SEA POSITIVO EN SUS EXPECTATIVAS
Y NO SE DEJA VENCER POR LOS FRACASOS
Veamos cómo influyen esas expectativas en la vida de las personas con suerte y sin suerte. En la sección anterior describí cómo estas últi- mas tienen la convicción de que su vida va directa al fracaso. Están seguras de que no pasarán los exámenes o no encontrarán el traba- jo que buscan. Todavía peor, creen que no hay nada que puedan hacer
para cambiar el signo de las cosas, que no tienen suerte y que siem- pre será así. Este convencimiento puede hacer que pierdan las espe- ranzas y tiren la toalla.
Un sencillo ejemplo nos ayudará a ver hasta qué punto esto es posible. En páginas anteriores hemos conocido a Lynne, Joe y Wendy. Todos son ganadores de concursos y creen que, en buena medida, se debe a que prueban suerte en gran número de ellos. Como dijo Joe, «Tienes que participar para ganar». Muchas de las personas sin suerte nos contaron que nunca participaban en concursos ni juga- ban a la lotería porque estaban convencidas de que su mala suerte les impediría ganar. Como Lucy, una estudiante de veintitrés años que me decía lo siguiente:
«Desde muy pequeña no participaba en ningún concurso por- que pensaba que nunca iba a ganar. Recuerdo que cuando tenía siete años y estaba en la escuela primaria, había una fiesta de fin de curso y mi madre que estaba allí participó en un sorteo en mi nombre. Cuando cantaron el nombre del ganador, era el mío, pero si hubiera sido yo quien lo hubiera hecho, no habría ganado.»
Está claro que las pobres expectativas de la gente sin suerte tie- nen muchas posibilidades de convertirse en realidad. Al no partici- par, es obvio que eliminan sus posibilidades de ganar. Y pasa lo mismo con otros muchos aspectos importantes de su vida. La falta de intentos de cambiar, puede hacer que las negras expectativas sobre su futuro se conviertan en una triste realidad.
Otra estudiante poco afortunada que tenía tras de sí todo un his- torial de exámenes suspendidos, describía así su estado de ánimo ante las pruebas que tendría que pasar dentro de unos meses:
«Estoy convencida de que voy a suspender. Soy un desastre. Muchas veces cuando me enfrento a un examen empiezo a pen- sar: "No tiene sentido que esté aquí. Voy a suspender." Y no aparezco por miedo al fracaso. Tampoco voy a las repescas por la misma razón.»
Tenemos también el caso de un hombre que nos contaba que nunca encontraba trabajo. Le pedí que nos dijera cuáles eran sus expectativas de cara al futuro:
«Sé que nunca encontraré un trabajo y por eso ya no lo voy a intentar más. He tirado la toalla. Solía mirar los anuncios por pala- bras todas las semanas, pero creo que he dado con la clave del problema: nunca voy a encontrar nada interesante y si lo encon- trara, algo iría mal. Tengo mala suerte. En realidad, el problema soy yo.»
Estos comentarios proporcionan una impresionante perspectiva de cómo la gente se fabrica su propia suerte. Si no vas a un exa- men es seguro que no lo vas a pasar. Si no buscas un trabajo segui- rás sin empleo. Y si estamos reacios a quedar con alguien, reducire- mos nuestras posibilidades de encontrar pareja. Una vez más, vemos que la suerte, o la mala suerte, se propicia. Los que se consideran con mala suerte está tan convencidos de que van a fracasar, que no van a conseguir esas, a veces, ansiadas metas. Esto hace que sus negras expectativas se conviertan en realidad.
En un momento dado de mi investigación llevé a cabo un senci- llo experimento para comprobar cómo influyen las expectativas de la gente que dice no tener suerte en el grado de consecución de sus objetivos. Les mostré a dos grupos de personas - c o n suerte y sin suer- t e - los ^nismos puzzles, consistentes en dos piezas de metal entre- lazadas. Les expliqué que en uno de ellos era posible liberarlas y en el otro no, pero no los identifiqué. Luego les dije que había lanza-
do una moneda al aire para ver cuál le tocaba a cada grupo. En realidad, a los dos les entregué el mismo puzzle. Les pedí que lo miraran para ver si les parecía que era posible o imposible abrirlo. Los resultados fueron sorprendentes. Más del 60 por ciento de la gente sin suerte dijo que era imposible; mientras que sólo el 30 por ciento de la gente con suerte dijo lo mismo. Como en muchos otros aspectos de la vida, los que no se consideran tocados por la varita de la fortuna abandonan incluso antes de haber empezado.
También tenía curiosidad por ver si las expectativas de las per- sonas con suerte influían en su comportamiento. Cabía la posibili- dad de que al estar convencidas de que les iba a ir muy bien en una entrevista, por ejemplo, se confiaran y no se preocuparan de prepararla. Pues bien, no pude probar esta suposición. Sus esperan- zas respecto al futuro no les hacían correr ningún riesgo, muy al contrario, les motivaban para controlar lo más posible sus actos. Intentaban conseguir lo que querían, incluso en el caso de que sus posibilidades de éxito fueran pocas.
Esta idea tan sencilla sustenta uno de los mayores golpes de suerte de mi vida profesional. Poco después de que iniciara mi pri- mer trabajo en la universidad, recibí un e-mail que cambió mi vida. Este correo había sido enviado a casi todos los profesores de las universidades británicas. Procedía de un grupo de productores de tele- visión y periodistas que deseaban promocionar la ciencia organizando un gran experimento en el que pudiera participar el público. Expli- caban que sería realizado por la BBC y el diario The Daily Tele-
graph; calculaban una audiencia de unos 18 millones de personas y
, pedían ideas para el mismo. Inmediatamente pensé que sería muy interesante llevar a cabo un amplio estudio sobre la detección del engaño. Rápidamente tracé un esquema de cómo podría discurrir. Se podía mostrar a los televidentes una serie de flashes con perso- nas mintiendo y diciendo la verdad y pedir que dijeran por teléfo- no si pensaban que la persona estaba siendo sincera o no. También pensé que sería interesante presentar las imágenes del film en el perió- dico y pedir la opinión de los lectores. Estuve a punto de no enviar mi idea porque me parecía que habría miles de profesores que ha- rían lo mismo y que la mía no tendría muchas probabilidades de ser elegida. Luego lo pensé dos veces y llegué a la conclusión de que si
no lo intentaba, nunca lo conseguiría. Unas semanas más tarde, estaba feliz de ver que mi propuesta había resultado vencedora.
El experimento se realizó en la BBC, en directo, y en el diario The Daily Telegraph. Respondieron miles de personas; fue todo un éxito. Luego publiqué los resultados en una de las revistas cientí- ficas más prestigiosas del mundo y fui invitado a llevar a cabo otros experimentos a gran escala. Y todo porque decidí presentar mi idea, a pesar de que creía que las posibilidades de triunfar eran escasas.
Suerte, predicciones y salud
Este tipo de predicciones puede tener serias repercusiones en otra importante faceta de la vida de la gente: su bienestar físico. En la encuesta anterior vimos cuántas personas sin suerte creían que iban a sufrir u n a serie de problemas de salud, como el sobrepeso, el insomnio, o los relacionados con el alcohol. Pero lo peor de todo es que casi siempre están convencidas de que no pueden hacer nada por cambiar las cosas. Han nacido sin suerte y creen que están destinadas a una vida enfermiza y con negras perspectivas. En contraste, las personas con suerte creen que, igual que en otros aspectos, les va a ir muy bien y van a gozar de buena salud.
Las investigaciones llevadas a cabo permiten afirmar que estos planteamientos tienen un impacto significativo en el bienestar de la gente.5 Igual que muchos de los que no tienen suerte no se presentan a los exámenes porque están convencidos de que no lo van a hacer bien, o no intentan buscar un trabajo porque están seguros de no lo van a encontrar, no tiene sentido para ellos llevar una vida saludable porque están seguros de que van a enfermar. En consecuencia, no dejan de fumar, no se preocupan de hacer ejercicio o de llevar una dieta equilibrada. Tampoco toman muchas precauciones, ni visitan al médico cuan- do se sienten mal. Están convencidos de que están destinados a estar enfermos y no hay nada que puedan hacer para evitarlo.
Pero, ¿qué pasa con la gente que tiene expectativas mucho más positivas? ¿Es posible que su actitud la lleve a correr ciertos riesgos? Quizás muchos están tan convencidos de que no van a contraer un cáncer que no les preocupa ser fumadores empe- dernidos. O quizás están tan convencidos de que no van a coger una enfermedad de transmisión sexual que no se protegen en sus relaciones. Nada más lejos de la verdad. Mis investigacio- nes han probado que a mayor optimismo ante el futuro mayor es la adopción de medidas para asegurarse una vida sana. Hacer más ejercicio, llevar una dieta equilibrada, tomar las medidas pre- ventivas adecuadas o prestar atención a lo que le dice el médi- co son algunas de ellas.
La incidencia de esta actitud y comportamiento está lejos de ser trivial. Investigadores finlandeses clasificaron a más de 2.000 personas en tres grupos: uno «negativo», que veía el futu- ro muy negro; otro «positivo», que lo veía con buenos ojos, y un tercero «neutral», es decir que no se inclinaba ni a un lado ni a otro. Hicieron un seguimiento de los grupos durante un periodo de seis años y llegaron a la conclusión de que las personas del grupo «negativo» tenían mucho más riesgo de morir de cáncer, de una enfermedad cardiovascular o de un accidente, que los «neutrales». Por el contrario, los del grupo «positivo» exhibían una tasa de mortalidad mucho más baja que los anteriores.6
En el Capítulo III, vimos cómo la gente sin suerte presenta un nivel de ansiedad mucho más elevado que los neutrales o que la gente con suerte. Estas diferencias pueden repercutir en igual medida en el bienestar de unos y otros. Las personas con ansiedad son propensas a los accidentes, tanto en su casa como en su lugar de trabajo7, y tienen dificultad para con-
centrarse, ya que piensan más en sus problemas y preocupa- ciones que en lo que están haciendo o en lo que está suce- diendo a su alrededor. Por tanto, no es soprendente que tengan más accidentes. Además, se ha demostrado que este nivel de ansiedad puede afectar a su sistema inmunológico y rebajar sus defensas. La gente con suerte es el polo opuesto. Su acti-
tud relajada ante la vida la hace menos propensa a los acci- dentes y a sufrir menos enfermedades relacionadas con la ansiedad. En resumen, la falta de confianza de las personas sin suerte les provocan un elevado nivel de ansiedad, y esta ansiedad propicia a su vez una cuota más alta de lo normal de accidentes y enfermedades.
También sus creencias y supersticiones contribuyen a aumentar su ansiedad en determinadas circunstancias. Un reciente artículo publicado en la revista British Medical Jour-
nal informaba de que los chinos y los japoneses residentes en
Estados Unidos tienen un 7 por ciento más de tasa de morta- lidad el día 4 de cada mes. Este pico no se produce en el caso de los americanos nativos. Como el número 4 es el de la mala suerte para chinos y japoneses, los investigadores han llegado a la conclusión de que la mortalidad a causa de enfermedades cardiacas aumenta con el estrés que les produce ese día. Curio- samente han bautizado este efecto con el nombre de «El perro de los Baskervilles» debido a que en la novela del mismo nom- bre, de Arthur Conan Doyle, el personaje Charles Baskerville sufre un fatal ataque al corazón a causa del estrés.8
No estoy diciendo que nuestro nivel de bienestar dependa de nuestra actitud ante la vida —hay algunas enfermedades que no tienen nada que ver con nuestras creencias ni nuestro comportamiento- pero sí que puede tener una incidencia importante en la salud.
Las elevadas expectativas de las personas con buena suerte tam- bién les motivan para seguir esforzándose frente a la adversidad. Al comienzo de este capítulo conocimos a Erik, que había conseguido la mayoría de sus objetivos en la vida: una pareja de la que estaba enamorado, una familia con la que vivía feliz, y un trabajo con el que se sentía satisfecho. Erik nos ha explicado lo importante que es para él tratar de que sus ambiciones se hagan realidad:
«Cada uno se fabrica su propia suerte. Si te quedas en casa sen- tado y no haces nada, nada sucederá, pero si te lo trabajas, la
cosa cambia. Creo que tengo suerte. Aunque a veces el panora- ma esté un poco negro, sé que al final todo irá bien. Siempre y cuando sigas luchando. Siempre que no tires la toalla por com- plicado que sea el problema, o que trates de encontrar una solu- ción, tendrás esa pizca de suerte que te ayuda a conseguir lo que quieres.»
Es lo mismo que expresaron muchos otros de los afortunados participantes. Entre ellos, Marvin, un detective privado de treinta y tres años, que ha logrado realizar muchas de sus ambiciones a pesar de que no lo tenía todo a su favor. Atribuye gran parte de su bue- na fortuna a su confianza en el futuro y enfatiza la importancia de hacer un esfuerzo para conseguir lo que uno desea en la vida:
«Sé que al final todo va a ir bien. Que me tocará la lotería. Qui- zás no un millón de dólares, pero sé que voy a conseguir una cantidad importante. Hay que intentarlo. Si no compras un bille- te nunca te va a tocar. Si crees que vas a tener suerte, la ten- drás; es un estado mental. Yo se lo debo a mis padres. Ellos me transmitieron la idea de que puedes conseguir lo que quieres si crees lo bastante en ti y eres positivo.»
La perseverancia de Marvin ha dado sus frutos. A pesar de sus- pender los exámenes de ebanistería en la escuela, solicitó un trabajo de carpintero en un gran astillero. Fue a la entrevista lleno de ener- gía y esperanza. Con su entusiasmo, se ganó las simpatías de su entrevistador y también el puesto. Más tarde, decidió que quería tra- bajar como detective privado. A pesar de no tener formación ni expe- riencia, escribió a todas las agencias de la ciudad aunque sin conse- guir ni una respuesta. En vez de dejarlo, se puso su mejor traje y fue a visitar la oficina de una de las más importantes de la región. Dio la casualidad que el director de la compañía estaba en el vestíbulo cuando él llegó y se pusieron a charlar. Le cayó bien y le ofreció un trabajo. Unas horas más tarde, Marvin salía de la agencia con su cartera, sus taijetas de visita y su trabajo soñado en el bolsillo.
Quise hacer un experimento para saber cómo afectaban las expec- tativas de la gente con suerte y sin suerte a su perseverancia a la
hora de resolver un puzzle. Logré que formara parte de un progra- ma de televisión relacionado con mi trabajo sobre la suerte. Invité a mi laboratorio a personas encuadradas en uno y otro tipo, todas al mismo tiempo. Les mostré el puzzle que la televisión había creado especialmente para el experimento. Consistía en una serie de formas que encajaban unas con otras hasta formar un gran cubo. Les expli- qué que cuando salieran de la habitación desharía el cubo y luego les iría llamando una por una para que trataran de montarlo de nuevo. Podían tomarse todo el tiempo que quisieran, aunque yo sabía que, en realidad, era casi imposible de resolver. Me pregunta- ba cuánto tiempo aguantarían intentándolo.
Había tres personas con suerte y tres sin suerte. Dos de ellas -Martin y Brenda- ya son viejos conocidos por haber aparecido en el Capítulo III. Ambos participaron en el experimento que realicé para demostrar la influencia de la personalidad en la creación y la percepción de las oportunidades. En ese experimento, Martin, millo- nario gracias a la lotería, había encontrado el billete de 5 libras que colocamos en la calle a la entrada de la cafetería y luego había ini- ciado una agradable conversación con un importante empresario. Pero ¿cómo le iría con los puzzles?
Su compañera de experimento, la desafortunada Brenda, no había visto nuestro billete de 5 libras en la acera, ni había entablado con- versación con nadie en la cafetería. ¿Cuánto tiempo duraría con el puzzle? Martin y Brenda estaban con otros cuatro participantes más. Craig, que tenía una acreditada reputación de ser propenso a sufrir accidentes y de tener mala suerte con las vacaciones. Sam, una atractiva bailarina desgraciada en amores que había tenido muchos novios pero no había encontrado al hombre de sus sueños. Bernard, un escalador profesional que había escapado por los pelos a ava- lanchas y caídas en diversas montañas de todo el mundo y, por último, Peter, que había ganado dos veces grandes cantidades de dine- ro en sendos sorteos.
Yo observaba en un circuito cerrado de televisión cómo se enfren- taba cada uno de ellos al puzzle. El primero fue Martin, el ganador de premios en la lotería. Como era una persona con suerte pensé que perseveraría en el intento. Nada más entrar en el laboratorio, contó el número de bloques y decidió que faltaba uno, por lo que se
dijo que no merecía la pena seguir, ¡era imposible resolverlo! Las habilidades constructoras de Martin debían estar un poco oxidadas porque se equivocó al contar los bloques y por tanto también al pensar que era imposible. Era un mal comienzo para mi teoría. Afor- tunadamente, todos los demás confirmaron mis predicciones. Craig, Sam y Brenda, todos ellos con el cartel de la mala suerte a sus espal- das, abandonaron a los veinte minutos, mientras que sus contrarios Bernard y Peter continuaron mucho más tiempo. De hecho, después de media hora, estaba claro que no iban a renunciar. Fui al labora- torio y les pregunté si querían dejarlo. Ambos dijeron que no. Final- mente, decidí poner fin a sus esfuerzos no sin antes preguntarles cuán- to tiempo creían que habrían aguantado. Su respuesta fue que hubieran seguido hasta terminar el puzzle aunque les hubiera llevado horas.
Mi investigación había demostrado que las expectativas de las per- sonas sin suerte y con suerte eran responsables de que consiguie- ran, o dejaran de conseguir, muchos de sus objetivos y ambiciones. Las primeras esperaban que las cosas fueran de mal en peor y muchas veces abandonaban incluso antes de comenzar. Raramente insistían ante un fracaso. Las segundas esperaban que las cosas fue- ran bien y, por tanto, estaban más predispuestas a intentar conse- guir sus objetivos, y a perseverar, a pesar de que las posibilidades