Mi investigación me había obligado a realizar un gran número de experimentos, cientos de entrevistas y miles de cuestionarios. Al tratar de descubrir los verdaderos secretos de la suerte había consta- tado que no es algo mágico o un don de los dioses. Es un estado mental. Una forma de pensar o de actuar. La gente no nace con suerte o sin suerte, sino que, en buena medida, se la gana con su forma de actuar.
Pero el gran descubrimiento fue que una vida con suerte podía explicarse a través de cuatro sencillos principios psicológicos. El pri- mero nos demuestra que la personalidad de la gente con suerte le ayuda a crear, ver y actuar sobre esas oportunidades, aparentemente casuales, que la vida le brinda. El segundo revela que las decisiones acertadas tienen mucho que ver con seguir la intuición y confiar en las corazonadas. El tercer principio explica cómo las expectativas posi- tivas tienen el poder de convertirse en auténticas profecías, y de hacer que los sueños se conviertan en realidad. El cuarto y último prin- cipio se refiere a cómo la actitud flexible y la fortaleza de espíritu de este tipo de personas pueden cambiar la mala suerte en buena.
Cuanto más pensaba en mi investigación, más convencido esta- ba de que todavía faltaba una pieza para completar el puzzle. La psicología no consiste sólo en comprender cómo piensan, sienten y se comportan las personas. Se refiere también al cambio y la trans- formación; a cómo ayudar a la gente a vivir más feliz y más satis- fecha. ¿Podrían servir los cuatro principios que había descubierto para aumentar la suerte de la gente? ¿Seria posible no sólo explicar la suer- te sino también crearla?
El ser humano ha indagado durante muchos siglos la manera de mejorar o de atraer la suerte.1 Se han encontrado dijes, amuletos y
talismanes prácticamente en todas las civilizaciones. Tocar madera procede de los rituales paganos creados para obtener la ayuda de los magnánimos y poderosos dioses. El número trece se considera que da mala suerte porque había trece personas en la última cena de Cristo. Cuando una escalera está apoyada en una pared forma el triángulo que simboliza la Santísima Trinidad. Caminar bajo la esca- lera rompería la Trinidad y traería mala suerte.
Muchas de estas creencias y comportamientos siguen con noso- tros. Algunos jugadores creen que tendrán suerte si cortan la bara- ja con su mano derecha o soplan los dados antes de lanzarlos. Los
actores suelen estar convencidos de que tendrán mala suerte si de- sean, a su vez, suerte a otros intérpretes, silban entre bastidores o dicen las líneas finales de una obra durante los ensayos.2 Los depor-
tistas también son muy supersticiosos. Investigaciones realizadas a jugadores de baloncesto canadienses mostraron que un 90 por cien-
to empleaba algún ritual de este tipo; un 80 por ciento creía que era importante encestar la última canasta con espíritu positivo, y el 75 por ciento decía que siempre botaba el balón el mismo número de veces antes de un tiro libre.3 Incluso los estudiantes, por brillan-
tes que sean, no parecen inmunes a tales comportamientos. Muchos alumnos de Harvard admiten tocar la estatua de John Harvard para que les dé buena suerte antes de entrar en un examen4, mientras
que los del Instituto de Tecnología de Massachusetts tratan de atraer- la acercándose a la escultura del inventor George Eastman y acari- ciando su nariz.5
En 1996, Gallup realizó una encuesta entre 1.000 estadouniden- ses en la que les preguntaba si eran supersticiosos. El 53 por ciento afirmó que lo era un poco, y un 25 por ciento admitió que lo era bastante o mucho.6 Otra encuesta reveló que el 72 por ciento de los
interrogados decía que tenía por lo menos un amuleto de la suerte.7
Hay también razones para pensar que estos elevados niveles de superstición son sólo la punta del iceberg. Las investigaciones reali- zadas sugieren que hay mucha gente reacia a admitir que se aferra a estas creencias. Por ejemplo, varias encuestas han mostrado que sólo un 12 por ciento dice que evita caminar bajo una escalera. Un inves-
tigador británico se preguntaba si esto reflejaba la realidad. Para descubrirlo, puso una escalera contra un muro en una calle del cen- tro de una bulliciosa ciudad y cuál no sería su sorpresa al descubrir que más del 70 por ciento de la gente se arriesgaba a caminar en medio de la calle antes que pasar bajo la escalera.8 Un curioso tri-
buto a la superstición procede del Tesoro de Estados Unidos. En febre- ro de 2002, decidió emitir una tirada especial de billetes de un dólar con números de serie «de la suerte», por ejemplo los que contienen tres sietes. Estos billetes contenían una inscripción que decía: «Que este dinero de la suerte le traiga éxito y buena fortuna.» Y ¿cuál era el precio de estos «billetes de la suerte» de un dólar? Sencillamente, cinco dólares.9
Las creencias y los comportamientos supersticiosos han pasado de generación en generación. Nuestros padres nos hablaron de ello y nosotros lo hacemos a nuestros hijos. Y ¿cuál es la causa de esta persistencia? La respuesta está en la suerte. A lo largo de la histo- ria, la gente ha reconocido que la buena o la mala suerte puede cambiar su vida. Que unos pocos segundos de mala suerte pueden tener como consecuencia largos años de lucha, y que esos momen- tos de buena suerte pueden ahorrarnos una gran cantidad de traba- jo y sufrimientos. La superstición es un intento de controlar y mejo- rar estos factores tan escurridizos, y su perdurabilidad refleja hasta qué punto nos parece importante. En resumen, las supersticiones se crearon y han sobrevivido porque prometen el más escurridizo de los santos griales: una forma de mejorar la suerte.
Sólo hay un problema: que no funciona. En el capítulo anterior, vimos que era la gente sin suerte la que tendía a aferrarse a creen- cias supersticiosas. Hay investigadores que han probado la inutili- dad de estas antiguas creencias. Mi experimento favorito en este sentido es un curioso trabajo llevado a cabo por un estudiante lla- mado Mark Levin. En algunos países, un gato negro que se cruza en tu camino es símbolo de suerte; en otros, todo lo contrario. Levin quería descubrir si la suerte de la gente cambiaba realmente cuando veía un gato negro. Para ello, pidió a dos personas que probaran suer- te tirando monedas a cara y cruz. A continuación, soltaba un gato negro para que pasara delante de los participantes y estos jugaban una segunda vez. Luego repetía el experimento utilizando un gato
blanco. Tras muchas monedas al aire y muchos gatos pasando por delante, llegó a la conclusión de que ninguno de los animales había tenido efecto alguno sobre la suerte de los participantes.10
La superstición no funciona porque se basa en ideas antiguas y obsoletas. Procede de un tiempo en el que se creía que la suerte era una extraña fuerza que sólo podía controlarse mediante rituales mági- cos y comportamientos estrafalarios. Mi investigación había puesto de relieve los auténticos secretos que se esconden tras una vida con suerte, y yo me preguntaba si servirían para aumentarla. ¿Sería posible hacer que tengan suerte una serie de personas que hasta el momento no la han tenido? ¿Sería posible, incluso, hacer que los afortunados lo sean todavía más?
En la Nochevieja de 1999 me encontraba en Londres, en las ori- llas del Támesis. Estaba rodeado de miles de personas que se habían reunido allí para celebrar el nuevo milenio. A medida que se acer- caba la medianoche, me preguntaba si no habría llegado la hora de explorar una manera más científica de enfocar el problema que nos ha preocupado durante miles de años. ¿Sería posible encontrar nue- vas formas de tener más suerte? Las ideas que me venían a la men- te no eran del tipo de cruzar los dedos, tocar madera o evitar esca- leras. Muy al contrario, se trataba de que la gente aplicara los cuatro principios de la suerte. Ya era hora de animarla a sacar los amule- tos de sus bolsillos y ponerlos en su mente.
Decidí embarcarme en un proyecto para descubrir si seria posible mejorar la suerte de las personas haciéndolas pensar y comportarse como si la tuvieran. Quería enviarles a la Escuela de la Suerte y ver si podían mejorarla poniendo en práctica los principios y las técni- cas aparecidas en los capítulos anteriores.
Mi proyecto constaba de dos fases. En la primera, me reuní con cada uno de los participantes y les hablé de lo poco corriente del proyecto. También les proporcioné un Cuaderno de la Suerte conte- niendo muchos de los cuestionarios y ejercicios que hemos visto a lo largo de este libro y les pedí que rellenaran los cuestionarios. El primero fue el Perfil de la Suerte, de la página 20, que les pregun- taba hasta qué punto estaban de acuerdo con cada una de las afir- maciones relativas a los subprincipios de la suerte. El segundo, el Cuestionario de la Suerte, de la página 45, que incluía las típicas
descripciones de gente con suerte y sin suerte y les pedía que indi- caran hasta qué punto estas descripciones les retrataban. El tercero, les hacía reflejar su grado de satisfacción en la vida, en conjunto y en cinco importantes subáreas: la vida familiar, la personal, las finanzas, la salud y la vida profesional. Si ha seguido los ejercicios que aparecen en los capítulos de este libro, también los habrá con- testado. Los dos últimos cuestionarios me proporcionaron una medi- da objetiva y fiable de los niveles de suerte y de satisfacción con la vida antes de que incorporaran los principios de la suerte a su día a día.
A continuación, entrevisté a los participantes para conocer su opinión sobre el papel de la suerte en su vida. Charlamos sobre muchos temas. Entre otros, si se consideraban con suerte o sin suerte, si la suerte afectaba a aspectos concretos de su vida, si eran receptivos, intuitivos, etc. También les pedí que hicieran algu- nos de los ejercicios descritos en este libro, como por ejemplo «Califique su suerte» (página 157) o «Actitudes frente a la mala fortuna» (página 170).
Por último, les describí los cuatro principios y los doce subprin- cipios de la suerte. Les expliqué que había personas, aparentemente favorecidas por ella, que los utilizaban precisamente para atraerla. Vimos cómo su personalidad les ayudaba a crear, ver y actuar sobre las oportunidades que el azar les deparaba (Principio número 1). Cómo sus decisiones acertadas eran consecuencia de seguir su intuición y confiar en sus corazonadas (Principio número 2). Cómo sus expec- tativas para el futuro se convertían en auténticas profecías que lue- go se harían realidad (Principio número 3). Y, finalmente, cómo su flexibilidad y fortaleza frente a la mala fortuna la transformaban en buena (Principio número 4). Esbocé las teorías que respaldan cada principio y las ilustré con extractos de mis entrevistas y los resulta- dos de mis encuestas y experimentos. En definitiva, presenté un resumen de toda la información que usted ha encontrado a lo largo de este libro.
En la segunda fase, transcurrida una semana aproximadamente desde la primera reunión, me entrevisté de nuevo con cada uno de los participantes. Les expliqué las técnicas que aparecen después de cada principio y les pedí que las incorporaran a su vida en el plazo
de un mes. Creo que éste fue uno de los aspectos más importantes de la Escuela de la Suerte. Para proporcionar una visión clara y directa de cómo se ha estructurado y desarrollado esta parte de mi proyecto, en el próximo capítulo haremos como si usted fuera uno de los alumnos.
VIII.