• No se han encontrado resultados

2. LOS MAESTROS

2.3. Los criterios en la contratación de maestros

Los maestros extremeños, entendidos como tales los que ejercieron en la Provincia, fueran o no oriundos de ella, tuvieron una existencia llena de necesidades acuciantes al percibir salarios por debajo del nivel medio. Ello les indujo a efectuar docencias intermitentes, pues las interrumpían al encontrar lugares mejor remunerados. Así que- dó conformada una realidad en la cual no hubo mínimos para el contrato, ni se estipu-

156.- Ibídem. Sesión de 10 de diciembre de 1721.

157.- Ibídem. Sesión de 19 de junio de 1722. Bajo esta norma se examinó Diego Sánchez Moreno, de Malpartida de Cáceres, maestro de la Obra Pía de Cañamero. Ibídem. Sesión 8 de mayo de 1749. A.D.P. de Cáceres. Beneficiencia, Leg. 53, exp. 1.

laron pautas por parte de la mayoría de las corporaciones locales. Inicialmente existió la costumbre de aportar cartas de referencia al cambiar el destino, pero se perdió esa norma cuando se aceptó a cualquiera como maestro, lo cual, paradójicamente, supuso un alivio para las poblaciones y, además, motivo de satisfacción por cuanto permitía especular con las asignaciones. Sin embargo, la situación provocada no fue del todo la apetecida por los ediles. La carencia de educadores convirtió el logro de sus servicios en un ejercicio de competencia económica, a mejor dotación mayor estabilidad, más segura la continuidad, ¿cómo cabría pensar así en exigencias pedagógicas?

Algunos autores sostienen que las contrataciones estuvieron sujetas al interés o pre- ocupación de las oligarquías locales, movidas por razones religiosas, económicas y socia- les158. Esta aseveración no puede generalizarse en Extremadura, incluso queda tan par-

ticularizada que debe ceñirse a una casuística sin valor y meramente puntual159. Los datos

evidencian que los consistorios no contemplaron la educación como algo esencial y que la existencia de contratos desde el siglo XVI en Cáceres, Trujillo o Plasencia obede- cieron más a presiones populares que oligárquicas. La casuística varía entre centurias y es en la del XVIII cuando aumentan vertiginosamente las solicitudes de maestros. De todas formas, la contratación, tanto particular como institucional, guardó pautas pare- cidas a lo largo de todo el período, sólo existieron diferencias significativas en la cuan- tificación, de más volumen en los últimos tiempos e inclinada hacia lo público.

La sensación de incumplimiento o relajación en el terreno contractual fue detecta- da desde la Corte. El Consejo de Castilla pudo entrever aquel estado de desorden. La solución intentada consistió en enviar circulares a los Corregidores para que evitaran aquellas irregularidades mediante los recursos disponibles160. También hubo concien-

cia del déficit de aptitudes, por ello, entre el terreno literario y científico aparecieron obras acerca de las cualidades que el maestro debía tener y desarrollar161. Más tarde, la

preocupación por una correcta contratación de los docentes transcendió al ámbito de los tratadistas que, a través de sus manifiestos, procuraron argumentar las mejores razo- nes para efectuarla. Las premisas giraron alrededor de puntos comunes, desde la impor- tancia de la propia selección hasta los modos de la conducta docente. El Tratado de

educación pública, de G. Marreau, indicaba que

158.- VIÑAO FRAGO, A.: "Alfabetización y escolarización". Historia de la Educación en España y Amé-

rica. Vol. II. Madrid, 1994, p. 163.

159.- F. MARCOS ÁLVAREZ, y F. CORTÉS CORTÉS, muestran en el ejemplo de la ciudad de Badajoz la ambigüedad que puede tener esta idea. Educación y analfabetismo en la Extremadura Meridional (siglo XVII). Cáceres, 1987, pp. 14-15.

160.- El Real Consejo había dado órdenes mediante su secretario, Pedro Escolano de Arrieta, a todos los Corregidores y Alcaldes Mayores para que cumpliesen las resoluciones dadas en las Reales Cédulas de 12 de julio de 1781, 3 de febrero de 1785 y 15 de mayo de 1788.

161.- La referencia extensa puede sintetizarse en la Carta del maestro de niños, de G. Álvarez de Tole- do, publicada en Zaragoza el año de 1713, como muestra singular del interés particular, sin duda, más madrugador que el oficial.

de todo lo que debe de ocurrir al perfeccionar los colegios, la elección de maestros es lo más importante, porque de la pureza de sus costumbres y de su capacidad pende, absolutamente, el suceso de la educación162.

Pero, tal vez, el que tuvo alguna difusión en Extremadura fue el de M. Rosell, La

educación conforme a los principios de la religión cristiana, leyes y costumbres de la nación española, con retazos ilustrados imbuidos de esencia católica, palpables al con-

ferir aires doctrinales a la enseñanza163,

si grande ha de ser el cuidado que pongan en darles conveniente educación, el mayor debe estar en la elección de personas a quienes la confíe, porque ha de ser guía y modelo.

Luego, incidieron en la personalidad del enseñante para destilar gotas psicopeda- gógicas que mostrasen puesta al día o, al menos, una adaptación a las corrientes didác- ticas, porque

ha de procurar que su seriedad no degenere en rigor, sea afable pero no truhán, no ha de ser colérico pero tampoco ha de disimular lo que debe enmendarse, hable ordina- riamente de lo bueno aprobándolo y alabándolo, se ha de explicar con precisión y ha de tener gusto en satisfacer a las preguntas que le hagan y no sea duro en corregir164. No existió una generalización de criterios, evidentemente, razón por la cual las poblaciones extremeñas ni se plantearon unas normas con las que calibrar a los maes- tros. Hubo, eso sí, opiniones de distintas corporaciones municipales, del corregimien- to y de la Iglesia acerca del perfil personal y profesional del docente de primeras letras. Esos testimonios tuvieron bastante en común, lo que no fue óbice para incluir alguna consideración particular adaptada a la idiosincrasia del medio o el lugar. Puede citar- se el ejemplo de Badajoz que, aunque no se distinguiese la Villa por la atención a la enseñanza pública, tuvo en cuenta ese aspecto:

Lo que se aprende en la niñez es el principal fundamento para ser malos o buenos los hombres, conviene que los maestros que tenga esta República sean virtuosos y buenos escribanos y que sepan el arte de leer y contar165.

162.- Imprenta de J. Ibarra. Madrid, 1768, p. 87.

163.- Este manual, editado por la Imprenta Real de Madrid en 1786, es mencionado en un documento sobre las virtudes de los maestros y fechado en Coria en 1794. A.I.E.S. "El Brocense". Legajo VIII. Varios. s.c.

164.- ROSELL, M.: Op. cit., Vol. II, p. 72.

Las entidades privadas, caso de las Obras Pías educativas, recurrieron a pautas de selección para los enseñantes, aunque mediatizadas por el componente económico, es decir, la disponibilidad de fondos monetarios para contratar. Sin duda, la fundación piadosa de Villamiel fue un preclaro modelo, pues recomendaba a los que tenían que realizar la selección que se reuniesen cuantas veces fueran necesarias y les daba las pautas por las que guiarse, así como los aspectos que serían de

mayor idoneidad en el magisterio: El que lea con más sentido los libros de lengua cas- tellana. Que lea y entienda mejor la letra manuscrita moderna y antigua. Escriba mejor y con buena orthographía. Sepa cortar las plumas y modo de tomarlas. Reglar el papel a los discípulos. Sepa contar las cinco reglas. Sepa doctrina cristiana de los catecismos de modo que la pueda explicar bien166.

Además de los criterios expresados, compendiados dentro de las facetas pedagógi- cas y didácticas, se acudía a perfiles abiertos a la subjetividad de quienes selecciona- ban:

el que vean con mejor opinión, de mejor fama y virtud y que en su trato y comunicación manifieste que tiene aquella urbanidad y política cristiana que deben aprender los niños con su ejemplo mejor que con lecciones167.

Más peculiar resultó el estamento nobiliario, indudablemente terreno abonado para estas cuestiones, ya que era el grupo social más consciente de la validez de la educa- ción. Sus exigencias daban por sentadas algunas formas, por ello, sus miras se orien- taban hacia otras cualidades. De hecho, miraban allende las fronteras para tomar ejem- plo, caso de Francia, modelo en estilo y urbanidad que marcó también la pauta de este campo. El Tratado de educación para la nobleza, de la Marquesa de Toulouse, en sus capítulos IV y V, señalaba los tipos de buenos maestros en quiénes "la pureza de cos-

tumbres y la ciencia son las principales calidades que es necesario buscar en el que ha de educar"168.

Dentro de aquel conglomerado de opciones en la selección de los docentes de pri- meras letras, estuvo la edad, elemento peculiar e incidente en la efectividad. No deter- minaban los años a la hora de designar un docente, máxime en las circunstancias de la época y del territorio extremeño, pero sí hubo ciertas matizaciones que mostraron su relevancia. Las referencias cifraron edades elevadas, de madurez, "de unos cuantos

años"169; incluso de ancianidad, "el maestro es un hombre de setenta años de edad";

166.- A.I.E.S. “El Brocense”. Colegios y Pueblos. Partido de Hoyos. s.f. 167.- A.I.E.S. “El Brocense”. Ibídem.

168.- La versión castellana fue publicada por la Imprenta de Manuel Álvarez, en Madrid, año de 1776. 169.- A.H.P. de Cáceres. Legado Paredes. Leg. III, nº 353.

"el maestro es un hombre viejo", "un anciano enseña"170. En ciertas épocas, el deam-

bular en pos de una escuela, apremiados por la necesidad, rebajó a mínimos sus pre- tensiones, por otro lado no muy tenidas en cuenta al no ser casianos, con lo que la plé- yade de "viejos maestros" fue en aumento. El horizonte profesional dibujó la dramáti- ca indefensión en que quedaban los que poseían muchos años de servicio y eran des- pedidos. La experiencia intentó hacerse valer frente a competidores de distinta índole. El imponerse y lograr contrato equivalía a prolongar las posibilidades de una dotación que la interinidad no contemplaba, la "pensión" por unos servicios a la que sólo los titulados podían optar en la mejor de las situaciones. Excepcional fue el caso en que un Cabildo Municipal concedió rentas a un jubilado, el único constatado en Extrema- dura:

(...) es de justicia atender a la ayuda que el maestro de niños solicita, por quanto su enfermedad y muchos años le impiden desde tiempo atrás dedicarse al oficio171. La edad de los maestros extremeños, lógicamente, fue variada, pero en buena medi- da se acercó más a niveles de madurez. La primera razón fue que a los jóvenes se les presentaban opciones de trabajo en otros menesteres, por eso acudían secundariamen- te al magisterio de las primeras letras. La segunda, que parte importante de los ense- ñantes perteneció al clero o afines, lo que implicaba un largo camino de preparación y, en consecuencia, entrados en años. Las incursiones de bachilleres y jóvenes que aban- donaban la Universidad para terciar en la enseñanza como medio de vida, inició un marcado contraste. Estos maestros, en mayoría no aprobados, no gozaron de la con- fianza alcanzada por sus colegas de más edad, pues la veteranía constituyó un grado de conocimiento. La bisoñez excesiva quedó remediada con un precepto de sumo inte- rés que reglamentó la edad, la presentación indispensable de una partida bautismal com- probada. De esa forma, tuvieron que atestiguar un mínimo de veinte años para poder ejecutar el "arte de la enseñanza". Fue la cifra de partida para ejercer, a pesar de que la mayoría de edad a efectos civiles era de venticinco172.