CAMBIE EL SIGNO DE SU SUERTE
SUBPRINCIPIO U LA GENTE CON SUERTE ACTÚA DE MANERA CONSTRUCTIVA PARA EVITAR MALES FUTUROS
Imagine que ha tenido tres citas con personas que le interesaban y que las tres han acabado mal. O que ha tenido cuatro entrevistas de trabajo, pero nunca le han llamado. 0 que ha ido de compras, ha encontrado el traje que le interesaba y, a la hora de ir a pagar, se encontró con que había una cola enorme. ¿Cuál seria su reacción? ¿Insistiría o tiraría la toalla? He planteado estas situaciones tan sen- cillas a la gente implicada en mi investigación. Quería descubrir cómo se comportarían unos y otros frente a escenarios poco favorables. Les pedí a todos que me dijeran cómo se sentirían y, lo que es más importante, qué es lo que harían. Los resultados pusieron de relieve aspectos muy interesantes de la psicología de la suerte.
En el capítulo anterior, vimos hasta qué punto las expectativas de la gente están relacionadas con la perseverancia frente a la adversidad. Las personas sin suerte estaban convencidas de que iban a fracasar, por tanto no se preocupaban mucho de intentarlo de nuevo. En cambio, la gente con suerte pensaba todo lo contra- rio. Estaba segura de su éxito, por eso perseveraba una y otra vez. Lo mismo ha sucedido cuando he preguntado a ambos grupos por su reacción ante una racha de mala suerte. Los primeros dijeron casi todos que tirarían la toalla. Tras imaginarse que después de tres citas no había conseguido nada, una de estas personas comen- tó:
«No haría nada. Supongo que pensaría que las cosas son así y que no hay dos sin tres.»
Cuando se imaginaba que estaba en una tienda y había encon- trado el traje que necesitaba pero tenía mucha prisa y había mucha gente en la cola, comentaba:
«Lo más seguro es que me estaría lamentando durante una sema- na y luego lo olvidaría, o esperaría en la cola, sabiendo que cuando llegara mi turno la caja se estropearía y yo no podría hacer nada para evitarlo. Luego me cogería una buena rabieta.»
Las personas con suerte eran mucho más persistentes. En su fue- ro interno estaban convencidas de que no están destinadas a ser desgraciadas. Muy al contrario, la desgracia era un reto que tenían que superar, que puede tener buenos resultados en el futuro. Tras fracasar después de haber acudido a tres citas, una de estas perso- nas explicaba cómo perseveraría:
«Lo intentaría una y otra vez. No hay que desistir por los malos resultados. No lo puedes dejar tan pronto. La vida te depara estas tareas y tu obligación es sacarlas adelante.»
En un posible escenario con tres fracasos en entrevistas de tra- bajo, otra decía:
«Me encogería de hombros y seguiría adelante. Escribiría a más sitios. Seguramente el mismo día; así tendría la sensación de estar haciendo algo positivo.»
Las respuestas de unos y otros revelaron otra diferencia impor- tante. El grupo de afortunados veía las situaciones negativas de una manera constructiva. Sin embargo, la gente sin suerte raramente se preguntaba por qué no había tenido éxito. No parecía tener interés en aprender de los errores, por eso era mucho más probable que volviera a caer en ellos. En contraste, la gente con suerte decía que trataría de ver sus fallos para aprender de ellos y madurar. En lo referente a las tres citas fallidas, una persona de este grupo afirmó: «Trataría de mejorar mi suerte preguntando a la última cuáles eran mis defectos o cuáles fueron mis errores... si es que había alguno.»
Otra persona del mismo grupo adoptó la misma postura cuando describía lo que haría tras el fracaso de las entrevistas de trabajo: «Probablemente escribiría al entrevistador y le preguntaría qué había hecho mal; le pediría información y luego me aseguraría de que no me volviera a ocurrir en la próxima entrevista.»
Por tanto, la gente con suerte insiste frente al fracaso y de esta forma convierte la mala suerte en buena. Sin embargo, esta res- puesta no es la única. Hay otra que quizás se comprende mejor si la ilustramos con un juego. Imagine que le doy una vela, una caja de chinchetas y una caja de cerillas. Tiene que fijar la vela en la pared de forma tal que se pueda encender y utilizar como una luz. Algu- nos clavan las chinchetas en la pared y tratan de sujetar con ellas la vela. Otros pasan una cerilla por la base de la vela y tratan de pegarla a la pared. Ninguna de estas soluciones funciona. De hecho, sólo unos pocos dan con la solución correcta: sacan las chinchetas de la caja, utilizando dos para fijarla a la pared. Luego, es fácil colocar la vela en la caja y encenderla. Para ellos la caja que con- tiene las chinchetas no es sólo una caja, sino también un porta- velas. Encontraron la solución por su habilidad para salirse de los caminos trillados. Por su creatividad y flexibilidad para ver los obje- tos de manera muy distinta a la que han sido concebidos.
Mi investigación reveló que muchos de los considerados afortu- nados utilizaban los mismos recursos cuando la mala suerte les blo- queaba el camino para conseguir sus objetivos: exploraban otras vías para solucionar el problema. Tras imaginarse que le habían dado calabazas en tres citas, una de las participantes señalaba:
«Probablemente dejaría descansar un poco el tema de los hom- bres y me dedicaría a mis amigas, o a la gente que conozco bien. Dejaría las cosas correr en vez de intentar quedar una y otra vez con alguien que no conozco.»
En cuanto a las colas a la hora de pagar, otros aportaron tam- bién soluciones imaginativas. Por ejemplo:
«...vas al cajero y dices: "¿Puedes guardar esto hasta mañana que volveré a por ello?" Es algo muy sencillo que a veces funciona.» A la gente sin suerte no se le ocurren estas cosas porque se blo- quea y no busca alternativas. De hecho, sólo uno de los pertenecientes a este grupo respondió de manera creativa o innovadora. Cuando le pregunté cuál sería su respuesta ante tres citas fallidas, meditó un
momento, luego levantó los ojos, sonrió y dijo: «Probablemente me metería a cura.» Su solución era modificar sus propios objetivos para eludir la mala suerte.
El mismo tipo de respuesta surgió en mis entrevistas sobre hechos de la vida real. La gente sin suerte no trataba de aprender de sus errores o explorar nuevas formas de encarar su sino. Muy al con- trario, estaba convencida de que no podía cambiar la situación, sólo empeorarla.
Veamos el caso de Shelly, la enfermera. Tuvo una niñez feliz, estudió su carrera en una buena escuela y en un hospital de renom- bre. Cuando acabó, pasó unos años estupendos viajando alrededor del mundo. Luego conoció al que sería su marido, Paul, al que, según ella, la mala suerte le había acompañado siempre. Shelly cree que se la traspasó. Desde entonces, su vida ha estado plagada de problemas de salud, de trabajo y, en definitiva, de tristeza.
Shelly compró su primer coche en 1983. Desgraciadamente, su marido murió semanas más tarde y poco tiempo después del fune- ral tuvo su primer accidente. El trauma de la muerte de su marido, combinado con el del accidente, le produjo una pérdida de memoria durante un mes, por eso sus recuerdos de los hechos eran un tanto vagos. Pero está segura de que la culpa no fue suya, sino del coche, que estaba gafado. Sin embargo, se acuerda perfectamente de lo que pasó cuando adquirió su segundo coche. De nuevo, nos cuenta la historia:
«El primer accidente que tuve fue porque el coche que estaba delante de mí giró a la izquierda de repente y sin previo aviso. Me declararon culpable porque según la ley yo estaba demasia- do cerca. En el siguiente, choqué con el vehículo que tenía delan- te cuando pegó un frenazo brusco. En el accidente número tres, acabé en el terraplén del ferrocarril. No sé lo que pasó. Fui a coger algo del asiento de al lado y me salí de la carretera. Me cargué varios semáforos y choqué contra una valla antes de vol- car. No podía más. Me libré del coche.»
La mayoría de la gente se cuestionaba la habilidad de Shelly a la hora de conducir. Los accidentes ocurrieron con tres coches dife-
rentes y parece que ella tenía la culpa. Sin embargo, insiste en que es cosa de mala suerte y que los coches estaban gafados. En con- clusión, cree que no puede hacer nada, o casi nada, para solucio- narlo. Que la vida es así.
La gente sin suerte suele incurrir en comportamientos que están lejos de arreglar sus problemas incluso cuando trata de cambiar su sino. En vez de intentar mejorar su forma de conducir, Shelly trata- ba de mejorar su suerte remediando los males ajenos:
«Hay muchas veces que el desastre te golpea hagas lo que hagas o que parece que no sabe cuándo detenerse. Es como si las fuer- zas que provocan esta clase de cosas tuvieran tu nombre apun- tado. Me parecía que me estaban castigando por algo y yo trata- ba de enmendar mi comportamiento. Me ocupaba de mi madre, muy mayor y enferma durante muchos años. Recogía animales perdidos y hacía caridad. Pero hiciera lo que hiciera, todo seguía igual. Durante años, me dediqué a escribir en un diario todo lo que me sucedía con la esperanza de que las cosas cambiaran en cualquier momento. Pero nunca lo hicieron y lo dejé por impo- sible.»
Shelly no es la única persona que ha tratado de cambiar su suerte y ha fracasado. En el Capítulo V, describí la desafortunada vida de Clare. Ha tenido que luchar contra muchas enfermedades, no ha disfrutado en casi ninguno de los trabajos en los que ha estado y tampoco ha tenido mucha fortuna en el amor. En una entre- vista, le pregunté si había hecho algo para luchar contra esa mala suerte. Me explicó que había encontrado la salida en la supersti- ción:
«Hace tres o cuatro meses recibí una carta de una vidente ofre- ciéndome ayuda. Me decía, entre otras cosas, que yo no había tenido una infancia muy feliz. La verdad es que me impresionó. Yo me preguntaba: «¿Cómo lo sabe?» Luego, llegué a la conclu- sión de que seguramente era una carta modelo que encajaría en la vida de muchas personas. Pero piqué, le mandé los 50 dólares que pedía y ella a su vez me envió una serie de números que, según
decía, iban a resultar premiados en la lotería. Por supuesto, no fue así a pesar de que me dijo que me proporcionarían riquezas incalculables. Los utilicé, de hecho todavía lo sigo haciendo, aun- que, desde luego, sin ningún éxito. No he ganado ni un centavo.» Este tipo de comportamiento es, en principio, inofensivo. Sin embargo, hay otros casos más dramáticos y con repercusiones muy negativas en la vida de las personas.
Veamos el caso de Paul, un agente de ventas retirado de setenta y cinco años de edad. Cuando era adolescente comenzó a interesar- se por la superstición. Cayó en sus manos un viejo libro de astrolo- gía en el que leyó que su número de la «suerte» era el 3 y decidió poner a prueba la información. Acudió a las carreras de caballos, miró la lista de ese día y apostó por varios caballos que corrían en tercer lugar en cada carrera. Paul contaba así lo sucedido:
«Con gran asombro por mi parte, ganaron tres de los caballos por los que había apostado. Conseguí una importante suma de dinero: el equivalente a más de un año de mi salario. En aquel momento pensé que era la persona con más suerte del mundo. Ahora creo que fue el día más desgraciado de mi vida. Pero en aquellos tiempos yo era muy supersticioso y estaba convencido de que el 3 era mi número de la suerte.»
En las siguientes semanas, Paul siguió apostando por los caba- llos que aparecían en el número tres de la lista. Cuando empezó a fallar, se dedicó a las carreras de galgos. Iba todas las noches y apostaba siempre por los que corrían en tercer lugar. En sólo un mes perdió todo lo que había ganado. Pero en vez de aprender de sus errores, continuó confiando en la «suerte» y siguió reincidiendo. Apostaba importantes cantidades de dinero en los hipódromos y tenía que encontrar la forma de afrontar sus deudas. Su situación llegó al extremo de que le desahuciaron por falta de pago. Al cabo de los años Paul es capaz de echar la vista atrás y de reconocer que la superstición es la causa de su supuesta mala suerte. Todavía sigue jugando, pero ahora toma sus decisiones en base a criterios más
Intrigado por estas entrevistas, llevé a cabo una encuesta sobre las supersticiones de todos los participantes en mi investigación. Quería saber si afectaban a la gente sin suerte más que a la gente con suerte. Les pedí que me dijeran si pensaban que el número 13 traía mala suerte, si se sentían mal cuando rompían un espejo o si creían que ver un gato negro era un mal presagio. Los resultados mos- traron que las personas sin suerte eran mucho más supersticiosas4 y
menos eficaces a la hora de alterar el curso de esa mala suerte que dicen encontrar en la vida.
Mis entrevistas también me permitieron comprobar que la gente con suerte adoptaba un enfoque mucho más constructivo en situa- ciones problemáticas. Recordemos lo que dice Marvil, nuestro detec- tive privado, que cree que hay que buscar otros caminos cuando las cosas te van mal:
«Cuando la gente comenta que odia su trabajo, le digo: "Si no te gusta lo que haces, márchate." Pero algunos contestan: "No puedo, es muy complicado. En realidad, lo que pasa es que ten- go mala suerte. No hay nada que hacer." No creo en este tipo de actitud. Me parece que si no te encuentras cómodo tienes que cambiar. Si lo haces, te sentirás mejor y cambiarás también tu suerte.»
Hilaiy es una toxicóloga de cuarenta y seis años que reside en Ber- keley, California. Ha tenido muy mala suerte a lo largo de su vida pero, a pesar de todo, se considera afortunada:
«Ni me ha tocado la lotería ni me he encontrado con la suerte en cada esquina. Sin embargo, en lo verdaderamente importante, siempre me ha ido bien. Y me he dado cuenta de que, con pocas excepciones, las cosas negativas que me han sucedido, al final han resultado positivas.
A pesar de una niñez difícil, siempre he procurado actuar positi- vamente y no he tratado de achacar las cosas a la mala suerte. Prefiero actuar en vez de dejar las cosas correr. Precisamente los años de mi niñez me han hecho buscar con más ahínco lo que quiero en la vida.
Cuando acabé la carrera de Medicina hice la residencia en Stanford, Yale y Johns Hopkins. En 1984, terminé y firmé un contrato para trabajar como patóloga en un pequeño hospital. Una semana antes de comenzar, cuando ya había vendido la mayor parte de mis muebles y había trasladado el resto a l n k nueva casa, recibí una llamada del director diciéndome que una gran empresa había adquirido el hospital y que el contra- to que había firmado ya no tenía validez. Me encontraba sin contrato y sin trabajo. Me sentía fatal. Pero me enteré de que otro hospital de la zona estaba buscando un toxicólogo y, a pesar de que no había pensado cambiar de especialidad, pedí la plaza. Me la concedieron y ahora no me veo haciendo otra cosa. He llegado a la conclusión de que la patología no era lo mío y de que lo hubiera pasado fatal si hubiera seguido por ese camino. Así que algo que en principio era desastroso se convirtió en maravilloso.»
Muchos de los entrevistados estaban de acuerdo en que la gente con suerte explora nuevas formas de solucionar los problemas. En el capítulo anterior, vimos que Jonathan utilizaba la meditación para mejorar su intuición. También, que tenía una reputación bien ganada de transformar la mala suerte en buena, y que era capaz de pasar de las cosas negativas que le sucedían. Cuando le entrevisté,
también me contó cómo le plantaba cara a los fracasos y cómo dis- frutaba tratando de encontrar soluciones a los problemas:
«Mi abuelo, que era alemán, repetía mucho una frase que, tradu- cida libremente, decía algo así: "Para nuestra familia las cosas resul- tan difíciles pero, finalmente, resultan." Yo siempre les digo a los chicos que no abandonen, que hay que luchar. Creo que siempre tengo presente la actitud de mi abuelo; aunque sólo haya un 1 por ciento de posibilidades, sigo adelante. También soy bastante flexi- ble. No me considero muy creativo desde el punto de vista artístico, pero siempre trato de ver las cosas desde distintos enfoques y no con una visión estrecha. Me encantan los retos y no busco necesa- riamente la solución más fácil o ramplona sino la más interesante, aunque no sea la más sencilla.»
La gente afortunada adopta enfoques mucho más constructivos cuando la mala suerte se cruza en su camino. Actúa, insiste y con- templa soluciones alternativas. Todo ello ayuda a disminuir las pro- babilidades de sufrirla en el futuro.
La historia de Emily
Quizás el ejemplo más sorprendente de cómo la mala suerte puede trocarse en buena lo constituye el de Emily, una mujer de cuarenta años de edad, nacida en British Columbia y que actualmente trabaja en u n a agencia de publicidad de San Francisco. Emily está convencida de que gran parte de su buena suerte se deriva de alguno de los acontecimientos más desafortunados de su vida.
«Cuando era adolescente, mis padres me obligaban a ir a los actos organizados por un grupo de chicas parecido a las girl scouts. En una ocasión había que ascender por una pared de la iglesia local de unos 10 metros de altura. Deci- dí afrontar el reto y demostrar a todo el mundo lo que era capaz de hacer. Justo cuando llegué arriba, me di cuenta de que los clavos estaban saltando de la pared. Fue como
una película de terror: cuatro clavos fuera y yo en el sue- lo. Me podía haber matado, pero sólo me destrocé un pie. Estuve seis meses escayolada, pero sigo viva.»
Cuando Emily tenía treinta y dos años, trabajaba en una galería de arte. Una noche que venía de vuelta a casa en su bicicleta, al atravesar un callejón un tanto retirado, vio que un coche sin luces salía de la oscuridad y se abalanzaba sobre ella. Le golpeó en la rueda delantera, la lanzó por los aires y se dio a la fuga. Emily sufrió heridas de consideración; sin embargo, una vez más, le dio la vuelta a la suerte:
«En British Columbia, el Gobierno se hace cargo del segu- ro de los coches, así que pude pedir una indemnización a