NUEVOS POPULISMOS LATINOAMERICANOS: RESURGIMIENTO EN ESCENARIOS DE INCERTIDUMBRE
5.3 Tensiones y crisis en la dimensión política
Manuel Castells es un convencido de que las crisis económicas del estatismo y del capitalismo con sus consecuentes reestructuraciones, la revolución de las tecnologías de la información, junto con el florecimiento de una nueva dinámica social y cultural que también afecta a las tierras latinoamericanas, son parte de los procesos que conducen a la actual estructura social dominante, que llama “sociedad red”, la cual posee una nueva economía, la informacional/global, y una nueva cultura, la de la virtualidad real521.
La nueva cultura de la que habla Castells es “un sistema en el que la misma realidad (esto es, la existencia material/simbólica de la gente) es capturada por completo, sumergida de lleno en un escenario de imágenes virtuales, en el mundo de hacer creer, en el que las apariencias no están sólo en la pantalla a través de la cual se comunica la experiencia, sino que se convierte en la experiencia”522.
En el seno de esta particular sociedad, las relaciones políticas evidentemente también se ven involucradas en las dinámicas existentes, pues “el uso de los medios de comunicación transforma la organización espacial y temporal de la vida social, creando nuevas formas de acción e interacción, y nuevos modos de ejercer el poder, disociados del hecho de compartir un lugar común”523.
Los multitudinarios procesos de movilización, de expresión callejera, de protesta, música, alegría y jolgorio que se vivieron en las naciones latinoamericanas ante la inminente pérdida del poder de los militares o en el inicio de las transiciones democráticas reflejaron la manera de comprender la política por parte de esas grandes masas que salieron físicamente al espacio público. Sin embargo, estas “formas litúrgicas o ritualistas” de proyectar la democracia popular, nacida como vimos anteriormente por la concepción de una cultura política específica, no son tomadas en consideración por los nuevos grupos que acceden al poder, ni tampoco se reflejan en una presencia mediática o en una comunicación política afín o adecuada hacia las expectativas de estos sectores.
Importante es destacar que la esperanza que la democracia había despertado en las poblaciones latinoamericanas, como una etapa para dejar atrás el terror de las
521 CASTELLS, M. (1998). La era de la información. Sociedad, Economía y Cultura. Vol. III, Fin de
Milenio. Madrid: Alianza, pp. 369-370.
522 Castells, M. (1997), op. cit., p. 406. 523 Thompson, J. (1998), op. cit., p. 17.
dictaduras pero también con la ilusión de generar nuevas realidades de mayor justicia social, eran enormes; las expectativas por lograr una mayor dignidad en temas “históricos” -como la salud, la vivienda, el trabajo-, el anhelo de los indígenas por la integración o el interés por la recuperación de la memoria histórica de los desaparecidos y los torturados, fueron concretos.
Sin embargo, muchas de las demandas políticas y las relaciones que las clases populares mantienen con las cúpulas burocráticas se hacen “abstractas”524, debido a que estos gobiernos que comienzan a nutrirse de tecnócratas no pueden asumir la densidad sociocultural de la vida cotidiana525, se ven sobrepasados por las nuevas condiciones que las industrias comunicacionales instauran debido a los procesos generalizados de mediatización electrónica526.
En este escenario inédito para una serie de naciones y gobiernos latinoamericanos, aunque ya muy propio de los tiempos en los que vivimos, Brünner grafica que muchos se vieron atrapados por el dilema que comportan estos cambios: o sus políticas se orientaban a una práctica comunicacional de seducción, popularizándose al nivel de los sentimientos y demandas de aquella opinión pública encuestada (la política como focus group y marketing de asuntos), o bien se constituían en un sistema experto adicional a la sociedad, sustrayéndose del escrutinio público527.
La tendencia latinoamericana luego de las dictaduras es que los gobiernos desean instaurar una “democracia moderna”528 que se piensa debe ser fría, distante, tecnoburocrática, es decir, totalmente opuesta a la que esperaban los sectores
524 García Canclini, N. (1985), op. cit., p. 179.
525 La vida cotidiana experimenta tantos cambios en América Latina que se transforma en un plano de
mucho interés para la investigación social, pues es una dimensión potencialmente rica en descubrimientos para la configuración de nuevas miradas. Dice Norbert Lechner que la vida cotidiana adquiere un nuevo sentido por cuanto representa el ámbito concreto donde se define el modo de vida. También comparte la noción de que el conflicto se desplaza de la esfera de la producción a la esfera del consumo y esto contribuye, según su propuesta, a una revalorización del tiempo presente y, en particular, del tiempo libre. No obstante, como existe un quiebre de los hábitos y las expectativas acostumbradas, lo que no llamaba la atención ahora es problemático. LECHNER, N. (1999). Los patios interiores de la democracia.
Subjetividad y política. Santiago de Chile: FCE, p. 42.
526 García Canclini, N. (1985), op. cit., p. 179. 527 Brünner, J. (1998), op. cit., p. 115.
528 Para Alfredo Ramos Jiménez, el plantear este democracia moderna supuso para los países
latinoamericanos serios problemas, como fueron el disfuncionamiento de la institucionalidad democrática, que se reflejó en una pérdida significativa de la legitimidad, una búsqueda frenética de eficiencia y competencia, que aparece reñida con la práctica política tradicional; y la complejidad creciente en la toma de decisiones, que provoca en estos Estados un clima de incertidumbre, cuyas manifestaciones las encontramos en la ineficiencia e irresponsabilidad del personal gubernamental y administrativo. Ramos Jiménez, A. (1997), op. cit., p. 110.
populares529. Sectores que, por si fuera poco, observan que las luchas de los políticos, la corrupción y las trabas que se interponen para mejorar sus alicaídas situaciones se incrementan, mientras que la desigual distribución del ingreso y el endeudamiento externo siguen con su terrible escalada.
Bajo este panorama, la frustración y el desconcierto se hicieron patentes muy pronto, más aun con las crisis económicas e inflacionarias sobre el modelo democrático a fines de los ochenta y comienzos de los noventa, derrumbándose el mito de “la pretendida salud de la economía” pues “progresaba en relación inversa a la salud de la sociedad”530. Manifiesta Lechner que “en la medida en que la idea de progreso y del advenimiento de un orden de armonía se desvanecen, crece la preocupación por la calidad de vida531. Esa calidad del “estilo de vida”, añade, se mide por el bienestar cotidiano.
El bienestar ofrecido por estos gobiernos no responde a las expectativas cifradas, generándose un distanciamiento entre las clases populares y las nuevas instituciones políticas, muchas de las cuales se escudan en sus regulaciones para evitar un contacto más directo o para no proporcionar respuestas esperadas, “la conflictualidad social y la gestión de las transacciones se desplazan a lugares herméticos, a fuerzas que las personas no pueden enfrentar”532.
Es responsabilizada directamente por este hecho la clase política y la democracia es mirada con recelo: “considerada, al menos idealmente, como la mejor forma de gobierno, a menudo es acusada de no haber mantenido sus promesas. No ha mantenido la promesa de eliminar las elites del poder. No ha mantenido las promesas del autogobierno. No ha mantenido la promesa de integrar la igualdad formal con la sustancial”533. Más que apaciguar los ánimos, desencanta; surgiendo un malestar evidente por lo demás no sólo en América Latina, sino en muchas partes del mundo
529 El pensamiento de Heinz Dieterich queda una vez más ratificado, pues las democracias
latinoamericanas tuvieron la posibilidad de realizar una apuesta de cambio profundo, apelando a la búsqueda de una identidad comunicativa y política como pudo darse en la década del treinta, pero el peso de la historia ratifica que el continente opta por los modelos y los estereotipos del Primer Mundo no porque exista la convicción de que sean los mejores, sino porque las elites que llegan al poder sienten un menosprecio hacia “lo propio” y mucho interés económico hacia las naciones más poderosas.
530 Zermeño, S. (1996), op. cit., p. 28. Ramón Fernández, en tanto, expresará que el actual modelo
productivo, económico y social, basado en la lógica del crecimiento y la acumulación, genera en su evolución un orden aparente aunque como está cimentado sobre tremendas desigualdades, engendra a su vez un desorden creciente de índole interna (social) y externa (ambiental). Véase FERNÁNDEZ DURÁN, R. (1993). La explosión del desorden. Madrid: Fundamentos.
531 Lechner, N. (1999), op. cit., p. 42.
532 García Canclini, N. (1985), op. cit., p. 181.
como en el ex bloque comunista. Paradójicamente, el filósofo húngaro Tamás describe un hecho para su zona muy propio también de Sudamérica:
“Todos los datos obtenidos de las encuestas y los sondeos de opinión muestran que la opinión pública de la región rechaza la dictadura pero le gustaría ver a un hombre fuerte a la cabeza; favorece un gobierno popular pero odia al parlamento, a los partidos; le gusta la legislación social pero no los sindicatos; desearía cambiar al gobierno pero no acepta la idea de una oposición permanente; apoya la idea del mercado (...) pero desearía castigar y expropiar a los ricos y condena a la banca por profitar de la gente trabajadora”534.
Desde la sociología política, Villegas sostiene que las prioridades del modelo neoliberal latinoamericano contemplaba la libre empresa, la ausencia de trabas estatales, la política aduanera abierta al mundo, la legislación laboral más bien favorable al capital, un sindicalismo debilitado o ausente y, solo en la medida de lo posible, democracia. Sostiene que el experimento ha resultado un fracaso, pero no por el modelo sino por el intento de aplicarlo, pues ha faltado la voluntad política, el necesario entramado institucional y legal, disciplina social y las pericias profesionales:
“Privatizaciones mal hechas o a medias con fondos derivados a franquicias corporativas, reglas cambiantes cada semana, acuerdos aduaneros torcidos o reinterpretados a cada minuto, políticas fiscales dilapidadoras y corruptas, etc, difícilmente pueden dar lugar al funcionamiento o siquiera instalación del modelo, de ningún modelo. El fracaso es pues de sus instaladores. Otra vez, entonces, de las elites que han estado a cargo. La argentina, que ha metido y mete manos en el cajón; la peruana, que se ha desintegrado política y moralmente; la venezolana, que se apropió los beneficios del oro negro no para dar lugar al desarrollo, sino a un estilo de vida grosero, vulgar y estéril”535.
En esta línea de interpretación, Reguillo, tomando los aportes de Monsiváis, nos dice que cuatro son los ejes de representación que terminan por asociarse a la figura del político latinoamericano: la mentira, el abuso, la corrupción y la violencia. Si la imagen del poder formal se ha deteriorado de tal manera, añade, “es posible suponer, (...) que para enfrentar la incertidumbre, la vulnerabilidad y el desencanto, la gente está buscando (y encontrando) nuevas fuentes de certidumbre que van de lo mágico- religioso al ‘armamentismo’ y la respuesta individual”. Es decir, el terreno queda
534 Citado por Brünner, J. (1998), op. cit., p. 110. 535 Villegas (2006), op. cit., p. 34.
servido para la activación y fortalecimiento de los populismos, como una alternativa exógena, horizontal y de fácil comprensión para los descontentos536.
Como manifestó Anthony Giddens, pese a la expansión de la democracia en gran parte del mundo, ésta “parece una flor frágil” por lo que requiere de “tierra particularmente fértil”537. Lo cierto es que uno podría preguntarse dónde está esa tierra, pues la difusión del modelo democrático llegó al continente que nos preocupa de la mano –o atenazada- de la “universalización de los mercados y el avance del capitalismo postindustrial”538.
Theodore Lowi observa que los enfrentamientos entre el mercado económico y la democracia contemporánea -con su respectiva cultura política- genera una dinámica donde el libre mercado está fortaleciendo la idea del autogobierno de las corporations, las poderosas organizaciones de carácter megaempresa-multinacional que incrementan su control sobre el entorno en el que actúan. Son “una forma superior al Estado, ya que el éxito logrado al transformar tantas transacciones en decisiones internas le ha permitido chantajear a los gobiernos, a las organizaciones que controla y a los individuos”539.
Fisichella se pregunta si acaso “la democracia de los modernos” es aceptada por las oligarquías económicas sólo como un instrumento justamente económico. Pese a que la democracia se impuso a todo un siglo de autoritarismos, sigue cuestionándose si la alianza de las oligarquías financieras y económicas con las mediáticas, cada vez más vinculadas o formando parte de lo mismo, simplemente ya no utilizan a la democracia como una fachada para difundir a toda velocidad sus bienes y servicios540.
Todo esto deja “malherida a la democracia” porque, según su visión, el sistema de elección de los dirigentes suele basarse cada vez más en el dinero; los dirigentes tienden a rehuir el control popular de la responsabilidad política; la competencia electoral deviene en mera ficción al ser vaciada de todo significado operativo y continúa
536 REGUILLO, R. (2002a). “¿Guerreros o ciudadanos? Violencia(s). Una cartografía de las interacciones
urbanas”. En Moraña, M. (ed.), Espacio urbano, comunicación y violencia en América Latina. Pittsburg: Instituto de Literatura Iberoamericana/University of Pittsburg, p. 64.
537 Giddens, A. (2000), op. cit., p. 94. GIDDENS, A. (2000). Un mundo desbocado. Los efectos de la
globalización en nuestras vidas. Madrid: Taurus, p. 91.
538 Brünner, J. (1998), op. cit., p. 27. Salvador Giner nos refresca la memoria al expresar que en su
momento “nadie, o casi nadie, podía sospechar que el capitalismo impetuoso, corporatizado, tecnificado, y más anónimo aún, iba a triunfar tras dos guerras mundiales; (...) que después de la Segunda, iba a poseer capacidades tan inigualables de banalización cultural, de profanación de la autonomía individual y de estupefaciente colectivo de incalculable alcance”. GINER, S. (1987). El destino de la libertad. Una
reflexión frente al milenio. Madrid: Espasa Calpe, pp. 38-39.
539 Citado por Fisichella, D. (2002), op. cit., pp. 178-179. 540 Fisichella, D. (2002), op. cit., pp. 151 y ss.
reivindicándose el primado de la economía sobre la política541. Estas situaciones, que forman parte de un conjunto mucho más amplio de otros factores, crean un clima cultural de época que remarca una situación de crisis generalizada que indudablemente envuelve el estado anímico de los sujetos.
Las crisis políticas de nuestras sociedades, explica el teórico político Nicolás Tenzer, se orientan hacia la incapacidad de encontrar soluciones a sí mismas. Ello desembocaría en una crisis social, “la sociedad ya no se percibe ella misma de manera coherente y es progresivamente incapaz de construir su unidad”542, y en una cultural, pues el individuo pierde sus marcos de referencia y se siente perdido en el vasto mundo543. La crisis política, añade, reviste un estrechamiento del ámbito político, donde la extrema derecha se encierra en una visión particularista de los problemas y la extrema izquierda se centra en el historicismo tradicional, mientras que el resto busca consensos en detrimento de un proyecto político. También se caracteriza por un sentimiento de inutilidad de la actividad política y por la desaparición de la voluntad de alcanzar un sentido común, es decir, construir un espacio en el que las palabras tengan el mismo sentido para todos y donde valga la pena laborar en una tarea común544.
Los populismos tienen la habilidad de transformarse en estos periodos de incertidumbre en un fuerte elemento de cohesión y seducción, en gran parte porque marcan una diferencia en sus palabras, las que revisten un elemento forjador de propósitos comunes ante sujetos que pueden estar muy corporativizados, pero que debido al malestar que contienen son interpelados como una comunidad que puede lograr el cambio y la alternativa ante el desgaste de las estructuras políticas. Las crisis son un escenario que les acomoda, pues hacen explícito un mensaje de ruptura social al menos en la forma, lo que causa una gran diferenciación política en los tiempos electorales, distinguiéndose como opciones de gran credibilidad pues interpretarían adecuadamente los procesos actuales y que afectan directamente a los votantes.
Autores como Ignacio Ramonet se refieren a una crisis de inteligibilidad inserta en una más coyuntural, una de civilización, de percepción del rumbo del mundo, pues tropezaríamos con dificultades que tienen su origen en un número de fenómenos a escala planetaria que transformaron la arquitectura intelectual y cultural en la que nos
541 Ibídem, p. 144.
542 Tenzer, N. (1992), op. cit., p. 13. 543 Ibídem.
desenvolvemos. Las cosas han cambiado, sostiene, pero los instrumentos intelectuales y conceptuales de que disponemos no permitirían comprender la nueva situación545.
Suele explicarse entonces que “el hombre de la calle pierde cada vez más control sobre su contexto social”546, y con ello se “muestra incapaz de producir y reproducir el ‘sentido de orden’ por referencia al cual hombres y mujeres logran contextualizar los diversos aspectos de su vida”547. Creo que más que una incapacidad, los ciudadanos latinoamericanos se vieron descolocados, desorientados con la situación, pero lejos de producirse situaciones como “la destrucción total de las identidades colectivas, la pauperización, el desorden anómico (extrañeza, ruptura de vínculos afectivos e incapacidad de nombrar el entorno social y valorativo)”548, las redes de cooperación y comunicación de los sectores más olvidados de Latinoamérica se activaron con una fuerza notable, con la fuerza de la frustración y la impotencia.
Las viejas tradiciones reformuladas con las nuevas características sociales se fusionan y las clases populares responden una vez más con lo que tienen a su alcance para comenzar sus procesos de negociación en pos de conseguir el intento por acceder a lo restringido. Es en esta formulación teórica donde inscribimos el papel de los medios de comunicación, pues se alzan en los agentes que proporcionan gran parte de la significación simbólica para situarse en el cambiante mundo que les rodea.
Los medios otorgan ese calor, el jolgorio, la alegría, la sorpresa, la esperanza que se buscaba en la política y en la esfera pública. Es, por ejemplo, en los géneros de entretenimiento televisivos donde se constituyen muchos de los foros públicos, “donde se definen buena parte de las cuestiones sociopolíticas emergentes”, son una clase de instituciones paralelas destinadas a suplir “las crecientes carencias que las instituciones tradicionales manifiestan en la sociedad liberal”549.
García Canclini expresa que “desilusionados de las burocracias estatales, partidarias y sindicales, los públicos acuden a las radios y televisiones para lograr lo que las instituciones ciudadanas no proporcionan: servicios, justicia, reparaciones o simple
545 RAMONET, I. (1997). Un mundo sin rumbo. Madrid: Debate, pp. 87 y ss. 546 Lechner, N. (1999), op. cit., p. 44.
547 Ibídem.
548 Zermeño, S. (1996), op. cit., p. 31.
549 LACALLE, CH. (2001). El espectador televisivo. Barcelona: Gedisa, p. 14. Reguillo también toca este
importante aspecto, y aclara que debilitado el Estado nacional como figura articuladora del pacto político, fortalecido el mercado y las industrias culturales y amenazada la Iglesia y los sectores conservadores de su influyente presencia, los conflictos pasan a otro plano de resolución, en el que los espacios mediáticos tienen mucho qué decir. Reguillo, R. (2002), op. cit., p. 103.
atención”550. Y pese a que puedan ser más o menos influyentes que las instituciones, agrega, los medios fascinan porque escuchan, reciben en sus estudios a gente común y corriente, hay velocidad en el tratamiento de las temáticas, parecen más transparentes, no hay procedimientos engorrosos, lentos, imprevisibles551.
5.4 Sociedad Mediática: Irrupción de las lógicas industriales de la comunicación