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Whestone Johnston Harold. La vida en la antigua Roma. 2010..pdf

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b ra clásica de larga trayectoria, LA VIDA EN LA A N T IG U A R O M A ofrece un com pleto y sistem atizado com pen dio de las actividades cotidianas, m ecanism os sociales y organización de la civilización de esta sociedad. La sintética claridad y el rigor de su inform ación, su am en idad y su fácil lectura, así com o su eficaz sistem a de referencias y sus útiles índices, hacen de esta obra de H A R O LD W H E T ST O N E JO H N S T O N -sa b ia m ezcla entre divulgación y erudición m uy poco habitual en las ob ras sobre historia an tig u a- un in stru ­ m ento sum am ente práctico, ágil y am eno para todo aquel que esté interesado en aprender o dar a conocer la cultura clásica y la existencia cotidiana dentro del ám b i­ to rom ano.

El libro de bolsillo

Humanidades i

'

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Harold Whetstone Johnston

La vida

en la antigua Roma

El libro de bolsillo

Historia

Alianza Editorial

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Título original: The Prívate Life of the Romans Traductor: Joaquín Pastor

Diseño de cubierta: Alianza Editorial

Ilustración de cubierta: Mosaico de Pompeya. Museo Arqueológico Nacional. Nápoles

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las correspondientes indem ­ nizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribu­ yeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transform ación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier m edio, sin la precep­ tiva autorización.

© de la traducción: Joaquín Pastor Saco, 2010 © Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2010

Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 28027 Madrid; teléfono 91 393 88 88 www.alianzaeditorial.es

ISBN: 978-84-206-4982-5 Depósito legal: M. 18,099-2010 Fotocomposición e impresión: e f c a, s. a.

Parque Industrial «Las M onjas» 28850 Torrejón de Ardoz (Madrid) Printed in Spain

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Presentación

Harold Whetstone Johnston (1859-1912) trabajó como pro­ fesor de historia clásica y latín en la Universidad de Indiana. A lo largo de su vida publicó una recopilación de ejemplos para ilustrar las formas métricas utilizadas por Virgilio y poco antes de su muerte una selección de cartas y discursos de Cicerón. Pero el trabajo más conocido y que ha gozado de más éxito y resonancia a partir de su publicación es la obra The Private Life of the Romans que les presento en su version española.

La primera edición apareció en 1903, aunque veinte años después de la muerte del autor, en 1932, su hija M ary Johnston Scott decidió recuperar el texto revisado por ella misma para una segunda publicación. Con toda seguridad la obra mantenía su vigencia todavía entonces. Por otro lado, el interés por la vida cotidiana de los romanos y la ri­ queza del libro favorecieron su reedición treinta años des­ pués de su primera publicación. Esta versión del año 1932 es la que he utilizado como base para mi traducción, toma­ da de la página web forumromanum.org.

Y la prueba de que por algunos libros clásicos no pasa el tiempo está en que después de 1932 han aparecido m ás

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8 iOAQUÍN PASTOR

dones en 1957 y en 1972, ambas en inglés. Incluso la cono­ cida librería en la red Amazon ha presentado la última ree­ dición en el año 2002, cien años después de la primera apa­ rición de la obra.

De manera que no por contar con más años un trabajo queda necesariamente anticuado o desfasado. En algunos casos, resultan más importantes la calidad y elaboración de la obra que la fecha de su publicación.

Desde el momento en que la encontré por casualidad, decidí preparar la traducción de algunos capítulos que me interesaban para mis clases de latín en bachillerato. Utilicé esos textos con mis alumnos para que elaboraran breves trabajos de investigación sobre la vida cotidiana de los ro­ manos y los expusieran después en clase. Y he de decir que el resultado fue muy positivo. Ése podría ser uno de los ele­ mentos más útiles y aprovechables del libro, al tratar con todo lujo de detalles temas que pertenecen al curriculo ofi­ cial de latín en bachillerato.

Pero no es ésa la única virtud del libro. Cualquier perso­ na interesada por la historia antigua o por la vida cotidiana de los romanos en general encontrará una obra de lectura muy amena y agradable. Verá cómo eran en Roma la fami­ lia, las mujeres, los niños, los esclavos, las casas, la ropa, las comidas, las diversiones, la vida en la ciudad y en el campo.

Un vistazo al índice dirigirá al lector a los distintos temas que puedan suscitar su interés o su curiosidad. Las mate­ rias están estructuradas por parágrafos numerados que ha­ cen muy sencillo encontrar cada punto concreto. Se trata de un procedimiento muy habitual en algunas obras proce­ dentes del ámbito anglosajón, de manera que los conoci­ mientos quedan perfectamente acotados y ordenados. Y quizá lo más destacado sea una sabia mezcla entre divulga­ ción y erudición muy poco habitual en las obras sobre his­ toria antigua, que suelen caer en una excesiva simplifica­

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PRESENTACIÓN 9

ción o en una exposición más técnica dirigida a los especia­ listas universitarios.

Al comienzo de cada capítulo aparecen las referencias que consultó el autor para elaborar su obra. Destacan las tres grandes enciclopedias sobre la antigüedad clásica que datan de los primeros años del siglo xx. Me refiero a las obras de Smith, Pauly-Wissowa (que todavía no estaba ter­ minada cuando Johnston publicó su libro) y Daremberg- Saglio.

Consultó las obras de referencia en inglés, alemán y fran­ cés, de las que la Real Enciclopedia Pauly-Wissowa no ha sido superada todavía hoy. Eso para referirnos tan sólo a las obras de consulta más conocidas y destacadas. En la intro­ ducción y en la bibliografía al final del libro aparecen otras obras que también utilizó para recopilar información.

Otro punto destacado es la utilización de los términos latinos específicos para cada aspecto tratado. La riqueza del vocabulario técnico aporta una información que no es fácil encontrar en obras más recientes. Cuando lo he considera­ do necesario, he ofrecido la traducción de algunos térmi­ nos o inscripciones, bien en notas a pie de página o en do­ ble columna.

Y, por último, lo especial de esta obra son las continuas referencias que envían de unos parágrafos a otros. La orde­ nación ya comentada con parágrafos numerados permite una lectura lineal, de principio a fin, pero también otra lec­ tura a saltos, pasando de unas partes a otras del texto si­ guiendo las referencias cruzadas. Resulta una experiencia poco habitual y gratificante esta lectura más caprichosa y desordenada siguiendo los caminos que más nos interesen o apetezcan.

Quiero hacer una última precisión relacionada con las medidas y cantidades de dinero. Las pulgadas, pies y millas del original inglés han sido sustituidos por centímetros,

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10 JOAQUIN PASTOR

metros 7 kilómetros, medidas más habituales en el ámbito español. Respecto a las cantidades de dinero, dada la enor­ me dificultad para encontrar un equivalente ajustado para la actualidad, he preferido respetar las que aparecían en el original con céntimos y dólares. Debe tenerse en cuenta que dichas cantidades se refieren a 1932, año de publica­ ción de la obra.

Las notas a pie de página y las traducciones con el texto original en latín son obra mía. Espero que ayuden a ilumi­ nar ciertos términos y pasajes.

De la versión original sólo se han conservado las ilustra­ ciones en blanco y negro estrictamente necesarias para la comprensión del texto o las que se comentaban con mayor profusión y detalle.

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Introducción

§1. Los temas tratados en este libro están relacionados con la vida cotidiana del pueblo romano. Se considerarán elementos como la familia, los nombres romanos, las bodas y la posición de las mujeres, los niños y la educación, los esclavos, los clientes, la casa y los muebles, la ropa, las co­ m idas y la alim entación, las diversiones, los viajes y la correspondencia, la religión, las ceremonias funerarias y las formas de enterramiento. Estos temas resultan interesantes para nosotros respecto a cualquier pueblo antiguo o ex­ tranjero; pero en el caso de los romanos tienen una impor­ tancia especial, porque ayudan a explicar la poderosa in­ fluencia que ejerció ese pueblo sobre el mundo antiguo y facilitan la comprensión de por qué esa influencia se deja sentir en cierta medida hoy.

§2. Antigüedades públicas y privadas. Los temas men­ cionados arriba pertenecen a las llamadas «antigüedades clásicas», y ocupan su lugar en la subdivisión de antigüeda­ des romanas por oposición a las antigüedades griegas. A grandes rasgos se agrupan dentro de las «antigüedades del ámbito privado», frente a lo que llamamos «antigüedades del ámbito público». En este último apartado considéra­

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12 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

mos al romano como ciudadano y examinamos las distin­ tas clases de ciudadanos, sus obligaciones y privilegios; es­ tudiamos sus formas de gobierno, sus magistrados y admi­ nistración, sus procedim ientos legislativos, ejecutivos y judiciales, sus gastos e ingresos, etc. Es evidente que no se puede trazar una línea divisoria tajante entre las dos ramas de la materia; se entrecruzan en todo momento. Por ejem­ plo, a duras penas sabe uno bajo qué epígrafe situar la reli­ gión de los romanos o sus espectáculos en el circo.

§3. De la misma manera, la labor diaria del esclavo, su vigilancia, sus castigos o sus recompensas se incluyen pro­ piamente en el apartado de «antigüedades privadas». Igual­ mente, un hombre podía o no ser elegido para ciertos car­ gos sacerdotales, de acuerdo con la ceremonia particular usada en la boda de sus padres. Así pues, se apreciará que el estudio de las «antigüedades privadas» no puede separarse del todo de su complementario, aunque en este libro la lí­ nea divisoria se cruzará lo menos posible.

§4. Las antigüedades y la historia. Es igualmente im ­ posible fijar un límite entre las materias de las antigüedades y la historia. Es cierto que antiguamente la historia no tenía mucho que ver con la vida privada de la gente, sino que trataba casi exclusivamente del ascenso y la caída de las fa­ milias reinantes. Nos hablaba de reyes y generales, de las guerras en que combatieron, de las victorias que lograron y de las conquistas que hicieron. Después, con el transcurso del tiempo, las instituciones ocuparon el lugar de los reyes, y los partidos, el de los héroes, y la historia describió el de­ sarrollo de las grandes ideas políticas; las grandes obras de Thirlwall y Grote sobre la historia de Grecia son en gran medida historias constitucionales. Pero los cambios en las relaciones internacionales afectan a la vida privada de la gente con tanta seguridad, si no con tanta rapidez, como afectan a los sistemas de gobierno.

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INTRODUCCIÓN 13

§5. No se puede poner en contacto, amistosamente o no, a dos civilizaciones diferentes sin afectar a los pueblos implicados, sin alterar sus ocupaciones, sus formas de vida, sus ideas sobre la vida y sus objetivos. Estos cambios influ­ yen a su vez sobre el carácter y el temperamento de la gen­ te; afectan a su capacidad de gobernarse y al dominio sobre otros, y con el paso del tiempo oscurecen los movimientos de los que conservaron recuerdos incluso de las historias más antiguas.

De ahí que nuestra historia más reciente conceda cada vez más espacio a la vida de la gente normal, a los temas mencionados dentro de las «antigüedades privadas» (§1-2).

§6. Por otra parte, es igualmente cierto que se necesita un conocimiento de la historia política para el estudio de las antigüedades privadas. Descubriremos que los romanos abandonaron ciertas formas de vida y hábitos de pensa­ miento que parecían estables y característicos. No podría­ mos explicar en absoluto estos cambios si la historia po­ lítica no nos informara de que antes los romanos habían trabado contacto con ideas muy diferentes y con civiliza­ ciones distintas de otros pueblos. El acontecimiento más importante de esta clase fue la difusión de la cultura griega después de la Primera Guerra Púnica, y nos habremos de referir a este hecho una y otra vez. De ahí se sigue que los estudiantes que hayan cursado la materia más elemental sobre la historia de Roma ya tienen algunos conocimientos de las antigüedades privadas, y que los que no han estudia­ do la historia de Roma encontrarán muy útil la lectura de la más breve historia de Roma.

§7. Antigüedades y filología. La materia de las antigüe­ dades clásicas siempre se ha considerado una ram a («disci­ plina» es el término técnico) de la filología clásica desde que Friedrich August Wolf (1759-1824) hizo de la filología una ciencia. Cierto es que la filología, en la acepción

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habi-14 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

tuai de la palabra, es simplemente la ciencia del lenguaje, pero incluso aquí las antigüedades desempeñan un papel importante. Es im posible leer y comprender una oda de Horacio o un discurso de Cicerón si uno desconoce la vida social y las instituciones políticas de Roma.

Pero la filología clásica es mucho más que la ciencia de entender e interpretar las lenguas clásicas. Reclama para sí misma la investigación de la vida de griegos y romanos en todos sus aspectos: social, intelectual y político (en la medi­ da en que los conocemos por la literatura conservada), los monumentos y los documentos epigráficos. Whitney lo ex­ presa así: «La filología trata del lenguaje humano y de todo aquello que revela el lenguaje tanto de la naturaleza como de la historia hum ana». Si es difícil recordar las definiciones, uno a duras penas puede olvidar el aforismo de Benoist: «La filología es la geología del mundo intelectual». Dentro de esta concepción estrictamente científica de la filología, la historia de las antigüedades ocupa de inmediato un lugar más elevado. Se convierte en el objetivo, con el medio de la lingüística, y ésa es la verdadera relación entre ellas.

§8. Pero el estudio de las lenguas en las que se conser­ van los documentos de la antigüedad clásica debe ocupar en primer lugar al estudioso, y el estudio de la lengua como tal -d e su origen, desarrollo y decadencia- es en sí mismo m uy interesante y provechoso. Las lenguas de Grecia y Roma no se pueden estudiar al margen de unas literaturas de singular riqueza, hermosura e influencia, y el estudio de la literatura es uno de los más atractivos y absorbentes para los hombres cultivados. Por ello no resulta difícil entender por qué el estudio de las antigüedades no ha destacado más en relación con la formación filológica.

Ese estudio era el fin hacia el que se dirigieron unos p o ­ cos. Estaba reservado, al menos de forma sistemática, para el alumno que estudiaba en la universidad. En las asignatu­

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INTRODUCCIÓN 15 ras de griego y latín en nuestras escuelas secundarias todo estaba lleno de las materias más obvias, pero no más im­ portantes ni interesantes, de la lingüística y la crítica litera­ ria, o como mucho se presentaba en esas asignaturas en forma de notas deslavazadas sobre los autores leídos en cla­ se o en una enumeración por orden alfabético propia de un diccionario.

§9. Sin embargo, en años más recientes se está produ­ ciendo un cambio motivado por varias causas.

En primer lugar, la crítica literaria que en un tiempo se enseñaba solamente en relación con los autores clásicos y que reclamaba gran parte del tiempo asignado a los estu­ dios clásicos ha encontrado un espacio en los departamen­ tos de inglés.

En segundo lugar, un cambio en el foco de interés ha eli­ minado de la enseñanza secundaria una formación lingüís­ tica elemental que antes se consideraba necesaria.

En tercer lugar, los últimos setenta y cinco años han visto un gran progreso en el conocimiento de las antigüedades clásicas; es posible presentar de una manera positiva y dog­ mática algunos campos en los que sólo la especulación y las conjeturas desempeñaban antes un gran papel.

§10. Finalmente, las modernas teorías de la educación, que han reducido la corriente de la cultura clásica sólo para profundizar su cauce y acelerar su corriente, han hecho más hincapié en los puntos de contacto entre el mundo an­ tiguo y el moderno. El profesor de clásicas se ha dado cuen­ ta de que las obligaciones del presente con respecto al pasa­ do no se han de presentar con tanta claridad ni apreciar con tanta viveza en relación con el estudio formal del arte y la literatura como en la investigación de los grandes proble­ mas sociales, políticos y religiosos a los que se ha dedicado en todas las épocas el pensamiento de los hombres culti­ vados.

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16 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

§11. Fuentes. Ya se ha indicado (§7) que la filología clásica obtiene su conocimiento de tres fuentes: los docu­ mentos literarios, los monumentos y las inscripciones epi­ gráficas de Grecia y Roma. Es necesario desde el principio que comprendamos a qué se refieren. Por documentos lite­ rarios nos referimos a los textos formales de griegos y ro­ manos, esto es, los textos publicados que han llegado hasta nosotros. La forma de esos libros, la manera en que se pu­ blicaron y se han conservado, se tratará más adelante. Por el momento basta decir que sólo ha llegado a la actualidad una pequeña fracción de estos textos, y que las obras con­ servadas que tenemos no son originales, sino solamente co­ pias más o menos imperfectas. Sin embargo, es cierto que en conjunto estos textos constituyen la fuente de informa­ ción m ás im portante, sobre todo porque han sido m uy bien estudiados y analizados.

§12. Por restos monumentales nos referimos a todas las construcciones y objetos de griegos y romanos que han llegado hasta nosotros. En conjunto son muy numerosos y de muchos tipos: monedas, medallas, joyas, armas, cerámi­ ca, estatuas, pinturas, puentes, acueductos, murallas, rui­ nas de ciudades, etc. Es imposible enumerarlas todas. Sobre esos restos se han conservado casi todas las inscripciones (§13). De primer orden para el estudio de la vida privada de los rom anos son las ruinas de la ciudad de Pompeya, preservadas gracias a la protección de las cenizas que la se­ pultaron con la erupción del Vesubio en el año 79 d.C.

§13. Por evidencias epigráficas aludimos a las palabras inscritas, incisas o acuñadas sobre materiales duros, como metal, piedra o madera, generalmente sin una finalidad li­ teraria. Van desde las palabras sueltas hasta documentos de considerable extensión, y para resumir se denominan «ins­ cripciones». El estudiante puede hacerse una buena idea de las más antiguas y curiosas hojeando unas pocas páginas

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INTRODUCCIÓN 17

de las obras de Ritschl, Priscae Latinitatis Monumenta Epi- graphica, o de Egbert, Latin Inscriptions.

Las leyendas acuñadas sobre monedas y medallas son de gran im portancia histórica; muchas de estas m onedas se pueden encontrar hoy en colecciones americanas. Por supuesto, cualquier estudiante está familiarizado con ins­ cripciones m odernas sobre materiales y con propósitos similares.

§14. Enseguida se percibirá que la importancia de estas fuentes depende de la naturaleza del tema que estudiamos y de su estado de conservación. Por ejemplo, podemos leer en un poeta romano la descripción de un adorno llevado por una novia. La pintura de una novia llevando ese ador­ no clarificaría la descripción, pero cualquier duda quedaría aclarada si se encontrara en las ruinas de Pompeya (§12) un adorno parecido con una inscripción sobre él que ates­ tiguara su uso. En este caso las tres fuentes habrían contri­ buido a nuestro conocimiento.

§15. Para otros temas, especialmente cosas intangibles, tenemos que confiar sólo en las descripciones, esto es, en las fuentes literarias. Pero puede ocurrir que ningún roma­ no pusiera por escrito una descripción del objeto concreto que estamos estudiando, o que, si lo hizo, su obra se haya perdido, de manera que nos vemos obligados a conformar nuestro conocimiento poco a poco, uniendo los fragmen­ tos de información, a veces meras alusiones, que encontra­ mos dispersas aquí y allá en las obras de autores diferentes a veces de épocas distintas.

Así pues, no es difícil comprender que nuestro conoci­ miento de algunos puntos relacionados con las antigüeda­ des romanas puede ser bastante incompleto, mientras que de otros puede que no sepamos nada en absoluto. Debe re­ marcarse en relación con las fuentes literarias que, cuanto más habitual y familiar era algo para los antiguos, menor

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18 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

probabilidad hay de que encontremos una descripción en la literatura antigua.

§16. Obras de referencia. La recogida y disposición de los datos procedentes de estas fuentes ha sido la tarea de los estudiosos desde tiempos muy antiguos, pero los descubri­ mientos recientes han incrementado tanto nuestro cono­ cimiento que los estudiantes deben centrarse en las obras más recientes. Una buena lista de obras de referencia en in­ glés es la obra de McDaniel, Guide for the Study of English Books on Roman Private Life. Una selección del creciente número de libros dedicados a las antigüedades romanas se encontrará en las páginas 381-386 de ese libro; al comienzo de los capítulos 1-16 hay referencias de consulta en obras generales. Los trabajos se han ordenado en dos grupos, tra­ tados sistemáticos y obras enciclopédicas, de los que hay una lista en las páginas 18-22. El estudiante que no dispon­ ga de tiempo para consultar todos esos libros debería elegir al menos uno de los mejores y más extensos de cada tipo para un estudio regular y sistemático. No debería descar­ tarse un libro solamente porque esté escrito en una lengua que no lee con fluidez; la única parte que le interesa puede ser de fácil lectura, y muchos de estos trabajos contienen ilustraciones que cuentan sus propias historias con inde­ pendencia de la letra impresa que las acompaña.

Tratados sistem áticos1

1. M a r q u a r d t , Joachim , D as Privatleben der Römer, 2.a edición de August M au (Leipzig, Hirzel, 1886). Es el séptimo volumen del Handbuch der römischen Altertü-1. Entre corchetes [ ] aparece la abreviatura para la referencia a la obra en este libro.

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INTRODUCCIÓN 19 mer, de Joachim M arquardt y Theodor Mommsen. Es un tratado completo y autorizado con unas pocas ilus­ traciones. [Marquardt.]

2. Bl ü m n e r, Hugo, Die römischen Privataltertümer, 3.a edi­ ción (Munich, Beck, 1911). Es una parte del cuarto vo­ lumen del Handbuch der klassischen Altertumswissens­ chaft, editado por Iwan von Müllet. Es el último trabajo elaborado sobre el tema, especialmente rico en las citas de autores, y tiene algunas ilustraciones. [Blümner.]

3. Be c k e r, Wilhelm Adolph, Gallus oder römische Scenen aus der Zeit Augusts, 2.a edición, de Hermann Göll, tres volúmenes (Berlin, Calvary, 1880, 1881, 1882). Es una obra general en forma de novela. La historia no tiene ningún interés particular, pero las notas y excursus son importantes. Hay una traducción inglesa de la 1.a edi­ ción, obra de Frederick Metcalfe, titulada Gallus, or Ro­ man Scenes o f the Time of Augustus (9.a edición, Londres, Longmans, 1888). Si se usa con cuidado, esta traduc­ ción ayudará a los que lean el alemán. [Becker-Göll: las referencias son todas del original en alemán.]

4. Fr ie d l ä n d e r, Ludwig, Darstellungen aus der Sittenges­ chichte Roms in der Zeit von August bis zum Ausgang der Antonine, en cuatro volúmenes, ediciones 9.a y 10.a, de Georg Wissowa (Leipzig, Hirzel, 1919, 1922, 1920, 1921). Es la gran autoridad para la época que trata. De hecho, ofrece la historia desde la época más antigua de todos los temas que trata. Hay una traducción inglesa de la 7.a edición, en cuatro volúmenes, con el título Ro­ man Life and Manners under the Early Empire (Nueva York, Dutton, sin fecha). Las referencias son de la tra­ ducción inglesa. [Friedländer.]

5. Sa n d ys, Sir John Edwin, A Companion to Latin Studies, 3.a edición (Cambridge University Press, 1921). Es un manual adecuado. [Sandys, Companion.]

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20 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

6. Jo n es, H. Stuart, A Companion to Roman History (Ox­ ford Clarendon Press, 1912). Excelente para los puntos que expone. [Jones.]

7. Cag na t, René, y Ch a p o t, V., Manuel d ’archéologie ro­ maine (Paris, Picard, volumen I, 1916; volumen II, 1920). Es un trabajo muy valioso. El volumen I trata de «monumentos, decoración de los monumentos y escul­ tura»; el volumen II, de «pintura, mosaico, instrumen­ tos de la vida pública y privada». [Cagnat-Chapot.]

8. McDa n iel, Walton Brooks, Roman Private Life and Its Survivals, en las series tituladas «N uestra deuda con Grecia y R om a» (Boston, M arshall Jones Company, 1924; publicado ahora por Longmans, Nueva York). Es un libro compacto e interesante. [McDaniel.]

9. Bl ü m n e r, Hugo, Technologie und Terminologie der Ge­ werbe und Künste bei Griechen und Römern, en cuatro volúmenes (1875-1887). El prim ero apareció en una nueva edición en 1912, obra de H. Blümner (Leipzig, Teubner). Es la mejor descripción del arte y la tecnolo­ gía de Grecia y R om a antiguas. [Blümner, Techno­ logie.]

Obras enciclopédicas

1. Pauly-Wissowa, Real-Encyclopädie der Classischen Alter­ tumswissenschaft. Es una obra monumental, destinada a ser durante muchos años la gran autoridad en la mate­ ria. Por desgracia, ha aparecido muy despacio y todavía no está completa en 1932 (se comenzó en 1894). Los volúmenes I-XV (primera mitad) incluyen los artículos Aal hasta Mesyros, y la segunda serie, con los volúmenes I-IV (primera mitad), con los artículos Ra hasta Sympo­ sion, han aparecido. [Pauly-Wissowa.]

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INTRODUCCIÓN 21

2. Da rem berg, C h arles Victor, y Sa glio, E d m o n d , Diction­ naire des antiquités grecques et romaines d’après les textes et les monuments (P aris, H achette, 1877-1918). E s u n a o b r a g e n e ra l y a u to r iz a d a c o n m u c h a s ilu stra c io n e s. [D arem b erg-Saglio .]

3. Sm it h, William, A Dictionary of Greek and Roman Anti­ quities, 3.a edición, de W. Wayte y G. E. Marindin, dos volúmenes (Londres, Murray, 1890, 1891). Es el mejor trabajo de este tipo en inglés. [Smith.]

4. Ba u m e ist e r, August, Denkmäler des Klassischen Alter­ tums, en tres volúmenes (Munich y Leipzig, Olden­ bourg, 1889). Esta obra trata de la religion, arte y costumbres de griegos y romanos. Está ricamente ilus­ trada. [Baumeister.]

5. Harper’s Dictionary of Classical Literature and Antiqui­ ties, editado por Harry Thurston Peck, 2.a edición (Nue­ va York, American Book Company, 1897). [Harper’s.] 6. Sc h r e ib e r, T., Atlas of Classical Antiquities, editado en

inglés por W. C. F. Anderson (Londres, M acm illan, 1895). Ofrece una abundante colección de ilustraciones sobre la vida de griegos y romanos, con texto explicati­ vo. [Schreiber.]

7. R ic h , Anthony, A Dictionary of Roman and Greek Anti­ quities, 5.a edición (Londres, Longmans, 1884). Es un buen manual con muchas ilustraciones. [Rich.]

8. Walters, H . B., A Classical Dictionary of Greek and Ro­ man Antiquities, Biography, Geography, and Mythology (Cambridge University Press, 1916). [Walters.]

Otras obras

Además de los tratados sistemáticos y las obras enciclopé­ dicas, hay cinco libros que tratan sobre los descubrimientos

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22 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

en Pompeya, cuya importancia ya se ha comentado (§12), y un libro sobre Ostia.

1. Ov e r b e c k, Johannes, Pompeii, in seinen Gebäuden, Al- terthümern, und Kunstwerken, 4.a edición de August M au (Leipzig, Engelmann, 1884). Es la obra clásica so­ bre el tema, bien provista de ilustraciones. [Overbeck.] 2. Ma u, August, Pompeii, Its Life and Art, traducido por

Francis W. Kelsey, 2.a edición (Nueva York, Macmillan, 1902). Es la mejor exposición de los tesoros de la ciudad sepultada que ha aparecido en inglés. Al mismo tiempo interesante y erudito. [Mau-Kelsey.]

3. Gu s m a n, Pierre, Pompeii, the City, Its Life and Art, tra­ ducido por Florence Sim monds y M. Jourdain (Lon­ dres, Heinemann, 1900). Ofrece la mejor colección de ilustraciones, pero no es tan fiable en el texto. [G us­ man.]

4. En g e l m a n n, Wilhelm, Neue Führer durch Pompeii (Leipzig, Engelmann, 1925). En 1925 apareció una ver­ sión inglesa de esta obra, con el título A New Guide to Pompeii (Leipzig, Engelmann). [Engelmann.]

5. Ca l z a, Guido, Ostia: Historical Guide to the M onu­ ments, traducido por R. Weeden-Cooke (Milán y Roma, Bestetti andTuminelli, 1926). [Calza.]

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1. La familia

§17. La casa. Si se entiende por nuestro térm ino «fa­ m ilia» al gru po que incluye el m arido, la m u jer y los h ijos, p od em os convenir de inm ediato en que n o se co­ rrespon de exactam ente con ningún sig n ificad o de la fa m ilia rom an a, com o parecen m o strar los d iccio n a­

rios. El m arido, la esposa y los hijos no constituían ne­ cesariam ente u n a fam ilia independiente entre los ro ­ m anos y no eran necesariam ente m iem bros incluso de la m ism a fam ilia. La fam ilia rom ana, en el sentido m ás próxim o al del térm ino español «fam ilia», estaba cons­ tituida p o r aquellas personas que estaban som etidas a la autoridad del m ism o cabeza de fam ilia o p a te rfa m i­ lias.

Estas personas podían incluir a una m ultitud: esposa, hijas solteras, hijos, hijos adoptivos, casados o no, con sus esposas, hijos e hijas solteras de éstos e incluso p a­ rientes m ás lejan o s (siem pre un id os m edian te lazos m asculinos). El cabeza de esa fam ilia -«c a sa » o «fam ilia» serían térm inos m uy p ró x im o s- era siem pre su i iuris, «su propio dueño, independiente», mientras que los de­

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24 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

m ás eran alieno iuri subiecti, «sujetos a la autoridad de otro, dependientes».

§18. O tros significados de fam ilia. La palabra fa m i­ lia tam b ién se u sab a frecuentem ente en otro sentido algo m ás am plio para englobar, adem ás de a las perso­ nas m encionadas arriba, a los esclavos y clientes y todas las propiedades reales y personales que pertenecían al pater fam ilias o que habían sido obtenidas y usadas por las personas bajo su potestas. También se u saba sólo para los esclavos, y, raram ente, sólo para las propiedades.

En un sentido aún m ás am plio e im portante, se apli­ caba a un grupo m ayor de personas em parentadas, la gens, que consistía en todas las fam iliae (en el sentido alu d id o antes) cuya descendencia derivaba p o r línea m asculina de un antepasado com ún. Este rem oto ante­ pasado, com o si su vida pudiera perdu rar durante to ­ dos lo s sig lo s in term ed io s, sería el p a te r fa m ilia s de todas las personas incluidas en la gens y todos estarían bajo su potestas. La pertenencia a una gens se probaba con la p osesión del nomen, el segundo de los tres n om ­ bres que todo ciudadano de la R epública tenía de form a regular.

§19. En teoría esta gens en tiem pos prehistóricos h a­ bía sido una de las fam iliae cuya unión con propósitos políticos había form ado el Estado. Su pater fam ilias ha­ bría sido uno de los cabezas de fam ilia entre los que, en tiem pos de los reyes, habían sido elegidos los patres o la asam blea de ancianos (Senatus). Se pensaba que la sepa­ ración de esa prehistórica fam ilia de la form a que se ex­ plica después, un proceso repetido generación tras gene­ ración, daba razón de las num erosas fam iliae que, en tiem pos posteriores, pretendía remontarse a las grandes gentes. Por supuesto, llegaron a existir gentes de origen

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1. LA FAMILIA 25

posterior que im itaban la organización de las gentes m ás antiguas.

La gens tenía una organización de la que se sabe poco. Sus principales funciones eran las siguientes:

• A probaba resoluciones que vinculaban a sus m iem ­ bros.

« Procuraba tutores para los niños pequeños que ha­ bían perdido a sus padres.

• Elegía superv isores p ara los enferm os m entales y derrochadores.

• H eredaba sus propiedades (si no se legaban p o r tes­ tam ento), cuando un m iem bro m oría sin herederos. • A dm inistraba esas propiedades para el beneficio co­

m ún de sus m iem bros.

Estos m iem bros eran denom inados gentiles, estaban obligados a participar en los servicios religiosos de la gens (sacra gentilicia), tenían derecho a la propiedad co­

m ún y, si así lo querían, a ser enterrados en un espacio com ú n p a ra enterram ien tos, en caso de que la gens m antuviera uno.

Finalmente, la palabra fam ilia a m enudo se aplicaba a ciertas ram as de una gens cuyos m iem bros tuvieran el m ism o cognomen, el últim o de los tres nom bres rom a­ nos m encionados m ás adelante. Para este sentido de f a ­ milia una palabra m ás precisa es stirps.

§20. P a tria potestas. La autoridad del pater fam ilias sobre sus descendientes generalm ente se denom in aba p atria potestas, pero tam bién p a tria maiestas, patriu m ius o imperium paternum. Los rom anos la llevaron a una m ayor am plitud que cualquier otro pueblo de m anera que, en su form a original y sin m odificaciones, la patria

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26 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

potestas nos parece excesiva y cruel. Tal com o la enten­ dían, en teoría el pater fam ilias tenía poder absoluto so ­ bre sus hijos y dem ás descendientes.

• D ecidía si se criaría o no al recién nacido.

• C astigab a lo que con sideraba m ala co n d u cta con penas tan severas com o la expulsión, la esclavitud o la muerte.

• Sólo él p od ía poseer y alienar propiedades (todo lo que los que estaban som etidos a él ganaban o a d ­ quirían por cualquier m edio era propiedad del pater fam ilias; de acuerdo con la letra de la ley, eran poco m ás que sus bienes).

Si se discutía su derecho a ello, lo ju stificaba con el m ism o procedim iento legal que usaba para defender su derecho con una casa o un caballo. Si era robado, proce­ saba al raptor m ediante la acusación habitual por robo; si por cualquier m otivo deseaba enajenar a uno de ellos a una tercera persona, se realizaba con la m ism a form a de traspaso que utilizaba para vender objetos inanim a­ dos. Los juristas se jactaban de que sólo los ciudadanos rom anos disfrutaban de todos estos poderes.

§21. L im itacio n es. Pero p o r m ás rígid a que fuera esta au torid ad , fue en gran m edida m o d ifica d a en la práctica, bajo la R epública por la costum bre y b ajo el Im perio p o r la ley. Se decía que el rey R óm ulo había or­ denado que todos los hijos y las prim eras hijas fueran criados y que ningún niño fuera asesinado hasta su ter­ cer año, a m enos que presentara graves deform idades físicas. Esto al m enos asegu raba la vida p a ra el niño, aunque el pater fam ilias todavía decidía si debía ser ad­ m itido en su fam ilia, con los consiguientes privilegios

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1. LA FAMILIA 27

sociales y religiosos, o si era desposeído y se convertía en un proscrito. Se decía que el rey N um a había prohibido la venta com o esclavo de un hijo que hubiera contraído m atrim onio con el consentim iento de su padre.

Pero de m ucha m ayor im portancia era la restricción im puesta p o r la costum bre contra los castigos arbitra­ rios y crueles. La costum bre, no la ley, obligaba al pater fam ilias a convocar una reunión de parientes y am igos (iudicium domesticum) cuando pensaba infligir u n seve­ ro castigo a sus hijos y la opinión pública le obligaba a acatar el veredicto de este tribunal. Incluso en los relati­ vam ente p o co s casos en que la tradición nos habla de que un a con den a a m uerte fue ejecutada de hecho, a m enudo encontram os que el padre actuaba con los p o ­ deres de un m agistrado en el ejercicio de sus funciones cuando se com etía el delito o que simplemente se antici­ paban las penas de la ley ordinaria, quizá para evitar la vergüenza de un juicio o una ejecución públicos.

§22. A sí tam bién respecto a la posesión de la pro­ p ie d ad las con d icio n es no eran realm ente tan duras com o la literalidad de la ley las hace aparecer ante noso­ tros. Era costum bre del cabeza de fam ilia asignar pro­ pied ad es a su s h ijo s, el peculium («gan ad o p ro p io »), para que las utilizaran en su propio beneficio. M ás aún, aunque en teoría el pater fam ilias disfrutaba el derecho legal sobre todas sus adquisiciones, en la práctica todas las propiedades eran adquiridas para su casa com o un todo, y el pater fam ilias en realidad era poco m ás que un gestor que las m antenía o adm inistraba buscando el beneficio com ún.

Esto se dem uestra por el hecho de que no h abía ofen­ sa m ás grave para la m oral pública ni m ancha m ás infa­ mante sobre la conducta privada que m ostrarse indigno

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28 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

de esta confianza (patrim onium profundere1). A dem ás, la prolongada perm anencia de la potestas es en sí m ism a una prueba de que su rigor era m ás aparente que real.

§23. M anus. El tem a del m atrim onio se considerará m ás adelante; en este punto sólo es necesario aludir al poder sobre la esposa com o posesión del m arido en su form a m ás extrema, denom inada p o r los rom anos m a­ nus. M ediante la form a m ás antigua y solem ne de m atri­ m onio, la m ujer era separada com pletam ente de la fa­ m ilia de su padre y pasaba a poder de su m arido, bajo su «m ano» (conventio in manum).

Esto, p o r supuesto, da por sentado que el m arido era sui iuris, jurídicam ente independiente; si no era así, ella estaba, aunque nom inalm ente en su manus, som etida, com o él, a su pater fam ilias. C ualquier p ropiedad que ella tu viera - y p a ra tenerla debe haber sido in d ep en ­ diente antes del m atrim on io - pasaba al padre de su m a­ rido sin m ás. Si no tenía nada, su pater fam ilias ofrecía una dote (dos) que com partía el m ism o destino, aunque debía ser devuelta si ella se divorciaba. Cualquier bien que consiguiera con su trabajo o de otra m anera m ien­ tras durara su m atrim on io p asab a a ser de su m arido (som etido a la p a tria potestas bajo la que vivía). De m a­ nera que, p o r lo que se refiere a los derechos de propie­ dad, manus no se distinguía en m odo alguno de p atria potestas: la esposa estaba in loco filiae2, y a la m uerte del m arido asum ía el m ism o papel que una h ija en su he­ rencia.

§24. En otros aspectos, el m anus confería poderes m ás lim itados. El m arido estaba obligado p o r ley, y no

1. «Derrochar el patrim onio.»

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1. LA FAMILIA 29

sólo obligado por la costum bre, a denunciar un supues­ to adulterio de su esposa en un indicium domesticum, com puesto en parte p o r fam iliares de ella. Sólo podía expulsarla de casa por alguna ofensa grave. Se contaba que R óm ulo ordenó que, si el m arido se divorciaba de ella sin un b u en m otivo, debería ser castigado con la pérdida de todas sus propiedades. No la podía vender en ningún caso.

En resumen, la opinión pública y la costum bre opera­ ban incluso con m ayor fuerza para su defensa que para la de sus hijos. Por lo tanto, debe señalarse que la princi­ pal diferencia entre m anus y p a tria potestas estriba en que el prim ero es una relación legal basada en el consen­ timiento de la parte m ás débil, m ientras que la segunda era una relación natural independiente de toda ley y la elección.

§25. D o m in ica potestas. M ientras la autoridad del paterfam ilias sobre sus descendientes era denom inada pe- iría potestas, su autoridad sobre los bienes o propiedades era la dominica potestas. M ientras viviera y fuera ciuda­ dano de pleno derecho, estas prerrogativas sólo podían cesar por voluntad propia.

• Podía disponer de sus propiedades para regalarlas o venderlas tan libremente com o hacem os ahora. • Podía «em ancipar» a sus hijos (emancipatio), proce­

dimiento m uy solemne que convertía a cada uno de ellos en cabezas de familia en una nueva casa, incluso si no tenían hijos, no estaban casados o eran niños. • Podía em ancipar a una hija soltera, que se convertía

por sí m ism a en una fam ilia independiente.

• Podía entregarla en m atrim onio a otro ciudadano rom ano, acto p o r el que pasaba, de acuerdo con una

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30 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

antigua costum bre, a la fam ilia de la que era cabeza su m arido, si era sui iuris, o a la fam ilia de la que fuera m iem bro, sí aún era alieno turi subiectus3. Por otro lado, se debe indicar que el m atrim onio de un hijo no lo convertía en pater fam ilias ni lo libraba en nin­ gún caso de la patria potestas: él, su esposa y sus hijos se som etían al m ism o pater fam ilias que él tuviera antes del m atrim onio. Sin embargo, el cabeza de familia no podía contar en su fam ilia a los hijos de su hija; los hijos legíti­ m os estaban bajo la m ism a patria potestas que su padre, mientras que los hijos ilegítimos eran desde el m om ento de su nacimiento una familia independiente en sí m ism a.

§26. El derecho del pater fam ilias a detentar la p ro ­ piedad de sus bienes (dominica potestas) era com pleto y absoluto. Esta propiedad incluía a los esclavos, así com o los objetos inanim ados, ya que los esclavos, igual que los objetos inanim ados, eran m eros bienes a los ojos de la ley. La influencia de la costum bre y la opinión pública, en tanto que con trib uía a suavizar los h orrores de su condición, se discutirá m ás adelante. Aquí b astará con com entar que, hasta la época im perial, no había nada a lo que pudiera apelar el esclavo contra el ju icio de su se­ ñor. Su decisión era term inante y absoluta.

§27. L a división de un a casa. La em ancipación no era m uy habitual, y norm alm ente la fam ilia se disolvía sólo p o r la m uerte de su cabeza de familia. Cuando su­ cedía, se form aban tantas nuevas fam iliae com o p erso­ nas hubiera som etidas directam ente a su potestas en el m o m en to de su m uerte: espo sa, h ijo s, h ijas solteras, nueras viudas o hijos de hijos m uertos.

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1. LA FAMILIA 31 Se ha de señalar que los hijos de un hijo vivo pasaban sim plemente de la potestas del abuelo a la del padre. Un hijo m enor de edad o una hija soltera eran puestos bajo el cuidado de un tutor elegido en la m ism a gens, m u y a m enudo un herm ano mayor si lo había.

El siguiente d iagram a lo m ostrará con m ayor clari­ dad:

*Gaius (pater fam ilias) = 2G aia f (máter familias)

>Aulus = íTullia BAppÍuef = eLicima TPubliua 8Terentia i I I »Marcus = II}Terentia Minor

Γ" 1 i i I

,JTitus lsT¿beriua ^Quintus “ Sextus j ” j ,5Serviu3 uDecimus Nota: El signo = significa «matrimonio»·, el signo t significa «muerto».

§28. Se supone que Gayo era un viudo con cinco hi­ jos, tres chicos y dos chicas. De los chicos, Aulo y Apio están casados y tienen dos niños, y Apio ha m uerto; de las chicas, Terencia la m enor está casada con M arco y es m adre de dos niños. A la m uerte de Gayo, Publio y Te­ rencia están solteros, y Gayo no hab ía em an cipad o a ningún hijo. Así:

1. Los descendientes vivos de Gayo eran diez: sus hi­ jos (3, 7, 8, 10) y sus nietos (11, 12, 13, 14, 15 y 16); su hijo Apio estaba muerto.

2. B ajo su potestas h abía nueve personas: sus hijos, nueras e hija soltera (3, 4, 6, 7 y 8); sus nietos por parte de hijos bajo su potestas (1 1 ,1 2 ,1 3 ,1 4 ). 3. Su hija Terencia la m enor ( 10) había salido de su

potestas m ediante su m atrim onio con M arco, y los hijos de ésta eran los únicos de todos los

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deseen-32 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

dientes de Gayo que no habían estado som etidos a él (15, 16).

4. A su m uerte, se form aron seis fam ilias indepen­ dientes, una que consistía en cuatro m iem bros (3, 4, 11, 12) y las otras de una persona cada una (6, 7, 8, 13, 14).

5. Tito y Tiberio ( 11, 12) tan sólo salieron de la potes- tas de su abuelo Gayo p ara quedar bajo la de su padre Aulo.

6. Si Quinto (13) y Sexto (14), que no tienen padre, fueran m enores de edad, se n o m b raría un tutor para ellos, com o se ha explicado arriba.

§29. Cancelación de la potestas. La p a tria potestas se suprim ía de varias m aneras:

• Por m uerte del pater fam ilias, com o se ha explicado en §27.

• Por em ancipación de un hijo o hija.

• Por pérdida de la ciudadanía de un hijo o hija. • Si el hijo se convertía en Flamen D ialis o la hija en

virgo vestalis.

• Si el padre o el hijo eran adoptados p o r una tercera parte.

• Si la h ija p asa b a p o r m atrim on io fo rm al a poder (m anum ) de su m arido, aunque esto no alteraba en esencia su condición dependiente.

• Si el h ijo era n o m b rad o m ag istra d o pú b lico . En este caso, la potestas se suspendía durante el p erío­ do de vigencia del cargo, pero, después de cesar, el padre p o d ía responsabilizar al hijo p o r sus actos, públicos o privados, m ientras desem peñaba la m a­ gistratura.

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1. LA FAMILIA 33

§30. A gnati. Se ha señalado (§25) que los hijos de una hija no podían incluirse en la familia del padre de ella y (§18) que la pertenencia a una organización m ás amplia conocida com o gens se lim itaba a aquellos que podían rastrear su descendencia a través de varones hasta un an­ tepasado común, bajo cuya potestas estarían mientras éste siguiera con vida. Todas las personas relacionadas entre sí por tal descendencia eran denominados agnati.

La agnatio era el vínculo de parentesco m ás estrecho conocido para los rom anos. En la lista de agnati se in­ cluían dos clases de personas que podrían parecer exclui­ das por la definición. Éstas eran la esposa, que habría p a­ sado p o r m anus a la fam ilia de su m arid o (§§23-25), convirtiéndose por ley así en su agnatus y en la agnatus de todos sus agnati, y el hijo adoptado. Por otro lado, el hijo que había sido em ancipado quedaba excluido de la agnatio con su padre y los agnati de su padre, y no podía tener agnati propios hasta que se casaba o era adoptado por otra familia. El siguiente diagram a lo aclarará:

!Gaius (pater fa m ilia e) = 2G aia (mäier fa m ilia s)

8Aulus = 4Tullia ¡ 6Appiua =*Lieinia ’Publius 8Terentia I ¡[Emancipated] j [Emancipated]

“ Tiberius I j ¡ »Marcus -'«T erentia Minor ¡ lsQuintus «Sextus _ J ______________

1 I I

j[Serviu3_adoptedby Gaius] »Servius “ Decimus [Emancipated]

§31. Se supone que Gayo y Gaya tienen cinco hijos (Aulo, Apio, Publio, Terencia y Terencia la m enor) y seis nietos (Tito y Tiberio, hijos de Aulo; Quinto y Sexto, hi­ jos de Apio; Servio y Décimo, hijos de Terencia la

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me-34 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

nor). Gayo ha em ancipado a dos de sus hijos, Apio y Pu­ blio, y h a adoptado a su nieto Servio, que previam ente había sido em ancipado por su padre M arco. Hay cuatro grupos de agnati:

1. Gayo, su esposa y aquéllos de los que él es el pater fam ilias: Aulo, Tulia (esp osa de A ulo), Terencia, Tito, Tiberio y Servio, hijo por adopción (1, 2, 3, 4, 8, 11, 12, 15).

2. Apio, su esposa y sus dos hijos (5, 6, 13, 14). . 3. Publio, que es tam bién por sí m ism o un pater f a ­

milias pero que no tiene ningún agnatus.

4. M arco, su esposa, Terencia la menor, y su hijo D é­ cim o (9, 10, 16). Obsérvese que el otro hijo, Servio (15), al haber sido em ancipado por M arco, ya no es agnatus de su padre, m adre o herm ano, pero se ha convertido en uno de los agnati m encionados arriba p o r debajo de 1.

§32. C ognati. Cognati, por otra parte, eran lo que denom inam os parentescos de sangre, sin im portar si h a­ cían rem ontar su parentesco a través de hom bres o m u ­ jeres y sin hacer caso de qué potestas había quedado por encim a de ellos. La única barrera a los ojos de la ley era la pérdida de ciudadanía (§29), e incluso esto no siem ­ pre se consideraba.

1. Gayo, Aulo, Apio, Publio, Terencia, Terencia la m e­ nor, Tito, Tiberio, Quinto, Sexto, Servio y D écim o son todos cognati entre sí.

2. G aya tam bién lo es con to d o s los descendientes m encionados.

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1. LA FAMILIA 35

3. Tulia, Tito y Tiberio; Licinia, Q uinto y Sexto; M ar­ co, Servio y D écim o tam bién lo serían.

Pero m arido y m ujer (Gayo y Gaya, Aulo y Tulia, Apio y Licinia, M arco y Terencia la m enor) no son cognati en virtud de su m atrim onio, aunque eso los hace agnati. La opinión pública rechazaba con fuerza el m atrim onio de cognati en sexto grado, después en cuarto, y se decía que las personas p o r debajo de ese grado tenían ius osculi, «derecho de beso». El grado se calculaba contando desde una de las partes interesadas a través del pariente com ún hasta la otra. El asunto se puede entender a partir de esta tabla en el Diccionario de Antigüedades, obra de Smith, bajo el epígrafe cognati, o a partir de otra ofrecida en la página siguiente.

Los cognati no form aban ningún cuerpo orgánico en el Estado, m ientras que los agnati form aban la gens, pero el 22 de febrero fue elegido para conm em orar los lazos de sangre (cara cognatio). En este día se intercambiaban regalos y probablem ente se celebraran reuniones fam ilia­ res. Sin em bargo, debe entenderse que la cognatio no confería derechos legales ni demandas bajo la República.

§33. Adfines. Las personas conectadas sólo p o r m a­ trim onio, com o una esposa con los cognati de su m arido y él con los de ella, eran llam ados adfines. N o había gra­ dos form ales de adfinitas, com o los había de cognatio. Aquellos adfines para los que eran de uso com ún térm i­ nos distintivos eran:

gener socer privignus vitricus

(yerno) (suegro) (hijastro) (padrastro)

nurus socrus privigna noverca

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36 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA T ab la de re la ci on es de p are n te sc o.

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1. LA FAMILIA 37

Si co m p aram o s estas palab ras con los com plicados com puestos que sirven para ellas en inglés4, tendrem os una prueba m ás de la im portancia concedida por los ro­ m anos a los lazos fam iliares; dos mujeres que se casaran con dos herm anos se llam aban ianitrices, una relación para la que en inglés ni siquiera existe una palabra5.

Los térm inos de las relaciones consanguíneas cuentan la m ism a historia; un vistazo a la tabla de cognati m os­ trará la fuerza que tiene el latín aquí. Tenem os «tío», «tía» y «prim o», pero avunculus (tío m aterno) y patruus (tío paterno), matertera (tía m aterna) y am ita (tía pater­ na), patruelis (prim o herm ano paterno) y consobrinus (prim o herm ano m aterno) sólo podem os distinguirlos m ediante frases descriptivas.

Para atavus (cuarto abuelo) y tritavus (tercer abuelo)6 sim plem ente tenem os el indefinido «antepasados». De la m ism a m anera, la lengua latina testim onia la prepon­ derancia del padre. N osotros hablam os de «m adre p a­ tria» y «lengua m aterna», pero para los rom anos éstas eran p atria y sermo patrius. Igual com o el pater se en­ contraba respecto al filius, lo estaban el patronus respec­ to al cliens (§175, §177-180); los patricii (patricios) res­ pecto a los plebeii (plebeyo s); los patres (sen adores) respecto al resto de los ciudadanos, y Iuppiter (el padre Jove) respecto a los dem ás dioses.

§34. Culto fam iliar. Se ha dicho (§30) que la agnatio era el vínculo m ás estrecho conocido para los rom anos. La im p ortan cia que concedían al grupo agnático está am pliam ente atestiguada por sus ideas sobre la vida fu­ 4. Suelen llevar el formante -in-law para indicar el parentesco legal y no consanguíneo.

5. En español, «concuñado/a». 6. Abuelo del abuelo del abuelo.

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38 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

tura. Ellos creían que las alm as de los hom bres tenían una existencia aparte del cuerpo, pero originalm ente no pensaban que las alm as estuvieran en un m undo de los espíritus p o r separado. Concebían las alm as com o flo­ tando cerca del lugar del enterram iento y reclam ando para su paz y felicidad que se les presentaran ofrendas de com ida y bebida con regularidad.

Si las ofrendas eran discontinuas, el alm a, pensaban, dejaría de ser feliz e incluso podía convertirse en un es­ píritu dem oníaco para hacer daño a aquellos que habían descuidado los ritos apropiados. La preservación de es­ tos ritos y cerem onias correspondía de form a natural a los descendientes de generación en generación, a quie­ nes los esp íritu s a su vez guiarían y protegerían . El contacto con el arte etrusco y la m itología griega intro­ dujo después concepciones de un lugar de torm ento o posible felicidad com o recoge Virgilio en el libro VI de la Eneida.

§35. El rom an o, pues, estab a ob ligad o a ejecutar esos actos de afecto y piedad m ientras viviera, y no esta­ ba m enos obligado a asegurar su realización después de su m uerte perpetuando su estirpe y el culto familiar. Se creía que una m aldición pesaba sobre el hom bre sin hi­ jos. El m atrim onio, en consecuencia, era un solem ne de­ ber religioso, en el que se ingresaba sólo con la aproba­ ción de los dioses asegurada m ediante los auspicios. Al tom ar un a esposa, el rom ano la hacía partícipe de los m isterios de su familia, una obligación que no perm itía una lealtad dividida.

Así pues, él la separaba completamente de la fam ilia de su padre, y estaba preparado por su parte para entre­ gar sin reservas a su hija al m arido, junto al que atende­ ría a otro altar (§23, §25, §62). El paterfam ilias era el

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sa-1. LA FAMILIA 39 cerdote de la casa; los que estaban som etidos a su potes- tas le ayudaban en las oraciones y ofrendas, los sacra f a ­ miliaria.

§36. Pero p od ía suceder que un m atrim onio fuera estéril o que el cabeza de fam ilia viera a sus hijos m orir antes que él. En este caso tenía que afrontar la posibili­ dad de la desaparición de su fam ilia y su propio descen­ so a la tu m ba sin ninguna posteridad que le ofreciera sus bendiciones. Se abrían dos posibilidades para él con tal de evitar tal desgracia:

1. Podía entregarse a sí m ism o en adopción y pasar a otra fam ilia en la que la perpetuación del culto fa­ miliar estuviera asegurada.

2. Podía adoptar un hijo y así perpetuar su p rop ia fa­ milia.

N orm alm ente seguía la segunda opción, porque ase­ guraba la paz para las alm as de sus antepasados n o m e­ nos que para la suya propia.

§37. A d o p ció n . L a p e rso n a ad o p tad a a veces era tam bién un pater fam ilias, aunque con m ás frecuencia era un filius fam ilias. En el segundo caso, el proceso era denom inado adoptio, y era un procedim iento algo com ­ plicado por el que el pariente biológico entregaba a su hijo al adoptante, de m anera que transfería a la persona adoptada de una fam ilia a otra.

La adopción de un pater fam ilias era un asunto m u­ cho m ás serio, ya que im plicaba la extinción de u n a fa­ m ilia (§36) p ara evitar la desaparición de otra. Este acto se denom inaba adrogatio y era un asunto de Estado. Te­ nía que ser sancionado por los pontífices, los m áxim os m agistrados de la religión, que posiblem ente debían

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ase-40 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

gurarse de que el adrogatus tenía suficientes herm anos p ara atender a los intereses de sus antepasados a cuyo culto estab a renu nciando. Si los pon tífices d ab an su consentimiento, la adrogatio aún tenía que ser sanciona­ da en los com icios por curias, ya que el acto podría p ri­ var a la gens de heredar la propiedad de un hom bre sin hijos (§19). Si los com icios por curias daban su consen­ timiento, el adrogatus pasaba de la posición de cabeza de una casa a la de filius fam ilias en la fam ilia de su padre adoptivo. Si tenía esposa e hijos, pasaban con él a la nue­ va familia, e igualm ente todas sus propiedades.

El padre adoptivo tenía sobre él la m ism a potestas que sobre un hijo propio, y lo contem plaba com o si fuera carne de su carne y hueso de sus huesos. En el m ejor de los caso s, p o d e m o s tener sólo u n a id ea p o co clara y aproxim ada de lo que significaba la adopción para los rom anos.

Referencias:

Marquardt, 1-6; Blümner, 301-302; Becker-Göll, II, 1-4, 61- 65, 187; Pauly-Wissowa, en adfmitas, agnatio, cognatio, fami­ lia, gens; Daremberg-Saglio, en adoptio, adrogatio, affinitas, agnatio, cognati, cognatio, familia, gens, patria potestas; Walters, en adoptio, cognatio; McDaniel, 23-26; Showerman, 66-68. Consúltese la palabra familia, en Harpers’ Latin Dictionary y obsérvese con atención su variedad de significados. Véanse también Sherman, II, 44-116, y el artículo «Ley romana» en la Enciclopedia Británica, 11.a edición, XXIII, 529-531, 540-542, 565, 566, 57 3 ,14.a edición, XIX, 451-452.

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2. Nombres romanos

§38. Los tres nom bres. El estudiante de latín está muy fam iliarizado con el hecho de que los rom an os cuyas obras lee por prim era vez tienen cada uno tres nom bres: Cayo Julio César, M arco Tulio Cicerón, Publio Virgilio M arón. Éste fue el sistem a que prevaleció en los m ejores días de la República, pero fue en sí m ism o un desarrollo que com enzó en tiem pos anteriores con una form a más sencilla y term inó bajo el Im perio en una com pleta con­ fusión.

Las leyendas m ás an tigu as n o s m uestran n om bres sim ples: Róm ulo, Remo, Fáustulo; pero junto a éstos en­ contram os tam bién nom bres dobles: N u m a Pom pilio, Anco M arcio, Tulo Hostilio. Es posible que los nom bres sim ples m uestren el uso original, pero en inscripciones arcaicas encontram os dos nom bres, el segundo de los cuales, en genitivo, representaba al padre o al cabeza de fam ilia: M arcus M arci1 Caecilia Metelli. Un p o c o m ás tarde ese genitivo iba seguido p o r la letra f (por filius o 1. Marco (hijo de) Marco.

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42 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

filia2)o por uxor5, para indicar la relación. Todavía m ás tarde, pero en época m uy antigua, sin em bargo, encon­ tram os al hom bre nacido libre en posesión de los tres nom bres con los que estam os fam iliarizados:

1. El nomen para señalar la gens. 2. El cognomen para indicar la familia.

3. El praenom en p ara distinguirlo com o individuo. El orden regular de los tres nom bres praenomen, no­ men, cognomen queda alterado a m enudo en poesía para adaptar el nom bre completo a la métrica.

§39. U na gran solem nidad requería incluso m ás de tres nom bres. En docum entos oficiales y en registros del Estado era habitual insertar entre el nomen y el cogno­ men los praenom ina de su padre, abuelo y bisabuelo, y en ocasiones incluso el nom bre de la tribu en la que es­ taba inscrito com o ciudadano. Así Cicerón podría haber escrito su nom bre com o M . Tullius M.f. M .n. M.pr. Cor. Cicero, esto es, M arco Tulio C icerón , h ijo (filiu s) de M arco, nieto (nepos) y bisn ieto (pronepos) de M arco de la tribu Cornelia.

§40. Por otro lado, incluso los tres n om bres eran dem asiado largos para el uso habitual. Los niños, escla­ vos o am igos íntim os se dirigían a su padre, señor, am i­ go o ciudadano sólo por su praenomen. En las relaciones cotidianas se utilizaba el cognomen con el praenomen de­ lante para un tratam iento enfático. En peticiones form a­ les tam bién en con tram os u tilizado el nomen an tep o ­ niendo a veces el praenomen o el posesivo mi.

2. Hijo/a.

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2. NOMBRES ROMANOS 43 Cuando sólo se utilizan dos de los tres nom bres en las relaciones familiares, el orden varía.

• Si uno de los dos es el praenomen, siempre se coloca en prim er lugar, excepto en poesía por razones m é­ tricas y en unos pocos pasajes en p rosa en los que el texto no es seguro.

• Si el praenomen está om itido, la disposición varía; los autores m ás antiguos colocan regularm ente el cognomen primero. Cicerón normalmente sigue esta práctica: Ahala Servilius (Milo 3,8) frente a C. Servi­ lius Ahala (Cat. I, 1,3). César coloca prim ero el no­ men; Horacio, Livio y Tácito siguen am bos órdenes, mientras que Plinio el Joven se sum a al uso de César. §41. El praenom en o nom bre de pila. El núm ero de nom bres de uso real com o praenom ina nos parece ab­ surdam ente pequeño com parado con nuestros nom bres cristianos, con los que se corresponden en alguna m edi­ da. N unca hubo m uchos m ás de treinta, y en tiem pos de Sila habían quedado reducidos a dieciocho. Los siguien­ tes son todos los que se encuentran a m enudo en los au­ tores leídos en los institutos:

Aulus Gnaeus M anius Quintus Spurius

(A) (CN ) (M ) (Q)

( S ) .

Decimus Kaeso Marcus Servius Tiberius

(D) (K) (M ) (SER) (T I)

Gaius Lucius Publius Sextus Titus

(c ) (L) (P) (SEX) (T )

Las abreviaturas de estos nom bres varían: para Aulus encontram os regularmente A, pero tam bién AV o AVL;

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44 LA VIDA EN LA ANTIGUA ROMA

para Sextus encontram os SEXT y S, así com o SEX. Va­ riantes sim ilares se encuentran en el caso de otros prae­ nomina.

§42. Pero p o r pequeña que nos pueda parecer esta lista, el conservadurism o natural de los rom anos encon­ tró ahí una oportunidad para desplegarse, y las grandes fam ilias repetían los praenom ina de sus hijos de genera­ ción en generación de m anera que hicieron a m enudo m uy difícil la identificación de individuos en tiem pos m odernos.

Así, los Em ilios se contentaban con siete de esos prae­ nom ina: Gaius, Gnaeus, Lucius, M anius, Marcus, Quin­ tus y Tiberius; pero usaban adem ás uno que no se en­ cuentra en ninguna otra gens: M am ercus (M AM ). Los Claudios sólo usaban seis: Gaius, Decimus, Lucius, P u­ blius, Servius y Tiberius. Un núm ero aún m enor bastaba a la gens Julia: Gaius, Lucius y Sextus, con el praenomen Vopiscus, que desapareció del uso en tiem pos m uy anti­ guos.

E incluso esas selecciones estaban sujetas a mayores li­ m itacion es. Por ejem plo, en la gens C lau d ia sólo un a ram a (stirps) conocida com o los Claudii Nerones utiliza­ b an los praenom ina Decimus y Tiberius, y de los siete praenom ina u sados en la gens C ornelia la ram a de los Escipiones (Cornelii Scipiones) sólo em pleaba Gnaeus, Lucius γ Publius. Incluso después de que un praenomen hubiera encontrado un lugar en una fam ilia dada, podía ser descartado deliberadam ente: el Senado decretó que ningún A ntonio p o d ría adoptar el praenom en M arcus después de la caída del fam oso triunviro M arco A nto­ nio.

§43. D e la lista de praenom ina habitual en su fam ilia el padre le pon ía uno a su hijo en el noveno día después

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2. NOMBRES ROMANOS 45

de su nacim iento, el dies lustricus4. Entonces existía la costum bre, que parece bastante natural en nuestro tiem ­ po, de que el padre le diera su propio praenomen a su p rim er h ijo n acido. El n om bre de C icerón m u estra el praenomen Marcus repetido cuatro veces. Cuando estos p raenom ina se d aban p o r p rim e ra vez, debían haber sido elegidos con el debido respeto a su significado eti­ m ológico y haber tenido alguna relación con las circuns­ tancias que acom pañaron el nacim iento del niño.

§44. Así, Lucio significaba originalmente «nacido de día»; M anio, «nacido en la m añana»; Quinto, Sexto, D é­ cimo, Postum o, etc., indicaban la sucesión en la familia; Servio estaba quizá relacionado con servare5, y Gayo con gaudere6. O tros estaban asociados al nom bre de alguna divinidad, com o M arco y M am erco con Marte, o Tibe­ rio con el dios-río Tiber. Pero con el paso del tiem po es­ tos sign ificad o s fu eron olvidados tan com pletam ente com o hem os olvidado el significado de nuestros nom ­ bres cristianos, e incluso los num erales se em plearon sin referencia alguna a su sentido propio: el único herm ano de Cicerón se llam aba Quinto.

§45. La abreviatura del praenomen no era cuestión de sim ple capricho, com o la escritura de las iniciales en­ tre nosotros, sino que era una costum bre establecida in­ dicando quizá la ciudadanía rom ana. El praenomen sólo se escribía com pleto cuando se usaba p o r sí m ism o o cuando pertenecía a una persona de las clases inferiores de la sociedad.

C uando se traducen los praenomina rom anos al espa­ ñol, deberían ser escritos siempre completos y pronun-4. El día de la purificación.

5. «Salvar, preservar.» 6. «Disfrutar, gozar.»

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