciones políticas sobre la sexualidad.
Dentro de esta relación entre la sexualidad y el poder, es significativo reconocer que, en las márgenes de la sociedad de consumo, los sujetos se han volcado a una búsqueda incesante de experiencias sexuales que se agotan en los cuerpos como mercancía para hallar una satisfacción inmediata. Sin embargo,
Cuando se convierte la sexualidad en un producto de consumo se desecha el elemento vinculante y, por ende, las relaciones duraderas; a pesar de ello, los sujetos no pierden la necesidad de establecer vínculos, de ahí que se configuren nuevas formas de interacción aceptadas a nivel sociocultural dentro de contextos como el virtual, que, si bien no pueden desligarse del canon de consumismo, conceden espacios para la generación de sexualidades alternativas (Braidotti, 2004). (Giraldo, 2013: 6)
55 En último lugar, siguiendo a Deleuze-Guattari y Foucault en los tránsitos de la posmodernidad, la postsexualidad se ve determinada por la intensidad de la energía libidinal, que permite distintos acoplamientos en máquinas/singularidades deseantes. De allí la necesidad de evidenciar que
Las singularidades deseantes (por ejemplo, una persona) ni siquiera son individuos. Hay multiplicidad de ellas en cada individuo. Cada uno de nosotros concentra una multiplicidad de “modos de ser” con relación al deseo. […] Vamos construyendo nuestro deseo con fragmentos de estímulos que orientamos hacia lo que creemos que es el objeto de nuestro deseo. Tal objeto no es sino la representación de algo que por sí mismo es irrepresentable. Porque el objeto más deseado es el que genera más deseo. El deseo puede plegarse a la gran masa social (molarizada) o encontrar una salida. Si lo logra, se torna micro, polivalente, múltiple (molecular). Inventa, crea, revoluciona, transgrede. (Díaz, 2009: 137)
En esta relación, apuesta por una ética hedonista, será fundamental para establecer las consideraciones políticas de la sexualidad.