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2. LOS MAESTROS

2.4. La dedicación al desempeño de enseñante

La mayor parte de las referencias acerca de los maestros de Extremadura en los dos primeros siglos de la Edad Moderna son bastantes exiguas. Sin embargo, hay testimo- nios o menciones que facilitan entrever lo ocurrido, incluso documentos posteriores

170.- Lo manifestaban en Acehuche, Valverde de Llerena y Garlitos respectivamente. A.H.P. de Cáceres.

Real Audiencia de Extremadura. Leg. 9, exp. 23; Leg. 8, exps. 12-13, y Leg. 5, exp. 5.

171.- Así concluye el informe de un edil comisionado para estudiar la petición planteada. El mal estado del documento, se encuentra fragmentado, impide conocer lugar, fecha e implicados, no obstante, el papel timbrado es de 1775. A.I.E.S. "El Brocense". Ibídem.

establecen ciertos paralelismos con fases pretéritas, lo que permite reconstruir esos momentos y los modos en que realizaron sus cometidos.

Evaluar el trabajo de los docentes de primeras letras extremeños implica adentrar- se necesariamente en el estipendio. La mayoría estuvo obligada a desempeñar otras profesiones para ampliar ingresos, de forma que aquella especie de pluriempleo les impidió dedicarse en exclusiva a la enseñanza. En efecto, las bajas dotaciones no alcan- zaban a cubrir las necesidades básicas de los docentes y sus familias. Esas circunstan- cias, captadas en su entorno, originaban múltiples comentarios, "tiene que dedicarse a

otros menesteres para completar sus ganancias"173. Entonado peyorativamente descri-

bía muy bien aquella realidad.

Por variadas razones, en aquella época se acuñó el axioma de que si el sueldo era bueno la enseñanza también, pues el docente se centraría en educar y no en otros asun- tos. Esta convicción originó los criterios expresados por los capitulares de Brozas, Villar del Rey, Holguera, Majadas, Saucedilla, Alía y Casas de Don Pedro. Como no siempre los ediles pudieron satisfacer lo necesario, las exigencias sobre el rendimiento no fue- ron muchas y justificaron la consecución mínima de los resultados escolares. A propó- sito, los munícipes de Monesterio expresaban que "apenas se mantiene el maestro, lo

que infiere en su categoría y calidad de enseñanza"174; igualmente, los de Berlanga, "la

incompetencia de los maestros viene por su corta dotación175; y lo mismo los de Toril,

"la baja dotación hace que nadie venga a este oficio tan ruinoso"176. Otros, en cambio,

no tuvieron ambigüedad al aludir a su mala preparación, "el maestro no está enterado

de las reglas importantes"177, e incluso resaltaban sus defectos más incipientes:

los niños no tienen más maestros que aquellos que por no tener más cualidades, o por no tener más altos pensamientos, se ofrecen más a ganar y a comer que al oficio de ense- ñar, topando, tal vez, con alguno que, si se medita bien, aunque sepa no es a propósito para enseñar178.

Dentro de aquel cúmulo de alusiones, las hubo también que, sin eximirles del todo, trasladaban parte de las responsabilidades a la administración municipal,

tampoco se observa el maior cuidado en las Justicias en el zelo del gobierno de estos magisterios que, dotándose competentemente, pudieran recaer en sujetos háviles y hacer que la juventud lograse más adelantamiento en las primeras letras179.

173.- Opinión vertida en Valverde de Leganés. A.H.P. de Cáceres. Ibídem. Leg. 642, exp. 13. 174.- Ibídem. Leg. 6, exp. 13.

175.- Ibídem. Leg 3, exp. 7. 176.- Ibídem. Leg. 13, exp. 5. 177.- Ibídem.

178.- A.M. de Badajoz. Actas Capitulares. Sesión de 31 de octubre de 1707. 179.- A.H.P. de Cáceres. Ibídem. Leg. 13, exp. 16.

En Castilblanco, hacían hincapié en lo urgente que era mejorar su rendimiento, por- que

es un ramo que necesita eficaz remedio por los grandes perjuicios que la expe- riencia hace ver consiguiente a la falta de educación en los principios180.

La coyuntura que unía sueldo con calidad y hacía de esa dualidad el eje de la efec- tividad enseñante, quedó devaluada al aumentar el número de escuelas y descender en proporción los factibles maestros. La escasez de ellos propició una especie de despo- tismo docente plasmado en el abandono de la escuela. Los que así actuaban volvían a ella pasados varios meses o no lo hacían nunca. Ese abuso fue especialmente sufrido en Madrigalejo, La Albuera, Alconchel, Holguera, Marchagaz y Cáceres, poblaciones don- de se hizo habitual. En la última, se llegó a un elevado grado de preocupación al tener "conocimiento este Ayuntamiento de la falta de maestro de niños". Ante ello, intervino por delegación el regidor Pablo Julián Becerra y Monroy con la misión de buscar pro- fesor181, hecho relevante, pues la jerarquía local raramente entraba en esos menesteres.

La Real Cédula de 24 de marzo de 1777 permitió pasar a artistas y oficiantes de unas localidades a otras, con lo que la movilidad profesional se acrecentó. Los titula- dos de primeras letras extremeños utilizaron aquella atribución, mientras que los que no lo eran no se vieron afectados por las normas legales, ya que ejercían en donde les dejaban. La interinidad en la docencia primaria tuvo carácter itinerante, sin necesidad de reglamentos reguladores. La carencia de profesionales para educar niños creó una dinámica en la que apenas se forzaron las reglas de la competencia. Con los titulados sí hubo coto a la ubicación indiscriminada, mientras que con los demás no se pudo las evitar rivalidades desleales.

La impronta profesional de buena parte del magisterio extremeño quedó expresada en un testimonio recogido en Medellín:

Los maestros, por ser corto su gremio, se hacen perezosos y se dedican a otros fines dis- tintos a su tarea y, aunque la justicia les ha prevenido muchas veces la obligación y cum- plimiento, se advierte abandono y pereza. Sería importante se aumentase el sueldo y se buscasen otros más eficaces y celosos de su cometido, tan importante para el público y el Estado182.

180.- Ibídem. Leg. 4. exp. 10.

181.- A.M. de Cáceres. Actas Capitulares. Sesión de 19 de noviembre de 1745. Resulta curioso como el habitual maestro examinador, José Tachí, no aparezca en las suertes del año 1744 ni ningún otro y en la de 1745, para el año 46, surja José Carlos de Medina, el hallado por la regiduría.

182.- Aunque se nombra al cuerpo como gremial es una mera denominación. Ya quedó explicada la peculiar corporación de los enseñantes de primeras letras. A.H.P. de Cáceres. Ibídem. Leg. 6, exp. 9.

A los factores incidentes en el desempeño educativo vino a sumarse la preparación. Alusiones constantes salpicaron de referencias la labor docente:

A esta atención no es estraño que éstos sean unos hombres idiotas e ignorantes, porque ninguno que sea instruido quiere sacrificarse a vivir en un lugar y a privarse de su liber- tad por una vil y escasa recompensa y, así, estos Maestros no tienen buena forma de letra, ni entienden la lengua con perfección, ni están instruidos en los preceptos de la Aritmética y, quizá, no entiendan los de la Religión, y es fácil comprender quales serán los discípulos bajo la dirección de tales Maestros183.

Cuando se valoró el oficio no siempre entró como referencia el sueldo exiguo, ni sirvió este para justificar un bajo nivel, por ello, algunos lugares exigieron mayor ren- dimiento so pretexto de que el salario así lo requería, como ocurrió en Malpartida de Plasencia, "debería ser mejor la enseñanza por estar bien dotada"184. Por otra parte, el

concepto de maestro aprobado se convertía en sinónimo de calidad, de modo que Bro- zas y Salvaleón declaraban abiertamente sus preferencias por los que ofrecían ese atri- buto y actuaban en consecuencia al contratarlos185. En Serrejón, el carácter casiano fue

igualmente valorado, por lo que sopesaban la importancia de aumentar el salario para poder optar a él186. Las poblaciones no fueron las únicas en manifestar las carencias

educativas o las dificultades económicas, los propios maestros no dudaron en expre- sarlas en la creencia de que serían atributo de su peso específico en la vida popular:

Tomás de Villavieja, maestro de primeras letras, no puede mantenerse con el corto esti- pendio que rinden los pocos niños que tiene y no haber ayuda de costa por el Ayunta- miento, y que por llevar razón y cuenta con el peso de la harina, tres celemines de hari- na todos los sábados, suplica se le dé alguna ayuda para poder sostenerse y que no carezcan los niños del bien de la enseñanza, pues al faltarle lo preciso para su manu- tención tendrá que buscarse la vida en otra parte187.

La Corporación de Puebla del Maestre, en donde ejercía, atendió sus peticiones por el aprecio que tenían de su trabajo y "porque hai sobrante de varias partidas y la ren-

ta anual de un valdío que tomó la villa, y es necesario este maestro"188.

En el proceso de selección hubo quienes no tuvieron apenas en cuenta a la calidad del maestro, simplemente le buscaron por la acuciante necesidad de él. Paulatinamen-

183.- Ibídem. Leg. 6, exp. 3. 184.- Ibídem. Leg. 11, exp. 34.

185.- Ibídem. Leg. 9, exp. 30, y Leg. 642, exp. 4, respectivamente. 186.- Ibídem. Leg. 12, exp. 42.

187.- Ibídem. Leg. 7, exp. 5. 188.- Ibídem.

te, la aceptación y el mejor reconocimiento de su labor llegó a motivar a algunas colec- tividades, de modo que reaccionaban ante la posibilidad de que se ausentase. Esta sen- sibilidad social, a pesar de resultados educativos mediocres, surgió al comprobar que los niños permanecían ocupados varias horas, que aprendían a silabear letreros, carte- les u otra impresión y, el no va más, a firmar o hacer cuentas. Si a esos logros le suma- ban el buen comportamiento infantil en las ceremonias religiosas y su compostura en la iglesia, el aprecio medraba sustancialmente. Así ocurrió en Arco, Pedroso de Acim, Fuente del Arco, Valencia de las Torres, Cabrero, Gargantilla, Gargüera, Valdecañas y Valdehúncar.

Surgía, pues, una consideración hacia los maestros como profesión útil, como demos- traban los esfuerzos por conseguir sus servicios. Sin embargo, la dispersión de las pobla- ciones hizo difícil que se generalizara y estableciese un tejido escolar. Numerosas loca- lidades quedaron a merced de su propia iniciativa, ocasión idónea para verificar el ape- go por los enseñantes, cosa que hizo Hinojosa del Valle. Esa ponderación de la nece- sidad y el aprecio cambiaba cuando juzgaban poco efectiva su labor, como sucedió en Torre de Don Miguel189, donde, sin duda, estuvieron aleccionados por las misivas que

los Corregidores enviaban para aconsejar la elección de buenos maestros. El contras- te estuvo en las poblaciones que admitieron a cualquiera con tal de cubrir el expediente, como en Valencia del Mombuey, Huélaga, Valdecañas y Valdehúncar, o no resolvieron la situación a pesar de tener la posibilidad, lo que aconteció en Casas de Don Antonio, "no hay maestro desde hace unos diez años y se le pueden dar unos 1.100 reales de

Propios"190.

Los buenos maestros, aunque minoritarios, dejaron constancia de su quehacer. Refle- jo de ello hubo en Talaveruela, donde Aniceto Moreno de Martín fue tildado de hom- bre fiel y buen enseñante191, y Valverde de la Vera, lugar en el que Juan Cordobés, "cojo

e imposibilitado al trabajo personal, se aplicó a prenotada enseñanza con buenas máxi- mas"192. Del mismo modo, en Herreruela reconocieron el avance, porque

se nota adelanto en los niños, ya son hábiles con la pluma, tienen buena conducta y enseñan la buena doctrina que se da a los niños193.

Ese mismo criterio expresaban Salvatierra, Talaveruela y Tornavacas. Otras locali- dades, como Segura de León, reconocían el valor docente y la estima personal:

189.- Ibídem. Leg. 13, exp. 8. 190.- Ibídem. Leg. 10, exp. 13. 191.- Ibídem. Leg. 13, exp. 2. 192.- Ibídem. Leg. 13, exp. 24. 193.- Ibídem. Leg. 11, exp. 15.

El maestro es sujeto digno de toda consideración, hábil e instruido que da perfecta edu- cación a la juventud, y yo mismo he asistido a la escuela y me he informado muy por menor del arreglo que observa y he visto con gran satisfación los progresos de los 115 niños que concurren en la doctrina cristiana, la letra, aritmética y demás rudimentos194. De algunos profesionales se llegó a conocer nombre y apellidos, fruto de sus virtu- des o lo loable de su cometido, como ocurrió con Manuel Moreno, en Nogales; Manuel Fernández, en Villanueva de la Vera; Juan Martín Cayetano, en La Morena; Gregorio Arroyo, en Serradilla; y Pedro Guisado de Aguilar, en Salvatierra, que aparecieron ensalzados por los buenos resultados obtenidos y los métodos empleados. Nada impor- tó que Martín fuese clérigo o Guisado no estuviese examinado.

Aun los ejemplos de estimación, la generalidad se encontraba en el polo opuesto. No sólo los maestros y los munícipes fueron responsables de la minusvaloración docen- te, en ocasiones el Consejo Real suspendía por alguna razón la actividad educativa y eso era tomado por la opinión popular como dolo de los educadores. Parte de esas cir- cunstancias fueron debidas al pago de los docentes, cuya gestión del fondo de Propios debió ser siempre autorizada por organismos superiores, como pasó en Cadalso195, o a

pleitos por la asignación de los recursos cuando su etiología fue distinta de la habitual. Estos procedimientos trajeron bochornosos espectáculos que enfrentaron a los litigan- tes, docentes y administradores, lo cual redundaba en el desprestigio profesional, cada vez menos sostenible. Santa Marta protagonizó uno de esos casos y en el ínterin de la resolución, dada por la Chancillería de Granada, el maestro y el Común tuvieron desa- tendida la enseñanza con el consecuente descrédito para ambos, sobremanera para el primero196.

Fundamentalmente, la valoración de los maestros estaba sometida a cuantos aspec- tos configuraban su oficio, pero la verdadera descalificación educativa y gremial se cernía en la cantidad ingente de trabajadores de otras maestrías que, por distintas cau- sas, realizaban funciones educativas. Aquel intrusismo desencadenó un proceso por el cual al maestro dejó de vérsele en posesión de la erudición, de ser filósofo, dialéctico o pedagogo, para convertirse mayoritariamente -paso trascendente- en un pedante, un patán, una especie de destajista poco respetado. En la Extremadura Moderna, la inci- dencia de esos pseudomaestros fue copiosa y con ella la desconsideración social del docente de las primeras letras.

194.- Ibídem. Leg. 7, exp. 14.

195.- Había escuela pero estaba suspendida desde 1787 a falta de una Orden del Supremo Consejo de Castilla o de la Contaduría de Propios por no tener permiso para efectuar el gasto. El asunto se resolvía en la Real Chancillería de Valladolid. Ibídem. Leg. 10, exp. 3.

Las "Ordenanzas de maestros de leer, escribir y contar" supusieron una especie de gremialización que a Madrid (1643), Barcelona (1657)197y Zaragoza (1677) les prote-

gió del intrusismo laboral. En tierras extremeñas no fueron fomentadas medidas de ese tipo, por tanto, se careció de instrumentos que impidieran la llegada de advenedizos poco aconsejables. Consecuentemente, el ejercicio del magisterio sirvió para que toda clase de aventureros pedagógicos, didactas nulos, arrimasen unas monedas a su ganan- cia principal, siempre lejana a la educación. Actuaron como tales desde los más diver- sos oficios, algunos con cierto paralelismo, caso del clero o afines198, pero en términos

generales la proximidad no existió.

Los momentos álgidos de esa irrupción extradocente estuvieron en los años finales del siglo XVII y la primera mitad del XVIII, con una caída en la incidencia hacia fina- les de este último. No obstante el fenómeno, la labor que desempeñaron no debió de ser muy inferior a la de un no examinado dadas las solicitudes que recibieron en ausen- cia de maestro. Las localidades de Valdecañas, Valdehúncar o Huélaga no dudaron en recabar sus servicios y estar en consonancia con los que ejercían en Monroy, Ruanes, Valdetorres, Collado, Alburquerque, Alconchel y Alconera. De todas formas, fue vox populi que ese tipo de eficacia docente distaba mucho de la titulada, la casiana. Aquel panorama de pluriempleados y avenidos dio un carácter subsidiario al magisterio del que, prácticamente, no salió hasta la época decimonónica.

A mediados del siglo XVIII, el número de enseñantes de primeras letras constata- dos en Extremadura era de 285, de los cuales 198 se dedicaban en exclusiva a ello y 87 compaginaban con otras dedicaciones. Ese 30,5% de docentes con varios empleos se convirtió en un 19,04% a finales del siglo, lo que supuso que de los 252 docentes que hubo en ese momento, 48 tuvieran un oficio distinto reconocido.

197.- Para abordar más específicamente esta ciudad, vid. DELGADO CRIADO, B.: "Los maestros del arte de enseñar a leer, escribir y contar de Barcelona (1657-1760)". Educación e Ilustración en España. IIIº Colo- quios de Historia de la Educación. Barcelona, 1984, pp. 406-417.

Gráfico IV. Ejercicio del magisterio en los distintos partidos (1751-1755)199

La comparación numérica tiene un amplio significado. La disminución evidencia- da obedecía, sin duda, a un mejor acatamiento de las disposiciones legislativas, pero singularmente al espíritu ilustrado, que impregnó la conducta de los ediles. Ese influ- jo en pos de la enseñanza, tangible en los tratados al efecto, llevó a una paulatina refle- xión sobre la importancia de los maestros y su proceso de selección, a la par que los caudales de dotación ascendían. Tan halagüeña perspectiva aportaba cierta dignifica- ción al oficio, aunque prosiguiese la irrupción desde otros, pero, al menos, haría que el panorama fluctuase lentamente hacia mejores derroteros.

A finales del siglo XVIII, la situación fue más óptima en cuanto a dedicación y ejercicio del magisterio de primeras letras. Ello, sin embargo, influyó relativamente en la calidad de la enseñanza y la educación de las gentes, porque sólo fue una referencia de aquellos personajes que se ganaron la vida en el menester, con su mayor o menor apego a la profesión y su mejor o peor preparación. Sin duda, como en cualquier otro ámbito, la titulación no fue sinónimo de idoneidad y los comentarios y afirmaciones coetáneas así lo delataron. Del mismo modo, hubo maestros que realizaron el trabajo dignamente y no poseyeron la constatación oficial.

199.- A.G.S. Catastro de Ensenada.

Alcántara

Ejercientes con oficio de maestro

Ejercientes de maestro dedicados a otros oficios

Gráfico V. Ejercicio del magisterio en los distintos partidos (1791)200

La comparación entre ambos períodos, mediados y finales del siglo XVIII, tiene que pasar no sólo por el conjunto, sino por la particularidad de las unidades territoria- les. Así, la zona de Alcántara y Trujillo ofrecieron la proporción más negativa entre esos dos momentos. A pesar de que cayó sustancialmente la variedad de los oficios simultaneados con la enseñanza de los niños, el número de pluriempleados no lo hizo tanto y estas dos entidades territoriales mantuvieron en buena medida el paralelismo laboral en el ejercicio profesional de la educación. El partido de Badajoz secundó a los anteriores en la baja paliación del proceso. Efectivamente, su porcentaje del 15,7% dejó entrever la tendencia generalizada a la disminución de aquella hibridez, pero que no intervino en la mejora de la efectividad ni de la consideración profesional del magis- terio enseñante. Se volvió a repetir el descenso de aquellos "pseudomaestros" en el res- to de las divisiones administrativas. Las caídas tuvieron diferentes suertes y oscilaron entre el 18,4% de Llerena hasta el 47,9% de La Serena, pasando por el 33,4% de Cáce- res, el 36% de Mérida y el 38,9% de Plasencia.

Era evidente que al dedicarse sólo a instruir el cometido fuese más certero y efec- tivo, que la mente y el empeño docente quedaban más concentrados en aquella labor,

Alcántara

Ejercientes con oficio de maestro

Ejercientes de maestro dedicados a otros oficios

Badajoz Cáceres Coria La Serena Llerena Mérida Plasencia Trujillo