Cuentan que desde que acaecieron estos hechos nadie ha nacido ni nacerá jamás en este mundo que pueda compararse a Sigurdr en ningún aspecto, y su nombre nunca será olvidado ni en la lengua teutona ni en las tierras del norte mientras dure el mundo.
Dicen que un día, cuando Gudrún estaba sentada en sus aposentos, habló así: «Nuestra vida era mucho mejor cuando vivía Sigurdr. Superaba a todos los demás hombres como el oro supera al hierro y el puerro a las demás hierbas, o como el ciervo a las demás bestias. Nuestros hermanos me tenían envidia a causa de mi marido, que era muy superior a todos ellos. No pudieron dormir hasta que lo mataron. Grani soltó un terrible relincho cuando hirieron a su noble jinete. Entonces le hablé como si fuera un ser humano, pero él se postró en el suelo cuando supo que Sigurdr había muerto».
Entonces Gudrún se adentró en el bosque. Se oían a su alrededor los aullidos de los lobos, y pensó que lo mejor sería morir. Gudrún siguió andando hasta que llegó al palacio del rey Hálfr; allí fue bienvenida, y permaneció en el lugar junto a Thóra, la hija de Hákon de Dinamarca[201],
durante siete estaciones. Empezó a bordar un tapiz que representaba grandes y famosas hazañas, y hermosas escenas de otros tiempos, espadas y corazas y todas las vestimentas del rey, las naves del rey Sigurdr que zarpaban de tierra. También bordó a Sigarr y a Siggeirr combatiendo en el sur, en Fionia. Así pasaban el tiempo tranquilas y Gudrún olvidaba sus penas.
Grímhildr descubrió el paradero de Gudrún y se dispuso a hablar con sus hijos. Les preguntó cuánto estaban dispuestos a pagar a Gudrún en compensación por el asesinato de su hijo y de su marido, diciéndoles que ése era su deber. Gunnarr expresó su intención de compensarla con una gran cantidad de oro para resarcirla de sus pérdidas. Mandaron llamar a sus aliados y prepararon cabalgaduras, yelmos, escudos, espadas y corazas y todo tipo de vestimentas. Organizaron el viaje con grandes fastos y ningún guerrero de los que estaban disponibles se quedó en casa. Sus caballos llevaban corazas y todos los caballeros
tenían yelmos dorados y brillantes. Grímhildr partió con ellos y dijo que su misión sería fructífera sólo si ella no se quedaba en casa. Llevaban en total quinientos hombres. Entre ellos había hombres ilustres. Allí estaban Valdamarr de Dinamarca y Eimódr y Jarisleifr[202]. Entraron en el palacio
del rey Hálfr. Allí había longobardos, francos y sajones. Iban completamente armados y llevaban puestas pieles rojas, como dice el poema:
Vestían corazas cortas,
y yelmos forjados,
cintos con hebillas,
y cabellos castaños.
Habían elegido para su hermana magníficos regalos, y le hablaron con buenas palabras, pero ella no se fiaba de ninguno de ellos. Entonces Grímhildr le preparó una pócima y se la dio a beber, y ella olvidó de golpe todas sus penas. En la bebida había echado la fuerza de la tierra y del mar y la sangre de su hijo, y además había grabado por todo el cuerno runas teñidas de sangre, como aquí se dice:
Había en el cuerno
letras de todo tipo
grabadas y teñidas,
enorme pez del bosque[203],
de la tierra de los haddingjar[204],
espigas sin segar,
vísceras de bestia.
Había en la cerveza
muchos ingredientes:
todo tipo de hierbas
y ceniza de bayas,
rocío del fogón[205],
intestinos de animal sacrificado,
hígado de cerdo cocido,
Tras ello sus ánimos se unieron y renació la alegría.
Cuando llegó Gudrún, Grímhildr le dijo: «Buena suerte, hija; te entrego oro y todo tipo de joyas de parte de tu padre, preciosos anillos y hermosos tapices hunos como recompensa por la muerte de tu esposo. Después te desposaré con el poderoso rey Atli. Podrás disponer de sus bienes, no reniegues de tus parientes por culpa de un hombre y haz mejor como te aconsejamos».
Gudrún respondió: «Nunca me casaré con el rey Atli, y nunca nuestra estirpe aumentará de este modo».
Grímhildr respondió: «Ahora no has de pensar con rencor ni actuar como si aún vivieran Sigurdr y Sigmundr, si alguna vez tuviste un hijo».
Gudrún dijo: «No puedo apartarlos de mi pensamiento; él era el mejor de todos».
Grímhildr dijo: «Ya está decidido que te casarás con ese rey, si no nunca más tendrás marido».
Gudrún dijo: «No me entreguéis a ese rey, que sólo traerá la desgracia a nuestra familia y matará a todos tus hijos, y luego me tocará vengarlos».
Grímhildr se enojó al escuchar los presagios sobre sus hijos y dijo: «Haz lo que te ordenamos y así obtendrás una gran reputación y nuestra gratitud, así como las ciudades conocidas como Vinbjörg y Valbjörg[206]».
Sus palabras eran tan fuertes que era difícil no hacerle caso.
Gudrún dijo: «Seguiré vuestras órdenes, pero contra mi voluntad, y nos traerán poca alegría y mucho dolor».
Entonces subieron a los caballos y las mujeres se sentaron en los carros. Viajaron durante siete días a caballo, otros siete por mar y otros siete por tierra, hasta que llegaron a un enorme palacio. Mucha gente salió a su encuentro, y celebraron un espléndido festín tal y como habían acordado anteriormente. Gudrún iba rodeada de gran boato y honor. Durante el banquete Atli brindó por su matrimonio con Gudrún. Pero ella nunca sintió nada por él, y su unión no tardó en enfriarse.