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DELIMITANDO UNA PERSPECTIVA TEÓRICA INÉDITA: LA DIMENSIÓN GENÉTICA-COMUNICACIONAL DE LOS POPULISMOS

2.3 Rasgos de la Cultura Política Latinoamericana Escrutando en la Génesis del Populismo.

2.3.1 Desigualdad como condicionante del sentido político

He manifestado en esta investigación la convicción teórica de forjar un vínculo entre las desigualdades que se presentan en el continente latinoamericano y las posteriores formas de hacer y comunicar política en el contexto de una determinada cultura política, lo que marcaría, en gran parte, el aparecimiento de los populismos.

La temática de la desigualdad es un aspecto que suele minimizarse o ignorarse, centrándose muchos análisis en lo que se refiere al descontento político. No dudo de que el malestar tradicional que se ostenta hacia la política sea un factor importante a tomar en consideración al momento de tratar los populismos, pero planteo que esta misma característica en zonas como la que estudio tiene su origen en las desequilibradas condiciones en las que se vive.

La desigualdad conduce al descontento y a la posterior necesidad de expresar mediante estrategias comunicacionales esa injusta situación en las esferas públicas. Por tanto, la observo como un punto de origen clave para el abordaje teórico, como un aspecto que encierra la comprensión primaria del sentido que las culturas populares le otorgan a la política y a la comunicación.

En este sentido de búsqueda de las huellas téoricas originales como forma de encontrar la explicación del presente y proyectar la dinámica comunicativa futura del populismo, integraré dos conceptos que se complementan y que a veces coexistieron o incluso coexisten en realidades más marginales del continente. Aunque las nuevas condiciones sociales las han ido extinguiendo o mutando, pues ya no son lo mismo que en siglos pasados, los desequilibrios estructurales -tanto en el plano material como simbólico- se sustentan en lo que significaron para las relaciones políticas y sociales las figuras iniciales del a) feudalismo y, posteriormente, b) el clientelismo, éste último un pilar en el que a mi juicio descansa el populismo de ayer y de siempre.

2.3.1.1 Feudalismo

Dice el crítico Josué De Castro que “todos los especialistas en esta región están de acuerdo en reconocer que América Latina es un continente de contrastes desconcertantes, pues en ninguna otra parte del mundo la riqueza más ostentosa y la miseria más horrible se enfrentan con tanta violencia como en ésta”144.

En efecto, el problema de la distribución de las riquezas es una constante y creemos que tiene su repercusión en las maneras en que se expresa la política comunicacional de los diferentes grupos que están en pugna dentro del sistema. Pese a los juicios de pensadores como De Castro, quien añade que el “pueblo es el gran ausente del proceso de desarrollo económico y político”145 del continente, el mismo pueblo de la mano de sus actores ha ido logrando avances en el campo social que en las décadas iniciales del siglo XX podían parecer objetivos imposibles.

Hago referencia, por tanto, a la necesidad de asumir la existencia de toda una red comunicativa de complejas dimensiones en las clases populares. Red que viene dada, sugiero, por los rasgos históricos a los que se ha sometido el continente.

Si la región ostenta una lamentable condición social es porque, en gran medida, está enmarcada en un proceso histórico que cimentó las bases del feudalismo agrario como la gran estructura económica que marcaría el destino durante los sucesivos siglos desde el descubrimiento europeo. Las monarquías española y portuguesa no contaban con el inmenso y suficiente capital para estimular el desarrollo y la colonización del nuevo continente, por lo que extendieron figuras feudales como los repartimientos y las encomiendas, entre otras, con la finalidad de que los grandes capitalistas y “señores” organizaran la mayor cantidad posible de tierras y haciendas que les entregaron las coronas respectivas, y que explotaron mediante modelos de producción similares a los que acontecieron en la Edad Media.

En este sentido, afirma De Castro, como las monarquías que se involucraron en América Latina no tenían dinero y hombres necesarios, los señores feudales buscaron la asociación con los adinerados de la naciente burguesía, quienes invirtieron sus fortunas utilizando los créditos y derechos de los primeros y obtuvieron a cambio grandes

144 DE CASTRO, J. (1971). “Prefacio”. En América Latina Hoy, tomo I, Ruiz García, Enrique. Madrid:

Guadarrama, p. 20.

beneficios que se comercializaron a excelentes precios: “Así es como se colonizó un continente que ha seguido siendo el continente de los privilegios”, añade146.

El autor considera que hasta el siglo XX América Latina es una gran zona feudal147, donde todas las fuerzas sociales, valores y sistemas económicos nuevos se van incrustando en la antigua base, por lo que cree en la consecuente existencia de “supervivencias feudales”148 disimuladas sólo por fachadas que parecen modernas, pero que pueden encontrarse en los rasgos tradicionales de la economía de explotación y en la persistencia de inmensas extensiones de territorio mal administradas y que soportan el trabajo incesante de peones que viven en miserables condiciones.

Son en estos contextos donde se incuba una determinada manera de asimilar las relaciones sociales, de comprender la política y practicar la comunicación en términos de verticalidad y absoluta dependencia. El populismo sería una tremenda “válvula de escape” que se desarrolla con lo que existe y con los sujetos sociales que han asimilado el espacio político heredado, efectuando lentas modificaciones al presentárseles ciertos vacíos que son llenados y asimilados con ideales comunicacionales y sicológicos vinculados a figuras paternas, héroes o mitos.

Define el antropólogo Ernest Gellner al feudalismo como un sistema que distingue tajantemente entre guerreros y campesinos, asignándoles estatutos jurídicos diferentes:

“(...) además, cada individuo del estrato de los guerreros controla autónomamente un territorio delimitado, en el que combina el ejercicio de las funciones administrativas, judiciales y militares; por último, el sistema está organizado de tal manera que los señores locales deben obediencia a los que están situados por encima de ellos en una pirámide que, en términos ideales, tiene a un solo individuo en su vértice”149.

Durante largos siglos los hombres de la región se desenvuelven en estas marginales situaciones, la condición del pueblo estará atrapada a un modelo rígido, a la

146 Ibídem, p. 15.

147 Por su parte, Salvador Giner nos recuerda que Montesquieu fue el primero, en el siglo XVIII, que

utilizó la palabra para designar un sistema social. Por ello, en la actualidad perfectamente se puede seguir empleando el concepto para referirnos no sólo a la estructura social preponderante en la Edad Media sino a cualquier otra que reúna características similares. Surge cuando un pueblo o grupo social armado ocupa un país de civilización agrícola y no muy desarrollada. Si los dominadores son pocos, tienen que distribuirse sobre el territorio y establecer relaciones personales de dependencia con el pueblo, de modo que una centralización del poder es difícil. Se crea así, dice, una casta de señores con dominio personal, indirectamente referido al poder central, y otra de vasallos. GINER, S. (1967). Historia del Pensamiento

Social. Barcelona: Ariel, p. 156.

148 Ibídem, p. 14.

pobreza económica y a una estructura divisoria y clasista, con procesos paternalistas en las relaciones económicas y sociales, las que no favorecían el surgimiento de formas de gobierno republicanas basadas en el consenso público150.

De hecho, a juicio de Gellner, el intercambio de trabajo, ayuda, renta o impuesto a cambio de protección y acceso a la tierra, entraña rasgos que son propios del feudalismo en la esfera de la moral: “fidelidad a las personas antes que a los principios, culto al honor, a la lealtad, a la violencia y a la virilidad”151. Características que estarán estrechamente ligadas al “sello” de los pactos electorales entre los populistas y sus seguidores o a la manera de creer que la política que a estos grupos sociales les favorece es la que les otorga todo ya entregado, listo para ser utilizado. Por eso también a nivel continental ha sido muy dificultoso desprenderse de la imagen de un Estado que debe proporcionar todas las respuestas y colaboraciones posibles, un Estado omnipotente, capaz de todo y obligado a solucionar las problemáticas de la sociedad.

Es más, en el feudalismo estos principios de dependencia absoluta, incluso de la entrega de la vida en manos de un señor, se hacen abiertos y reconocidos, son únicos:

“Cada hombre, en cuanto detentador de un dominio, está abiertamente comprometido con un señor (aun cuando, evidentemente, se presenten formas complejas de tenencia de la tierra que conducen a enormes asimetrías). Estas lealtades y desigualdades tienen sus ritos y sacramentos, su ética está codificada y formalizada, y es proclamado con orgullo. El ethos y el simbolismo del sistema tienen un gran prestigio, que se prolonga a ojos vista más allá de la desaparición del propio sistema”152.

El feudalismo encierra, como expresó Gellner, lealtades y desigualdades que se asumen pero que se explican a través de ritos que pueden convertirse en la “Gran Tradición de una sociedad”153. Existe un sentido simbólico y emocional muy alto en la

150 Ruiz García, E. (1971), op. cit., p. 183. 151 Gellner, E. (1986), op. cit., p. 11. 152 Ibídem.

153 Gellner, E. (1986), op. cit., p. 12. Weber en su obra Economía y Sociedad estudió profundamente el

aspecto legitimador de la tradición como fuente de apoyo -en determinadas circunstancias- para el ejercicio del poder y la autoridad. Establece tres formas principales en las que la legitimidad puede ser un sistema de dominación: “autoridad legal” (se basa en fundamentos racionales, en la creencia de la legalidad promulgada); “autoridad carismática” (excepcional carácter de un individuo); “autoridad tradicional” (determinadas creencias en la sacralidad de tradiciones inmemoriales). Según Weber la tradición puede adquirir un carácter político, pues no sólo serviría como guía normativa para la acción, sino también como base para el ejercicio del poder sobre los otros y para asegurar la obediencia a las órdenes. Es decir, se podría hablar de “ideología” de las tradiciones, debido a que pueden ser utilizadas para establecer o mantener relaciones de poder estructuradas de formas sistemáticamente asimétricas. Citado por THOMPSON, J. B. (1998). Los media y la modernidad. Una teoría de los medios de

política latinoamericana, sobre todo la que se da en las clases populares, herederas de la explotación, el sufrimiento y compuesta por un índice importante de indígenas que pasaron de modelos políticos154 como el caudillaje –presentes también en las civilizaciones Azteca, Maya e Inca con ordenamientos complejos aunque regidos por lo mítico- a un sistema feudal que no les dio margen de alternativa. Se pregunta el antropólogo si acaso finalmente, “¿(...) es el feudalismo un patronazgo santificado por la estabilidad del ritual y el reconocimiento público?”155.

En esta línea, Julio Cotler confirma que el patrono es considerado todavía en la actualidad de Sudamérica como la fuente de todo poder, de este señor “el colono debe ganar la gracia si desea mantener, al menos, los lazos de reciprocidad (asimétrica), propuesta por el patrón, aun cuando ellos sean inestables, en la medida en que el colono no puede contar con otras posibilidades de subsistencia”156.

Por ejemplo, el surgimiento de populismos como el de Evo Morales se constituye en el paliativo político y en el referente comunicacional de la población indígena boliviana para existir en el espacio público, presentando la posibilidad concreta de no romper con los “señores”, representados en los propietarios de las tierras y de los recursos naturales como los hidrocarburos, pero sí para cambiar gradualmente el péndulo del poder. El populismo de Morales plantea la necesidad de tomar el control de la subsistencia, pero dentro de un proceso que sabe no puede ser revolucionario, sino paulatino.

Los populismos clásicos que intentaron cambiar la lógica y revertir las condiciones históricas, se vieron truncados por los golpes militares que representaron la fuerza de los segmentos que no estaban dispuestos a perder el control político y económico. De hecho, la respuesta popular nunca llegó puesto que la articulación no fue capaz de reaccionar de manera frontal, como choque; no tuvo la fuerza pues no es la

154 Pese a las características de atraso en la que vivían algunas zonas indígenas de Latinoamérica al

momento de su contacto con los europeos, se evidencia en la gran mayoría una organización y relaciones políticas determinadas. De hecho, Hoebel concluye que el único tipo de sociedad que podría considerarse sin una concepción política estaría organizado como una gran familia particular que opera bajo controles familiares. Sin embargo, añade, “este tipo de sociedad no existe en ninguna parte entre los hombres (...) la organización política es característica de cada sociedad”. De todas formas, existen antropólogos políticos como Redfield y Murdock que discrepan de lo anterior y asumen que en ciertos grupos étnicos o en sociedades sencillas no hay nada que sea político “si aplicamos esa palabra a instituciones para expresar o reforzar la voluntad común o la voluntad del gobernante formal públicamente”. Citado por SHARP, L. (1979). “Pueblo sin Política”. En Antropología Política, Llobera, José (comp.). Barcelona: Anagrama, p 155.

155 Gellner, E. (1986), op. cit., p. 12.

156 Citado por CAMACHO, D. (1978). La dominación cultural en el Subdesarrollo. San José: Editorial

expresión de agresión hacia el poder lo que contiene la cultura política que describimos. Más bien es una resistencia que a medida que va observando flancos y vacíos, teje una red subterránea porque es poco perceptible para las elites, aunque muy orgánica pues presenta fuertes rasgos de comunicación entre sus miembros como elemento diferenciador, con sus códigos particulares y elementos de identidad.

Afirma Cotler que el colono, para obtener la gracia del patrón, se somete a un absoluto control que incluye hasta los menores aspectos de su vida, identificándose con esta figura poderosa para conservar la confianza y eliminar la competencia de otros colonos que puedan poner en peligro su situación. Así explica las formas culturales políticas que prohíben prácticamente cualquier manifestación de ruptura o agresividad contra el patrón o hacia la figura de quien ostenta el poder –que como vemos, se asocia a su vez directamente con el plano económico, con la entidad que posibilita la supervivencia material157- incrementándose muchas veces la violencia hacia los pares

que pongan en jaque su condición de protegido158.

El populismo se hace funcional a la realidad latinoamericana porque sustituye formas de agresión y revolución mayores, es una manera de hacer presente el descontento pero a través de una figura política, de un actor que unifica criterios y evita la revuelta social masificada y descontrolada. De ahí también su fácil adaptación a la política mediática, donde es el rostro el que representa las demandas, el target electoral o el componente social al que se dirige y representa.

No tiene mucha lógica en este pensamiento organizarse en células y atentar contra el poder. Esto no significa que el terrorismo no haya existido en esta zona, pero debido a lo mismo posee una escasa justificación y adhesión en el mundo popular. El origen de algunas facciones terroristas en Sudamérica incluso se asocia más a ciertas figuras de la elite, que niegan de su acomodada condición para tomar las armas.

Por eso es el populista el que suele solicitar la movilización a título propio e instala esta necesidad en la realidad social, en una especie de justificación respetada por el resto de los estamentos y que minimiza los castigos, las penas y la agresión hacia los sectores desprotegidos. A su vez, difícilmente estos sectores se lanzarían a aventuras

157 Esta relación actúa en un plano emocional, material y político muy importante. Gellner asegura que los

beneficios que puede otorgar un tipo de vínculo político entendido como éste, comprometen la vida misma y la identificación de una mirada al seno de la comunidad. Son imposibles cuantificar y medir, y su duración es a largo plazo: “(...) los imponderables a largo plazo que se “intercambian” en una relación política, dan ipso facto una mucho más profunda coloración política a los lazos entre las partes que intervienen en la transacción. Por eso la política es propicia al patronazgo, mientras que la economía sólo lo es cuando se politiza”. Gellner, E. (1986), op. cit., p. 15.

políticas si no “ungieran” y sellaran su pacto con algún populista que está consciente debe saltar a la arena pública para hacer visibles las demandas de estos sectores.

De hecho, es el populista el que tiene la osadía de manifestar en su lenguaje todo el sentimiento de frustración hacia las estructuras. No necesita de voceros, sí de simbologías que comuniquen el pacto de identificación con los pobres. Se constituye también, por el lado popular, en una especie de escudo comunicacional que evita una individualización explícita que traerá inconvenientes con los terratenientes, empresarios y autoridades.

Daniel Camacho asegura que los modelos clásicos de poder siguen prácticamente intactos en la cultura política latinoamericana actual, porque continúan estando constituidos por los terratenientes y jefes de empresas nacionales y extranjeros, el Ejército y el clero:

“Son instituciones que han influido o que aún influyen indirectamente sobre las decisiones gubernamentales y cuya acción, en tanto que instituciones políticas, no solamente eran extrañas a la teoría euroamericana de la democracia (políticamente todos debían ser organizados como ciudadanos), sino que además constituían en su mayoría el blanco de toda ideología liberal”159.

No es extraño, entonces, deducir que luego de la transformación social que se experimenta con el crecimiento acelerado de las urbes –a comienzos del siglo XX- y los consecuentes movimientos migratorios del campo a las metrópolis, la oligarquía160

heredera del patrimonio comercial de los grandes latifundistas se traspase a las ciudades y el modelo adquiera nuevos lineamientos como el patronazgo y, sobre todo, el clientelismo.

159 Camacho, D. (1978), op. cit., p. 135.

160 Domenico Fisichella nos adentra en lo que significa el concepto de oligarquía, con varias situaciones

que no siempre se excluyen unas a otras. Como primera acepción está la antigua, es decir, un régimen político, una forma de gobierno, una constitución: el gobierno de los ricos, que por lo general son pocos en comparación con la multitud de quienes forman parte de una determinada comunidad política. Segunda, una agrupación de personas (pocas), implícita o explícita, formal o informal, que concentran un poder o influencias significativas en los distintos ámbitos. Tercera, un tipo determinado de organización y jerarquía interna en un grupo, basado en la cooperación y en un sistema de selección y reclutamiento promovido desde la cúspide, más que incitado desde la base u otro nivel de la estructura. Cuarta, la agrupación de pocos –eminentes por riqueza, posición en el partido, en el sindicato, en la burocracia, etc.- que actúa en interés propio, para su particular beneficio y ventaja. FISICHELLA, D. (2002). Dinero y

De hecho, Ruiz García ratifica que la persistencia de este sistema –sin alteraciones luego de los procesos de independencia política161 de los países latinoamericanos- supondrá a nivel económico la supervivencia del monocultivo y la introducción de los productos ultramarinos en el tráfico internacional de mercancías, que es lo que hace posible el ascenso de las oligarquías como grupos dominantes. Con ello, durante casi un siglo el problema ideológico será el mismo: “la dramática distancia entre las formas constitucionales liberales (de los recientes Estados) y el contexto

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