Cuentan que poco después la reina se dio cuenta de que esperaba un hijo; tuvo una larguísima gestación, pues no era capaz de parir al niño.
En ese tiempo ocurrió que Rerir tuvo que partir hacia el campo de batalla, como suelen hacer los reyes que quieren mantener la paz en su reino. Durante la campaña Rerir cayó enfermo y murió. Se fue al lar de Odín, un destino que todos envidiaban en esa época.
Mientras tanto la enfermedad de la reina se agravaba, ya que seguía sin ser capaz de parir al niño, y esta situación se alargó durante seis años. Entonces comprendió que no podría seguir viviendo así por mucho más tiempo y ordenó que la abrieran, y se hizo como ordenó. Tuvo un hijo varón que, como es de suponer, ya estaba bastante crecido cuando nació. Cuentan que el muchacho besó a su madre antes de que ésta muriera.
Dieron al chico el nombre de Völsungr[54]. Reinó en el país de los
hunos tras su padre. Pronto se convirtió en un joven noble y fuerte, con todas las virtudes que se consideran propias de los hombres y de los soldados. Fue un gran guerrero y consiguió la victoria en todas las batallas que libró a lo largo de sus campañas militares.
Cuando llegó a una cierta edad Hrímnir le mandó a su hija Hljód, la que antes, como ya hemos dicho, llevara la manzana a Rerir, el padre de Völsungr. Se desposaron y vivieron juntos y felices durante muchos años. Tuvieron diez hijos y una hija. Los dos mayores eran Sigmundr[55] y su
hermana Signý[56]. Eran gemelos, y sin duda eran los más hermosos e
inteligentes de entre los hijos del rey Völsungr, aunque todos ellos eran fuertes y valientes; durante muchos años se ha transmitido y celebrado la audacia de los volsungos, y cómo consiguieron superar a tantos hombres, tal y como se cuenta en las leyendas antiguas, tanto por su astucia como por su audacia y sus numerosas destrezas.
Se cuenta que el rey Völsungr mandó construir un gran salón, de altura tal que dentro habían plantado un árbol imponente, y mientras que las ramas llenas de hermosas flores sobresalían del techo de la sala,
el tronco quedaba en el interior. Lo llamaban el tronco del muchacho[57].
CAPÍTULO III
Había otro rey llamado Siggeirr[58], que reinaba en el país de los
gautas[59]. Era un rey poderoso y experto en artes mágicas. Fue a
encontrarse con el rey Völsungr y le pidió la mano de Signý. El rey y sus hijos aceptaron su petición, pero ella no estaba a favor de ese matrimonio, si bien dejó que fuera su padre quien tuviera la última palabra, como solía hacer. El rey decidió darla en matrimonio y la entregó al rey Siggeirr[60].
Respecto a los festejos de la boda, decidieron que Siggeirr asistiría a un banquete organizado por el rey Völsungr. El rey se apresuró a preparar el banquete con las mejores viandas. Cuando el banquete estuvo a punto llegaron los huéspedes del rey Völsungr y los del rey Siggeirr en el día acordado. El rey Siggeirr llevaba en su séquito muchos hombres de alto rango. Se cuenta que colocaron numerosas hogueras a lo largo del salón, en cuyo centro, como ya hemos dicho, se alzaba un imponente manzano.
Cuentan que esa noche, mientras los hombres estaban sentados junto al fuego, alguien entró en la sala. Nadie lo había visto antes. Iba mal vestido y envuelto con una capa raída. Andaba descalzo, con unas calzas de tela que le cubrían las piernas. Llevaba una espada en la mano y una capucha sobre la cabeza. Se dirigió hacia el tronco del muchacho. Era un hombre de gran estatura y de avanzada edad, y le faltaba un ojo[61]. Empuñó la espada y la clavó en el tronco, hincándola hasta la
empuñadura. Nadie sabía qué decir.
Entonces el viejo tomó la palabra y dijo: «Quien consiga sacar esta espada del tronco podrá quedársela de mi parte, y que sepa que nunca empuñarán sus manos mejor arma que ésta».
Tras ello el anciano salió de la sala y nadie supo jamás ni quién era ni adónde se fue.
Todos se levantaron para intentar extraer la espada. Creían que sólo el mejor de ellos la conseguiría. Primero se acercaron los hombres de rango superior, y luego todos los demás. Pero ninguno fue capaz de extraer la espada, que ni siquiera se movió. Entonces le tocó el turno a
Sigmundr, el hijo del rey Völsungr, que aferró la espada y la extrajo del tronco con gran facilidad. El arma era tan hermosa que nadie recordaba haber visto nunca una espada similar. Siggeirr pidió a Sigmundr que se la diera a cambio de tres veces su peso en oro.
Sigmundr dijo: «Podrías haber sacado la espada del tronco tan bien como yo si pensabas que llevarla sería un honor para ti, pero ahora que está en mis manos ya no podrás conseguirla aunque me ofrezcas todo el oro que posees».
El rey Siggeirr se enfureció ante estas palabras, considerando que la respuesta había sido demasiado insolente. Como era un hombre muy astuto y prudente se olvidó por el momento del asunto, pero esa misma tarde urdió un plan contra Sigmundr que llevaría a cabo más adelante.
CAPÍTULO IV
Cuentan que Siggeirr durmió con Signý esa misma noche. Al día siguiente hacía buen tiempo. El rey Siggeirr dijo que deseaba regresar a casa, pues parecía que no soplaba viento y que el mar permanecería tranquilo. No se dice que el rey Völsungr o sus hijos intentaran retrasar su partida, pues todo lo que quería era conseguir el permiso para abandonar la fiesta[62].
Entonces Signý dijo así a su padre: «No quiero partir con Siggeirr, no siento ningún afecto por él. Mi intuición y las divinidades tutelares[63]
de nuestra estirpe me dicen que esta decisión nos traerá una gran desgracia a menos que rompamos este matrimonio lo antes posible».
«No digas esas cosas, hija»; dijo él, «para nosotros sería una gran vergüenza romper este matrimonio sin motivo; perderíamos su confianza y su amistad si lo hacemos, y él se vengaría de nosotros con toda su furia. Lo mejor es seguir teniéndolo de nuestra parte».
Siggeirr se preparó para el viaje de vuelta a casa. Antes de dejar la fiesta invitó al rey Völsungr, su suegro, a que visitara el país de los gautas con todos sus hijos tres meses más tarde, y le dijo que podían llevar consigo todos los guerreros que creyeran oportuno y adecuado a su rango. El rey Siggeirr intentaba así compensarlos por la anulación de los esponsales por culpa suya, pues no había querido quedarse allí más de una noche, y no era correcto comportarse de este modo[64].
El rey Völsungr aceptó la invitación y fijaron la fecha del viaje. Luego los dos parientes se despidieron y el rey Siggeirr regresó a su país acompañado de su esposa.