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LA GENTE CON SUERTE CREA Y MANTIENE UNA SÓLIDA «RED DE LA SUERTE»

In document Richard Wiseman - Nadie Nace Con Suerte (página 46-54)

MAXIMICE SUS OPORTUNIDADES

SUBPRINCIPIO 1: LA GENTE CON SUERTE CREA Y MANTIENE UNA SÓLIDA «RED DE LA SUERTE»

A lo largo de mi investigación pude comprobar que la gente con suerte obtenía una puntuación mucho más elevada que la gente sin suerte en el rasgo conocido como extraversión.3 Los extraver- tidos son mucho más sociables que los introvertidos. Disfrutan visitando a los amigos y asistiendo a fiestas y prefieren los traba- jos que implican la relación con otras personas. Los introvertidos

miran mucho más a su interior, son felices estando solos y se sien- ten mejor realizando actividades en solitario, como leer un buen libro.

También llegué a la conclusión de que hay tres vías en las que las personas extravertidas incrementan de manera significativa sus encuentros afortunados: son proclives a conocer a mucha gente, tienen un cierto «magnetismo social» y mantienen relaciones dura- deras.

Nivel de extraversión de las personas sin suerte y con suerte

35 - 33 - 31 - 29 - 27 - 25 - 23 - 21 - 19 - 17 - 15 -

En primer lugar, de la misma forma que Lynne, Joe y Wendy aumentan sus posibilidades de obtener premios porque participan en muchos concursos, los extravertidos también incrementan la posi- bilidad de tener encuentros provechosos porque conocen a mucha gente nueva en el día a día. Es muy sencillo: cuantas más personas conocen más oportunidad tienen de tropezar con alguien que pro- duzca efectos positivos en su vida.

Veamos el caso de Robert, un mecánico de vuelo de cuarenta y tres años que vive en Inglaterra. Robert tiene mucha suerte y su vida está salpicada de encuentros afortunados. Hace unos pocos años, voló con su esposa a Francia para celebrar el Año Nuevo. Pasadas las fiestas se dispusieron a regresar, pero una gran nevada hizo que se suspendieran todos los vuelos. Después de varios días sin que la situación se resolviera, decidieron volver a su país en el ferry. Pero todavía había otro problema. El ferry llegaría a un puer- to que estaba a considerable distancia de su casa y los transportes públicos también estaban suspendidos en Inglaterra a causa de la nieve. Cuando Robert y su esposa estaban dándole vueltas al asun- to, se abrió la puerta y apareció otra pareja inglesa que también iba a coger el ferry. Robert empezó a hablar con ellos y cuál no sería su sorpresa al descubrir que vivían muy cerca de su casa. La pareja se ofreció inmediatamente a llevarles en coche. En unos minutos sus problemas se habían resuelto.

En otra ocasión, se querían cambiar de casa. Habían mirado varias sin encontrar ninguna que les gustase. Un día, Robert iba cami- nando por la calle principal y vio a un agente inmobiliario que conocía salir de su oficina. Podría haber pasado de largo, pero deci- dió preguntarle si sabía de alguna casa en venta con las caracterís- ticas que a él le convenían. La respuesta en principio fue negativa. Sin embargo, unos segundos más tarde el agente recordó algo, se volvió hacia él y le dijo que fuera a ver una que acababa de poner- se a la venta. Robert, no perdió ni un minuto. Se acercó inmedia- tamente y quedó encantado nada más verla. La compró ese mismo día. Era la casa de sus sueños y la pareja vivió feliz en ella duran- te más de veinte años.

Cuando le entrevisté, Robert se describió como sociable y locuaz. Me dijo que en la cola del supermercado suele charlar con las per-

sonas que están junto a él. Le encanta hablar con desconocidos. Disfruta haciendo nuevas amistades y, por supuesto, piensa que a mayor número de conocidos mayores oportunidades tiene de entrar en contacto con alguien que puede reportar algún beneficio a su vida.

Joseph, un estudiante ya madurito (tiene treinta y cinco años), también ha tenido muchas oportunidades para introducir cambios en su vida. En sus tiempos de instituto le costaba mucho adaptarse, faltaba a clase y tenía constantes problemas con los profesores y tuto- res, incluso con la policía. A los veinte años había visitado ya la cárcel varias veces por faltas leves y había ido dando tumbos de un trabajo a otro. En ese momento, un encuentro fortuito cambió su vida. Iba en un tren a Virginia cuando el convoy se paró entre dos esta- ciones. Joseph estaba aburrido y se puso a charlar con una mujer que iba sentada a su lado. Era psicóloga y pronto entablaron una inte- resante conversación sobre las tendencias autodestructivas de Joseph. La mujer quedó impresionada de su perspicacia y de su capacidad de comunicación y le dijo que podría llegar a ser un excelente psi- cólogo. Cuando el tren llegó a su destino, cada uno siguió su cami- no, pero la idea había quedado prendida en la mente de Joseph. Se enteró de los estudios que tendría que hacer y decidió cambiar por completo su vida ingresando en la Southern University para licen- ciarse en Psicología. En su entrevista me dijo: «He aprendido que pue- des sacar mucho partido de una conversación. En lo que a mí res- pecta, me ha ayudado enormemente a mejorar mi suerte.»

Muchas otras personas con suerte también han informado de cómo han experimentado sus efectos simplemente por contactar con gen- te que han conocido en el día a día. Veamos el caso de Samantha. Hace unos pocos años trabajaba como secretaria en un despacho de abogados neoyorquino, esperando secretamente alcanzar horizontes más altos en el mundo del cine. Su único problema era que no tenía contactos ni relaciones importantes que la ayudaran. Una tarde llu- viosa salía de una visita al médico y decidió coger un taxi junto al Central Park dado lo mucho que llovía. Justo cuando se detuvo, un hombre mayor se le acercó y le preguntó si podía compartir el taxi con ella. Samantha, extravertida por naturaleza, le contestó afirma- tivamente y, una vez en el coche, entablaron una animada conver-

sación. Así descubrió que su compañero de viaje era un importante ejecutivo de una compañía cinematográfica. Le habló de su secreto deseo de formar parte del mundo del cine y le dijo que aceptaría un trabajo, por nimio que fuera, con tal de entrar. Él le ofreció organi- zarle una entrevista con el jefe de personal de su empresa, y así fue como Samantha empezó a trabajar como secretaria de uno de los abo- gados, pero enseguida pasó al departamento de adquisiciones cine- matográficas. Cinco años más tarde, se ha convertido en una atarea- da ejecutiva en Los Ángeles que reconoce que tuvo la suerte de aprovechar la oportunidad que le ofreció el estar en el sitio adecua- do en el momento oportuno.

Otra forma en la que la gente con suerte aumenta sus posibilidades de tener este tipo de encuentros reside en lo que llamaremos «mag- netismo social». Los psicólogos han llegado a la conclusión de que hay personas que atraen más que otras.4 Esta especie de «imanes

sociales» suelen encontrarse con que muchos se acercan a charlar con ellos en fiestas y reuniones. Tampoco es raro que cuando van por la calle les pregunten por una dirección o por la hora. Por algu- na extraña razón, la gente se siente atraída por ellos. Y algo que no es nada sorprendente: son muchos más los extravertidos que los intro- vertidos los que tienen este don tan especial.

Las investigaciones han puesto de relieve que estas personas adoptan un tipo de lenguaje corporal y de expresión facial que las hace atractivas e incitantes. Y, lo que es interesante resaltar, la gen- te con suerte muestra el mismo comportamiento. Le pedí a algunos colegas que examinaran las cintas y vídeos de las entrevistas que había realizado. Quité el sonido para que no pudieran averiguar a qué bando pertenecían los entrevistados a la hora de analizar su aspecto y su actitud durante la entrevista. Contaron el número de veces que sonreían, y el número de veces que miraban a los ojos de su interlocutor y tomaron nota de todos sus gestos.

Las diferencias entre uno y otro grupo eran enormes. La gente con suerte sonreía el doble de veces que la gente sin suerte y su mirada era mucho más franca y directa. Quizás los mayores contrastes surgieron a la hora de examinar su lenguaje corporal «abierto» o «cerrado». Las personas exhiben un lenguaje corporal cerrado cuan- do cruzan los brazos y las piernas, o no se encaran con quien están

h a b l a n d o . U n lenguaje abierto es exactamente lo contrario: la per- s o n a mira de frente, no cruza los brazos ni las piernas y a menudo hace gestos con las manos abiertas. La gente con suerte tiende a utilizar un lenguaje abierto el triple de veces que la gente sin suer- te. El lenguaje corporal y facial de las personas con suerte resulta muy atractivo. Esto ayuda a que se den esas felices casualidades que tanto les favorecen. Por ejemplo, cuantos más contactos establezcan en una fiesta, más posibilidades tendrán de encontrar a la persona de sus sueños. Cuanto más hablen de negocios, más posibilidades ten- drán de encontrar un nuevo cliente o de conocer a alguien que pro- duzca efectos beneficiosos en su carrera.

Pero la cosa no acaba aquí. Además de hablar con mucha gente, y tener esa especie de magnetismo social, este tipo de personas extravertidas también encajan en un tercer comportamiento que incrementa las probabilidades de que su vida esté plagada de casua- lidades providenciales y que, seguramente, juega el papel más impor- tante en su carrera de éxitos. Son eficaces a la hora de establecer lazos seguros y duraderos y no tienen dificultades para entablar nuevos conocimientos y amistades. En consecuencia, mantienen un grupo mucho más numeroso de amigos y conocimientos que la gen- te sin suerte. Esta red de contactos contribuye a incrementar sus opor- tunidades.

Veamos el caso de Kathy, una administrativa de cincuenta años de edad. Kathy se considera una persona con mucha suerte en todos los aspectos de su vida. Lleva veintitrés años de feliz matrimonio y tiene dos hijos. Cree que ha estado siempre en el lugar adecuado en el momento oportuno. Hace unos años decidió reincorporarse al trabajo después de estar un tiempo dedicada al cuidado de sus hijos, pero no estaba segura de que su capacidad y conocimientos fueran las mis- mas de antes. Llamó a un viejo amigo vinculado al mundo profesio- nal al que no veía hacía tiempo para pedirle consejo. Cuando comen- zaron a hablar de su deseo de reingresar en el mundo laboral, él le comentó que iba a poner un anuncio porque necesitaba un asistente personal. Kathy le dijo que le gustaría empezar de nuevo en ese pues- to y él le sugirió que lo pidiera. Así lo hizo y lo consiguió. Tras seis años de trabajo en la empresa está encantada con lo que hace y cree que buena parte de su suerte se deriva de su actitud:

«Colecciono gente. Me gusta, y no tengo problemas para hacer nuevos amigos. Procuro mantener el contacto con ellos. Aunque resulta difícil estar en contacto con todo el mundo, yo hago todo lo que puedo.»

Kathy ha conseguido tener una impresionante red de contac- tos a través de amigos y compañeros que conserva desde su épo- ca de estudiante. Para celebrar su cumpleaños organizó una cena a la que invitó a sus cincuenta amigos más íntimos. Se relacio- na con gente de todas partes del mundo y de todas las épocas de su vida.

Kathy no fue la única persona que hizo hincapié en la impor- tancia de mantener el contacto con amigos y colegas. En el capítu- lo anterior, conocimos a Jodie, una poetisa que ahora vive en Nue- va York. En los dos últimos años ha tenido mucha suerte y la casualidad la ha ayudado a hacer realidad muchos de sus sueños y ambiciones. Jodie incrementa la posibilidad de que se produzcan esas fructíferas casualidades charlando con la gente y manteniéndo- se en contacto con ella. También está muy bien relacionada dentro de su círculo de escritores y poetas. Le pregunté sobre este aspecto de su vida:

«No me cuesta ningún trabajo conectar con la gente. A la hora de relacionarme soy sincera y auténtica. No me gusta encerrarme en mi casa. Me gusta comunicarme y tener un hogar, pero no es una cuestión de geografía: nuestros compañeros, nuestros veci- nos, nuestros amigos son nuestros hogares. Así que cuando me doy cuenta de quiénes son los que realmente me apoyan, de dónde y con quién me siento como en familia, me entrego y procuro mantener el contacto.»

Estas técnicas son especialmente eficaces porque ayudan a crear y mantener una vasta «red de la suerte». Los sociólogos han estima- do que, por término medio, todos conocemos a unas 300 personas más o menos íntimamente. Cuando nos presentan a alguien y comen- zamos a hablar, estamos sólo a un paso, a un apretón de manos, de la gente que a su vez conoce esa persona. Supongamos que está en

una reunión y que empieza a charlar con una chica que se llama Sue. Nunca la ha visto antes, pero parece agradable. En un momen- to dado, menciona que está pensando en cambiar de trabajo. No pare- ce probable que Sue le pueda ofrecer un contrato, pero quizás conoz- ca a alguien que sí puede hacerlo. Charlando con ella, está sólo a un paso de «sus» 300 personas. Quizás le presente a alguien que seguramente conoce a alguien que esté interesado en contratarle. Usted está sólo a dos pasos de unas 90.000 posibilidades (300 x 300 personas) de tener un encuentro providencial. Y, todo ello, sólo por saludar a Sue.

Pero volvamos al cincuenta cumpleaños de Kathy y a sus 50 invitados. Asumamos que cada uno de ellos conoce, por término medio, a otros 300, y que cada uno de esos 300 conoce, a su vez, a 300 más. En su fiesta de cumpleaños ¡¡Kathy estaba a sólo un paso de 15.000 personas y a dos de 4,5 millones!! Teniendo en cuenta todo este potencial de contactos, no parece sorprendente que estos encuentros jueguen un papel tan importante y positivo en su vida.

Sin darse cuenta, las personas con suerte se comportan de un modo que maximiza su haber de golpes de fortuna y de casualida- des providenciales. Hablan con montones de personas y pasan tiem- po con ellas; atraen a la gente y mantienen las relaciones. El resul- tado es una vasta red de contactos y grandes posibilidades de tentar la suerte. Y sólo se necesita uno de estos encuentros fortuitos para cambiar una vida.

Cómo fabricar una «red de la suerte»

Jessica es un antropóloga forense de Chicago que ha tenido suerte durante toda su vida:

«Tengo el trabajo que deseo, dos maravillosos hijos y un marido al que adoro. Es increíble, cuando echo la vista atrás y repaso mi vida, me doy cuenta de que he tenido suer- te en todo. En los estudios, con los amigos, con la gente

que he conocido, estando en el sitio adecuado en el momen- to oportuno. No se me ocurre ningún aspecto concreto en el que no haya sido afortunada.»

Jessica ha tenido suerte sobre todo en su vida amorosa. Siempre le ha sido fácil encontrar pareja. Actualmente lleva sie- te años con un hombre al que considera «perfecto». En una entrevista, le pedí que describiera cómo había conocido a su pareja actual.

«Le conocí por casualidad en una fiesta. Una noche, una amiga me llamó para preguntarme si quería ir a una cena con ella. No pensaba salir, pero la oferta parecía interesan- te, así que accedí. Y encontré al hombre de mi vida. A él también le había llevado a la fiesta un amigo suyo. Empe- zamos a hablar y enseguida quedamos para tomar un café al día siguiente. Así empezó todo.»

También le pedí que explicara cuál creía que era la causa de su suerte:

«En gran parte es el resultado de no dormirse. Si eres una persona activa, conoces a mucha gente y entras en otros cír- culos. A mí me gusta charlar con los desconocidos y creo que es ese aspecto de mi personalidad el que me ha apor- tado muchos de mis amigos y parejas. Prefiero buscar a gen- te interesante que estar aburrida. Si voy a algún evento o a alguna fiesta, procuro encontrar a alguien con quien hablar que merezca la pena. Pero no se trata sólo de eso. Mis amigos me han dicho que la gente se acerca a mí por- que yo me intereso por ella. Hablo, pero también escucho. Hay que compartir la información. Me interesa la vida de los demás, hago esfuerzos por conectar con otras personas. »También organizo muchas fiestas. Los que asisten me dicen cosas como: "¡Qué bien lo hemos pasado. Ha sido una noche estupenda, haces unas fiestas maravillosas!"

Bien, son divertidas, pero hay que planificarlas. Suelo invi- tar a mucha gente diferente. Las fiestas con las mismas personas son un tanto predecibles. Por otra parte, es una manera de hacer que surjan nuevas amistades y conoci- mientos. Celebro una cada dos meses y, la verdad, me da buena suerte en los temas profesionales, o a la hora de encontrar apoyos... Se trata de compartir conocimientos y experiencia.

»Es un juego de probabilidades. Si conoces a 20 personas en una semana, tendrás más oportunidades de encontrar a alguien interesante que si conoces sólo a 5. En resumen, se trata de tener más posibilidades de que te pasen cosas buenas, de tener encuentros agradables... Creo que sería muy difícil tener suerte si no lo haces.»

SUBPRINCIPIO 2: LA GENTE CON SUERTE ADOPTA UNA

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