Inseguridad y temor en la ciudad
1 DEBATE CONCEPTUAL: ¿TEMOR IRRACIONAL?
Los estudios sobre el temor son relativamente nuevos y se desarrollan por lo general en el contexto europeo y norteamericano, donde se evidencia una mayor tradición en la realización de encuestas urbanas de victimización. Lamentablemente, en América Latina estos análisis son aún más recientes y en general exploratorios, debido a la carencia de información longitudinal. En muchos centros urbanos se carece de información rigurosa que permita analizar las diversas aristas de un problema tan complejo como la sensa- ción de inseguridad de la población. Sin embargo, algunos documentos publicados en los últimos años inician una tradición de análisis en el tema. Así, por ejemplo, los textos de Rotker (2002), Caldeira (2000), Dammert y 1 Cabe destacar que gracias al desarrollo de la criminología feminista en Estados Unidos (véase Britton 2000), se generó un cambio importante en la Encuesta Nacional de Seguri- dad Ciudadana (Chile) aplicada en 2003 y 2005 (INE 2004 y 2005), que incluyó preguntas sobre violación, a la vez que se rediseñó la forma como se enfrentaba metodológicamente la victimización en el hogar. Luego del rediseño, los estimados generales de victimización personal subieron en 44 por ciento y los de victimización por violación y abuso sexual en 157 por ciento. Adicionalmente, el nuevo instrumento generó un incremento de 72 por ciento de las mujeres que reportaron haber sido víctimas de sus parejas, y de 155 por ciento de la victimización por parte de otros parientes.
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Malone (2002), Sozzo (2000), Dammert y Lunecke (2002), son solo muestra de una literatura que estudia la sensación de inseguridad desde perspectivas analíticas diversas pero complementarias.
El análisis de la percepción de inseguridad y género se ha desarrollado incluso con menor detalle, por lo que se tomarán principalmente referencias de la literatura internacional para defi nir un marco conceptual, así como las principales señales de la evidencia empírica sobre esta relación. En Améri- ca Latina la literatura feminista ha hecho importantes contribuciones a la visibilización y reconocimiento del fenómeno de la violencia intrafamiliar como tema de política pública; al mismo tiempo, ha puesto en evidencia las enormes trabas que enfrentan las mujeres para desarrollarse en la sociedad, en especial en lo referente a su ingreso al mercado laboral y a las condiciones de trabajo en que lo hacen. El tema de la sensación de inseguridad de las mujeres, por tanto, ha estado especialmente vinculado con la alta presencia de violencia en la esfera privada —el hogar— y la condición de subordi- nación en que ellas viven al interior de la cultura patriarcal, lo que infl uye sobre la forma como las mujeres se relacionan con el espacio (en especial el público) y el tiempo.
En general, se puede afi rmar que casi toda la literatura internacional da cuenta de mayores niveles de temor en las mujeres que en los hombres (Davies, Francis y Jupp 2003; Ferraro 1995; Hollway y Jefferson 1997). Este hallazgo, que en algunos casos muestra que el nivel de temor en las mujeres prácticamente duplica el de los hombres, ha sido explorado solo relativamente y no se le ha dado la importancia debida (Liska, Lawrence y Sanchirico 1982; Snedker 2003; Pain 1991). Tal situación parcialmente se explica por la metodología utilizada, que tiende a obviar la esfera privada y privilegia aquellos actos que suceden en el espacio público. Se podría afi rmar, sin embargo, que está establecido que los hombres presentan ma- yores niveles de victimización, mientras que son las mujeres las que mayor temor muestran. Esto ha llevado a algunos autores a plantear el concepto de «temor irracional» de las mujeres (Madriz 1997; Stanko 1990; Pain 1991; Koskela y Pain 2000), ya que no se vincula con el riesgo o la probabilidad de ser víctimas de un delito.
Con relación a esta situación, se presentan dos paradigmas explicativos claramente diferenciados. Por un lado, el paradigma racionalista, que explica esta situación por la mayor vulnerabilidad y sensación de desamparo de las mujeres cuando se enfrentan a situaciones violentas. Aún no hay acuerdo en la literatura sobre la infl uencia de estos factores; de hecho, algunos estudios cualitativos muestran que las características físicas masculinas sirven como elemento explicativo para considerar que se pueden defender de un posible ataque (Tulloch 2000). En este sentido, estudios realizados con diversas variables de vulnerabilidad (edad, peso, talla, condición física y socioeco- nómica), no encuentran resultados defi nitivos que tiendan a confi rmar esa hipótesis. Así, la explicación de la vulnerabilidad femenina sería un argu- mento circular, ya que sus características podrían ser consideradas tanto una consecuencia como una causa de los sentimientos de inseguridad.
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da interpretación, que pone especial énfasis en el temor a la violación que presentan las mujeres como una sombra que invade los otros temores a ser agredidas. Pero no solo la violación es un riesgo presente para las mujeres, sino también lo son otros actos de agresión sexual menos notorios o gravosos. Están, por ejemplo, aquellos que caben dentro de la categoría de «abusos sexuales» (en la normativa chilena, algunos de ellos ni siquiera requieren que haya contacto físico entre el agresor y la víctima); y otros, como el acoso sexual en el ámbito laboral, que en algunos contextos es casi cotidiano, sobre el cual se ha legislado a partir de 2005 (Ley 20.005 que Tipifi ca y Sanciona el Acoso Sexual, e introduce modifi caciones al Código del Trabajo).
En relación con este último punto, podría argumentarse que la constante presencia de actitudes masculinas de enfrentamiento establece un código cultural de comportamiento de género en una determinada sociedad. Así, el temor de las mujeres se debe tomar en cuenta en el contexto de una construcción cultural, histórica y sociopolítica específi ca que permita inter- pretar el umbral de aceptación, resignación o tolerancia de ciertas actitudes sociales frente a la relación entre hombres y mujeres. En este marco deben entenderse las precauciones que toman las mujeres respecto del espacio público, considerado como una expresión espacial del patriarcado, donde se espera que la mujer ocupe lugares determinados especialmente vincu- lados con el hogar, mientras que los hombres son los que resuelven en el ámbito de lo público.
En segundo lugar, el paradigma simbólico no pone énfasis en la relación entre victimización y temor, ya que se considera que son fenómenos diversos con limitada relación. Así, para interpretar los mayores niveles de temor de las mujeres, el estudio de Hollander (2001) sugiere que son consecuencia de las defi niciones tradicionales de género, donde culturalmente se espera que las mujeres sean vulnerables y los hombres no tengan temor, o incluso sean agresivos. Desde esta perspectiva, son justamente los códigos culturales los que podrían explicar la mayor participación de los hombres en los crímenes y su mayor victimización, así como el mayor temor de las mujeres (Tulloch 2000). De esta manera, a través de los procesos mismos de socialización se transmiten el temor y la sensación de inseguridad que experimentan las mujeres. Sin duda la familia, las Iglesias y la escuela son espacios donde se aprenden roles y formas de comportamiento, así como se reconocen los niveles de agresión y violencia presentes en muchas de las relaciones que se establecen en la vida. Pero no solo estos espacios transmiten estos códigos culturales, sino también la cultura popular, los medios de comunicación masiva, las películas y los programas de noticias, donde las mujeres están subrepresentadas en los ámbitos de poder, adscritas a los roles tradicionales relacionados con la reproducción, atrapadas en el rol de objeto sexual o de víctima, y con un comportamiento vinculado con el temor y el encierro en espacios limitados.
Ambos paradigmas explicativos proponen variables que son de difícil categorización, debido a la carencia de evidencia empírica que las susten- te. Por ejemplo, la vulnerabilidad puede ser asumida a través de diversos indicadores que sirven como aproximaciones a la situación de la mujer en
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ciertos espacios y momentos, pero no captan la complejidad del problema. Por otro lado, la forma como las concepciones de género se traducen en sensaciones de inseguridad también constituye un desafío pendiente. Por consiguiente, los estudios empíricos no han podido responder a los marcos de análisis más complejos explicitados previamente.
Se debe insistir en que, en materia de seguridad/inseguridad ciudada- na, la variable género es una componente central y específi ca, a pesar del lamentable olvido en la academia y la política pública. Esto es coherente con una visión centrada en «el ciudadano», que ha sido el referente uni- versal en la construcción conceptual y política de la seguridad ciudadana. La visión androcéntrica con que se recogen las cifras ofi ciales y se defi nen las encuestas limita la comprensión del fenómeno, así como los métodos de intervención, las acciones y, fi nalmente, las políticas propuestas. Así, es en este contexto limitado y sesgado que se califi ca de «irracional» el sentimiento de inseguridad de las mujeres, suponiendo que sería desproporcionado en relación con el riesgo real y objetivo de sufrir un delito o agresión. Desde aquí se fomentan ciertos mitos y prejuicios que infl uyen sobre la opinión pública, sobre quienes toman las decisiones políticas e incluso sobre las mismas mujeres.