Dr. Richard Wiseman
Nadie nace con suerte
El primer estudio científico que enseña
a atraer y aprovechar la buena fortuna
El contenido de este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.
® Richard Wiseman, 2003
® de la traducción: Rosa Cifuentes, 2003 © Ediciones Temas de Hoy, S. A. (T. H.), 2003 Paseo de Recoletos, 4. 28001 Madrid www.temasdehoy.es
Diseño de cubierta: Paso de Zebra Ilustración de cubierta: Photonica Primera edición: febrero de 2003 ISBN: 8 4 - 8 4 6 0 - 2 5 9 - 1
ÍNDICE Agradecimientos 13 Introducción 15 El cuaderno de la suerte 19 1. Investigación inicial I. El poder de la suerte 25 II. Vidas con suerte y sin suerte 37
2. Los cuatro principios de la suerte
III. Principio número 1: maximice s u s
oportunidades 55 IV. Principio número 2: siga s u s corazonadas 89
V. Principio número 3: sea positivo en s u s
expectativas 117 VI. Principio número 4: cambie el signo de
su suerte 155
3. Cómo atraer la suerte
VII. La escuela de la suerte 193 VIII. Aprender a tener suerte 199 IX. El día de la graduación 205
Apéndice 225 Citas 227 Notas 229
Si un hombre sin suerte vendiera paraguas, dejaría de llover; si vendiera velas, el sol no se pondría; y si vendiera ataúdes, la gente no se moriría.
Refrán judío
Tira al mar a un hombre con suerte y saldrá con un pez en la boca.
AGRADECIMIENTOS
Quiero manifestar mi gratitud a las siguientes personas, que tanto me han ayudado a llevar a cabo la investigación descrita en estas páginas y a escribir este libro: Dra. Caroline Watt, Dr. M a t t h e w Smith, Dr. Peter Harris, Dra. Emma Greening, Dra. Wendy Middle-ton, Clive Jeffries y Helen Large. También deseo expresar mi agra-decimiento a las organizaciones que han subvencionado y apoyado este trabajo —el Leverhulme Trust, la Universidad de Hertfordshire, y la BBC—, que no habría visto la luz sin el consejo y los conoci-mientos de mi agente Patrick Walsh, y de los editores Kate Parkin y Jonathan Burnham. Por último, deseo dar las gracias a los cientos de personas con suerte y sin suerte que han aceptado participar en mi investigación y compartir sus siempre fascinantes experiencias vitales.
INTRODUCCIÓN
Las personas con suerte encuentran la pareja perfecta, realizan sus ambiciones más queridas, hacen brillantes carreras y viven una vida plena y feliz. Su éxito no se debe a que trabajen mucho, tengan un talento extraordinario o sean m u y inteligentes. Sencillamente, tie-nen u n a e x t r a ñ a habilidad para estar en el sitio adecuado en el momento oportuno y disfrutan de más golpes de suerte que el común de los mortales. Este libro quiere ser el relato del primer estudio científico dedicado a investigar por qué la gente con suerte disfruta de u n a vida llena de satisfacciones y pretende ofrecer ideas para que los que no se e n c u e n t r a n en ese grupo privilegiado p u e d a n mejorar su buena fortuna.
El trabajo de investigación duró varios años e implicó la realiza-ción de entrevistas y experimentos con cientos de personas enor-memente afortunadas y desafortunadas. Los resultados han puesto de manifiesto u n a nueva f o r m a de entender la suerte y el papel fundamental que juega en nuestra vida. La gente no nace con suer-te. Lo que hace es utilizar, sin ser consciente de ello, cuatro princi-pios básicos para atraerla. Comprender esos principrinci-pios es compren-der la suerte. Y lo que es más importante: también se pueden utilizar para mejorarla e incrementarla.
En definitiva, este libro ofrece el más elusivo y escurridizo de los santos griales: una forma científicamente probada de entender, con-trolar y aumentar la suerte.
Siempre he sentido un gran interés por lo insólito. Cuando era niño me fascinaba la magia y el ilusionismo. A los diez años, hacía desa-parecer pañuelos y barajaba las cartas sin alterar su orden. De
lescente, ingresé el Magic Circle, de Londres, una de las sociedades de magia más conocidas entonces. Y a los veinte años, la prestigio-sa Magic Castle ya me había invitado a actuar en varias ocasiones en Hollywood.
Pronto descubrí que para ser un mago de éxito se necesita cono-cer muy bien lo que pasa por la cabeza de la gente. Los buenos magos saben distraer la atención de las personas, evitar que una audiencia sospeche o que encuentre la solución al truco. A medida que pasa-ba el tiempo mi interés por los principios psicológicos que se escon-den tras la prestidigitación creció más y más. Esto me llevó a licen-ciarme en Psicología en el University College de Londres y, más tarde, a doctorarme en la Universidad de Edimburgo. Poco después, fundé mi propia unidad de investigación en la Universidad de Hert-fordshire, donde hemos investigado una amplia gama de fenómenos psicológicos. Quizás debido, precisamente, a mis conocimientos del mundo de la magia, he dirigido a mi equipo hacia áreas de la psi-cología poco habituales.
Parte de esta labor ha implicado trabajar con médiums que pre-tenden hablar con los muertos, con detectives psíquicos que aseguran ayudar a la policía a resolver crímenes y con sanadores que se con-sideran capaces de curar enfermedades sólo con sus poderes psíqui-cos.1 También hemos examinado cómo cambia el comportamiento de
la gente cuando miente, hemos explorado cómo utilizan los magos la psicología para engañar a sus audiencias, hemos investigado formas de detectar mentiras y supercherías, y realizado cursos para quienes desean mejorar su habilidad para descubrir fraudes.2 He publicado los
resultados y hallazgos de estos trabajos en revistas científicas y los he presentado en conferencias a universitarios y profesionales, explican-do también sus aplicaciones al munexplican-do académico y de la empresa.
No hace muchos años, me pidieron que diera una conferencia sobre mi trabajo. No era, ni mucho menos, la primera vez que lo hacía; pero no me imaginaba cuánto iba a afectar esta vez al futu-ro de mis investigaciones.
Decidí incorporar un sencillo truco de magia a la presentación. La idea era pedir un billete de diez libras a alguien de la audiencia, introducirlo en uno de los veinte sobres idénticos que tendría ante
mí y mezclarlos. Luego, pediría a la misma persona que eligiera uno y a continuación prendería fuego a los diecinueve restantes. Final-mente, abriría el sobre elegido, extraería el dinero y felicitaría a mi colaborador, o colaboradora, por su buena elección.
Pero la actuación de esa noche iba a apartarse un tanto de lo habi-tual. Pedí un billete a una mujer del público, lo coloqué en uno de los sobres, los mezclé y los puse en fila. Yo no había perdido en ningún momento la pista del billete y sabía que estaba en el primer sobre de la izquierda. Le pedí a la mujer que eligiera uno y, por supuesto, quedé encantado de que se decidiera por el que contenía el dinero. Reuní el resto de los sobres y los quemé. Cuando ya sólo quedaban las cenizas, abrí el elegido y extraje el dinero de la mujer. Aunque toda la audiencia reía y aplaudía, la protagonista del truco no parecía nada sorprendida. Le pregunté qué pensaba de lo sucedido y con toda tranquilidad me explicó que estaba acostumbrada a que le ocurrieran este tipo de cosas. Estaba siempre en el lugar adecuado en el momento oportuno, y toda la vida había tenido mucha suerte tanto en lo personal como en lo profesional. No sabía por qué le pasaba, simplemente, lo achacaba a la buena suerte.
Me quedé bastante intrigado por la confianza que tenía en su suer-te y pregunté si alguno más de los presensuer-tes se consideraba una persona con suerte o sin suerte. Una mujer de la primera fila levan-tó la mano y nos conlevan-tó que su buena fortuna le había permitido hacer realidad la mayoría de sus ambiciones. Un hombre de las últimas filas dijo que siempre había tenido mala suerte y que estaba con-vencido de que, si yo se lo hubiera pedido a él, el dinero habría acabado hecho cenizas. Sin ir más lejos, el día antes de esta charla, había visto una moneda en el suelo y al agacharse para cogerla se golpeó la cabeza contra una mesa y casi perdió el conocimiento.
Tras la conferencia, pensé en lo sucedido y me hice múltiples preguntas. ¿Por qué razón las dos mujeres parecían estar tocadas de manera especial por la suerte? ¿Qué le pasaba a mi infortunado interlocutor? ¿Era simplemente una persona torpe, o lo sucedido se debía, sobre todo, a su mala fortuna? ¿Se debía todo a la suerte más que a la pura causalidad? Decidí hacer algunas investigaciones sobre el tema. En ese momento no tenía ni idea de lo que me espe-raba. Pensé que quizás tendría que hacer unos cuantos
experimen-tos con unas cuantas decenas de personas. La realidad fue muy dis-tinta: el proyecto tardaría ocho años en finalizar y conllevó traba-jar con cientos de hombres y mujeres excepcionales.
Este libro ofrece un relato exhaustivo de mi investigación. Comien-za poniendo de relieve cómo la suerte tiene el poder de transformar nuestra vida. Cómo unos pocos segundos de buena suerte pueden traernos éxito y felicidad duraderos, mientras que un breve encuen-tro con la mala fortuna puede tener como consecuencia el fracaso y la desesperación. A continuación, se ocupa de mi trabajo inicial en el tema y de cómo me llevó a descubrir los cuatro principios que son el elemento fundamental de una vida con suerte. Tras analizar cada uno de ellos en detalle, sugiere una serie de técnicas y ejer-cicios útiles para lograr que la suerte nos favorezca.
Pero, antes de seguir adelante, me gustaría que respondiera a unas sencillas preguntas relativas a su persona.
EL CUADERNO DE LA SUERTE
A lo largo del libro voy a pedirle que responda a varios cuestiona-rios y haga diversos ejercicios. Muchos están basados en tests psi-cológicos que realicé durante mi investigación a personas con suer-te y sin suersuer-te. Vaya anotando todas sus respuestas en un cuaderno especial - e l tamaño Din A5, rayado y con un mínimo de 40 pági-nas, sería el adecuado- al que llamaremos «Cuaderno de la Suerte». Sus contestaciones le mostrarán cuál es su relación con los distintos principios y le ayudarán a encontrar el camino para mejorar su suerte.
Ejercicio 1
El Perfil de la Suerte
El primer cuestionario es muy sencillo. Escriba en la pri-mera página de su cuaderno el título: «El Perfil de la Suerte.» Debajo, trace una línea vertical en el centro de la página y en la parte izquierda de la misma escriba en una columna los números del 1 al 12.
A continuación, lea cada una de las propuestas del cues-tionario siguiente y escriba un n ú m e r o del 1 al 5 en la columna de la derecha para indicar su grado de acuerdo o desacuerdo con cada u n a de ellas, utilizando la siguiente escala:
1. Muy en desacuerdo 2. En desacuerdo 3. Dudoso 4. De acuerdo 5. Muy de acuerdo
Lea cada frase cuidadosamente. Si no está muy seguro de la respuesta que más se ajuste a su personalidad, no dedique demasiado a pensarla, simplemente responda de la manera más sincera posible.
EL PERFIL DE LA SUERTE
Propuesta Puntuación 11-5)
1 A veces, cuando estoy en la cola del banco o del super-mercado, hablo con desconocidos.
2 No suelo preocuparme ni sentirme ansioso por lo que me vaya a suceder en la vida.
3 Estoy abierto a nuevas experiencias, por ejemplo, probar nue-vos tipos de comida o bebida.
4 A menudo escucho lo que dice mi «voz interior».
5 He probado varias técnicas para estimular mi intuición, por ejemplo, la meditación o retirarme a un lugar tranquilo.
6 Casi siempre confío en que me sucedan cosas buenas en el futuro.
7 Trato de conseguir lo que quiero en la vida, incluso si las posibilidades de éxito parecen escasas.
8 Creo que la mayoría de la gente que voy a conocer va a ser amable y simpática conmigo.
9 Tiendo a ver la parte positiva de todo lo que me sucede.
10 Creo que las cosas que hoy son negativas pueden ser posi-tivas a largo plazo.
11 No suelo recrearme en las cosas que no me han ido bien.
12 Trato de aprender de los errores que he cometido en el pasa-do.
Volveremos a sus respuestas varias veces a lo largo de este libro y las utilizaremos para conocer su propio «Perfil de la Suerte», que le servirá para valorar cómo utiliza la suerte y, lo que es más impor-tante, qué puede hacer para mejorar y aprovechar toda la que le salga al paso.
I.
EL PODER DE LA SUERTE
La gente se exige demasiado en su intento de hacer dinero. Sin embar-go, es algo que no requiere mucho cerebro. Conozco a unos cuantos hom-bres muy locos pero también muy ricos. En realidad, creo que el éxito depende en un 95 por ciento de la suerte y en un 5 por ciento del talen-to. Tomemos como ejemplo mi propio negocio. Sé que entre mis emplea-dos hay unos cuantos que podrían dirigir la empresa tan bien como yo. La única diferencia es que ellos no han tenido la posibilidad de hacerlo.1
Julius Rosenwald, antiguo presidente de Sears, Roebuck and Company.
La suerte ejerce una enorme influencia en nuestra vida. Unos pocos segundos de infortunio pueden esconder años de lucha, mientras que un momento de fortuna puede conducirnos al éxito y la felici-dad. La suerte tiene el poder de transformar lo improbable en posi-ble; marca la diferencia entre vida y muerte, entre riqueza y ruina, entre felicidad y desesperación.
John Woods, socio de un importante bufete de abogados, escapó de una muerte segura al abandonar su oficina situada en una de las Torres Gemelas de Nueva York segundos antes de que se estrellara contra ella uno de los aviones secuestrados. Ésta no ha sido la única vez en la que le ha acompañado la suerte. Se encontraba en el piso 39 del World Trade Center cuando en 1993 estalló una bomba en el edificio, pero salió ileso. En 1998, tenía billete para coger el vuelo de la Pan-Am que explotó en el aire sobre Lockerbie, en Escocia, pero lo canceló en el último minuto porque le convencieron sus compañeros para que asistiera a una fiesta que se celebraba en su empresa.2
Los efectos de la buena y la mala suerte no tienen que ver sólo con la vida y la muerte. También afectan a la riqueza y la pobreza. En junio de 1980, Maureen Wilcox compró unos billetes de lotería de Massachusetts y de Rhode Island, y aunque ambos números eran idénticos a los premiados, no consiguió ni un céntimo: el billete de Massachusetts tenía el número ganador de Rhode Island y el de Rhode Island el correspondiente al de Massachusetts.3 A otros
1985, Evelyn Marie Adams ganó 4 millones de dólares en la de Nueva Jersey y cuatro meses más tarde obtuvo otro premio de 1,5 millones. Todavía tuvo más suerte Donald Smith que ganó tres veces - e n mayo de 1993, en junio de 1994 y en julio de 1995- jugando a la lotería de Wisconsin, consiguiendo 250.000 dólares en cada una de las ocasiones. Las posibilidades de obtener un premio en esta lotería son, más o menos, de una entre un millón.4
Sin embargo, no se trata sólo de dinero. La suerte también juega un papel fundamental en nuestra vida personal.
Alfred Bandura, psicólogo de Stanford, ha analizado el impacto de los golpes de suerte en la vida de las personas.5 Llegó a la
con-clusión de que «...alguno de los factores más determinantes de lo que nos ocurre en la vida surge de las circunstancias más triviales». Y apoya esta afirmación con algunos ejemplos, uno de ellos extraído de su propia experiencia personal. Un día, cuando estaba haciendo el doctorado, aburrido de leer unos trabajos que tenía entre manos, decidió acercarse con un amigo al campo de golf local para romper con la rutina del estudio. Por pura casualidad, se encontraron jugan-do detrás de jugan-dos atractivas chicas, y pronto la pareja se convirtió en doble pareja. Cuando terminaron la partida, Bandura quedó con una de ellas que, finalmente, se convertiría en su mujer. Así pues, un encuentro fortuito en una partida de golf alteró el curso de su vida. En otro ejemplo, Bandura describía cómo un simple error postal sirvió para que Ronald Reagan conociera a su futura esposa, Nancy. En el otoño de 1949, Nancy Davis vio su nombre en una lista de simpatizantes con el comunismo que aparecía en un periódico de Hollywood. Nancy, que no había prestado tal apoyo, se dio cuenta del equívoco y descubrió que el nombre correspondía a otra actriz que se llamaba igual que ella. Como estaba preocupada por las con-secuencias que podría tener para su carrera, pidió a su director que lo hablara con el entonces presidente del Screen Actors Guild (SAG), Ronald Reagan. Éste le aseguró que comprendía la situación y que el SAG defendería a la artista si alguien actuaba contra ella a cau-sa de su supuesta filiación comunista. Nancy pidió reunirse con Reagan para discutir el asunto más a fondo. Se conocieron, se ena-moraron y no mucho tiempo después se casaron. De nuevo, un encuentro fortuito cambió el curso de dos vidas.
Una serie de investigadores han analizado también el efecto de la buena y la mala suerte a la hora de elegir carrera y de tener éxi-to en la vida profesional.6 De nuevo, llegaron a la conclusión de lo
lejos que está de ser trivial el impacto del factor suerte. La infor-mación obtenida demostraba hasta qué punto esos encuentros casua-les y esos golpes de fortuna inciden de manera significativa en la pro-moción profesional. Este poderoso efecto de la buena o mala fortuna ha hecho que uno de los más importantes asesores profesionales estadounidenses asegure lo siguiente:
«Todos podríamos contar historias de hasta qué punto hechos imprevistos han tenido un gran impacto en la vida profesional de alguna persona y de cómo miles de situaciones fortuitas han tenido, cuando menos, alguna incidencia. La influencia de este tipo de situaciones no es rara; sucede todos los días y en todas par-tes. La serendipitividacd es ubicua.»7
Este tipo de factores ha influido incluso en mi propia carrera. A los ocho años, tuve que hacer en la escuela un trabajo sobre la historia del queso. Como era un niño muy diligente, decidí ir a la biblioteca pública para buscar algún libro sobre el tema. Por error, me indicaron una estantería dedicada a la prestidigitación. Una vez allí, mi curiosidad me llevó a leer los secretos que los magos utilizan para conseguir lo que parece imposible. Esta introducción en el mundo de la magia influyó en toda mi vida. No tengo ni idea de qué habría pasado si me hubieran mandado a la estante-ría correcta y hubiera encontrado los libros sobre el queso. Quizás nunca me habría interesado por la magia, no habría hecho psico-logía, ni habría dirigido la investigación que ha dado lugar a este libro.
La suerte ha ejercido también una considerable influencia en la carrera de muchos importantes hombres de negocios.
* Serendipitividad: Facultad de hacer descubrimientos afortunados por pura casualidad que poseían las protagonistas del cuento de hadas «Las tres princesas de Serendip». (N. de la T.)
Joseph Pulitzer se convirtió con el correr del tiempo en un empre-sario de éxito y en un gran filántropo. Fue propietario de uno de los más importantes periódicos de Estados Unidos, consiguió fondos para construir el pedestal donde se asienta la Estatua de la Libertad y creó el famoso Premio para escritores que lleva su nombre. Nada de esto hubiera sucedido de no ser por un golpe de suerte. Josep Pulitzer nació en Hungría. Cuando era adolescente no gozaba de buena salud y veía muy mal. A los diecisiete años emigró a Améri-ca. No tenía un céntimo y no encontraba trabajo. Su tiempo libre, que entonces era mucho, lo pasaba en la biblioteca local jugando al ajedrez. En una de sus visitas conoció al director de un periódico local. De este encuentro fortuito surgió una oferta para trabajar como reportero júnior. Después de cuatro años le ofrecieron com-prar acciones del periódico, cosa que él aceptó. Fue una decisión inteligente: el diario tuvo mucho éxito y el joven obtuvo pingües beneficios. Pulitzer continuó tomando decisiones acertadas a lo lar-go de toda su vida. Se convirtió en director del periódico y más tarde en propietario de dos de los diarios más importantes de su época. Al final de su vida profesional, el hombre que comenzó sien-do un pobre inmigrante se había convertisien-do en una de las personas más influyentes de Estados Unidos. Su vida habría tomado segura-mente una dirección muy distinta si no hubiera sido por un encuen-tro fortuito en la sala de ajedrez de la biblioteca local.8
Muchos otros hombres de negocios deben gran parte de su éxito a encuentros casuales y a la buena suerte. Veamos el caso de Barnett Helzberg Jr. En 1994 era propietario de una cadena de joyerías de gran éxito en Estados Unidos, con unos ingresos anuales que ronda-ban los 300 millones de dólares. Un día que estaba paseando junto al Hotel Plaza de Nueva York oyó a una mujer dirigirse a un hombre que pasaba a su lado llamándole «Mr. Buffet». Helzberg se preguntó si el tal Mr. Buffet no seria Warren Buffett - u n o de los hombres más ricos de Estados Unidos. No le conocía, pero sí sus criterios financie-ros a la hora de comprar una empresa. Barnett acababa de cumplir sesenta años, estaba pensando en vender sus joyerías y creía que era el tipo de negocio que podría interesar a Buffett. Valoró la situación y, sin pensarlo dos veces, se acercó al desconocido y se presentó. El hombre resultó ser, en efecto, Warren Buffett y el encuentro tuvo
consecuencias muy afortunadas porque un año más tarde llegaron a un acuerdo y Buffett compró la cadena de joyerías. Y todo porque un día Helzberg estaba paseando cerca de una mujer que llamó a un tal Mr. Buffet en una esquina de una céntrica calle de Nueva York.9
¿Y cómo consiguió Buffett convertirse en uno de los hombres más ricos de Estados Unidos? En una entrevista publicada en la revista Fortune, explicaba el importante papel que la suerte había jugado en su carrera. A los veinte años, intentó ingresar en la
Escue-la de Negocios de Harvard, pero fue rechazado. Inmediatamente se informó sobre otras escuelas del mismo tipo y vio que dos profeso-res que él admiraba mucho enseñaban en Columbia. Hizo la solici-tud en el último momento y fue aceptado. Uno de esos profesores se convertiría en su mentor y le ayudaría enormemente a iniciar su carrera de éxitos. Como Buffet señalaría más tarde: «Probablemente nunca he tenido tanta suerte como cuando mi solicitud para entrar en Harvard fue rechazada.»
El importante papel que juega la suerte en el terreno profesional no se limita al mundo de los negocios.
En 1954, Shirley MacLaine, todavía una actriz desconocida, for-maba parte del coro de un nuevo musical llamado The Pyjama
Game. Se le pidió también que se preparara para suplir a la
prota-gonista, Carol Haney, aunque el director le informó de que segura-mente nunca tendría la oportunidad de hacerlo porque la Haney tenía fama de cumplir siempre a pesar de cualquier enfermedad o pro-blema que pudiera surgir. La función se estrenó y los críticos pusie-ron por las nubes a Carol Haney. Pasó un tiempo y, cuando Shirley ya estaba pensando en despedirse y participar en otra obra, una noche, al llegar al teatro, se encontró con que la Haney se había roto una pierna y no podía actuar. Shirley MacLaine asumió su papel. A pesar de la falta de ensayos la reacción del público fue muy positiva. La noche siguiente, un conocido productor de Holly-wood, Hal Wallis, que estaba entre la audiencia le ofreció un con-trato de siete años. Poco tiempo después, un representante de Alfred Hitchcock la vio y le ofreció un papel en una película que el famo-so director iba a filmar próximamente.10
MacLaine está lejos de ser la única celebridad que ha llegado al éxito a través de la suerte. En 1979, el productor hollywoodiense
George Miller estaba buscando un hombre duro y con las huellas de la lucha en su rostro para el papel protagonista de Mad Max. La noche antes del casting, Mel Gibson, entonces un desconocido actor aus-traliano, había sufrido el ataque de tres borrachos en plena calle. Llegó a la audición con un aspecto cansado y lleno de magulladu-ras, sin embargo Miller le ofreció el papel inmediatamente.11 La
super-modelo Kate Moss también tuvo mucha suerte. En una ocasión, a principios de los años noventa, se disponía a ir de vacaciones con su padre y estaba haciendo cola para facturar en el aeropuerto JFK de Nueva York, cuando un cazatalentos que pasaba por allí se fijó en su impresionante aspecto. Moss se convertiría en una de las modelos más famosas y solicitadas del mundo. Y todo por un encuen-tro fortuito.12
Pero la suerte no es tampoco un factor determinante sólo en las carreras de los actores o de las modelos famosas. También influye en el éxito de científicos y políticos.
Quizás el ejemplo más conocido es el descubrimiento de la peni-cilina por Sir Alexander Fleming. En 1920, el científico estaba tra-bajando en la búsqueda de un antibiótico más eficaz. Parte de su trabajo consistía en el examen microscópico de una bacteria creada artificialmente en unos contenedores planos de cristal llamados petri
dishes. Fleming dejó, sin darse cuenta, uno de ellos sin cubrir y, por
ese motivo, cayó en su interior un trocito de moho. Casualmente, el moho contenía una sustancia que destruyó la bacteria del contene-dor. Intrigado por el efecto causado, no paró hasta identificar la sustancia responsable de acabar con la bacteria. Así, descubrió por azar el antibiótico que llamó Penicilina, que salvaría innumerables vidas y que sería considerado como uno de los más grandes avan-ces de la historia de la medicina.
De hecho, la suerte y los descubrimientos accidentales han alte-rado frecuentemente el curso de la ciencia y han jugado un papel importante en muchos descubrimientos e inventos famosos, entre ellos la pildora anticonceptiva, los rayos X, la fotografía, los cristales de seguridad, los edulcorantes, el velero, la insulina y la aspirina.13
Un buen ejemplo del papel que juega la suerte en la política lo tenemos en la carrera del presidente Harry Truman. Cuando era joven, Truman tuvo muy mala suerte. Quería cursar estudios
uni-versitarios pero su padre perdió casi toda su fortuna en un desgra-ciado negocio, así que se vio obligado a cambiar el campus uni-versitario por la granja de su abuelo en donde ayudaba en las labo-res agrícolas. Cuando acabó la Primera Guerra Mundial, abrió una tienda de tejidos en Kansas City, pero vino la época de recesión económica y la mala fortuna le llevó, esta vez a él, a la bancarro-ta. Por fin, muy entrado ya en la treintena, tuvo su primer golpe de suerte: un amigo le animó a presentarse a juez del condado y, de forma inesperada, resultó elegido. A los cuarenta y dos años, optó al puesto de juez presidente y ganó de nuevo. Pocos años más tarde, fue nominado para el Senado de Estados Unidos y triun-fó en las elecciones. En 1944, los demócratas dejaron caer la can-didatura de Henry Wallace a la vicepresidencia de la nación y pre-sentaron en su lugar a Truman, que salió vencedor j u n t o con Franklin D. Roosevelt. A los ochenta y dos días de mandato, el presidente Roosevelt falleció repentinamente, lo que convirtió a Truman en el siguiente presidente de los Estados Unidos. La buena suerte no acabó aquí. En 1948, protagonizó uno de los más sor-prendentes acontecimientos de la historia política de su país al derro-tar a Thomas E. Dewey en las elecciones a la presidencia y, pocos años más tarde, sobrevivió al intento de asesinato llevado a cabo por dos nacionalistas puertorriqueños. En sus memorias, Truman escribe:
«Popularidad y glamour son factores que influyen a la hora de ganar unas elecciones, pero la suerte es uno de los más impor-tantes. En mi caso, siempre me acompañó.»14
En resumen, la suerte juega un papel muy significativo en muchos aspectos de nuestra vida, tanto en el terreno personal como en el profesional. A muchas personas esta idea les aterra. Prefieren creer que pueden controlar su futuro. Luchan por conseguir algunas cosas y evitan otras. Pero, en buena medida, esta sensación de control es sólo una ilusión. La suerte se burla incluso de nuestras mejores intenciones. Tiene la capacidad de cambiarlo todo, para bien o para mal, en décimas de segundo. En cualquier momento, en cualquier lugar, y sin previo aviso.
El Cuaderno de la Suerte: ejercicio 2
El papel de la suerte en su vida
En una nueva página de su Cuaderno de la Suerte, elija un número de la siguiente escala entre el 1 y el 7 para indi-car el grado en el que cree que la suerte ha influido en su vida:
Nada en absoluto 1 2 3 4 5 6 7 Mucho Ahora, escriba más abajo unas cuantas frases breves des-cribiendo...
...cómo conoció a su pareja.
...cómo llegó a conocer a su mejor amigo.
...los principales factores que han influido a la hora de ele-gir su carrera o profesión.
...un acontecimiento importante que haya tenido efectos positivos en su vida.
A continuación, piense en cómo influyó la suerte en estos acontecimientos. En cómo ciertos cambios aparentemente sin importancia - p o r ejemplo, no ir a determinada fiesta, girar a la izquierda en vez de a la derecha o abrir una revista en una página concreta— han podido afectar a estos hechos e incluso han podido cambiar el curso de su vida.
Finalmente, vuelva a la pregunta sobre qué papel ha j u g a -do la suerte en los hechos cita-dos y respóndala por segunda vez. Elija de nuevo un número del 1 al 7 para indicar el grado en el que ahora cree que la suerte ha influido en su vida.
Al h a c e r este ejercicio, la m a y o r í a de la g e n t e se da cuenta del importante papel que la suerte j u e g a en su vida y, la s e g u n d a vez, elige un n ú m e r o más alto que la pri-mera.
Durante más de cien años, los psicólogos han estudiado la forma en que la inteligencia, la personalidad, los genes, el aspecto y la educación influyen en nuestra vida. Pocas dudas puede haber sobre lo que ha significado este trabajo para el conocimiento de la condi-ción humana. Sin embargo, a pesar de la enormidad del esfuerzo, se ha investigado poco sobre la buena y la mala suerte. Sospecho que los psicólogos han evitado el tema porque prefieren —algo com-prensible por otra p a r t e - examinar factores que puedan medir y controlar más fácilmente. Medir la inteligencia y catalogar la perso-nalidad es relativamente sencillo, pero ¿cómo cuantificar la suerte y cómo controlar el azar?
La situación es semejante a la vieja historia del hombre que sabe que perdió algo muy valioso en un lado concreto de la calle pero bus-ca en el otro porque hay más luz. Los psicólogos han decidido no investigar la suerte porque es más fácil examinar otros temas. Sin embargo, yo siempre he estado interesado en aspectos poco comunes de la psicología, en áreas que otros tienden a evitar. El resultado es que he encontrado tesoros en lugares que otras personas han ignorado.
En la introducción de este libro describo cómo empecé a intere-sarme por el tema de la suerte tras conocer el importante papel que jugaba en la vida de las personas que habían ido a escuchar una de mis conferencias. Pronto me decidí a iniciar una investigación para descubrir el porcentaje de gente que se consideraba afortunada o desafortunada, y si su suerte tendía a concentrarse en uno o dos aspectos de su vida, o por el contrario abarcaba otros muchos. Con un grupo de mis estudiantes visité un centro comercial de Londres a diferentes horas del día y preguntamos a un elevado número de compradores elegidos al azar sobre el papel que la suerte había jugado en sus vidas. La encuesta tenía dos partes. En la primera, les preguntamos si se consideraban afortunados o no. Es decir, si acon-tecimientos aparentemente fortuitos habían actuado a favor suyo o en contra. En la segunda, si habían tenido suerte o no en ocho aspectos concretos entre los que estaban la profesión, los amigos, la vida familiar, la salud y los asuntos financieros.
Estudiamos una amplia gama de personas: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, oficinistas y empresarios, amas de casa y
Los resultados revelaron que el 50 por ciento se consideraba tocado por la buena suerte y un 14 por ciento por la mala suerte. En otras palabras, un 64 por ciento, casi los dos tercios, creían que eran personas con suerte o sin suerte. Y algo muy interesante, des-cubrimos una fuerte tendencia a que la gente que decía que había tenido suerte en algún aspecto de su vida también lo tenía en otros. Las personas que se consideraban afortunadas en los negocios tam-bién lo eran en su vida familiar, y las que no tenían suerte en su vida profesional tampoco la tenían en su vida social.15
Este sencillo trabajo puso de relieve que la mayoría de los encues-tados mostraba un impresionante nivel de persistencia a la hora de experimentar la buena y la mala suerte. Ciertas personas parecían capaces de atraer la suerte una y otra vez, mientras que otras eran un imán para la poca fortuna. Otro aspecto interesante fue que la mayor parte de los que entrevistamos estaba convencida de que todo se debía a una mera casualidad. A unos les parecía que su vida estaba salpicada de encuentros positivos propiciados por la suerte, y a otros que los accidentes y la mala fortuna eran igual-mente producto del azar. Yo no estaba nada seguro. Toda una vida
Porcentaje de personas que se consideran sin suerte, con suerte y neutrales en mi encuesta inicial
dedicada a estudiar la psicología de lo mágico me había llevado a darme cuenta de que las cosas no son casi nunca lo que parecen y que la realidad es a veces más extraña, y más interesante, que la fantasía.
La suerte no podía ser el simple resultado de hechos casuales. Demasiada gente experimentaba repetidamente sus efectos como para que todo se debiera al azar. Por el contrario, debía haber algu-na causa para que las cosas les fueran bien a determialgu-nadas perso-nas y mal a otras. Dada la importancia del factor suerte, parecía vital profundizar para comprender a qué se debía esto. ¿Estaban estas personas realmente destinadas a tener éxito o condenadas al fra-caso? ¿Formaban parte de algún vasto plan cósmico? ¿Se valían de alguna forma de habilidad psíquica para atraer la buena o la mala suerte? ¿O había una explicación en base a la diferencia de creen-cias y comportamientos? Y lo más importante de todo: si pudiéra-mos entender mejor lo que está sucediendo, ¿podríapudiéra-mos también mejorar la suerte de la gente?
Mi trabajo había suscitado muchas preguntas interesantes. Ahora tenía que encontrar las respuestas.
II.
VIDAS CON SUERTE
Y SIN SUERTE
Los resultados de mi encuesta habían demostrado que un gran núme-ro de personas se consideraban con buena o mala suerte y que esa buena o mala fortuna se extendía a diversos aspectos de su vida. Este hallazgo alimentó mi avidez por saber más sobre la naturaleza de la suerte.
Decidí que la mejor forma de seguir adelante sería la de llevar a cabo algún tipo de investigación científica con grupos de gente excep-cionalmente afortunada o desdichada. Los psicólogos utilizan muy a menudo este enfoque. Por ejemplo, para conocer el funcionamiento de la memoria, examinan a gente muy buena o muy mala a la hora de recordar cosas. Los descubrimientos más importantes sobre la coor-dinación entre manos y ojos han sido el resultado de estudiar a grandes atletas y malabaristas. Algunos de los misterios de la vista se han descubierto por el trabajo con artistas y con ciegos. Pero yo sabía que iba a ser difícil encontrar gente con suerte y sin suerte que quisiera hacer de conejillo de Indias. Ni siquiera era fácil saber por dónde empezar.
Por fortuna, había unos cuantos periodistas que conocían mi tra-bajo y me sugirieron la posibilidad de escribir algún artículo sobre él. Les pedí que mencionaran que estaba intentando llevar a cabo una serie de investigaciones y que me gustaría saber si personas con suerte y sin suerte estarían interesadas en participar. Cada artí-culo significó unas cuantas llamadas más al laboratorio y poco a poco pude formar dos grupos de voluntarios: con suerte y sin suerte. A lo largo de los últimos ocho años, he conseguido incrementar el número de participantes con personas de las mismas características
que supieron de mi trabajo a través de la televisión, la radio o Inter-net. En total, forman un grupo extraordinario de varios cientos de hombres y mujeres. El más joven es un estudiante de dieciocho años y el más viejo un contable retirado de ochenta y cuatro. Su extrac-ción social y profesional es muy variada: empresarios, universita-rios, obreros, profesores, amas de casa, médicos, informáticos, secre-tarias, vendedores y enfermeras. Son tan amables que me permiten poner su vida y su mente bajo el microscopio. A unos les he hecho larguísimas entrevistas y a otros les he pedido que lleven un diario. He invitado a algunos a mi laboratorio para tomar parte en experi-mentos y a otros les he pedido que contesten a complicados cues-tionarios psicológicos. La investigación ha proporcionado una gran cantidad de información. Con la ayuda de este grupo excepcional, poco a poco, he descubierto los secretos de la suerte.
Uno de mis primeros objetivos fue conocer cómo se vive con suerte y sin ella. Decidí preguntar a los participantes sobre cuestio-nes clave de su vida, y sus historias me proporcionaron pruebas notables del poder de la buena y la mala fortuna.
Jodie es una poetisa de treinta y seis años de edad que vive en Filadelfia. Se considera una persona muy afortunada ya que la suer-te le ha ayudado a hacer realidad muchos de sus sueños. Hace unos pocos años, decidió seguir lo que su corazón le pedía y cambiar de vida: desde pequeña había querido ser escritora y poeta. Buscó en Internet y encontró una organización que promocionaba y ayudaba a las mujeres escritoras. Justo en ese momento estaba celebrando su anual reunión de verano. Jodie acudió, se quedó encantada con el ambiente y pensó que le gustaría mucho participar. Pocos días más tarde se encontró, por casualidad, con el fundador de la organiza-ción. Comenzó a hablar con él y le comentó que vivía en Filadelfia. Él le dijo que precisamente iban a celebrar allí una conferencia de un día, y le preguntó si le gustaría presentar una ponencia. Aceptó, por supuesto. Todo salió bien y la invitaron a la reunión del vera-no siguiente.
Jodie también visitó otro sitio en la red con información sobre acontecimientos relacionados con la poesía en diferentes ciudades de Estados Unidos. Se dio cuenta de que nadie informaba sobre Filadel-fia, así que empezó a hacerlo ella. Su colaboración le hizo mantener
contactos regulares con Bill, el organizador del sitio web. Un día, en una lectura de poesía en Nueva York, le vio. Jodie se presentó y empezaron a charlar. Al final de la conversación, Bill le preguntó si no podía venir a Nueva York a ayudarle a coordinar un encuentro de poesía que iba a organizar. A Jodie le encantó la propuesta, el único problema era que no tenía dónde quedarse. Se lo dijo y él hizo circular un mensaje en su correo electrónico. A los pocos días, Jodie recibió un e-mail en el que le ofrecían una habitación en una zona estupenda a un precio bajísimo. Se trasladó a Nueva York y ahora se gana la vida en esta ciudad como poeta y escritora.
Jodie explicaba así el efecto de la buena suerte en su vida: «Tengo una suerte excepcional que me ha ayudado a realizar muchos de los más acariciados e importantes proyectos de mi vida. La sensación de control es absoluta. Todo lo que quiero que suce-da, ha sucedido. Y una vez que decido actuar de una manera deter-minada, todo va sobre ruedas. Es alucinante.»
La vida de Susan, de treinta y cuatro años, es muy diferente. Su mala suerte comenzó muy pronto. De pequeña, se partió la cabeza con una roca cuando estaba cogiendo margaritas; en otra ocasión, los bomberos la tuvieron que rescatar porque se le quedó un pie enganchado entre las rejas de una barandilla, y más tarde recibió un gran golpe en la cabeza con un tablón que se cayó del frontal de un edificio. Pero la cosa no quedó aquí. Ya de adulta, no tuvo suerte en el amor. En su primera cita a ciegas, él sufrió un acciden-te de moto y se rompió las dos piernas. Su siguienacciden-te preacciden-tendienacciden-te se destrozó la nariz al tropezar con una puerta de cristal cuando iba a encontrarse con ella. La iglesia en la que se iba a casar se quemó dos días antes de su boda a causa de un incendio provocado.
Susan tiene en su haber un extenso catálogo de accidentes que a menudo están lejos de ser triviales. En una ocasión cayó y se rom-pió un brazo. Poco después le tocó a una de sus piernas. El día del examen para obtener el carnet de conducir se estrelló contra una pared y tuvo que pagar los daños causados porque el coche no esta-ba debidamente asegurado. La conducción le trajo más problemas. Una vez, en un recorrido que no llegaba a los 70 km, sufrió hasta
ocho accidentes. En una entrevista, Susan explicaba casi entre lágri-mas: «No hay mucha gente que quiera montar en un coche conmi-go y si voy a casa de alguien, suelen decirme: "Siéntate ahí y no te muevas."»
Al entrevistar a gente con tan mala suerte como Susan me entra-ba una gran tristeza. Trataentra-ban de hacer todo lo que podían para vivir felices, pero el destino parecía conspirar contra ellos. La situa-ción no tenía nada que ver con la del grupo de afortunados a quie-nes el azar les había proporcionado una vida feliz y llena de éxitos.
Una de las personas con más suerte de las que participaron en mi investigación ha sido Lee, un director de ventas de cuarenta y dos años. La buena fortuna le ha acompañado a lo largo de su vida. A los dieciséis años se puso a trabajar ayudando en las faenas de una granja en el pueblo donde vivía con su familia. En una oca-sión, cuando se encontraba sentado en la parte de atrás de un trac-tor que estaba aparcado y conectado a un gran arado mecánico - u n a máquina con aspecto terrible, destinada a remover la tierra antes de la siembra-, un compañero decidió cogerlo para dar una vuelta, pero no se dio cuenta de que el movimiento del tractor empujaba a Lee hacia delante, directo a las enormes palas del ara-do. En una entrevista, Lee explicaba así lo que sucedió después:
«No me podía agarrar a nada. A mi izquierda y a mi derecha no tenía más que las ruedas del tractor moviéndose a toda veloci-dad. Me di cuenta de que iba a caer, y recuerdo que miraba a uno y otro lado y pensaba que no podría saltar porque las rue-das eran demasiado anchas. Estaba convencido de que los dien-tes del arado me iban a descuartizar. En el momento en que iba a caer, una fuerte sacudida me lanzó hacia atrás. El eslabón de acero inoxidable que unía al tractor con el arado se había roto repentinamente. El jefe no se podía explicar lo sucedido, lo había comprado la semana anterior. Yo me dije a mí mismo: "¡Dios mío, Lee, qué suerte has tenido!" Y desde entonces sigue conmi-go.»
El padre de Lee era jardinero. Lee, que era un buen hijo, solía ayudarle en muchas ocasiones. Una vez le pidió ayuda en una tarea
especialmente difícil. No le apetecía mucho pero consideró que tenía que hacerlo. Lo hizo y... encontró a la mujer de sus sueños. Se ena-moró al instante. Enseguida se dio cuenta de que estaban hechos el uno para el otro. Y no se equivocó. Llevan veinticinco años de feliz matrimonio.
Lee también ha tenido mucha fortuna en los negocios y cree que la suerte ha jugado un papel muy significativo en su éxito:
«He estado trabajando en ventas más de veinte años. Ahora soy jefe de marketing de una importante cadena de tiendas de
jugue-tes educativos. He ganado muchos premios y he tenido puestos de responsabilidad debido a mi actuación profesional. La suerte ha jugado un papel muy, muy importante en mi éxito. Creo que siempre he estado en el momento oportuno en el lugar adecua-do. No sé lo que me hace llegar a una empresa determinada en el momento en que están pidiendo a gritos algo que yo les pue-do dar, pero me sucede continuamente.»
La suerte le proporcionó a él y a su empresa muchos éxitos en el terreno financiero. Otros participantes en mi investigación no han sido tan afortunados. Por ejemplo, Stephen, un modesto editor de prensa, de cincuenta y cuatro años de edad, que ha tenido siempre muy mala suerte con los temas de dinero. A veces, en asuntos rela-tivamente triviales; otras, con graves consecuencias.
Stephen ganó una gran suma de dinero en el típico concurso de «rascar la cartulina» que venía dentro de un diario nacional. Pero debido a un error de imprenta, resultó que en lugar de un ganador hubo más de 30.000, con lo que el periódico decidió repartir el pre-mio entre todos. Tocaron a unos pocos dólares cada uno. En otra ocasión, ganó un montón de acciones de una conocida empresa. Poco después, la Bolsa sufrió una baja inesperada y, de la noche a la mañana, las acciones perdieron casi todo su valor.
Más tarde, Stephen alquiló parte de su oficina a un abogado que se ofreció ayudarle a llevar todos los temas legales. Los primeros meses todo iba bien pero, de repente, empezó a recibir reclamacio-nes de facturas impagadas. Finalmente, descubrió que el abogado en lugar de pagar las cuentas se quedaba con el dinero. Stephen
trabajó para sacar a su empresa a flote, pero el estrés que sufrió se cobró su peaje: un grave ataque al corazón le hizo liquidar el nego-cio. Desde entonces está sin trabajo.
Stephen resumía así su situación:
«Me he quedado sin negocio y sin dinero. Siempre he dado el 101 por ciento y a veces creo que el que está allá arriba podría haberme tratado un poco mejor..., que merezco algo más de lo que se me da, pero me temo que las cartas ya están repartidas.»
Lynne y la suerte
La suerte de Lynne comenzó cuando leyó en un periódico que una mujer había ganado varios premios importantes en una serie de concursos. En ese momento pensó que debía tentarla. Participó en un concurso de crucigramas y ganó 25 dólares. Unas semanas más tarde, probó con otro y ganó tres excelen-tes bicicletas. Poco después, fue a una entrevista para optar a un trabajo como profesora en una escuela de diseño para adultos. Cuando la persona que la estaba entrevistando le ofreció amablemente un café, se fijó en que la cafetera tenía una pequeña etiqueta con un cupón para participar en un concurso. Sin dudarlo ni un momento preguntó si se lo podía quedar. La entrevistadora le preguntó, a su vez, que por qué la quería y ella le contestó explicándole que había ganado varios premios con este sistema. Lynne consiguió el trabajo y no para dar una sola clase, sino dos: una de diseño y otra sobre cómo ganar concursos. Sus golpes de suerte continua-ron y ganó muchos más premios, entre ellos dos coches y varios viajes a Italia y Grecia.
La historia continúa y, lo que es más interesante, estos pre-mios permitieron a Lynne realizar su más querida ambición: convertirse en escritora. En 1992, escribió un libro sobre cómo ganar concursos. Para publicitario, la editorial envió una nota de prensa al diario local. Al día siguiente, la historia fue
reco-gida por la prensa nacional y la invitaron a participar en varios programas de televisión. Su fama creció, sus artículos cada vez tenían más difusión y en 1996 recibió una llamada telefó-nica de un importante periódico. Habían visto su trabajo y le ofrecían una columna diaria. Su columna, «Gane con Lynne», tuvo mucho éxito y se mantuvo por muchos años.
Lynne ha conseguido realizar la mayoría de sus deseos, lleva más de cuarenta años de feliz matrimonio, rodeada de su marido y sus hijos. Como muchos otros de los que han participado en este trabajo, atribuye gran parte de su éxito a la buena suerte.
He entrevistado a cientos de participantes con suerte y sin suer-te y luego he revisado sus comentarios para comprobar de una manera fehaciente cómo la buena o la mala fortuna ha influido en su vida. Tras ello, llegué a la conclusión de que hay cuatro diferen-cias importantes entre la gente con suerte y la que carece de ella:
«Las personas con suerte encuentran constantes oportunidades a lo largo de su vida. Bien sea porque conocen a gente que, de una forma u otra, les favorecerá con sus actuaciones o porque des-cubren en periódicos y revistas oportunidades interesantes, la casualidad siempre les es favorable. En cambio, las personas sin suerte rara vez tienen estas experiencias o si las tienen, como en el caso de Stephen, son negativas.
La gente con suerte también toma excelentes decisiones sin saber-lo. Simplemente, sabe cuándo un negocio es bueno o cuándo no debe confiar en alguien. La gente sin suerte tiende a tomar deci-siones con resultados nefastos o negativos.
La gente con suerte tiene una extraña facilidad para hacer reali-dad sus sueños, ambiciones y objetivos. De nuevo, la gente sin suerte está en el extremo opuesto: sus sueños y ambiciones se que-dan en poco más que una ilusión difícil de conseguir.
La gente con suerte tiene también la capacidad de convertir su mala fortuna en buena. La gente sin suerte carece de esta habili-dad y su mala fortuna sólo les produce dificultades y desgracias.»
Las diferencias entre los dos grupos eran impresionantes. Pero ¿por qué tendría que ser así? ¿Por qué todo tiene que salir bien en un caso y mal en el otro?
Algunos escritores han especulado sobre la posibilidad de que la gente utilice su habilidad psíquica para atraer la buena y la mala fortuna.1 Es fácil ver el porqué de esta sugerencia. Tomemos los
casos de Susan y Lynne. Quizás Lynne gana concursos porque, sin darse cuenta, es capaz de utilizar sus poderes psíquicos en sentido positivo. Susan quizás tiene la misma capacidad, pero en sentido negativo: siempre provoca que los acontecimientos vayan en contra suya.
Era una idea interesante, y había que investigarla a fondo. Pero descubrir si la gente con suerte tiene más poderes psíquicos, o los utiliza de manera más positiva que la que carece de ella, es una tarea que está lejos de ser fácil. Tuve que utilizar un elevado núme-ro de personas con mucha y poca suerte en el experimento de pre-decir el resultado de un hecho que depende del azar.
Poco antes de comenzar mi investigación, dio la casualidad de que recibí una llamada de un productor de televisión que estaba mon-tando un programa científico para el prime time y quería que fuera interactivo. No buscaba meros espectadores, sino participantes. Orga-nicé una reunión con el que por entonces era mi ayudante, Mat-thew Smith, y con otro psicólogo que se había interesado en el estudio de la suerte, el Dr. Peter Harris, y se nos ocurrió una solu-ción muy sencilla: ¿Por qué no pedirles a unos y a otros que predi-jeran la combinación ganadora del próximo sorteo de la loto? Era
perfecto: tendríamos millones de espectadores. Así que cualquier llamada a la colaboración de gente con especial buena o mala suer-te suer-tendría como resultado un gran número de participansuer-tes. El sor-teo es totalmente aleatorio, y todos iban a estar muy motivados para hacer un buen trabajo.
El número de telespectadores estimado era de unos trece millo-nes. El programa finalizaba con un pequeño documental sobre el proyecto en el que estábamos trabajando. En él aparecían Susan y Lynne, y se daba a conocer un breve perfil de su vida. También se pedía a todos aquellos que creyeran que estaban tocados por la bue-na o la mala fortubue-na y pensaran jugar a la loto esa semabue-na que se
pusieran en contacto con nosotros. Esperábamos llamadas de unos cuantos cientos de personas. En pocos minutos, la cifra estimada era de un millón.
Enviamos a los primeros mil que llamaron un sencillo formula-rio. Para jugar a la loto hay que comprar un boleto y seleccionar seis números entre el 1 y el 49. Cada boleto cuesta 1 libra y se pueden comprar tantos como se desee. Pedimos a los participantes que rellenaran un cuestionario, que nos permitiría incluirles en la categoría de «Personas con suerte» o «Personas sin suerte» (véase el recuadro), y que nos dijeran qué números creían que iban a salir en el siguiente sorteo.
El Cuaderno de la Suerte: ejercicio 3
Cuestionario de la Suerte
Mis colegas y yo ideamos el sencillo cuestionario que figu-ra a continuación pafigu-ra clasificar de manefigu-ra fiable a los parti-cipantes en tres categorías: con suerte, sin suerte y neutrales (es decir, ni con suerte ni sin ella)2. Dedique unos minutos a realizarlo y a anotar su puntuación en el Cuaderno de la Suer-te, comprobando luego cuál es la categoría que le correspon-de.
Para completar el cuestionario, lea los perfiles que vienen a continuación y valore hasta qué p u n t o se a j u s t a n a su persona, asignando a cada uno un número en la escala del
1 al 7:
No se ajusta en absoluto Se ajusta mucho 1 2 3 4 5 6 7 El perfil de la buena suerte
Las personas con suerte parece que tienen la capacidad de hacer que los acontecimientos actúen una y otra vez en su favor. Por ejemplo, si juegan a la lotería o participan en un
sorteo, ganan más veces de lo que podríamos considerar nor-mal; suelen conocer a gente que les ayuda a conseguir lo que quieren y, por último, su buena fortuna juega un papel impor-tante a la hora de hacer realidad sus ambiciones y objetivos.
¿Hasta qué punto le describe?
El perfil de la mala suerte
A las personas sin suerte, les sucede todo lo contrario: parece que los acontecimientos se empeñan en desarrollarse una y otra vez en contra suya. Por ejemplo, nunca, o casi nunca, ganan concursos o sorteos, se ven envueltos en accidentes sin comerlo ni beberlo, son desgraciados en el amor y no tienen mucho éxito en su vida profesional.
¿Hasta qué punto le describe?
Puntuación
La gente queda clasificada como con suerte, sin suerte o neu-tral, con un método muy sencillo. Hay que crear la «Puntua-ción de la Suerte» hallando la diferencia entre ambos perfiles. Por ejemplo, si ha obtenido un 5 en el Perfil de la buena suer-te y un 1 en el de la mala suersuer-te, su Puntuación de la Suersuer-te sería +4. Sin embargo, si hubiera conseguido un 2 en el pri-mer perfil y un 7 en el segundo, obtendría un -5. Alternativa-mente, si su puntuación en el primer caso hubiera sido de 5 y de 4 en el segundo, su Puntuación de la suerte sería de +1.
Si el resultado final es igual o superior a +3, puede consi-derarse una persona con suerte; si es igual o inferior a -3, la clasificación le encuadra entre la gente sin suerte. Por último, si obtiene otra puntuación distinta de las anteriores, estará entre los considerados neutrales (ni con suerte ni sin ella). En resu-men, un +4, un -5 y un +1 serian clasificados como con suer-te, sin suerte o neutral, respectivamente.
Los formularios nos fueron devueltos con mucha rapidez. El sor-teo se celebraría dos días más tarde; por tanto, tendríamos que actuar también rápidamente. Recibimos unas 700 respuestas de gen-te que iba a comprar, en total, unos 2.000 boletos. Cuando procesa-mos los datos, justo un día antes del sorteo, nos diprocesa-mos cuenta de la gran cantidad de información que habíamos recopilado.
Imaginemos que existe una verdadera relación entre la suerte y la habilidad psíquica, que la gente con suerte elige más números premiados que quienes carecen de ella. Si ése fuera el caso, los números elegidos por la gente con suerte - p e r o no por la gente sin suerte- tendrían más posibilidades de ser ganadores. En consecuen-cia, para descubrir los números premiados todo lo que había que hacer es saber los números escogidos por la gente con suerte y evitados por la gente sin suerte. No se nos había ocurrido antes, pero si la teoría era cierta, los datos recogidos podían hacernos millonarios.
Primero discutimos los aspectos éticos del asunto. Luego, comen-zamos a analizar los datos. Comprobamos que algunos números ha-bían sido elegidos por gente con suerte y evitados por gente sin suerte. A menudo las diferencias eran pequeñas, pero potencialmen-te fundamentales. Examinamos los datos y llegamos a la conclusión de que los números ganadores tendrían que ser los siguientes: 1, 7, 17, 29, 37 y 44. Por primera y única vez en mi vida jugué a la loto. En Inglaterra, el sorteo de la loto se celebra los sábados por la noche y se emite en directo por televisión. Como de costumbre, se introdujeron en los bombos giratorios las 49 bolas y se extrajeron al azar 6 de ellas, más otra para un premio especial. Los números ganadores fueron el 2, 13, 19, 21, 45, 32. No había acertado ni uno. Pero, ¿le había ido mejor a la gente de nuestro experimento? De los 700 participantes, sólo 36 ganaron algo de dinero y éstos se encontraban repartidos casi por igual entre ambos bandos. Sólo dos personas consiguieron acertar cuatro números, ganando 58 libras cada una. Una de ellas se había clasificado previamente como «con suer-te», la otra se había incluido entre la gente «sin suerte». Por térmi-no medio, ambos grupos habían comprado tres boletos, habían acer-tado un número en cada boleto y perdido unas 2,50 libras.3
El experimento había involucrado a cientos de personas. La loto es un juego de azar y sus resultados son imprevisibles. Todos
esta-ban muy motivados para ganar. Si la gente con suerte tuviera más poderes psíquicos que la gente sin suerte, habría tenido que acertar más números y ganar más dinero. Al final, a la gente con suerte no le fue ni mejor ni peor que a sus contrarios. Prácticamente todos los que participaron en el experimento, incluido yo, perdieron una peque-ña suma de dinero. Los resultados, ciertamente, no sustentan la teo-ría de que la suerte se debe a una determinada habilidad psíquica.
El Cuaderno de la Suerte: ejercicio 4
Cuestionario sobre su nivel de satisfacción en la vida Este ejercicio trata de descubrir lo satisfecho que usted se encuentra con su vida. En una nueva página de su Cuaderno de la Suerte, escriba las siguientes frases en una columna:
- Mi vida en general - Mi vida familiar - Mi vida personal - Mi situación financiera - Mi salud - Mi vida profesional
A continuación, escriba al lado de cada frase un número entre el 1 y el 7 para indicar lo satisfecho que se encuentra con ese particular aspecto de su vida, utilizando la siguiente escala:
Muy 1 2 3 4 5 6 7 Muy
insatisfecho satisfecho
Puntuación
Los trabajos realizados previamente con este tipo de cues-tionario demuestran que el nivel de satisfacción de la gente
es relativamente estable a lo largo del tiempo, y que está rela-cionado con su nivel de felicidad y su calidad de vida.4
Sume los resultados y utilice la escala siguiente para cono-cer si su nivel de satisfacción es bajo, medio o alto.
- Bajo: entre 6 y 26 puntos. - Medio: entre 27 y 32 puntos. - Alto: entre 33 y 42 puntos.
Durante mi investigación pedí a unas 200 personas inclui-das en los tres grupos - c o n suerte, sin suerte y neutral- que contestaran a este cuestionario. Los resultados se muestran en el gráfico siguiente.5 La gente con suerte es la que se muestra
más satisfecha con todos los aspectos de su vida y la gente sin suerte la más insatisfecha.
Satisfacción en la vida y suerte
Vida en Vida v i d a Situación Salud Vida
general familiar personal financiera profesional
Aparte de la capacidad psíquica, ¿qué otra cosa podría explicar la diferencia entre la gente con suerte y sin ella? Me preguntaba: ¿si la diferencia sólo estriba en la inteligencia, quizás Joddie y Lee son, lisa y llanamente, más inteligentes que Susan y Stephen, y esto es lo que les hace tener más éxito en la vida? Decidí averiguarlo. Para ello pedí a los participantes en el experimento que rellenaran
el Cuestionario de la Suerte y que hicieran una serie de tests que miden las dos clases de inteligencia. Estos tests, muy utilizados en miles de experimentos realizados en todo el mundo para predecir la respuesta de determinadas personas en la escuela, en la universidad y en algunos tipos de trabajo, nos mostraron la capacidad de razo-namiento, verbal o no, de los participantes. Calculé el número de respuestas correctas y, tras analizar su procedencia —de la gente con suerte y sin suerte-, pude comprobar que ambos grupos obte-nían prácticamente la misma puntuación en los tests de inteligen-cia.6 Luego comparé los resultados con los obtenidos por los «neu-trales» y, una vez más, no había diferencias sustantivas. Los resultados del experimento eran claros: tener suerte o carecer de ella no tiene nada que ver con la inteligencia.
HACIA LOS CUATRO PRINCIPIOS
Aunque mi investigación había demostrado que la suerte no está conectada con la capacidad psíquica o la inteligencia, comencé a preguntarme si la mente podría influir, de alguna otra forma, en la suerte. ¿Enfocan la vida de la misma manera las personas con suer-te que las que carecen de ella? Si no es así, ¿son los distintos pun-tos de vista los responsables de crear los acontecimienpun-tos positivos y negativos? Creemos que la suerte es una fúerza externa: a veces tenemos suerte y a veces no. Pero, ¿y si fuéramos nosotros los que fabricamos nuestra propia suerte, o los responsables, en gran parte, de la buena o la mala fortuna que encontramos a lo largo de nues-tra vida?
El experimento de la lotería nos proporcionó una buena clave para encontrar la respuesta. En los formularios utilizados pedimos a la gente que valorara su confianza en que le tocara la loto eligien-do un número en la escala del 1 al 7. El 1 indicaría que no tenían ninguna confianza y el 7 que tenían mucha. Cuando analizamos los resultados descubrimos algo sorprendente que se muestra en el siguiente gráfico: las expectativas de ganar de la gente con suerte eran más del doble que las de la gente sin suerte.7
Confianza de las personas sin suerte, neutrales y con suerte en que les toque la lotería
Cuando se trata de acontecimientos aleatorios, como la lotería, tales expectativas cuentan poco. Alguien que tenga mucha confian-za en que va a ganar obtendrá los mismos resultados que el que no tiene ninguna. Pero la vida no es como la lotería. A menudo, nues-tra actitud influye en los acontecimientos. Cuando nues-tratamos de con-seguir algo cobra importancia nuestra resistencia al fracaso; tam-bién es importante la forma en que nos relacionamos con los demás o cómo los demás se relacionan con nosotros. Era esencial compro-bar esta idea. Así que, en los siguientes años, concentré mis esfuer-zos en comprender las diferentes formas de pensar y de comportar-se de la gente con suerte y sin suerte.
Finalmente, conseguí identificar los mecanismos psicológicos que se esconden tras las cuatro grandes diferencias entre una vida con suerte y sin suerte: ésos son los cuatro principios de la suerte. Cada uno de ellos se subdivide, a su vez, en varios subprincipios: doce en total. Conocer estos principios y subprincipios nos permitirá conocer también lo que es la suerte.
Los siguientes cuatro capítulos desarrollan estos principios y sub-principios en detalle. Hablan también de las investigaciones que dirigí para llegar a descubrirlos y para descubrir también su impac-to. Además de conocer los muchos ejemplos de la vida real que me
proporcionaron todos los que amablemente se prestaron a colaborar en mi trabajo, tendrá oportunidad de evaluar el papel que juegan estos principios en su vida y, al final de cada capítulo, encontrará varios ejercicios que le ayudarán a incrementar su suerte.
Es hora de comenzar. Es hora de descubrir lo secretos que se escon-den tras una vida con suerte.
2 . LOS CUATRO PRINCIPIOS
DE LA SUERTE
III.
PRINCIPIO NÚMERO 1:
MAXIMICE SUS OPORTUNIDADES
PRINCIPIO: LAS PERSONAS CON SUERTE PROPICIAN SU BUENA ESTRELLA
La vida de la gente con suerte está llena de oportunidades. En el capítulo anterior describí la vida profesional de Jodie, la poetisa, a la que la casualidad ha ayudado a hacer realidad muchos de sus sueños y ambiciones. También les presenté a Lee, el director de mar-keting que tiene la extraña habilidad de estar en el sitio adecuado en el momento oportuno. Conoció a su futura esposa por casualidad y debe mucho de su éxito en los negocios a sus golpes de suerte. Luego está Lynne, la ganadora de concursos en serie. Lynne vio alterado el curso de su vida cuando cayó en sus manos un periódi-co en el que leyó un artículo sobre una mujer que había ganado varios premios en diversos concursos. Lynne, Lee y Jodie son un ejemplo típico de la gente que ha participado en mi investigación: parece que las oportunidades se cruzan en su camino sin buscarlas. Las personas con suerte están casi siempre convencidas de que lo que les sucede se debe a la pura casualidad. Abren el periódico por la página adecuada, visitan el sitio de Internet que más les conviene, caminan por la calle en el momento justo, o van a una fiesta, y allí conocen a la persona que necesitan en ese momento. Pero mi traba-jo reveló que estas casualidades providenciales son el resultado de la
actitud psicológica de este tipo de personas. La forma en que pien-san y se comportan las hace ser más propensas a crear oportunida-des, a verlas, o a forzarlas. He desvelado las técnicas, hasta ahora ocul-tas, que la gente con suerte utiliza para maximizar su valor. Descubrí
que estar en el sitio adecuado en el momento oportuno tiene mucho que ver con gozar del adecuado estado de ánimo.
Wendy es un ama de casa de cuarenta años que se considera una persona con suerte en muchos aspectos de su vida, sobre todo en lo que se refiere a ganar concursos. Consigue, por término medio, tres premios a la semana. Algunos son pequeños, pero muchos otros son importantes: en los últimos cinco años ha ganado bastante dine-ro y algunas vacaciones en países exóticos. Desde luego, parece que nadie puede poner en duda que Wendy tiene la sorprendente habi-lidad de ganar concursos. Y no es ella la única. En el capítulo ante-rior, describí cómo Lynne había conseguido importantes premios: coches, vacaciones, etc. Lo mismo se puede decir de Joe. Como Wendy y Lynne, se considera una persona afortunada. Lleva cuarenta años de feliz matrimonio y tiene una maravillosa familia. Pero, sobre todo, tiene suerte en los concursos. Su lista más reciente de éxitos incluye la obtención de televisores, la participación en conocidos seriales de TV y vacaciones pagadas.
¿Qué hay detrás de estos ganadores? Su secreto es muy sencillo: participan en muchos concursos. Cada semana, Wendy prueba su suerte en unos 130: 60 por correo y 70 por Internet. Lynne y Joe no le van a la zaga: hacen un mínimo de 50 cada uno. Sus posibi-lidades de ganar se incrementan en la misma medida que incrementan su participación. Los tres son conscientes de que su suerte se debe, en realidad, al gran número de veces que lo intentan. Como Wendy explicaba, «Tengo suerte, pero la suerte hay que buscarla. Gano muchos concursos y premios, aunque también me esfuerzo mucho en el empeño». Por su parte, Joe me comentaba:
«Mis amigos siempre me dicen que tengo mucha suerte porque gano muchos concursos. Luego veo que ellos no participan en casi ninguno y pienso... "bueno, si no lo intentan no tendrán la posibilidad de ganar". Me consideran un tipo afortunado, pero creo que uno se fabrica su propia suerte... Como suelo decirles, "Tenéis que concursar para ganar".»
Me preguntaba si esta idea podría aplicarse a todas las oportu-nidades que la vida le ofrece una y otra vez a la gente con suerte
Si podría explicar también por qué este tipo de personas conoce a gente interesante en las reuniones a las que acude, o por qué lee artí-culos en los periódicos que cambian su vida. Decidí levantar el telón y descubrir la realidad que s^ esconde detrás de la ilusión. Lo que vi es que todo podía resumirse en una sola palabra: personali-dad.
La gente que tiende a pensar y comportarse de la misma forma se dice que tiene la misma personalidad. El concepto de personali-dad es capital en la psicología moderna. Se ha invertido una gran cantidad de tiempo y esfuerzo en encontrar la forma más adecuada de clasificar la personalidad y, aunque está lejos de ser tarea fácil, los resultados han sido impresionantes.
Durante muchos años, los psicólogos se ha dedicado a desarro-llar fórmulas para clasificar a los individuos en función de su per-sonalidad. Tras muchas investigaciones, la mayoría de ellos han lle-gado a la conclusión de que sólo hay cinco rasgos propios de nuestra personalidad en los que todos variamos y que se encuentran en jóvenes, viejos, hombres y mujeres con independencia de su raza o cultura. Estos cinco rasgos suelen conocerse como sociabilidad, con-trol emocional, extraversión, neuroticismo y receptividad.1
Por mi parte, he comparado la personalidad de la gente con suer-te y sin suersuer-te en base a esos cinco rasgos definitorios de la perso-nalidad. El primero que examiné fue el de sociabilidad, que mide el grado de simpatía que despierta una persona por su comportamien-to y actitud positiva hacia los demás. Me preguntaba si la causa de que la gente con suerte recibiera tantos regalos de la vida sería la justa contrapartida a su tendencia a ayudar al prójimo. Pero la
pun-tuación de uno y otro grupo, en este caso, fue prácticamente simi-lar.
El segundo rasgo que examiné fue el control emocional, que mide el grado de autodisciplina, voluntad y determinación de una persona. Quizás la gente con suerte tiene mejor fortuna, lisa y lla-namente, porque trabaja más y con más firmeza que la gente sin suer-te. Pero, de nuevo, fueron pocas las diferencias entre la puntuación de uno y otro bando.2
Los grupos, sin embargo, obtuvieron puntuaciones muy distintas en lo que se refiere a los tres rasgos restantes de la personalidad: