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DEPENDIENTES ESCLAVOS Y CLIENTES HOSPITES 127 • El patron o proporciona­

b a m edios de subsisten­ cia a su cliente y a su fa­ m ilia (§177).

• Lo apoyaba con sus con­ sejos.

8 Lo ayudaba en las tran ­ sacciones con terceros, actu an d o co m o su re­ presentante en los tribu­ nales si era necesario.

" El cliente debía hacer p ro gresar los intereses de su patrono en todos los aspectos.

• Cultivaba sus cam pos y cuidaba sus rebaños. • Le apoyaba en caso de

guerra.

• Le prestaba apoyo eco­ nómico en caso de emer­ gencia.

§180. Es evidente que el valor de la relación residía solam ente en la posición dom inante del patrono en el Estado. Al ser los patricios los únicos con todos los dere­ chos y no tener los plebeyos ningún derecho civil, el cliente podía perm itirse sacrificar su independencia per­ sonal a cam bio de la protección y aprobación de un p o ­ deroso. En el caso de d isp u tas p o r la p ro p ied ad , por ejem plo, el apoyo de un patrono le aseguraría ju sticia contra un patricio, y le aseguraría m ás justicia si el con­ trario era un plebeyo sin la protección de un abogado igual. Es evidente que la relación no podía m antenerse después de que patricios y plebeyos se hicieran política­ mente equivalentes.

D urante u n a o dos generaciones patron o y plebeyo podían seguir juntos frente a sus antiguos adversarios, pero tarde o tem prano el cliente ya no vería que recibie­ ra una contraprestación equivalente por el servicio que ofrecía, y sus hijos o nietos se liberarían del yugo. Por otro lado, la introducción de la esclavitud ayudó a inde­ pendizar al patrono del cliente, y, aunque no podem os

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afirm ar si su rápido aum ento (§129) fue la causa o el efecto de la decadencia de la clientela, es sin em bargo significativo que la nueva relación patron o -clien te (§175) señala la desaparición de la de patrono-liberto en el antiguo y m ás propio sentido del térm ino.

§181. Los nuevos clientes. El asunto de los nuevos clientes no necesita que nos detengam os m ucho tiem po. Aparecieron con los nuevos ricos, que contaban con una gran cantidad de personas dependientes tan necesarios para su situación com o un nom bre largo y sonoro (§50) o una m ansión llena de esclavos (§§149, 155). Estas per­ sonas dependientes eran simplemente hom bres y m uje­ res pobres, generalmente de clase baja, que adulaban a los ricos y poderosos en busca de las m igajas que pudie­ ran llevar a su m esa. Entre ellos p o d ía haber hom bres con talentos desaprovechados, filósofos o poetas com o M arcial y Estacio, pero en su mayor parte eran una m ul­ titud de rastreros, aduladores, pelotas y parásitos.

Es importante comprender que no había ningún víncu­ lo personal entre el nuevo patrono y el nuevo cliente, nin­ guna relación de origen hereditario. Una llamativa dife­ rencia está en que el nuevo cliente no se ataba de por vida a un patrono para bien o para mal; a m enudo seguía a va­ rios a la vez y cam biaba de patronos en cuanto otro le ofrecía m ejores expectativas. Del m ism o m odo el patrono despachaba a un cliente cuando se había cansado de él.

§182. O bligaciones y contraprestaciones. El servi­ cio requerido a los nuevos clientes era bastante sencillo: su obligación principal era la salutatio; los clientes en­ fundados en su toga, la ropa form al para cualquier fun­ ción social, se reunían tem prano por la m añ an a en el atrium del gran hom bre para saludarlo en cuanto apare­ cía. A veces a esto se reducían todas sus obligaciones a lo

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largo del día, por lo que un cliente aún podía ir corrien­ do por las calles a casa de otro patrono para ofrecerle un hom enaje similar, o a varias, ya que algunos ricos dor­ m ían hasta tarde. Por otro lado, el patrono podía reque­ rir su presencia en casa o junto a su litera (§151), si sa­ lía, y retenerlo a su lado durante todo el día. En ese caso ya no había ocasión de esperar a un segundo patrono, sino con toda seguridad podía olvidarse de él.

Y la recom pensa no era m ucho m ayor que sus servi­ cios: algunas m onedas por un chiste ingenioso o un sa­ ludo especial, en alguna ocasión una toga desechada, ya que una toga raída estropeaba el recibimiento, o u n a in­ vitación a cenar si el patrón era especialmente generoso. Siem pre se esperaba un a com ida al día; esto se sentía com o un derecho del cliente. Sin embargo, en ocasiones el patrono no recibía y los clientes eran despachados sin nada. También otras veces, después de todo un día de­ trás de su patrono, los ham brientos y cansados clientes eran despedidos con un poco de com ida fría repartida en una pequeña cesta (sportula), un pobre y lamentable sustituto del trato m ás agradable que esperaban. A par­ tir de esta cesta, la p ro p ia «lim osn a», com o diríam os ahora, vino a ser llam ada sportula.

Con el transcurso del tiem po la com ida se vio susti­ tuida por una cantidad fija en metálico (unos 25 cénti­ m os diarios). Pero era algo necesario para ser aceptado en el trato fam iliar de los ricos e im portantes; siem pre se esperaba un pequeño detalle, si la adulación era hábil, e incluso la propina perm itía vivir m ás fácilmente que con el trabajo, especialmente si uno podía presentarse ante varios patronos y recibir la lim osna de todos ellos.

§183. Hospites. Finalmente llegam os a los hospites, aunque estrictam ente éstos no deberían incluirse entre

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los dependientes. Es verdad que a m enudo dependían de otros para conseguir protección y ayuda, pero tam bién lo es que estaban igualmente preparados y capacitados p ara ofrecer un a ayuda y protección idénticas a otros que tenían derecho a exigir de ellos su apoyo. Es im por­ tante observar que el hospitium se diferenciaba en este aspecto de la clientela, en que las dos partes estaban de hecho en pie de igualdad.

Aunque en cierto m om ento uno podía depender del otro para la com ida o el cobijo, en otra ocasión las rela­ ciones podían volverse del revés y protector y protegido cam biar sus lugares.

§184. El hospitium, en sentido técnico, se rem onta a una época en que no existían relaciones internacionales, a un tiem po en que no hab ía dos p alab ras diferentes para «extranjero» y «enem igo», sino que una sola pala­ bra (hostis) se utilizaba para am bas. En este antiguo es­ tadio de la sociedad, cuando las com unidades separadas eran num erosas, se m iraba a todos los extranjeros con desconfianza, y el viajero en país extranjero tenía p ro ­ blem as p ara conseguir lo que necesitara, incluso cuando su vida no estaba en peligro.

Así surgió la costum bre entre las personas que se de­ dicaban al com ercio o a cualquier otra actividad que le obligara a visitar una tierra extranjera de trabar prim ero contacto con algún ciudadano de ese país, dispuesto a recibirlo com o un amigo, satisfacer sus necesidades, ga­ rantizar sus buenas intenciones y actuar si era preciso co m o su protector. E sa relación, lla m ad a hospitium , siem pre era estrictam ente recíproca: si A estab a de acuerdo con alojar en su casa y proteger a B cuando B visitaba el país de A, entonces B estaba obligado a alojar en su casa y proteger a A si A visitaba el país de B. Las

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dos partes en un pacto de este tipo se denom inaban hos­ pites, por lo que la palabra hospes tiene dos significados, referida tanto al que recibía a otro en su casa y com o al invitado.

§185. O bligaciones del hospitium. Las obligaciones im puestas por este convenio eran de carácter m ás sagra­ do, y faltar a ellas era co nsiderado un sacrilegio, que conllevaba sobre el ofensor la ira de Iuppiter Hospitalis. Cualquiera de las partes podía rom per el vínculo, pero sólo después de un anuncio público y form al de sus in­ tenciones.

Por otro lado, la relación era hereditaria, y pasaba de padres a hijos, de m anera que podían ser hospites dos personas que no se hubieran visto y cuyos inm ediatos antepasados ni siquiera hubieran tenido una relación personal. Para identificarse, las participantes iniciales intercam biaban prendas o sím bolos (tessera hospitalis), con los que ellas o sus descendientes podían reconocer­ se. Estos o b je to s eran cu id ad osam en te g u ard ad o s, y, cuando un extranjero aseguraba que les unía el hospi­ tium, debía presentar su tessera para su exam en. Si se dem ostraba que era auténtico, era tratado con todos los privilegios que el hospes m ejor conocido podía esperar. Éstos eran la acogida en casa m ientras perm aneciera en la ciudad de su hospes, la protección, incluso legal si era necesario, la asistencia m édica y los cuidados en caso de enferm edad, los m edios necesarios para continuar viaje y un entierro honorable si m oría entre extranjeros. Se apreciará que éstas son casi las m ism as obligaciones que recaen sobre los m iem bros de nuestras grandes socieda­ des filantrópicas actuales, cuando las invoca un h erm a­ no con problem as.

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Referencias:

Marquardt, 135-212; Becker-Göll, II, 115-212; Friedländer, II, 218-221; Blümner, 277-298; Sandys, Companion, 362-365; Pauly-Wissowa, en clientes, hospitium; Daremberg-Saglio, en servi, libertus, libertinus, cliens, hospitium; Harper’s, Walters, en servus, libertus, clientes; Fowler, Social Life, 204-236; Frank, An Economic History, 326-334; McDaniel, 26-40; Showerman, 71-73, e Index, en slaves; Duff, muy minucioso.