2. LOS MAESTROS
2.5. La consideración social del oficio educativo
El oficio de maestro de primeras letras no tuvo una estimación social importante. Ello se debió a no ser requeridos estudios o preparación específica, a la incursión en el trabajo de personas ajenas a él o con desempeños en otros menesteres, a no tener una remuneración de envergadura derivada de la carencia de cualificación profesional y, por último, a la ausencia de unas normativas que regulasen muchas de sus facetas, aun- que esto fuese de incidencia más relativa. A lo largo de los siglos XVI, XVII y prime- ra mitad del XVIII, el aprecio hacia el docente de niños fue diverso. Imperaba en tie- rras extremeñas la minusvaloración por su poca formación, sólo algunos que ejercían apegados a instituciones clericales vieron reconocida algo su labor. La ausencia de tes- timonios impide ver una evolución estimativa a lo largo del período citado y hay que esperar a la última fase de la Edad Moderna para constatar esas particularidades.
La dignificación de aquel arte tuvo su primer hito en la Cédula de 1 de septiembre de 1743212. Fue un reconocimiento oficial venido más por las intenciones de la Coro-
na que por los intereses corporativos, además de que se hacía con varios oficios, entre los cuales estaba el docente de niños:
Prerrogativas y preeminencias que están concedidas a los que exercen artes liberales (...) y las ceñidas al Derecho y ordenanzas de San Casiano y sólo a titulados para ejer- cer como maestros de primeras letras213.
La inclinación de los maestros por alcanzar las exenciones dignidades y prebendas que tenían otros magisterios fueron ciertas, pero más el propósito de la Monarquía por prerrogar a parte de los responsables de la educación de sus súbditos. La Real Cédula de 13 de julio de 1758214dio a los docentes de primeras letras más calidades y mayor
prestigio profesional y popular. Fue, realmente, reiterar la de 1743, de igual efecto mediato, pero desfasada con las circunstancias y las necesidades. La obtención del títu- lo de maestro permitía una serie de atribuciones y daba privilegios específicos, como poner escuela en el lugar elegido, corrientemente en el domicilio, o permitir publici- dad para que los vecinos quedasen enterados y pudieren enviar a sus hijos. De todos modos, lo más importante fue la exención de algunos tributos.
212.- Novísima Recopilación. Lib. VIII, tít. I, ley I. 213.- Ibídem.
Una buena parte de las preeminencias del maestro titulado estuvieron impregnadas de ciertas dudas, pues existían razonables fundamentos de que careciesen del refrendo oficial. Entre los privilegios esgrimidos estaban el poder usar todas las armas, no ser presos más que por causas criminales, cumplir prisión domiciliaria y estar exento de quintas, levas, sorteos y cargas no derogadas. El alcance de las vinculadas al cumpli- miento fiscal, válidas o no, permanecieron hasta el siglo XIX, como muestra la dada en Coria a un maestro de Obra Pía:
Del sueldo y retribuciones no se impondrá contribución de ningún género y su persona será exenta de todo gravamen y carga concejil215.
En términos generales, el trato favorable elevado a rango legislativo era consecuencia del reconocimiento a la docencia, cada vez mejor valorada por ser vehículo de acceso a la cultura216. Quizás fuese matizada más la dignidad de los maestros de niños con la
Real Provisión de 11 de julio de 1771, que, aunque no iba por el terreno de atribuir, estructuraba el acceso y el ejercicio de la profesión. La efectividad de esta ley tuvo mayores consecuencias en pro de la consideración social del maestro que otras. Curio- samente, las destinadas a hacerlo, simultáneas a las emitidas para otras artes en 1777, 1783 y 1784217, tuvieron menos repercusión, y es que una cosa fue dar por precepto
unas dignidades y otra obtenerlas con el trabajo. Era, seguramente, la razón por la cual las reglas del ordenamiento profesional impulsaron la aceptación más que nada, aun- que a muchos enseñantes les postrase por no llegar al título estipulado, a encontrar el
hueco social ansiado218.
En la época, las profesiones más ponderadas se correspondieron con los estipen- dios más altos que, a su vez, permitieron una vida más holgada a sus ejercientes. La escisión tajante entre el maestro aprobado y el que no se hizo abismal. Un maestro
casiano tenía un sueldo medio más o menos digno, similar al de otros trabajos de la
misma condición o rango. El estudio salarial de los maestros de primeras letras per- mite ver muchos aspectos, aclarar facetas de consideración y completar el panorama del afecto de sus contemporáneos y de la estima como integrante de la sociedad.
La valoración de los enseñantes de primaria extremeños tiene que estar orientada hacia su componente mayoritario. Ese grupo lo constituyeron los no examinados que, itinerantes, huidizos, compaginaron otros menesteres con la docencia. De esa manera, la educación pasaba en buena medida a ser complemento más que ocupación princi-
215.- A.H.P. de Cáceres. Archivo Municipal de Coria. Actas Junta Educación. Leg. 25, exp. 28. 216.- Vid. GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, A.: "La enseñanza primaria en el siglo XVIII. El maestro, una impor- tante persona". Alminar, 44. Badajoz, 1983, pp. 12-13.
217.- 18 y 24 de marzo y 2 de septiembre. Novísima Recopilación. Lib. VIII, tít. XXIII, leyes VII, VIII y IX. 218.- PERNIL ALARCÓN, P.: Fuentes documentales para el conocimiento de la política educativa de Car-
pal y por eso brotaban aseveraciones como las hechas en Navalmoral de la Mata, "el
maestro atiende a otros negocios", o las de Villar del Rey, "se dedica a otras cosas"219.
No era extraño que si profesionalmente les minusvaloraban, socialmente aún más. En la segunda mitad del XVIII, de clarísima e ilustrada preocupación por la ense- ñanza, aumentó la concienciación en gobernantes y gobernados de que la piedra angu- lar educativa era el maestro. Si ellos no dieron respuesta al reto pasarían a ser claros y directos responsables, por esa razón potenciaron tratados y manuales acerca de sus per- files profesionales. Entre varios, el más resaltado ejemplo estuvo en las "Prevenciones
dirigidas a los maestros de primeras letras" de 1788220.
Los campesinos analfabetos de Extremadura, rudos, desconocedores de su suerte y sin ver claro aquello de la instrucción, aceptaron a regañadientes que los justicias les obligasen a enviar a sus hijos a la escuela. Solamente permitieron privarse de la ayuda de sus retoños en las labores cotidianas por temor a Dios221, prácticamente, la única
excusa válida y la razón básica de la instrucción escolar. Y en aquella tesitura, el maes- tro era el personaje que les "sacaba" unos reales por sus menores y del que, ocasional- mente, tenían que apiadarse y remediar su hambre con pagos en especie. Figura, aca- so inútil bajo su punto de vista, que no usaba las manos y era incapaz de mantener a su familia o a sí mismo, que se marchaba con frecuencia y era sustituido por el cura, el barbero o por el menos pensado. Si en verdad hubiesen sido hombres capacitados no habrían tenido que pasar por esas vicisitudes. Así era la imagen, el valor popular del maestro de niños en aquella sociedad.
En las poblaciones de elevado número de vecinos, las calidades de los enseñantes sí tuvieron mayor aprecio, aunque más por la función social que por la estima profe- sional. Con la Ilustración, la educación elemental pasó a ser aspecto de interés y pre- ocupación, por tanto, se dieron medidas para alfabetizar y elevar el nivel cultural. Así, Campomanes, Olavide, Jovellanos o Cabarrús dejaron escrita su desazón por el esta- do de la cuestión y los maestros aparecieron valorados en una medida no hecha hasta entonces, con lo que su estima social creció de forma inusitada222. Esa ponderación cre-
ciente tuvo en los maestros examinados mayor continuidad. Inicialmente, el informe previo a su examen les afirmaba como puros de sangre y cristianos viejos, a la par que les confería una especie de nobleza de clase que les separaba, sustancialmente, del res- to de los enseñantes de primeras letras, que no tenían esa prueba, y de parte de la socie- dad. Además, su remuneración, considerada digna, posibilitaba mejor condición de vida y constituía un hecho diferenciador claro.
219.- A.H.P. de Cáceres. Real Audiencia. Leg. 11, exp. 36 y Leg. 642, exp. 16, respectivamente. 220.- Editado por la Imprenta Real en Madrid y realizado por J. RUBIO.
221.- Los rudimentos de doctrina católica fueron indispensables en la mentalidad de la época para la salvación del alma, aún más, en aquel Estado teocentrista.
222.- En este parecer insiste J.R. AYMES: "Los ilustrados españoles de la segunda mitad del siglo XVIII y la enseñanza elemental". Ecole et Societé en Espagne et Amerique Latine, XVIII-XIX siècles. Tours, 1983.
Los niños que, mejor o peor, con mayor o menor precisión, recibieron esas ense- ñanzas, al llegar a adultos supieron calibrar ese primer escalón y, aunque en contado número, comprendieron el valor de la educación y se afanaron en enviar a sus hijos a la escuela o esforzarse en procurarla. El interés de algunas gentes fue loable dentro de una medianía que no aprovechaba los posibles recursos o medios a su alcance. Apre- ciar la enseñanza y quién la ejecutaba tuvo el magnífico ejemplo de los vecinos de La Haba, partido de La Serena, que pagaron un maestro en exclusiva y de forma particu- lar223, al igual que por algún tiempo hicieron en Zarza la Mayor224. Manifestaciones de
aprecio a los educadores vinieron también por vía del reconocimiento a sus activida- des. Así, en Aldehuela del Jerte, lamentaban su carencia, "hay necesidad de maestro
pues nadie sabe firmar"225; o, simplemente, por su sola valía, caso visto de Segura de
León, "el maestro es sujeto digno de toda consideración"226.
La efectividad de la estimación social quedó también constatada en las circunstan- cias peculiares de las administraciones pías. Los fundadores de la de Guijo de Coria, Cristóbal López y su esposa María Domínguez, no dudaron en testar sus bienes mue- bles para el sustento de una escuela. Confiaban tanto en los maestros que los nombra- ron administradores de esas rentas a condición de que estuviesen al frente del aula. Eso ocurrió Juan Pérez Nieto227. Los maestros inestimados fueron mayoría, pero no obstá-
culo para que algunos estuviesen reconocidos en su época. Lamentablemente, el tono medio de aprecio quedó recogido de este modo:
Los atrasos de la enseñanza pública y la ignorancia que se observa en la mayor parte de los maestros del Reino, dimana tanto de la poca estimación que se les da, cuanto del ningún premio que hallan sus ímprobas fatigas. No hay caso más común en los pueblos de todo el Reino que maestros sin vocación, ni mérito, encargados de la enseñanza de la niñez. La falta de destino o los contratiempos y reveses de la fortuna, les hacen abra- zar para no morir de hambre un ministerio que no sólo no le consideraron jamás como único recurso de su subsistencia, sino que, tal vez, lo miraron siempre con horror y tedio. Todo el que se atreve a abrazarle lo ejerce igualmente. La suma pobreza en que regu- larmente se hallan constituidos por falta de premio, influye en que sean tenidos en poco entre los hombres228.
223.- A.H.P. de Cáceres. Ibídem. Leg. 5, exps. 9-10-11. 224.- Ibídem. Leg. 13, exp. 37.
225.- Ibídem. Leg. 9, exp. 13. 226.- Ibídem. Leg. 7, exp. 14. 227.- Ibídem. Leg. 11, exp. 8.
228.- TORÍO DE LA RIVA Y HERRERO, T.: Arte de escribir por reglas y con muestras según la doctrina de
los mejores autores antiguos y modernos, extranjeros y nacionales: acompañados de unos principios de arit- mética, gramática y ortografía castellana, urbanidad y varios sistemas para la formación de los principales caracteres que se usan en Europa. Madrid, 1798, p. 47.
De la misma forma, algunos maestros de probada valía reconocieron ese "mal encon- trarse" profesional al decir que
uno de los mayores obstáculos que se me ofrecieron para resolverme a enseñar, a leer públicamente -aunque no lo hice como maestro de niños- fue la vergüenza que me cau- saba el que dirían si me ponía a este ejercicio. Por la verdad que la profesión de maes- tro de primeras letras está envuelta en la oscuridad y pocos serán los que se apliquen a ella en el estado de abandono en que se encuentra, sino un infeliz o un ignorante que no tenga otro modo de vivir y más si se considera lo que se resiste el haber de hacerse un hombre niño, que es lo que se requiere para enseñarlos229.
La muestra externa de poco apego al oficio y la reflexión interior dubitativa de los implicados, llevaron al empleo de maestro de niños al borde de la desconsideración más rotunda, de la infravaloración más acentuada, cuando en realidad las actitudes fue- ron cicateras con la mayoría de las ocupaciones. Sobraba mirar al clero, denostado, señalado como mal ejemplo e incumplidor de sus propias predicaciones, a pesar del atenuante de respeto o el temor divino. Los maestros de primeras letras, pues, qué podí- an esperar que no fuese la ignorancia de su producto, la educación. Además, su propia contribución a la mala imagen fue meridianamente clara, baste repasar quiénes la ejer- cieron y cómo. La escasa cuantía en Extremadura de profesores casianos fue una rémo- ra que se arrastró a otros siglos, un pesado lastre que enturbió una imagen que apre- miaba brillase por lo que en sí significaba y lo que podía aportar. De todas maneras, la estimulación para alcanzar esa cota fue escasa. Las cantidades ofrecidas por la tarea no merecían la pena, no compensaban un esfuerzo de ese calibre, máxime cuando los responsables se limitaban a cumplir con el expediente a la baja, al menor costo posi- ble, lo cual era palpable en los contratados para el desempeño de las primeras letras.