com o una m aldición, especialmente en la expresión i ad (m alam ) crucem («Vete a una m ala cruz»).
§174. Los castigos m enores eran infligidos p o r or den del señor o de su representante p o r un esclavo de signado al efecto llam ado carnifex o lorarius, aunque esto no im plica que fuera él regularmente o por costum bre el elegido para esa desagradable obligación. D e he cho, ad m in istrar castigos a un com pañero esclavo se sentía com o algo degradan te, y el térm in o carnifex se aplicaba a m enudo al que lo adm inistraba y al final acabó siendo un térm ino asociado a los abusos y a los insultos. Los esclavos que discutían lo utilizaban entre ellos com o un insulto aparentemente sin ninguna rela ción con su significado originario, com o se utilizan hoy m uchos epítetos norm ales2. La ejecución efectiva de una pena de m uerte era llevada a cabo por uno de los servi publici (§141) en un lugar fijo para las ejecuciones fuera de los m uros de la ciudad.
§175. M anum isión. El esclavo podía com prar su li bertad con sus ahorros, com o hem os visto (§164), o ser liberado com o recom pensa por un servicio fiel o algún acto especial de devoción. En cualquier caso, sólo se re quería que el señor dijera en voz alta que era un hom bre libre en presencia de testigos, aunque se celebrara des pués un acto form al de m anum isión ante el pretor. El nuevo liberto se tocaba con el som brero de libertad (pi- lleus), que aparece en algunas m onedas rom anas. Era llam ado libertus en referencia a su señor o com o indivi duo, libertinus com o m iem bro de una clase. Su señor ya no era su dominus, sino su patronus. La relación del li- 2. «Carnicero», por ejemplo.
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berto con la co m u n id ad se d iscu tirá m ás adelante (§423). Señor y liberto m antenían un vínculo de m utua ayuda y cooperación. El patronus ayudaba a su liberto en los negocios, a m enudo proporcionándole los m edios para que com enzara una nueva vida.
Cuando el liberto m oría prim ero, el patronus pagaba los gastos de un funeral decente y enterraba a su liberto cerca de donde descansarían sus propias cenizas. Se h a cía el protector de los hijos de su liberto y heredaba sus propiedades en ausencia de herederos. El liberto tenía obligación de m ostrar la deferencia y respeto debidos a su patrón en to da ocasión, a asistirle en cerem onias p ú blicas o en caso de un revés de la fortuna. En resumen, estar a su lado con la m ism a relación que la del cliente hacia el patrono de tiem pos antiguos (§176).
§176. Los clientes. La palabra cliens se u sa en la h is toria de R om a para dos tipos diferentes de dependien tes, separados por un considerable intervalo de tiem po y que se pueden distinguir a grandes rasgos com o anti guos y nuevos clientes.
1. El p rim er tip o tuvo un im p o rtan te p ap el en la época de los reyes, y especialm ente en las luchas entre patricios y plebeyos de los prim eros días de la República, pero en época de Cicerón práctica m ente había desaparecido.
2. El segundo tipo se escucha por prim era vez con el Im perio ya avanzado, y nunca tuvo im portan cia política. Entre los dos grupos no hay ninguna co nexión, y el estudiante debe tom ar bu ena nota de que el segundo no es en absoluto ningún desarro llo a partir del primero.
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§177. L o s clientes antiguos. La clientela se rem onta m ás allá de la fundación de R om a hasta las m ás anti guas instituciones sociales de las com unidades italianas. Las gentes que se establecieron en las colinas que rodea ban el T iber (§19) tenían com o parte de sus fam iliae (§18) num erosos sirvientes libres que se ocupaban de sus granjas, apacentaban sus ganados y prestaban a las gentes ciertos servicios personales a cam bio de protec ción frente a ladrones de ganado, asaltantes o enem igos abiertos. E sto s sirvien tes, aun que eran con sid erad os m iem bros de inferior categoría dentro de la gens a la que se habían sum ado de diferentes m aneras, gozaban de una participación en el increm ento de anim ales de los rebaños de ovejas o cerdos (peculium; §22) y reci bían el nom bre de la gens (§47), pero no podían con traer m atrim onio con personas de la clase superior ni tenían voz en el gobierno. Form aban la plebs original, m ientras que los gentiles (§19) eran el populus o el cuer po gobernante en Rom a.
§178. La política expansiva de R om a pronto llevó a la ciudad a un tercer elemento distinto de los gentiles y los clientes. Las co m u n idades co n qu istadas, esp ecial mente las m ás peligrosas por su proxim idad, se vieron obligadas a destruir sus plazas fuertes (oppida) y trasla darse a Rom a. Se perm itió a los m iem bros de com uni dades organizadas en gentes (§19) entrar a form ar parte del populus, y éstos tam bién trajeron con ellos a sus pro pios clientes. Los que no disfrutaban de esta organiza ción previa o bien se in co rporaron a las gentes com o clientes, o bien se establecían aquí y allá, dentro y cerca de la ciudad, para vivir lo m ejor que podían. A lgunos disponían de tantos m edios de vida com o los patricios; otros eran artesanos o trabajadores, leñadores y agu ado
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res; pero ninguno gozaba de derechos políticos y ocupa ban la posición m ás baja en el nuevo estado.
La expansión del territorio rom ano hizo crecer m u cho su núm ero, y pronto superaron claram ente a los p a tricios y sus servidores, con quienes, com o pueblo con quistado, no les unía ninguna sim patía ni lazos sociales. T am bién recibieron el nom bre de plebs, y la an tig u a plebs, form ada p o r los antiguos clientes, com enzó a ocu par una posición interm edia en el Estado, aunque políti cam ente se incluían en los plebeyos.
M uchos clientes antiguos, quizá a causa de la desapa rición de las an tiguas fam ilias p atricias, p o co a poco perdieron su relación de dependencia h acia ellas y se identificaron con los intereses del elem ento recién lle gado.
§179. O bligaciones m utuas. N o queda m uy clara la relación entre los patronos patricios y sus clientes plebe yos (§177), y la solución a esta laguna no es sencilla. Sa bem os que era hereditaria, y las grandes casas presum ían de su núm ero de clientes y estaban siempre dispuestas a increm entarlos de generación en generación. Sabem os que se consideraba algo particularm ente sagrado, que el cliente era para el patrono poco m enos que un hijo. Vir gilio habla del terrible castigo que espera en el reino de los m uertos a un patrono que ha defraudado la confian za de su cliente. Leemos tam bién ejem plos de una leal tad férrea de clientes hacia sus patronos, lealtad que sólo podem os com parar en tiem pos m odernos con la de los Highlanders respecto al jefe de su clan.
Pero cu an d o in ten tam os h acernos u n a idea de las obligaciones recíprocas y vínculos entre clientes y patro nos, encontram os en nuestros autores pocos datos que las definan (§15).
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